PAKNEY - Capítulo 23
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23: Vínculos en Tambora 23: Vínculos en Tambora —¡Lo logramos!
—Exclamo Born con alegría, saliendo de golpe de la arena.
—Me asusté cuando explotó.
—Mis oídos aún se están adaptando… —¡Hermana!
—Rugió con felicidad.
Desde la lejanía, Elizabeth y Carsy llegaron corriendo.
La joven se bajó del Rosfresh, volviendo a su estado normal, y apenas tocó el suelo, Carli corrió hacia ella con una mezcla de alegría y lágrimas contenidas.
—¡Pensé que no lo lograrlo!
—Exclamó, abrazándola con toda la fuerza de su alivio.
Carsy también se acercó, moviendo la cola con frenesí, y ambas lamieron a Elizabeth con efusividad, cubriéndola de saliva.
—No hay de qué, pero no es necesario que me unten de ¡babas!
(¡Sus bocas huelen a mil demonios!) —Protestó, intentando apartarlas con las manos.
—Te están dando besitos de agradecimiento, qué lindos —comentó Onpur, divertido.
—Son hembras, para que lo sepas —replicó Elizabeth, empujándolas suavemente.
—Oh, quién lo diría —Dijo Born —¿Y ahora?
—Preguntó Bormi, mirando a su alrededor con cautela.
—Pakney, ¿nos seguirás ayudando con las demás Corazas?
Solo quedan tres más.
—Hmm… está bien, pero me gustaría que no me lleve mucho tiempo (Después de todo, tengo que avisarles a Alis y Petra que estoy bien).
—Comprendo.
Entonces tendríamos que entrar a la fuerza en las próximas, a menos que los suministros cambien los horarios en cada una.
—Eso sí no lo sé.
—Agrego Bormi —Luego veremos.
Por ahora, tengo que descansar; no sé cuánto podrá resistir este cuerpo.
Tras unas horas de descanso, el sol ya casi se escondía tras el dosel espeso de la selva.
—Iremos a buscar comida —Dijeron los dos Rosfresh antes de desaparecer entre la espesura.
—¿Adónde se fueron los Rosfresh, Pakney?
—Preguntó Onpur.
—Dijeron que iban por comida.
—Hablando de comida, aprovechemos para ir también por algo.
—Vamos, la verdad es que casi no conseguí nada bueno —Dijo Onpur, desanimado.
Elizabeth levantó la mano antes de que se fueran.
—Ah, esperen.
Antes de que se vayan, ¿podrían decirme dónde hay un río en la selva?
—Yo te guío hasta uno —Respondió Bormi con una sonrisa amable.
—Gracias, Bormi.
Tras unos minutos de caminata entre raíces enormes y ramas húmedas, llegaron a un río de unos cuatro metros de ancho.
El agua corría cristalina, reflejando tonos dorados del atardecer.
—Es grande… Gracias nuevamente por tu ayuda, Bormi.
—De nada.
¿Sabes cómo volver?
—Ah, sí, no te preocupes.
Mi nariz puede guiarme.
—Bien, adiós —Dijo ella, regresando con paso ligero hacia los demás.
Elizabeth se inclinó sobre el agua.
—Me pregunto qué tan hondo estará… Se sumergió sin dudarlo, notando cómo la corriente la rodeaba.
Bajo la superficie, nadaban peces de formas extrañas, con aletas brillantes y ojos saltones.
Gracias a su cola, pudo impulsarse y atrapó varios con movimientos rápidos.
Al salir del agua, los arrojó a la orilla.
—Como lo sospechaba, no los escucho.
¿Tal vez se comunican de manera diferente?…
¡Como sea!
¡Es hora de comer!… Al menos debería asarlos.
Espero que no sean venenosos.
Buscó ramas secas y, tras varios intentos, logró encender un fuego frotando un palo contra otro.
—¡Sí!
¡Al fin pude!
