PAKNEY - Capítulo 30
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Capítulo 30: El precio de la confianza
Y así, pasaron las dos horas hasta aterrizar en Zuazmorchi.
Survion salió del cuarto restregándose los ojos, apenas volviendo a la realidad. En la sala vio a Elizabeth convertida en Ersod, sentada en uno de sus sofás de centro. No le prestó atención de inmediato y se dirigió al cuarto contiguo.
—Oye, Pakney, ya llegamos… —murmuró, todavía adormilado.
Pero al abrir bien los ojos, recordó que aquel <> no era el mismo sujeto de antes.
—¿¡Pero, quién travos eres tú!?
Elizabeth, aún en ropas de cama, acariciaba al Ukra. Solo entonces cayó en cuenta de que Survion no sabía que podía cambiar de forma.
—¡Ah! Disculpa, no te dije que soy capaz de adoptar otras formas… ¡Soy Pakney, te lo juro!
Survion la miró con recelo.
—(Hmm… por cómo está el Ukra de tranquilo, sí debe ser él. Me sorprende; normalmente estas criaturas son esquivas en estado salvaje… Aun así…) —¿Dónde me conociste?
—En Tambora, en la cueva de Mytbronco.
—Sí, eres tú… (¡Ahora sí estoy en problemas! Los cambia formas son tan escasos que me matarían si supieran que estuve con uno. Tengo que alejarme de este sujeto antes de que pase algo…)
—¿Dejaremos a Yumi en la nave? —preguntó Elizabeth.
—¿Qué? ¿Quién es Yumi?
—¿Pues quién más será…? —respondió, levantando al Ukra con un dejo de molestia.
—¡Ahh! Ya veo… Le pusiste nombre. Pero no te la vas a quedar, ¿eh? La devolveremos, así que no te encariñes.
Elizabeth bajó la mirada.
—Ya… (Yo me lo quería quedar…)
—Y no la llevaremos fuera de la nave —añadió Survion—. La FIU últimamente está muy pendiente de la venta ilegal de estas criaturas. Sin papeles que demuestren que la compramos en un local permitido, nos pueden poner una multa. No quiero malentendidos.
—Está bien… Ni modo, Yumi, te quedarás aquí —dijo, acariciando al Ukra en sus pies. Luego lo dejó a un lado y se acercó a Survion—. No tendrás por ahí un conjunto de ropa, ¿cierto?
—Eh, sí, claro. Ve al armario y toma uno de los conjuntos transparentes. Es una tecnología que pensaba vender en Mechfortel, pero ya que vamos a repartirnos el dinero, te lo regalo.
—¿Y dónde venderemos la gema?
—Conozco a un amigo que puede darme información sobre un comprador aquí en Zuazmorchi. Pero… primero dime cuánto me vas a dar. Se que ya me lo habías dicho, pero, quiero confirmar que no hayas cambiado de idea.
—(Eli, yo diría que…)
Sin vacilar, contesto: —Como te dije, el cincuenta por ciento.
—(¡Elizabeth! Eso es demasiado. ¿Sabes cuánto va a ganar sin haber hecho un solo esfuerzo?)
—(Nos ayudó sin saber quién realmente éramos, arriesgando su vida. Y además él tiene el contacto; no tenemos a nadie más con quién hablar de esto, ¿o tú sabes de alguien?)
—(Hmmm… No si… Está bien, tienes razón. Me disculpo.)
—¿Seguro? —insistió Survion—. Va a ser mucho dinero.
—Por todo lo que has hecho por mí, es lo que mereces. Y yo no tengo ningún contacto con quién vender la gema, ja ja…
Los ojos de Survion se iluminaron. Por primera vez alguien era generoso con él. Siempre le pagaban lo justo, cuando no, lo engañaban directamente. Una sonrisa sincera se dibujó en su rostro, casi dejando escapar una lágrima.
—Muchas gracias, de verdad. Nunca pensé que alguien me daría tanto dinero… Iré a llamar a mi amigo. Cuida al Ukra un rato. —Se giró e inició una llamada a través de la interfaz de sus ojos.
—Ve, Yumi estará feliz cuando le compremos comida. Ya hasta está mordiendo mis sábanas…
Survion se volteó indignado.
—¡Hey! ¡Esas son, mis sábanas! —pero justo en ese momento le contestó su amigo—. Ah… ¿sí?, ¿con Juani?…
Le hizo señas a Elizabeth para que retirara al Ukra. Ella lo cargó y lo llevó al cuarto. Ya dentro, probó el conjunto transparente, pero al mirarse en el espejo frunció el ceño.
