PAKNEY - Capítulo 19
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19: Egnis 19: Egnis Las horas se deslizaron en silencio hasta que la mañana, tibia y brillante, se asomó por fin.
Elizabeth despertó sobresaltada: algo frío y húmedo estaba pegado a su cabeza.
Un escalofrío la recorrió antes de que un recuerdo la golpeara: aquel pequeño gusano que, en otra ocasión, había intentado devorarle el cráneo.
Con un movimiento rápido, lo atrapó y lo arrancó de un tirón.
—Eres tú… —Murmuró, mirándolo con desaprobación.
—¡Hola!
—Respondió la diminuta criatura con un tono casi alegre.
El leve movimiento sobre la arena bastó para que otros gusanos despertaran.
Urm intentó escabullirse, pero Elizabeth la sostuvo con firmeza.
—¿Urm?
¿Qué haces aquí?
¡Te dije que te quedaras con el grupo!
—Quiero seguir a mi padre.
No me gusta quedarme con mamá.
—(Qué tierna es…) —pensó Elizabeth.
Onpur, en cambio, sonrió con un brillo de conveniencia en los ojos.
—(Esto me viene perfecto… así no podremos ir por las Corazas).
—Bueno… no podemos devolverla sin compañía, así que habrá que llevarla —Dijo con una satisfacción que no se molestó en ocultar.
—Yo la cuidaré —se ofreció Bormi.
—Gracias —Respondió Born —Solo nos faltan unas horas para llegar a la zona selvática.
—Y… ya no iremos a las Corazas, ¿verdad?
—Preguntó Onpur, con esperanza —Pakney no me ha dicho nada aún.
Si creías que lo cancelaría por Urm, estás equivocado.
—Tsh… —Chasqueó la lengua, pero de pronto recordó —¡Oh, cierto!
Hay criaturas en la selva contra las que no podemos luchar… y justo tenemos que pasar por allí.
—Tengo rutas, no te preocupes.
Y si llegamos a toparnos con ellas… entonces Pakney podrá hablarles.
—¿Y estás seguro de que podrá?
—Es lo que se supone que sabe hacer, ¿no?
(…Puedo escucharlos, ¿saben?) —Pensó Elizabeth, algo irritada.
—Aun quedaría el Loco —Advirtió Onpur.
—¿Loco?
—Elizabeth frunció el ceño.
—Es como esas criaturas, pero este mata por matar.
Lo hace en su territorio, por suerte.
Así que no hay de qué preocuparse.
—Lo dices como si fuera muy peligroso… incluso para ustedes.
—Mató grupos enteros de los nuestros y nos obligó a huir.
Ahora solo transitamos zonas donde no suelen andar él y los otros dos.
Es por prevención.
—Entonces… es una criatura terrible si puede enfrentarse a varios de ustedes —Comentó Elizabeth.
—Nos despellejaba como si fuéramos hojas —Añadió Onpur con crudeza.
—(Dios… ¿qué clase de monstruo hace eso?) —Un escalofrío le recorrió la espalda.
—(Y quieren que dialogue con uno de ellos…) —La imagen mental de un mal diálogo terminando con ella cortada como pan tajado le borró la calma del rostro.
—No es una criatura de aquí —Aclaró Bormi —El anciano nos dijo que jamás la había visto.
—Ya veo… —Murmuró Elizabeth —(Espero no encontrarme con ninguno… no sé si podría lidiar ni siquiera con uno solo).
—Entonces, ¿qué dices?
¿Nos ayudarás a destruir las Corazas?
—Preguntó Born con esperanza.
—(No me falles, Pak… di no…) —Bueno… ustedes me han acompañado.
Supongo que puedo intentarlo —Dijo al fin —(No soy una guerrera… pero no puedo seguir esperando a que todo se arregle solo.
Si puedo ayudar, lo haré).
—¡No!
—Exclamó Onpur, desplomándose en la arena —Veo que alguien estaba haciendo esfuerzo para que no fuéramos —Dijo Bormi, sonriendo de lado.
De pronto, Urm salió disparada de la arena y se subió a la cabeza de Onpur, golpeándole como si tocara un tambor.
—Urm, bájate de encima… —¡No!
—Me alegra que aceptes —dijo Born triunfante a Elizabeth —Pero antes iremos a otro lugar.
Reanudaron la marcha.
A lo lejos, un matiz verde comenzó a romper la monotonía del horizonte.
—¡Oh!