Asó los pescados y los devoró con ansias.
—¡Qué ricos!
(Ojalá tuviera sal).
Tras saciar un poco su apetito, regresó al lugar y trepó a un árbol, recostándose en una de sus ramas mientras contemplaba el cielo que se oscurecía.
—Por lo que veo, todavía no llegan —Murmuró, acomodándose —(Hmm… aunque me comí esos cien pescados, sigo teniendo hambre).
De pronto, un destello blanco emergió de su pecho.
La criatura que había visto en aquel instante de desesperación apareció frente a ella: su piel era nívea, tres cuernos emergían de su cabeza y dos colas ondeaban como látigos etéreos.
—¡Oh!
Sí eras real… Pensé que solo eras producto de mis delirios.
La criatura flotó en el aire y, con un grito jubiloso, extendió brazos y piernas.
—¡Al fin!
¡Logré volver a despertar!
Elizabeth parpadeó, notando una extraña sensación en su pecho.
—Por lo que veo, estás contenta… (O eso es lo que siento.
Es como si estuviéramos conectados…).
La criatura la miró fijamente.
—Elizabeth, quería hablar contigo hace rato.
—Ahm… disculpa, pero, no sé qué dices.
—¿Ñu ñu?
Ñu… La voz era incomprensible.
Elizabeth frunció el ceño.
La criatura también lo notó.
Recordó entonces que algunos seres espirituales hablaban en frecuencias imposibles de percibir para la mayoría.
Ajustó su vibración y, tras varios intentos, su voz cambió.
—¿Ahora me escuchas?
—¡Wow!
Sí, ahora sí.
¿Cómo lo hiciste?
—Los seres espirituales hablamos en tonos que no siempre son audibles, así que ajusté la frecuencia para que fuera acorde a la tuya.
—Ya veo… La criatura ladeó la cabeza, un gesto curioso y frágil.
—Lo malo es que, si me canso de mantener este estado, seré breve.
Accidentalmente me vinculé contigo.
Gracias a mi poder espiritual, puedes transformarte en otras criaturas.
Ten cuidado con estar cambiando de forma, mi energía tiene un límite, y además, ese cuerpo tuyo consume gran parte de ella.
—Comprendo… ¿Entonces tú me salvaste aquella vez, ¿no?
—Sí, gracias a que me vinculé contigo, la transformación continuó luego de que cayeras de la nave.
—Oh, ya veo… muchas gracias por salvarme.
—Sonrió Elizabeth con sinceridad.
—No hay de qué.
Pero debes comer adecuadamente, Elizabeth; si no, no podré ayudarte.
No solo pescaditos, debes comer carne roja y en grandes cantidades.
Gracias a que comiste esos pescados, logré volver a estar consciente.
—Es que no es fácil matar criaturas cuando las escuchas gritar por su vida… es angustiante (Espera un momento… ¿cómo sabe mi nombre?).
—Lo sé, pero son ellas o tú.
Sé tu nombre porque estamos conectados en mente y cuerpo, y también sé que no eres de este universo.
—¡Escuchaste lo que pensé!
Ya veo… —Luego hablaremos más; no quiero desmayarme otra vez.
Antes de volver a dormir dentro de ti, quería decirte que ahora tenemos las propiedades curativas del Baibee.
Solo recuerda: no gastaré mis energías a menos que estemos en graves aprietos; recrear los componentes desde cero es agotador.
—Está bien, trataré de comer más carne.
—Eso espero… Ersod se disolvió en miles de copos de luz que giraron en espiral antes de fundirse nuevamente con Elizabeth.
Apenas desapareció, la quietud fue interrumpida por un sonido húmedo: los gusanos llegaron arrastrándose, abriendo la maleza a su paso.
Carly y Carsy aparecieron sujetando en sus fauces dos Ukras adultos, aún frescos.
—(¡No!
¡Pero qué ven mis ojos!