—(¡No entiendo esta tecnología!) —La ropa titilaba sin estar del todo completa.
—(Es ropa ilusoria. Debes imaginar la prenda que quieres y esta cambia a tu gusto. Son muy costosas… me pregunto de dónde las sacó.)
Elizabeth intentó concentrarse, pero el resultado fue irregular.
—¡Se me ve media nalga! —protestó, posando incómoda frente al espejo.
—(Tienes que tener una imagen clara. Generalmente se hacen a partir de diseños preprogramados… ¡Ahh! ¡Todavía no me acostumbro a verte usar mi cuerpo así!) —Ersod gruñó desde el fondo de su mente.
—Espera, voy a mirar si hay algo más en el armario.
Revisando, encontró una serie de revistas de moda.
—Creo que esto servirá.
Ojeó el catálogo y escogió un atuendo de oficinista.
—(Elizabeth… ¿acaso vas a una entrevista de trabajo? Ponte otra cosa.)
—Pero se te ve bien…
—(No… bueno, sí, pero no es ropa para andar por ahí.)
—Bien… —siguió buscando y al final eligió unos jeans negros descolgados, una camisa blanca de manga larga y zapatos de punta negros—. Listo.
—(Mejor… recuerda tomar las gemas que dejaste debajo de la almohada).
—Oh si —Fue a la cama y las tomo: Tres en total.
Al salir, Survion ya lo esperaba junto a la salida. Justo en una esquina de la nave, una plataforma circular se abrió bajo sus pies, revelando el exterior. Al dar un paso, Elizabeth notó que estaban en un estacionamiento. Varias naves descansaban alrededor.
El cielo estaba teñido de un amarillo miel suave. Los árboles, alineados en las calles, exhibían hojas de un blanco cenizo. Elizabeth caminó a su lado, contemplando el paisaje.
—Survion…
—¿Sí? —El voltio a mirarla.
—Necesito ir a una plaza donde haya mucha gente.
—¿Qué vas a hacer?
Ella se inclinó para susurrarle al oído:
—Voy a cambiar de cuerpo.
—Ah… ¿Está bien? Hay una plaza a unas calles de aquí. —señalo hacia el frente.
—Perfecto, entonces vamos allá.
—
Unos minutos después llegaron a la plaza central que, para sorpresa de Elizabeth, no era muy distinta a las de su propio mundo. Durante el trayecto tampoco encontró la ciudad tecnológica que había imaginado, sino algo mucho más común, casi familiar… como si hubiera regresado al lugar donde solía vivir.
—Ya estamos. Mientras tú haces lo que vayas a hacer, yo iré por la comida del Ukra. Luego iremos a los portales.
—Está bien… Oye, Survion, ¿por qué Zuazmorchi se ve tan diferente?
—¿Diferente? Ah, hablas de que se ve un poco… ¿anticuado?
—Sí, no se ve tan tecnológico. —observando a su alrededor, como todo se veía tan común.
—Eso es porque Zuazmorchi apenas está integrándose a la vida en el universo. Alcanzaron un nivel de evolución en el que tuvieron que unirse como es debido.
—Oh, ya veo. Es de los pocos, supongo.
—Sí… Bueno, iré por la comida. Vuelvo enseguida.
—¡Ah! ¡Espera! —Se acerca y le susurra al oído—. Para que me reconozcas en mi otra forma te diré: aguacate melocotonero.
—Amm, entiendo…
Survion no dice más. Se retira algo incómodo, preguntándose qué diablos significaba aquello, sobre todo porque lo escuchó en su propio idioma.
Elizabeth, ahora sola en la plaza, observa a las personas pasar, sin decidirse a hablarles. O al menos eso parecía.
—(Quién diría que serías algo penosa). —Dijo Ersod en su mente.
—(No es eso, estoy buscando al candidato perfecto). —Estrechando sus ojos mirando a lo lejos.
—(¿Qué?… Ohh, ya veo lo que estás pensando. ¿Y por qué un hombre? Elige una mujer).
—(No… No te daré el gusto. Además, quiero ver el majestuoso cuerpo masculino).
—(Ajá… y a mí me dices pervertido).
—(A ver, ¿cómo te digo?… Ah, sí. Soy un artista con buen ojo crítico. Y no lo hago solo por eso, también buscaré una mujer. Así que no hables bobadas).
—(Ja, ja, ja… qué graciosa).
