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PAKNEY - Capítulo 24

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  4. Capítulo 24 - 24 Un rostro conocido
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24: Un rostro conocido …

24: Un rostro conocido …

La cueva estaba en penumbra, iluminada apenas por el resplandor tenue de la luna.

El aire olía a tierra húmeda y a metal.

—¡¿Petra?!…

¡¿Eres tú?!

La emoción la impulsó a levantarse de golpe, pero algo no encajaba.

La silueta era distinta, más robusta, más contenida.

La voz, aunque familiar, tenía un tono grave que no pertenecía a Petra.

—¡N-No me mates!

—exclamó el joven, encogiéndose y cubriéndose la cabeza con los brazos.

Elizabeth se detuvo, sorprendida por el miedo en sus ojos.

Se limpió la sangre de la boca con el dorso de la mano, intentando parecer menos amenazante.

—Ah… no temas, no te haré nada —dijo con suavidad—.

(Por lo que veo, no es ella… pero es de la misma raza.

No tengo dudas.)¿Cómo te llamas?

—(¡Qué susto me dio!

¡Casi me cago!) —pensó el joven, aún temblando—.

¿Hablas…?

¿Eres una persona?

Se incorporó poco a poco, con los ojos aún llenos de duda.

—Sí… solo que, bueno… (¡Vaya manera de presentarme!

Tengo sangre por todos lados, debe pensar que soy un salvaje.) Tuve problemas con una criatura y terminé así.

Me llamo Pakney, por cierto —dijo, extendiéndole la mano con una sonrisa.

—Ya… Yo me llamo Survion.

¿Y… estás bien?

Ah, y disculpa que no te dé la mano, pero está… ya sabes, y no quiero untarme de sangre.

—¡Oh, sí!

Comprendo.

Disculpa si te asusté, no era mi intención… Y sí, estoy bien.

Survion bajó la mirada, aún nervioso.

—(Tengo que salir corriendo de aquí… Cuando recién llegó, era muy diferente.

Me quedé paralizado en la entrada cuando entró con esa pierna gigante y vi cómo se la comía desaforadamente.

¡No era la misma persona!) —No hay problema… Suele pasar.

Cuando es de noche, la mente juega con tus sentidos —intentó bromear, con una risa nerviosa.

Elizabeth observó los aparatos electrónicos esparcidos por la cueva.

—Oye… ¿estás durmiendo aquí?

—Sí.

Pero pensaba irme en estos días… Así que, si quieres dormir aquí, solo dímelo y recojo mis cosas.

Al mirar con más atención, Elizabeth reconoció el lugar.

Era la cueva donde se encontraba el altar de Mytbronco.

Su expresión cambió.

—Espero no le hayas hecho nada al altar de Mytbronco… —dijo, con la mirada fija y acusadora.

Survion se tensó.

—¡¿Cómo es que lo conoces?!

¡Solo mi tribu sabe de él!

—(Espera… ¿Qué?

Entonces la raza de Petra es… ¡¿Los Zure?!

Esto cambia las cosas.) —Un gusano de Tambora sabía del altar y me guió hasta aquí.

¿Entonces tú fuiste el que prendió las velas hace unos días?

Survion se quedó en silencio.

Su mente giraba.

—Ya… un gusano de Tambora… (Teníamos lazos con los gusanos y convivíamos con ellos, pero ¿uno llegó a estar aquí?

¡Eso no es lo más extraño!

¡¿Este tipo habló con un gusano de Tambora?!

¿Quién diablos es?) —¿O sea… hablas con las criaturas?

—Ah… bueno, sí.

Puedo comprenderlas —respondió Pakney, con una sonrisa incómoda—.

Me dijo sobre el altar y… Le contó todo lo que había vivido allí.

Survion la escuchó con atención, sin interrumpir.

—Qué interesante… (Si Mytbronco lo ayudó, entonces este tipo no es tan malo como pensé.

Tal vez exageré.

Ni siquiera yo llegué a verlo cuando era niño.

Si es cierto lo que dice… entonces Tambora podrá recuperarse.) —Ahora que me acuerdo… dijiste que eliminaron algunas minas, ¿no?

—Tres en total.

—Define <<eliminar>>… —¿Hacerlas explotar?

Bueno, no era mi intención.

Solo que los gusanos, cuando se metían a la mina, empeoraban las cosas… Survion se llevó las manos a la cabeza.

—¡Fuiste tú entonces!