Bueno, ya están muertos…) Carly dejó el cuerpo cerca de Elizabeth, y con una mirada casi orgullosa, gruñó: —Para ti.
Se dejó caer en el suelo, mientras su hermana se abalanzaba sin dudar sobre el otro Ukra, desgarrando carne y hueso con mandíbulas que resonaban en la noche.
—Oh, gracias… —Dijo Elizabeth, mirando al cadáver frente a ella— (Me pregunto a qué sabrá un Ukra).
La oscuridad fue cubriendo Tambora.
Las estrellas encendieron el cielo como brasas lejanas.
Elizabeth preparó un pequeño fuego, clavando la carne del Ukra en improvisados palos para asarla.
El calor iluminaba su rostro y el crujir de la leña contrastaba con los murmullos de la selva.
—Vamos, Urm, es hora de dormir.
—Yo quiero tener manos… —Murmuró él, con un dejo de melancolía, observando cómo Elizabeth giraba la carne sobre el fuego.
—Algún día las tendrás.
Los gusanos se escabulleron dentro de la arena, dejando túneles efímeros que se cerraban tras ellos, pero Carsy y Carli se quedaron con ella, acercándose al calor de la fogata.
—¿Para qué haces eso?
—Preguntó Carli, con sus ojos brillando al reflejo del fuego.
—Es… para que la carne sepa mejor.
Carli acercó tímidamente su hocico al palo que Elizabeth sostenía y arrancó un pedazo.
Masticó con lentitud, como si intentara entender el sabor.
—Sabe… diferente, sí.
—¡También quiero probar!
—Exclamó Carsy, empujando suavemente a su hermana hasta alcanzar un trozo.
Tras masticar con entusiasmo, saltó de alegría—.
¡Rico!
Traeré mi comida para que le prendas fuego luego.
Elizabeth rió por lo bajo, aunque en su mente añadió:—(Pero que no sea un Ukra otra vez, por favor…).
Carsy, después de relamerse, ladeó la cabeza con curiosidad.
—Hermana, y ¿Hermano?
¿No ha vuelto a la normalidad?
Carli gruñó suavemente, con un dejo de dolor en su voz: —No.
Él ya no volver a ser el mismo… cosa pegajosa tocar.
Y saber que él ya no ser más hermano… Carsy se acurrucó junto a ella, temblando como un cachorro.
—¿Tienen un hermano?
—Preguntó Elizabeth con cautela, mientras las chispas del fuego subían como luciérnagas— (¿Será el loco?).
—Sí… hermano caer junto con nosotras.
Pero él protegernos de sustancia pegajosa.
Saber que sustancia es mala… Sufre quien la toca… Elizabeth apretó los labios, clavando un palo en el fuego y moviendo las brasas con rabia.
—(Ya veo… Llegué a escuchar sobre una sustancia que se está esparciendo en algunos planetas y provoca alucinaciones al contacto… Me pregunto si será la corrupción de la que hablaba Binad… ¡Pero la desgraciada no me ha contactado desde que llegué!).
El resplandor de la hoguera marcaba el contraste entre su ira y su silencio.
Entonces, un temblor en la arena la sacó de sus pensamientos.
La superficie se partió en surcos y de allí emergieron Born, Bormi y Onpur.
El aire se tensó un instante, hasta que Born habló con su voz grave y serena: —Pakney, quería que supieras que, cuando terminemos de eliminar las Corazas, nos iremos… —Oh, sí.
Está bien.
Sé que ustedes tienen su vida, no se preocupen.
—Gracias por ayudarnos.
Los tres gusanos inclinaron la cabeza al unísono, un gesto solemne y sincero.
—Gracias a ustedes por acompañarme.
Fue bastante divertido —respondió Elizabeth con calidez.
De pronto, la arena explotó en un pequeño temblor.
Urm emergió de ella de forma abrupta, con sus ojos brillando como brasas encendidas.
