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PAKNEY - Capítulo 25

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  4. Capítulo 25 - 25 Despedidas y
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25: Despedidas y…

¡Que!

¿¡Hemedbeods!?

25: Despedidas y…

¡Que!

¿¡Hemedbeods!?

El extraño se acercó con rapidez a las Rosfresh, con los ojos brillando de curiosidad.

—¡Oh!

¿Son dóciles?

—preguntó, estirando la mano para tocarlas.

Antes de que pudiera hacerlo, Elizabeth se interpuso con firmeza, colocándose entre él y las criaturas.

—¡Hey!

Ten más cuidado.

Ellas no te tienen confianza aún… —Ah… comprendo.

Disculpen, damas —dijo, haciendo una reverencia exagerada hacia las Rosfresh.

Dio un par de pasos atrás y se dirigió a Elizabeth con una sonrisa cortés—.

Me llamo Romori.

—Pakney —respondió ella, estrechando su mano con cautela, mientras pensaba: (Se nota que sabe de criaturas… supo con solo verlas que eran hembras) Romori la observó brevemente de pies a cabeza y soltó una carcajada.

—Vaya, quién diría que hoy vería a un desnudista, jajaja.

—No, yo no… —¿Y segura… o seguro?

La verdad, no sé si eres mujer o hombre, jajaja, disculpa…

—No pasa nada —replicó ella, conteniendo su incomodidad—.

Te quería decir que sí… —¿Estas criaturas las podremos llevar sin problemas?

—(¡Maldita sea!

¡Déjame hablar!) —alzando la voz—.

¡Sí, podría ir con ustedes!

Romori negó con la cabeza, suspirando.

—Hmm… no, lamentablemente sería un problema llevarte.

Tendríamos que hacer un montón de papeleo para justificar por qué te llevamos, además de que tendrías que dar tu versión y adjuntar una copia de tu registro Uny…

Lo de siempre cuando uno trabaja para la FIU.

Survion se acercó con cautela.

—¿Qué harás, Pakney?

—¡Hola!

Survion, viejo amigo, ¿cómo estás?

Veo que sigues con tus miedos a las criaturas de clase A, jajaja.

—Hola… y sí, es sentido común.

¿Entonces qué vas a hacer, Pakney?

¿Podrán irse sin ti?

—No tengo otra opción… —dijo, acercándose a las Rosfresh—.

Carli, Carsy, tendrán que subir a la nave sin mí.

Necesito que se comporten ahí dentro y no les vayan a hacer daño.

—Si tú confías en ellos… entonces estar bien.

—Yo seguiré a hermana a donde sea.

—*(Pensé que sería mucho más complicado, pero estas chicas son muy maduras)* —pensó, con una lágrima saliendo de sus ojos—.

Gracias, chicas… las extrañaré —dijo, abrazándolas con amor.

—Increíble, hasta simpatía tienen —comentó Romori, observando el intercambio con curiosidad.

Desde la nave descendieron dos jaulas flotantes.

Las Rosfresh, sin resistirse, entraron en ellas tranquilamente.

Una vez aseguradas, las jaulas se elevaron de nuevo hacia la nave.

—¡Gracias por ayudar a estas muchachas, Pakney!

—gritó Romori desde la compuerta—.

¡Las cuidaremos hasta que lleguen al planeta!

¡Survion!

¡Les enviaré fotos cuando las dejemos allá!

¡Adiós!

La compuerta se cerró y la nave, con un leve zumbido, se disparó hacia el cielo, perdiéndose entre las nubes, rumbo al espacio… — Elizabeth se quedó mirando el cielo, con el corazón apretado.

—Ojalá lleguen bien… —Seguro que sí —dijo Survion, acercándose mientras seguía la estela de la nave—.

Bien, iré a la cueva y llamaré a mi nave.

Iremos a Zuazmurchi.

Ahí veremos dónde vender la gema de Tambora que traes.

—Está bien… aunque primero voy a comer algo.

(Necesito comer más… no quiero que vuelva a suceder lo de anoche.) —Te espero en la cueva entonces —dijo, alejándose por el sendero…

— Elizabeth llegó al río apenas unos minutos después de que Survion se marchara.

El agua estaba tibia, tranquila, y los peces se movían con lentitud entre las piedras.

Con movimientos precisos, cazó varios, y los dejó sobre una roca para que se escurriesen.

El aire olía a humedad y savia, pero algo más flotaba en el ambiente.

Un escalofrío le recorrió la espalda.

—¿Será mi imaginación?