Tras unos minutos de búsqueda, encuentra a un elfo joven de cabello negro, largo hasta la cintura, sostenido por un broche dorado. Sus ojos plateados brillaban bajo la luz tenue, y su atuendo elegante —blanco con detalles marrón claro, zapatos de un marrón oscuro parecido al cuero— le daba un porte distinguido.
Elizabeth se le acerca con cortesía, preguntándole por un buen restaurante. El elfo le indica amablemente la dirección, y en ese instante ella aprovecha para hacerle un corte sutil en el hombro, dañando su ropa… Ersod fuera del cuerpo, dirige su energía para que el corte no se sienta. El joven no nota nada afortunadamente. Elizabeth le agradece y se retira. Más tarde, repite el mismo procedimiento con una humana mediana de ojos cafes claros, pelo lacio y buena figura.
—(Y pensar que también soy capaz de manejar mi energía espiritual así… Bien, busca un callejón. La verdad, preferiría que lo hicieras en la nave).
—(No creo que sea problema, mientras nadie nos vea).
Se aparta de la plaza y se adentra en un callejón sin salida. Al fondo hay un contenedor de basura y, sobre la pared agrietada, una pequeña abertura donde se oculta una cámara. No apunta directamente al lugar donde está ella; su lente está dirigida casi por completo hacia el basurero.
Elizabeth observa alrededor una vez más y, asegurándose de que nadie la mira, se concentra.
Un leve resplandor recorre su cuerpo. Sus rasgos comienzan a cambiar con suavidad, como si una máscara invisible se deslizara sobre su piel. En cuestión de segundos, la figura de Ersod desaparece y en su lugar queda el joven elfo.
Durante un instante se mira las manos, luego adopta un par de poses exageradas, girando los hombros y levantando la barbilla con aire presumido, como si estuviera probando su nueva apariencia frente a un espejo invisible.
—(Intentaré algo, quédate quieta).
Ersod modifica ligeramente su apariencia: acorta sus orejas hasta las de un humanito, cambia el cabello a un rojo oscuro y los ojos a un tono vino profundo.
—(Ya está).
—¿Qué hiciste? —Elizabeth se palpa el rostro hasta notar las orejas distintas.
—(Solo ajusté un poco tu apariencia para que el elfo no tenga problemas si llegas a incriminarlo. Ja quien diría que también puedo modificar tu cuerpo).
—Ah, ya veo… (Oye, Ersod, ¿y si podías hacer esto… ¡qué sentido tenía cambiar de cuerpo!)
—(… ¡Ahh ya se! ¡Apenas se me ocurrió! Me diste la idea después de distraer a ese elfo. ¡No eres la única que está descubriendo su cuerpo! ¡Yo también exploro mis capacidades como espíritu!).
—(¡Ya entendí! Pero no me grites, me vas a dar jaqueca…).
—(¡Lo mismo va para ti! Me pasa igual…)
Tras su pequeña discusión, regresan a la plaza, donde Survion los esperaba con cara de fastidio. Luego de decir la <<contraseña>>, le respondió.
—Llevo dos horas esperándote… —dijo cruzándose de brazos.
—Mis disculpas, caballero, fui al baño y se me hizo tarde —respondió con tono modesto.
—¿Por qué hablas así? —la miró extrañado.
—Bueno… me estoy integrando a un nuevo rol.
—Déjalo, me asustas.
—Ah, disculpa. —Desvió la mirada, hasta reposar en la bolsa que él cargaba—. Veo que trajiste la comida de Yumi.
—Oh, sí. Toma, con esto tiene para una semana.
Elizabeth revisa la bolsa: parecía comida de perro.
—Gracias.
—No te lo vas a quedar…
—Ya sé… —Dijo con una lagrima en su ojo.
—¿Dónde dejaste al Ukra?
—A Yumi lo dejé en el cuarto.
—Ah… mejor en el baño, pero bueno. Vamos a dejarle la comida y nos vamos directo a los portales.
—Está bien, vamos.
Después de alimentar al Ukra en la nave, ambos se dirigen al sur de la ciudad. Entran a una gran estación cubierta por un techo abovedado, abarrotada de razas que se movían en todas direcciones.
—Ven, aquí hay que comprar un boleto —dijo Survion, señalando unas cabinas al fondo.
Tras adquirirlos, bajan por unas escaleras hacia los portales. Una segunda fila de cabinas bloqueaba el paso; Survion introduce su boleto en una ranura, abriendo la compuerta. Elizabeth hace lo mismo.
—(Esto me recuerda a las estaciones del Mio…) —pensó al pasar.