Las noticias en la red Uny están como locas por las explosiones… No, ¡no!

¡No quiero involucrarme contigo!

¿Sabes de quién son esas minas?

—Tal vez… —¡Del tercero más rico del universo!

¡Es un peligro meterse con uno de los cinco magnates!

—Pero no saben que fui yo, ¿no?

(¿Y, el como sabe eso?

No creo que muchos sepan que Xiangustipa sea billonario…

¿O si?) Survion se detuvo.

Recordó que las noticias solo hablaban de criaturas.

—Bueno… tampoco estás tan expuesto.

No saben realmente que eres tú.

Piensan que fueron gusanos de Tambora… —Menos mal… ya me estabas preocupando —rió ella, aliviada.

—Pero… ¿cómo hiciste que los gusanos trabajaran contigo?

Además, no tiene sentido.

No es suficiente con tres gusanos para bajar las defensas de esas minas… —Bueno, yo… —Cállate.

No quiero saber más.

Entre menos sepa de ti, mejor.

—(Uff… menos mal.

No quería decirle nada.) Survion bajó la mirada.

Luego de estar un momento en silencio, con voz más suave, dijo: —Pero… ¿sabes?

Te agradezco que arriesgaras tu vida por mi planeta.

Se arrodilló, inclinándose con respeto.

—Yo… no tienes que arrodillarte.

Un simple <<gracias>> es suficiente.

—Ya, comprendo.

Entonces… gracias.

Sonrió con amabilidad.

Sus ojos brillaban con sinceridad para luego decir: —Yo estaba buscando maneras de frenar la minería… Se levantó y caminó hacia una de sus máquinas.

Frente a ella, suspiró.

—Estos aparatos son prueba de ello.

Recopilan información de la Tierra cada cien años.

Con las pruebas suficientes, planeaba apelar contra quien compró el planeta.

Así la FIU nos ayudaría y podríamos frenar la extracción de la gema… Pero creo que tu método fue más efectivo.

No tuve que esperar 500 años más —rió con suavidad.

Elizabeth sonrió también, pero su expresión se tornó seria.

—Aunque… accidentalmente maté gente en el proceso… Survion se quedó en silencio.

Luego, con voz firme, respondió: —Bueno, si es verdad que fue en parte tu culpa… míralo de esta manera: sabían que trabajaban para destruir un planeta entero y, aun así, seguían lucrándose con ello.

Algo tenía que hacerse.

Conocían las consecuencias.

Podría decirse que fue el karma actuando… Elizabeth lo miró con sorpresa.

—(Quizás no estoy tan sola en esto…) Sonrió con simpatía.

—Tienes un punto… — Mientras tanto, en las profundidades de la selva… La humedad era espesa, casi líquida.

El aire vibraba con sonidos de insectos y raíces vivas.

Una figura solitaria, cubierta por un Nacno traje, se detuvo entre los árboles retorcidos.

Su casco emitía un zumbido leve mientras analizaba el entorno.

—Hmm… Fue tan rápido que mi casco no lo logró captar.

¿Qué habrá sido?

De entre la vegetación, emergieron criaturas gigantes, de unos siete metros de altura.

Caminaban agachadas, apoyándose en sus nudillos como simios deformes.

Sus manos eran enormes, con uñas tan largas que parecían cuchillas.

En sus rostros, varios ojos se movían en direcciones distintas, y en sus hocicos sobresalían dos hileras de tres esferas hechas de carne.

La figura los observó sin miedo.

En su visor, aparecieron imágenes del Rosfresh y sus posibles ubicaciones.

El se dirigió hacia las bestias y dijo: —Ya sé… Buscaremos quién les quitó su comida.

Pero, primero el trabajo.

(Espero que esos Rosfresh sigan vivos.

Necesito su piel.

Luego hay que buscar a ese tal cambiaformas…) Las criaturas se agitaron, como si entendieran el plan…

— Mientras tanto, en la cueva.

Elizabeth y Survion seguían conversando, rodeados por el resplandor tenue de las máquinas y el eco de las velas apagadas.

—¿Y tú, Pakney?

¿Qué haces aquí?

Elizabeth se acomodó sobre una roca, pensativa.

—Yo… ando explorando el cosmos —dijo con tono casual, aunque una chispa de idea se encendía en su mente—.

(¡Se me ocurrió una gran idea!) Lamentablemente, mi nave se estrelló en los lodos, no muy lejos de aquí… Survion frunció el ceño.