¡Ya veo la selva!
—Exclamó Elizabeth.
—(¿Y ese ruido?
Es como si algo…) El cielo se partió con un destello: algo cayó como un rayo, levantando una nube espesa de arena.
Cuando se disipó, una figura se erguía en el centro del cráter, inmóvil, con la mirada oculta.
Los gusanos se detuvieron de golpe y, como en un ritual ancestral, comenzaron a emitir un grave y profundo sonido de tambor…
— El sol de Tambora ardía como una corona sobre la arena, cuando una figura apareció en el horizonte.
Su silueta era nítida, envuelta en un traje que relucía con cada paso —¿Quién será?
—Murmuró Elizabeth, descendiendo de Born con cautela —Oye, ¿podrías dejarnos pasar?
La figura inclinó apenas la cabeza, como si evaluara el terreno —Vengo por un trofeo… y veo que andas con tres.
Elizabeth frunció el ceño.
—(Ay no… debe ser una cazadora… ¡Espera!
¡Ella también me entendió!) Disculpa, pero estos gusanos vienen conmigo —Tratando de mantener la calma.
—¿Son tuyos?
—Sí… algo así.
La cazadora sonrió dentro de su traje, con una calma escalofriante —Entonces, si te corto la cabeza, no habrá de qué preocuparse.
Con un movimiento fluido, extrajo dos dagas de su cintura.
El sol las hizo brillar como dientes de serpiente.
Se puso en guardia —(Cierto… aquí rige la ley de la selva…) ¡Espera!
Pero ya era tarde.
Se lanzó hacia Elizabeth como una sombra afilada.
Born se interpuso, su cuerpo colosal bloqueando el ataque como una muralla viva, quien la hizo retroceder —Born, espera, puedo intentar… —Con esta clase de cosas no es posible dialogar —Gruñó él —Déjamela a mí.
¡Bormi!
¡Onpur!
No intervengan, y tú, Bormi, vigila a Urm.
—¡Claro!
—Respondió Bormi, escaneando la arena con la mirada —(¿Dónde se metió esa pequeñaja?) —Aquí vamos de nuevo… —Rezongó Onpur —¡Si veo que estás en problemas, intervendré!
—¿De nuevo?
—Ah, verás… Born tiene problemas con los de las estrellas por una razón…
Uno de ellos se llevó a su hermana mayor.
Era la más fuerte de todos nosotros, valía por veinte, y aun así fue derrotada por un cazador.
Desde entonces, Born ataca a cualquiera que lleve armadura.
En medio del combate, Born logró derribarla, aplastando la arena bajo su peso colosal.
Pero la cazadora rodó como un relámpago y, con un salto felino, esquivó la embestida.
La hoja de su arma destelló, abriendo una herida en su costado antes de que él pudiera reaccionar —(Es rápida y fuerte) —Pensó Born, girándose hacia ella.
—No está mal… para ser un solo gusano —Sonrió la cazadora, sacudiendo la sangre de su arma —Serás una linda decoración.
Se lanzó sobre él.
Born golpeó el suelo con su cola, levantando una cortina de arena que cegó el campo.
Cuando el polvo se asentó… Born había desaparecido.
—¿Dónde…?
—La cazadora miró a su alrededor.
Su casco detectó un movimiento bajo tierra.
Born emergió como una bala, obligándola a saltar.
Ella apoyó un pie en el borde de su boca y, en ese instante, arrojó una bomba al interior.
Born cerró la mandíbula a tiempo y, con un violento cabezazo, la lanzó lejos.
La caída agravó su herida.
La cazadora aterrizó sin rasguños.
—¿Hmm?
—Miró a sus pies.
La arena se agitó, y de pronto Urm emergió golpeando su casco.
Con reflejos de depredador, la cazadora atrapó su cola.
—¿Un gusano bebé?
Qué raro ver uno.
Se venderá por buen precio.
Urm emitió sonidos graves de tambor el agarre de estaba causándole dolor.
Elizabeth reaccionó de inmediato.
Justo cuando la presión aumentaba, una mano se cerró sobre la muñeca de la cazadora, forzándola a soltar.
—¡Suéltala!
—Ordenó Elizabeth, clavándole una mirada fría.
Egnis, sorprendida, dio un salto atrás.
—No deberías apretar así a una cría…
—(¿Fue más rápido que la reacción de mi tecno-traje?) —La idea hizo tensar su mandíbula y dijo —¿Y cómo iba a saber cuánto apretar para que no se escapara?