Nota: El Mio es un sistema de transporte masivo en Cali, Colombia, parecido al Transmilenio.
—¿A dónde vamos exactamente? —preguntó Elizabeth mientras observaba los carteles y puestos de comida.
—A Murusa. Ahí ya terminaron gran parte de las adaptaciones. Ayúdame a buscar el N32 —señaló unas placas luminosas en el techo.
—Ya veo… no puedes ver muy bien porque estás enano —bromeó Elizabeth con una sonrisa.
Molesto, Survion gruñó: —Agradece que eres más alto que yo, porque si no, ya te habría dado un golpe en la cabeza…
—¿Y cuánto mides tú? ¿Todos en tu raza son así?
—Mi raza es pequeña, es normal medir alrededor de 1,68. Yo apenas llego a 1,62, y nuestras mujeres rondan el 1,50.
—Ya veo, muy pequeños. ¿Y yo cuánto mediré?
—¿Cómo que no sabes?
—Nunca me lo he preguntado… ¿Unos 1,74?
—Diría que 1,80… espera, quédate quieto. —Survion se compara, notando que apenas le llegaba al hombro—. Yo diría que 1,88… sí que eres grande.
—(Por eso los gusanos no me parecían tan grandes…) Eres un enano, tapón de alberca —se ríe.
—Sigamos buscando mejor… —responde frunciendo el ceño.
Al poco rato encuentran la placa N32. Esperan en la fila, cruzan el portal y suben por unas escaleras al otro extremo. Al salir, notan que en esta región del planeta ya caía la noche.
—Es muy raro pasar de día a noche en un instante…
—Sí, pero luego te acostumbras cuando viajas seguido de un lado a otro. —Survion se sube a un andén para pedir un auto.
—Veo que aquí hay mucha gente de piel oscura.
—Son los nativos de este planeta. Humanitos, pero de otro color.
—Ya veo… (Un planeta lleno de ellos, increíble). —Pensó con asombro.
Un vehículo se detiene. Suben. Mientras avanzan por las calles iluminadas de Murusa, Elizabeth conversa con Survion.
—¿Y cómo conocías este planeta?
—Vengo seguido a vender la planta Frany de Tambora, la que tiene pétalos en cruz. La cultivo cerca de la cueva y se vende muy bien en planetas recién integrados.
—Ahh… por eso tenías bolsas llenas de ellas en la nave. Ya me lo imaginaba.
—Alquilé un local hace tiempo ya, en la ciudad donde aterrizamos. Mientras estabas haciendo lo tuyo, me fui un momento a revisarlo… y aun así tú te demoraste más.
—Jejeje… sí, disculpa por eso.
Elizabeth, mirando por la ventana, nota un enorme estadio en el centro de la avenida. Un gran holograma se despliega en la entrada, mostrando criaturas y un guerrero de porte distinguido, no humano, con dos grandes cuernos sobresaliendo de su cabeza.
Con curiosidad, señala el lugar y pregunta: —¿Qué es eso?
—¿Hablas del estadio? —Penas se acerco un poco para observarlo.
—Sí… (¿Cuál más podría ser?).
—Antes se usaba para deportes, ahora es un coliseo de batallas. Puedes enfrentarte a criaturas de gran nivel y, si sobrevives cinco rondas, recibes una recompensa. A veces organizan eventos por equipos, los ganadores obtienen honores y premios millonarios… o al menos eso he oído.
—¿Y eso no es ilegal? Digo… esas criaturas son animales salvajes, y matarlas solo por diversión no está bien visto.
—En algunos planetas sí, pero aquí no. Los gobernadores de Zuazmorchi lo aprobaron por las enormes ganancias que genera.
—Entiendo… (Es como una corrida de toros… pobres criaturas).
Tras unos minutos de trayecto, el vehículo se detiene frente a un edificio peculiar, cuya estructura se asemejaba a una montaña rusa hecha de enormes bloques de cemento. Al bajar, Elizabeth traga saliva y pregunta con voz temblorosa:
—Oye, Survion… no me digas que es aquí…
—Sí, ¿qué tiene? Te va a encantar. El elevador es transparente, puedes ver todo el trayecto. —Su sonrisa reflejaba confianza e inocencia.
—Ah, ya… (¡Tenía que ser justo este tipo de edificio!).
—-
Al llegar al final del ascenso, Elizabeth apenas da unos pasos antes de caer al suelo vomitando.
—No pensé que me marearía tanto… —murmuró.