—Oh, ya… Qué mal.

Es el peor lugar para aterrizar.

¿Y la nave de repuesto?

—¿Cómo así?

¿Nave de repuesto?

—No me digas que… ¿Desde cuándo estás atascado aquí?

—¿Un poquito más de una semana?

—respondió con una sonrisa culpable.

Survion la miró de arriba abajo, notando las manchas de sangre, las escamas mal acomodadas, el cansancio en sus ojos.

—Bueno, veo que no la has pasado muy bien… —dijo con tono comprensivo—.

Si deseas, puedo llevarte al planeta al que voy luego de terminar aquí.

Elizabeth se iluminó.

—(¡Sí!) ¡Te lo agradecería mucho!

—se arrodilló brevemente, con gesto teatral, y luego se levantó de golpe—.

Y… de casualidad, ¿no podrías llevar también a dos Rosfresh?

Survion parpadeó.

—No.

—¡Por favor!

¡Son dóciles, te lo aseguro!

—exclamó, tirándose al suelo y agarrándole la pierna con desesperación.

Survion se estremeció.

—(¿¡Dos bestias como esas en mi querida nave?!

Ni loco.) Esas criaturas son enormes.

No van a entrar en mi nave.

Además, no cuento con permisos para ingresar a su planeta.

Conozco a alguien que sí podría ayudarte, pero tendrás que pagarle.

Elizabeth se incorporó con rapidez.

Sacó una pequeña gema de su pecho y la sostuvo frente a él.

Su superficie brillaba con un resplandor amarillo.

—Si puedes pagarle con tu dinero, yo luego te pagaré con esto.

Bueno… primero tenemos que venderla.

Survion se acercó, examinando la gema con cuidado.

—¡Esa es una gema de Tambora!

Aunque no es muy grande… cuesta una fortuna.

(¿La habrá sacado de la mina?) ¿De cuánto estaríamos hablando?

—Mitad y mitad.

Survion se quedó en silencio.

Luego suspiró.

—¡¿Tanto?!

Bueno… si tú quieres.

Te ayudaré.

(Espero no me vaya a arrepentir de esto…) Elizabeth sonrió con entusiasmo.

—¡Gracias!

Ven, te presentaré a Carli y Carsy.

Survion se detuvo en seco.

—¿Son… los Rosfresh?

¿Les pusiste nombres?

—No.

Así se llaman.

—Ah… comprendo… (¿Y si está loco?

Ay, ya me estoy arrepintiendo…) — Y así, Elizabeth guió a Survion hasta la salida de la selva.

Los primeros rayos del sol comenzaban a teñir el horizonte con tonos dorados y rosados.

Tras un baño rápido en un arroyo cristalino, retomaron el camino.

Elizabeth caminaba con paso firme, pero en sus ojos brillaba el alivio.

Al llegar al claro, vio a Carli y Carsy recostadas junto al árbol donde ella había dormido.

Al percibir su olor, las Rosfresh alzaron la cabeza al unísono.

La reconocieron.

Y sin dudarlo, corrieron hacia ella, lamiéndola con entusiasmo, como si el tiempo no hubiera pasado.

Survion, paralizado por la escena, se ocultó tras Elizabeth, temblando ligeramente.

—(¡Ah!

¡De verdad hay dos Rosfresh aquí!

¡Y vienen muy rápido!) —pensó con pánico.

—¡¿Dónde estar?!

—exclamó Carli, con la voz cargada de preocupación.

—No poder ir muy lejos por olor de criaturas raras… —añadió Carsy, con tensión en cada palabra.

Elizabeth frunció el ceño.

—¿Criaturas raras?

—Sí… escondernos lejos —respondió Carsy.

Elizabeth comprendió de inmediato.

Si las Rosfresh, con su tamaño e instinto, habían decidido ocultarse, debía tratarse de una amenaza mucho peor.

—¿Hacia dónde la vieron?

—Estar muy cerca de donde cazamos —respondió una de ellas.

Elizabeth asintió lentamente.

<<Siempre van al sur… tendré que tener cuidado también>> , pensó.

Luego, con una sonrisa suave, las acarició.

—Ya no tendrán que preocuparse, porque pronto podrán volver a casa.

Carli alzó la vista y notó a Survion asomándose tras Elizabeth.

—¿Quién es?

—Ah, él es un amigo —explicó Elizabeth con calma—.

Nos ayudará a llevarlas a casa.