Además, las crías son fuertes; un poco de dolor no las mata.
—Jugando con sus armas moviéndolas de un lado a otro.
—Y pensar que quería llegar a un acuerdo contigo… solo ves a las criaturas como objetos para matar o vender.
—Tú eres el raro que monta gusanos de Tambora como si fueran mascotas.
Me llamo Egnis, un placer, rojito.
Aunque admito que es interesante cómo los tienes amaestrados para que te defiendan.
—(Egnis… la No.
30 en el ranking de cazadores) Yo los considero compañeros, no mascotas.
—Ja, buena broma.
Son criaturas; pueden matarte en cualquier momento.
¿No me dirás tu nombre?
—¿Para qué?
¿Para que me recuerdes como el que te pateó el trasero por meterte con mis compañeros?
—Como quieras… total, no vivirás mucho.
Intercambiaron palabras, pero el aire se llenaba de una electricidad latente.
Los ojos de ambas buscaban el más mínimo titubeo para atacar.
Egnis se impulsó hacia un costado con la agilidad de un depredador, pero Elizabeth siguió su movimiento con la mirada, sin perderla ni un segundo.
Aquello la desconcertó.
Sin pensarlo, la cazadora descargó una serie de apuñaladas rápidas, tan veloces que habrían atravesado a cualquiera.
Sin embargo, Elizabeth esquivó cada una con movimientos precisos, casi elegantes, como si las viera venir antes de que ocurrieran.
—(Pero qué velocidad… y pensar que no lleva un tecno-traje.
Tendré que aumentar la potencia del mío), —Pensó Egnis, ajustando la configuración interna.
El pulso de energía subió un 70%, y en un parpadeo, desapareció de su posición anterior para reaparecer frente a su oponente, asestándole un golpe directo en las costillas.
El impacto la hizo volar varios metros, pero antes de que su cuerpo tocara el suelo, Elizabeth ya estaba sobre ella, lista para rematar con otro golpe.
Egnis, forzando al máximo sus reflejos, logró esquivar por un suspiro.
—(¿Cómo…?
¡Eso no debió esquivarlo!), —Pensó Elizabeth, mientras la cazadora se reincorporaba con rapidez.
—Y pensar que tuve que ponerlo al cien por ciento… —Gruñó Egnis, con una sonrisa irónica—.
Nada mal… para una lagartija sin traje.
Lanzó tres cortes veloces, pero la hoja de sus dagas apenas dejó un rasguño superficial.
—Tsk… qué piel tan dura —Masculló, retrocediendo un par de pasos.
Llevó una mano a su espalda y, con disimulo, sacó una pequeña pistola de su cinturón.
Fingiendo conversación, dijo con sorna—: Oye, ¿y por qué no tienes ropa?
¿Te gusta sentir el sol por toda tu piel… o bueno, escamas?
Elizabeth frunció el ceño, notando apenas entonces su propia desnudez.—Ah, pues yo… —(Demasiado fácil) —Pensó Egnis, apretando el gatillo.
Un ruido seco resonó, y el proyectil impactó de lleno en el pecho de Elizabeth.
Pero en lugar de atravesarla, solo le arrancó una mueca de molestia.
—¿Qué…?
—Egnis dio un paso atrás, incrédula —¿Qué clase de armadura es esa piel?
¿Quién rayos eres?
—(Qué descuido de mi parte…) —Pensó Elizabeth, mirándola con calma.
—Solo alguien que quería dar un paseo por Tambora.
No hubo más palabras.
Elizabeth se lanzó contra la cazadora como un relámpago.
Egnis apenas pudo esquivar, retrocediendo a toda prisa entre la vegetación.
Las dos se internaron en la selva, el suelo temblando con cada golpe y salto.
Un nuevo pulso de energía brotó de Elizabeth, y con un giro rápido, descargó una patada en el pecho de su adversaria.
Egnis se cubrió, pero aun así fue impulsada violentamente hacia atrás, rompiendo ramas y follaje hasta caer en una zona pantanosa.
—(¡Me lanzó tan lejos…!
Tengo que…) Su pensamiento quedó a medias cuando el lodo frente a ella comenzó a burbujear.
De pronto, una gigantesca boca ósea emergió, cerrándose como una trampa mortal sobre ella.
No hubo grito.
En un segundo, Egnis desapareció, tragada por la criatura.
Solo quedó el lodo moviéndose, como si nada hubiera pasado…
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