—¿Ya estás mejor? Me hubieras dicho para usar los teletransportadores.
—Estoy bien, no importa.
—Entonces no te acerques a las ventanas.
—Sí, lo sé… —apoyándose sobre la pare se levantó.
Caminan por un largo pasillo hasta llegar a una puerta. Survion golpea dos veces. La puerta se entreabre y una mujer asoma la cabeza.
—Nombre. —Contesto una voz firme y delicada.
—Survion Evolirn.
Luego de verlos una vez más cedió el paso. —Bien, pasen. Siéntense allá. —indico la joven dama.
El apartamento era amplio, con enormes ventanales que mostraban la ciudad al revés, como si flotara de cabeza. En el centro había una mesa baja, similar al bambú, cubierta con un mantel dorado y decorada con figurillas de cristal verdoso. Elizabeth y Survion se acomodaron en dos sofás individuales en el centro del apartamento.
El lugar estaba adornado con pinturas abstractas de colores fosforescentes, y a la derecha se alcanzaba a ver parte de la cocina.
La anfitriona, una mujer con dos cuernos sobresaliendo de su frente, vestía un largo atuendo negro y rojo. Su mirada era fría, casi indiferente. Con las manos entrelazadas dijo:
—El comprador llegará en unos minutos. Disculpen la espera. —Hizo una leve inclinación.
—Está bien. (Parece una muñeca con esa ropa…) —Dijo mirándola de pies a cabeza.
—-
Treinta minutos después, el comprador entró al departamento cargando tres maletas. Vestía saco y corbata, era alto y algo pasado de peso, con la piel de un rojo suave.
—Disculpen la demora, qué pena con ustedes —dijo mientras colocaba las maletas frente a ellos. —Mi nombre es Popurino, un gusto.
Le ofreció su mano a ambos, ellos correspondieron e, igual anunciaron sus nombres. Después de acomodarse nuevamente en sus asientos.
—Zonia, pásame el contador.
La mujer de los cuernos asintió y fue hasta un gabinete cerca de la cocina, de donde sacó un dispositivo plano y cuadriculado, con una esfera en uno de sus extremos. Lo colocó sobre la mesa.
El comprador abrió una maleta, y de inmediato un holograma mostró la cantidad de dinero, mientras una cúpula verde se iluminaba.
—Cuando se enciende en verde, significa que el dinero es legítimo —explicó.
—Entiendo. —dijo Elizabeth, tratando de ocultar su falta de conocimiento.
—Sí, conozco esta tecnología, es de la marca WilopWill. Buena marca —agregó Survion.
—Un hombre con buen ojo.
Maleta tras maleta, el proceso se repitió. Finalmente, el comprador dijo:
—Todo está completo. Si quieren, pueden comprobar que el contador no está manipulado.
Survion sacó un lápiz metálico de punta plana y lo pasó por el aparato. Un pitido suave confirmó que estaba en orden.
—Pakney, entrégale la gema.
Elizabeth sacó una gema de su bolsillo y se la pasó al comprador.
—Zonia, la lupa.
Ella ya la tenía lista. Tras examinarla cuidadosamente, el comprador dijo:
—Es legítima… pero este trozo no cubre todo el dinero que traje.
Sin dudar, Elizabeth sacó otra gema, más grande.
—¿Y con esta?
El comprador la observó con detalle, después de una pequeña pausa sonrió.
—Por supuesto, con ambas llegamos a los veinte b-oz. Comprar ambas será un placer.
—Pero aquí solo trajiste diez b-oz.
—No se preocupen. Puedo transferir el resto por Boing. Además, me imagino que ustedes todavía no tienen cuenta, ¿cierto? Y tendrán que declarar el dinero…
—(Es verdad… lo había olvidado) —penso Sirvion—. Si puede ayudarnos, estaríamos encantados.
—(Cierto… con estas cantidades hay que declararlo).
—Tú, joven Pakney —dijo el hombre mirando a Elizabeth.
—¿Sí? —pregunto algo nerviosa.
—Necesitas un registro, ¿cierto?
—Ah… sí, ¿Cómo lo supo?
El comprador sonrió:
—Este edificio es mío. Las cámaras detectaron a dos personas que no eran huéspedes, sabíamos que vendrían pero no quiénes eran exactamente. Dejé que Zonia los investigara. Al confirmar que no eran peligrosos, decidí presentarme. Seguridad ante todo. Por eso nunca me verán en el mismo lugar dos veces.
—Lo tenías todo calculado… ya eres un veterano en esto. —Respondió Elizabeth entrecruzandose de pies.