—¡No!
¡Yo no quiero separarme de Pakney!… —gritó con una voz quebrada por la emoción.
—¡Urm!
¿No deberías estar dormida ya?
—exclamó Born, molesto, aunque en su tono se escondía cierta ternura.
—Pero… no quiero que Pakney se vaya.
Elizabeth clavó el palo en la arena, llevándose un pedazo en su mano como recuerdo, y se acercó a la pequeña criatura.
—Urm, hazle caso a tu padre.
Además, volveré a visitarlos algún día —dijo con una sonrisa suave.
Pero aquella sonrisa desapareció en cuanto se giró y vio a Carsy devorando con deleite un trozo de su propia carne.
—¡Carsy!
—gritó, horrorizada.
Carsy detuvo la masticación, mirándola con baba resbalando por su boca.
—Hmm… creo que está bien —dijo con naturalidad, contemplando el pedazo de carne—.
Déjame un pedazo, huele bien —pidió Urm, curiosa.
—Jajaja, tendrás que esperar a que se pudra —rió, entregándole un fragmento.
Urm lo devoró de un solo bocado.
—Ah… ¿Born?
—murmuró Elizabeth, aún desconcertada.
—No te preocupes —respondió Born con tranquilidad—.
Podemos guardar la comida dentro de nosotros.
Luego la vomitamos y la dejamos al sol para que se pudra más rápido.
Elizabeth parpadeó, incrédula, antes de soltar una risa nerviosa.
—Ah, con razón no te alteraste, jaja.
—¿Y tú qué harás, Pakney?
—preguntó Bormi, inclinando la cabeza hacia ella.
—Trataré de ver si logro salir del planeta.
—¿Y si no lo logras?
—Supongo que estaré visitándolos —respondió, con un dejo de ironía.
—Bueno, sea como sea, sabes que siempre te daremos la bienvenida a nuestro grupo.
—Dijo Born con sinceridad —Gracias… (¡Binad!
¡Espero que me estés ayudando con esto!).
La noche transcurrió tranquila, hasta que la madrugada trajo consigo un hallazgo lúgubre: tres Ukras yacían muertos.
Tras compartir la carne en silencio, con una lágrima recorriendo la mejilla de Carsy, las hermanas decidieron permanecer en la zona sur de la selva, mientras Elizabeth y los gusanos continuaron en busca de las demás corazas.
Pasó una semana de batallas y explosiones.
—¡Lo logramos de nuevo!
—exclamó Born, emergiendo de la arena con orgullo.
Bormi se inclinaba sobre Onpur, que se quejaba de un corte en el costado.
—¡Suave!
—gruñó.
—Ni siquiera te he tocado, Onpur —bufó Bormi.
Elizabeth, en silencio, observaba el horizonte.
—(Descansen en paz, trabajadores… ¡Realmente no era mi intención que todas las minas explotaran con ustedes dentro!
Por lo que vi, cada mina tenía solo tres personas; el resto eran robots de carga.
Qué suerte que los suministros llegaban seguido…).
Un destello llamó su atención en la arena.
Se agachó y lo recogió.
—Esto… ¡Son pequeñas piedras de la gema de Tambora!
—susurró.
(Las guardaré para el futuro…).
Guardándolas entre las escamas de su pecho, volvió junto a los gusanos, donde Carsy y Carli los recibieron con entusiasmo.
Elizabeth se puso a preparar la comida, esta vez con una criatura similar a un alce gigante.
Pero, en la última Coraza, alguien logró enviar un video antes de que explotara.
— En un lujoso cuarto, Xiangustipa golpeaba su escritorio con furia, los papeles volando como hojas arrancadas por el viento.
—¡Ya es el maldito sexto día y sigo sin respuestas sobre mis minas de Tambora!.
Un subordinado entró con cautela, con los hombros encogidos como si quisiera hacerse invisible.