Carsy se acercó a Survion para olfatearlo.

Él se estremeció, incómodo.

—(¡Qué miedo dan!

¡Y este tipo está como si nada!) —pensó nervioso— (Pero… por lo que veo, es verdad que habla con las criaturas.

Incluso emite sonidos como un Rosfresh…) —¿A casa?

—preguntó Carsy, con una mezcla de esperanza y tristeza en sus ojos.

—¿Vendrán conmigo?

Pero entonces, Carsy bajó la mirada.

—¿Y hermano?

Carli quedó en silencio.

La respuesta la conocía desde hacía tiempo, pero no por ello dolía menos.

—Hermano… ya no puede razonar… no poder venir con nosotras… La tristeza se volvió tangible.

Elizabeth sintió cómo algo se quebraba dentro de ella.

—(No puedo dejar que sufran por su hermano… si hay una posibilidad, aunque sea mínima, de ayudarlo… tengo que intentarlo) —Survion… —dijo en voz baja, mirándolo con decisión.

—¿Ya terminaste?

—respondió él, sin captar aún la gravedad del momento—.

Diles que se alejen un poco, me da miedo tenerlas tan cerca.

—Claro… Carsy, Carli, ¿pueden quedarse junto a aquel árbol por un momento mientras hablo con mi amigo?

—Sí… vamos, hermana —respondieron obedientes.

Se alejaron y se recostaron bajo el árbol indicado.

—Gracias… ya me iba a dar algo —suspiró Survion, aliviado.

—Dijeron que irán, pero… Survion, ¿no hay alguna manera de ayudar al hermano de ellas?

Al parecer, se volvió agresivo luego de caer en este planeta… Survion entrecerró los ojos, pensativo.

—¿Dices que es su hermano?

Llegué a oír rumores sobre una nave que cayó hace unos años aquí, en Tambora.

Transportaba cargamento ilegal.

Sufrió graves daños, y los tripulantes se vieron obligados a liberar parte de la mercancía.

Varios contenedores cayeron, se rompieron, y de ellos escaparon tres criaturas.

Pero lo peor fue que, dentro de las cabinas, había sustancia ING sin tratar… Si su hermano tuvo contacto con eso, entonces… —¿No hay cura?

—Sí… pero no es cien por ciento efectiva.

Incluso si sobrevives al tratamiento, quedan secuelas: movimientos involuntarios, impulsos violentos… y mordeduras.

Elizabeth recordó las palabras de Carli.

Hablaban de sufrimiento, de conciencia atrapada.

Asintió lentamente, con el corazón apretado.

—Entiendo… —Oye, ¿y cómo harás para que se comporten en la nave?

—Pensaba ir con ellas… —Hmm, lo dudo.

Mi amigo trabaja para una empresa ligada a la FIU, y ellos son muy estrictos.

Pero podrías preguntarles.

—Está bien.

(Después de todo no tengo otra opción.) —Déjame los llamo para que vengan.

Espero puedan entrar sin problemas… Survion hizo la llamada.

Luego de charlar un rato, colgó y dijo: —Vendrán en unos minutos.

—Gracias… Eres un ángel.

—No digas eso, me incomodas… Carsy miró a su hermana con preocupación y murmuró: —Tengo miedo de volver a subir a una cosa voladora… Elizabeth se acercó con una sonrisa tranquilizadora.

—No se preocupen —dijo, acariciándoles suavemente las orejas—.

La cosa voladora que viene no es como la otra.

Esta es fuerte y segura.

Nunca se caerá.

Mientras ellas se calmaban, Survion observaba desde la distancia, algo apartado.

—Mírala… los acaricia como si los conociera de toda la vida —murmuró, sorprendido por la conexión que parecía tener con las criaturas.

Pasó una hora.

Las Rosfresh se entretuvieron buscando comida en la arena, donde encontraron un ciempiés que simulaba tener una cara en la parte trasera de su cuerpo.

Elizabeth cocinó la carne con habilidad, mientras Survion se refugiaba bajo una roca, huyendo del sol abrazador.

De pronto, alzó la mirada hacia el cielo.

La nave descendía lentamente, suspendida sobre la superficie arenosa.

De su interior salieron tres personas de la raza Donon, seres de aspecto híbrido entre planta y humano.

Uno de ellos dijo, riendo: —Casi que no logramos entrar.

No saben el alboroto que hay ahí afuera, nos tocó entrar en sigilo, jajaja… —

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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