—Por supuesto. En este negocio, si no eres precavido, terminas bajo tres capas de tierra. —río el—.
—Pero la seguridad aquí no parece tan estricta. He visto edificios más custodiados. —Dijo Survion, luego de recordar el trayecto hasta el departamento.
—El personal humano siempre sobra. Prefiero la tecnología. ¿Crees que podrías matarme con un arma escondida? Te aseguro que este edificio podría neutralizarte o dormirte antes de que lo intentes. Me mantengo al día con cada nuevo invento y sus debilidades. El conocimiento es poder, chico. Y claro, los contactos también; no sirve de nada saber tanto si no tienes con quién explotarlo.
—Tienes razón —asintió Elizabeth.
El comprador la observó con atención. Sus ojos proyectaron cuadros de información que se desplazaban velozmente.
—Pakney, ¿no te gustaría trabajar para mí? Ese cuerpo es poderoso. Serías un guardaespaldas ideal. Aunque… deberías alimentarte mejor: tu cuerpo se autoconsume si no recibe suficiente comida. Es algo extraño, jamás vi nada igual.
Nota: La tecnología de sus ojos usaba ondas magnéticas para analizar las células de un organismo, obteniendo información detallada en segundos.
Elizabeth quedó sorprendida. Ahora entendía mejor por qué necesitaba comer tanto.
—Increíble… pero temo que debo rechazar su oferta. Tengo otros asuntos pendientes. Disculpe.
Todos se levantaron de sus asientos, mientras que el comprador se acerco a Elizabeth y dijo: —Jajaja, está bien. —El hombre se le rodeó un hombro con un breve abrazo y le pasó una tarjeta—. Si algún día cambias de opinión, llámame.
Survion observaba en silencio. Pensó: Gente así nunca me agrada… pueden parecer amables, pero para tener tanto dinero siempre hay sangre de por medio.
Con una medio sonrisa Elizabeth respondió: —Lo dudo… pero tomaré la tarjeta. —Con duda agarro la tarjeta entre sus dedos y la guardo en sus bolsillos.
Después de salir, se dirigieron a un Boing, donde un socio del comprador los ayudó a ingresar el dinero y abrir cuentas. Más tarde, acudieron a RestUnyte, una de las compañías de registro más grandes del universo.
El edificio era imponente: un techo en espiral se alzaba hasta perderse de vista, iluminado por luces amarillentas que le daban un aire antiguo. En la gigantesca recepción, seres de hasta seis metros llenaban formularios. El mostrador frente a Elizabeth quedaba a su altura, pero al asomarse vio que descendía varios metros más.
Survion, en otra fila adaptada a su tamaño, completó su formulario y lo entregó. A Elizabeth, en cambio, le pidieron mirar fijamente un punto luminoso. Unos segundos después, el registro apareció en sus manos. Como si fuera arte de magia…
Elizabeth observó con detenimiento su nueva tarjeta, haciéndola girar entre sus dedos como si todavía no terminara de asimilar lo que significaba.
—Qué fácil fue… pensé que lo del registro sería mucho más tedioso.
—Y en efecto lo es —respondió Popurino con tono jovial—. Una cita normal para obtenerla puede tardar meses, incluso años. Pero como mi amigo es el dueño del lugar, le pedí un pequeño favor. Eso sí, no vayan a perder esa tarjeta; recuperarla sería un verdadero lío.
Elizabeth asintió, recordando lo que él mismo le había dicho antes.
—Por eso decías lo de los contactos…
—¡Bien dicho, muchacho! —rió con fuerza Popurino, complacido—. Muy bien, creo que ha llegado el momento de despedirme. Tengo una cita pendiente en unos minutos.
—Le agradecemos mucho su ayuda, señor Popurino —dijo Survion, estrechándole la mano con firmeza.
—No hay de qué —respondió él con naturalidad. Luego se giró hacia Elizabeth y, ofreciéndole también su mano, añadió—: Espero que podamos mantenernos en contacto.
Elizabeth correspondió al gesto con una leve sonrisa.
—Gracias por su ayuda, señor. Si llegamos a necesitarlo en el futuro, puede estar seguro de que lo llamaremos.
Popurino asintió satisfecho. Con una sonrisa que mezclaba cordialidad y misterio, se dirigió hacia el vehículo que lo aguardaba. Las puertas se cerraron con un leve chasquido metálico, y en cuestión de segundos, el automóvil desapareció por la avenida, dejando tras de sí un destello de luces en la penumbra
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