—Señor Xiangustipa… tenemos algo.
Un video.
El holograma se desplegó en medio de la habitación.
Mostraba a un trabajador que, en cuestión de segundos, con una fuerza descomunal, derribaba las defensas de la mina mientras tres gusanos de Tambora emergían de la arena y la devastaban desde abajo.
Xiangustipa entrecerró los ojos.—(Un cambiaformas… y esos gusanos… ¿acaso están trabajando juntos?).
—¿Desea que realice una investigación?
—preguntó el subordinado, con un hilo de voz.
—No.
Déjalo así.
Yo me encargo.
Puedes retirarte.
El hombre obedeció sin rechistar, saliendo con prisa.
Xiangustipa activó la interfaz en sus ojos y una transmisión se abrió al instante.
La pantalla mostró un rostro en sombras.
Su voz se escuchó grave y seca, como si cada palabra arrastrara polvo y hierro.
—Señor Xiangustipa, conoces mis precios.
—Sí, sí, lo sé —respondió el magnate con impaciencia—.
Lo quiero vivo.
Necesito que aprenda a no meterse conmigo.
Te envié el video.
Mientras tanto, deja a los gusanos en paz; no quiero problemas con la FIU.
Hubo un silencio tenso.
Finalmente, la voz del cazador resonó otra vez, áspera como el filo de una piedra.
—Bien.
Estaré en contacto.
La transmisión se cortó.
La habitación quedó en penumbra, solo iluminada por el parpadeo inquieto de la ciudad que respiraba tras el ventanal.
— Mientras tanto, en Tambora, los gusanos se reunían por última vez.
—Gracias por tu ayuda, Pakney.
Espero que podamos volver a vernos —dijo Born con una sonrisa.
—No hay de qué.
Cuídense en su camino de vuelta.
—Fue muy divertido, ¿no?
—añadió Bormi, mirando a Onpur.
—Sí, claro… excepto por el hecho de que casi nos matan las explosiones —refunfuñó él.
—Solo fue un rasguño, Onpur.
Y ya estás quejándote —rió Bormi.
—Ustedes son los únicos raritos que no sienten miedo.
—¿Y Urm?
—Pregunto Elizabeth al no verla por ningún lado.
—Debe estar metida en la arena.
En ese instante, Urm emergió despacio, con lágrimas en los ojos.
—No quería despedirme… pero siento que, si no lo hago, me arrepentiré.
Elizabeth se inclinó y la acarició suavemente.
—Te extrañaré, Urm.
Cuídate mucho y hazle caso a tu papá.
—¡Sí!
También te extrañaré.
Seré más fuerte que papá y lo protegeré, al igual que a Tío miedoso y a Bormi.
—¡Hey!
—replicó Onpur indignado, mientras todos reían.
—¡Oh, sí!
Antes de irnos, ¿no te gustaría saber si puedes transformarte en hembra?
—preguntó, moviendo su cuerpo con curiosidad.
—Ah, ya ni me acordaba de eso.
Elizabeth se acercó, la punzó suavemente con un dedo, pero no sintió nada.
—Veré qué pasa si me transformo.
Cerró los ojos y esparció aquella sensación por todo su cuerpo.
En cuestión de segundos, su silueta cambió, las facciones se suavizaron, y una nueva figura apareció frente a ellos.
—Siempre me va a impresionar verte hacer eso —dijo Born, asombrado.
—Pero esta vez sí pareces una abominación, como Bormi.
—¡Oye!
—protestó Bormi desde atrás.
Elizabeth rió y volvió a su forma original para luego repetir el proceso.
Esta vez su cuerpo tomó proporciones diferentes, más firmes, con rasgos marcados.
—Ahora te ves como el galán de Born.
Si te quedaras así, las hembras se pelearían por ti.
—(Ya veo… ahora puedo elegir si ser mujer o hombre) ¿Por qué lo dices?
—preguntó, regresando a su forma habitual.