Miró a su alrededor.

Nada parecía fuera de lugar, pero entonces un olor peculiar llegó hasta su nariz.

Era denso, terroso, con un pegamento pasado.

Provenía de entre las plantas del lado derecho, donde un gran árbol se alzaba, oculto parcialmente por la vegetación.

Antes de que pudiera reaccionar, una criatura gigante emergió de su base.

Su cuerpo era azul con rayas blancas, musculoso, y sus ojos brillaban con inteligencia salvaje.

Al verse descubierta, se lanzó de inmediato sobre Elizabeth.

Varios zarpazos rasgaron el aire, pero ella logró esquivarlos con dificultad, impulsándose hacia las ramas altas de un árbol cercano.

—(¡Pero qué cosas son esas!

¡Tras que es gigante, mira esas uñas!

¡Y encima hay otro!) Desde el agua, otra criatura emergió, salpicando barro y espuma.

Su silueta era igual de imponente.

La primera se lanzó sobre el árbol donde Elizabeth se refugiaba y, con un solo golpe de sus garras, lo cortó a la mitad.

El tronco cayó con un estruendo seco.

—(Y pensar que tiene fuerza para partir un árbol tan grueso… ¡No quiero saber qué pasaría si me alcanzara!) Saltó entre las ramas, moviéndose como una sombra entre la copa de los árboles.

Las criaturas la seguían con precisión, pero no con furia.

Parecían medirla, probarla.

Entonces, un agudo silbido rasgó el aire.

Era como un cuchillo sobre vidrio, un sonido que parecía cortar incluso el viento.

Las criaturas se detuvieron de inmediato.

Luego, sin mostrar más hostilidad, se sentaron tranquilamente sobre sus patas traseras, como si nada hubiera pasado.

De entre las plantas emergió una figura humana.

Vestía un traje completo que cubría todo su cuerpo, con placas flexibles que brillaban bajo la luz del sol.

De su cabeza caía una larga trenza que le llegaba hasta las costillas, balanceándose con cada paso.

Su presencia era imponente, pero serena.

—Eres capaz de esquivar con facilidad los ataques de un Hemedbeod —dijo con voz grave—.

No cualquiera puede hacerlo… Dime, ¿qué haces aquí?

Elizabeth descendió de las ramas con cautela, sin perder de vista a las criaturas.

—Veo que son tus mascotas… ¿Quién eres?

(¡Hemedbeod!

Ese nombre estaba primero en la lista de criaturas peligrosas… Clase L.

Fuerza descomunal, reflejos imposibles, inteligencia superior.

¡Y este tipo los controla!) El hombre se detuvo a pocos pasos.

—Me llamo Ibigort.

Mis Hemedbeod estaban rastreando a unos Rosfresh… Pero no suelen ser agresivos sin provocación.

¿Acaso fuiste tú quien les robó la comida anoche?

Elizabeth se quedó en silencio.

Un recuerdo fugaz cruzó su mente: sombras gigantes en su sueño, carne cocinada al despertar, una sensación de haber hecho algo sin saberlo.

—(¡Ah!

¡No me digas que esas sombras que vi en el sueño eran ellos!

Tiene sentido… por eso eran tan grandes.) Se lanzó al suelo, con los brazos extendidos y la cabeza baja, en dirección a los Hemedbeod.

—¡Disculpen!

¡No sabía en absoluto que era su comida!

Pensé que estaba soñando… Los Hemedbeod la observaron sin moverse.

Uno de ellos ladeó la cabeza, como si supiera lo que decia…

Pero entonces Elizabeth recordó de golpe.

—(Espera… ¡Es él!

¡Ibigort!

¡El mismo del que Born me advirtió!).

— El aire se volvió más denso.

La selva, que antes vibraba con vida, guardó silencio como si supiera que algo había cambiado.

Las hojas dejaron de moverse, los insectos se escondieron, y hasta el río pareció contener su curso.

Porque él había llegado.

El cazador que no sigue reglas.

El que rastrea lo imposible.

El que no pregunta, solo observa.

El que no caza por hambre, sino por propósito.

Ibigort.

Su nombre no se pronuncia en voz alta en los registros de la FIU.

Su rostro no aparece en las bases de datos.

Pero su presencia se siente.

En las criaturas que desaparecen sin dejar rastro.

En los rumores que nadie quiere confirmar.

Y ahora, estaba aquí.

Frente a Elizabeth.

Frente a Tambora.

Frente a un conflicto que aún no ha comenzado…

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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