—Verás, Pakney, las hembras somos las que elegimos a los machos.
Cuanto más fuerte es uno, más apreciado será; incluso hay peleas por ellos.
De pronto, resonaron tambores, como si el desierto entero se burlara.
—Por eso Born siempre dice: <<¡Vengan, chiquitas, hay Born para todas!>> Born incomodo lo empujó suavemente.—Tampoco así, Onpur.
—Ya te imaginarás lo que pasará conmigo… —murmuró el joven, con aire abatido.
Los tambores sonaron de nuevo, como riéndose de él.
—Pobre Onpur, nadie se interesa en él —bromeó Bormi.
—Ya veo… bueno, supongo que algún día te tocará a ti, Onpur.
Jajaja.
—Ojalá… —suspiró él.
—Por miedoso —añadió Urm, saliendo de la arena.
—Dile a tu hija que tenga más respeto —replicó Onpur, volteando hacia Born con una mueca de disgusto.
Born soltó una carcajada grave.—Jajaja, Pakney, una cosa más.
Si llegas a encontrarte con Ibigort, mejor no te enfrentes a él.
Es mucho más fuerte que aquel otro con el que nos enfrentamos.
Onpur arqueó una ceja.—Mira quién lo dice, el que quiere matarlo, pero ni siquiera pudo contra un cazador de tercera.
—Solo digo que tengas cuidado.
Bueno, en fin… hasta entonces.
—Son muy lentos despidiéndose —comentó Bormi mientras ya se adentraba en el desierto.
—¡Adiós!
—se despidió Elizabeth con una sonrisa, observándolos sumergirse poco a poco en la arena hasta desaparecer.
—Iremos por comida, nos demoraremos —dijo Carli, a su lado.
—Ah, está bien.
Tengan cuidado.
Ambas hermanas partieron hacia la espesa selva.
Elizabeth las vio perderse entre los árboles y luego suspiró.—(Necesito llevármelas también… una criatura de esa clase no debería estar aquí.
Esa cazadora debe tener una nave, pero encontrarla no será fácil; tal vez ni siquiera logre hacerlo nunca…) Se estiró y bostezó.—¡Ah!
Mejor me echaré una dormidita.
Todos estos días he estado levantándome muy temprano… Subió hasta una rama ancha y cómoda, se acomodó y cerró los ojos.
El sueño la envolvió de inmediato.
En su mente, corría ágil por la selva bajo un cielo estrellado.
El aire era fresco y la tierra húmeda bajo sus pies.
De pronto, distinguió una criatura pastando.
Se lanzó sobre ella con precisión felina, atrapándola sin esfuerzo.
Pero cuando se incorporó con su presa, dos sombras colosales surgieron detrás, persiguiéndola en silencio.
Elizabeth despertó sobresaltada, el corazón latiendo con fuerza, todavía con el eco de esas figuras grabado en su mente…
—Que sueño más extraño… (¿Dónde estoy?
¿Cuándo llegué aquí?) Se encontraba en la entrada de una cueva, con la luz tenue del exterior iluminando apenas su figura.
Al bajar la mirada, notó que sus manos estaban cubiertas de sangre, y un sabor metálico impregnaba su boca.
A su lado, un gran hueso, aún con restos de carne, parecía contar la historia de lo que había ocurrido.
—(Entonces… no era un sueño.
Espero que Carsy y Carli no sean ese hueso… pero ¿¡qué me pasó!?
¿Acaso no ha sido suficiente lo que he comido?
¡En ese caso, esta cosa que soy es un barril sin fondo!) ¿Además ya está de noche?
¿¡Cuánto tiempo dormí!?
De repente, el crujido de una piedra rompiendo el silencio de la cueva la hizo estremecer.
Se giró de inmediato, su pulso acelerándose, solo para encontrarse con un rostro familiar en la penumbra…
—(¿¡Petra!?).
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com