PAKNEY - Capítulo 31
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Capítulo 31: Advertencias y nuevos rumbos
—Pakney, no te recomiendo trabajar para esta clase de personas —advirtió Survion con un tono grave, sin apartar la vista de la calle iluminada—. Sé por qué lo digo, ya tuve experiencias con gente como él… y no son lo que aparentan.
—(Pues, no me parecía mal tipo…) —pensó Elizabeth, dudando.
—(Survion tiene razón —intervino Ersod desde su interior—. Ese tipo no es de fiar. Había una masa negra espesa recubriendo parte de su ser… lo mejor será alejarnos.)
Elizabeth tragó saliva, procesando aquello.
—Ya veo…
—¿Qué? ¿De qué hablas? —preguntó Survion al verla distraída.
—¡Ah! Disculpa, pensé en voz alta… —sonrió nerviosa—. Digo que sí, tienes razón. No voy a trabajar para ese tipo.
El Zure suspiró aliviado. —Bien. Entonces, ¿quieres comer algo? Conozco un local de comida Witaurian. Se especializan en carnes y verduras frescas.
Los ojos de Elizabeth se iluminaron.
—¡Claro que sí! ¡Vamos!
—
Caminaron varias calles hasta llegar al restaurante, un sitio cálido con ventanales brillantes y un intenso aroma a carne asada que flotaba en el aire. Apenas se sentaron, Elizabeth atacó su plato con furia.
—¡Oye, oye! ¡Come más despacio! —dijo Survion, sorprendido.
Ella se limpió la boca apresuradamente.
—Lo siento… es que hace una semana que no comía tan bien. ¡Además, el hambre que me da es atroz! ¡Otro plato, por favor!
—(Pareces marrana comiendo, como dicen en tu mundo…) —murmuró Ersod con sarcasmo.
—(Veo que estuviste husmeando en mis recuerdos…)
—(No es mi culpa. Solo puedo estar a menos de cincuenta metros de ti… me aburro sin nada que hacer.)
—(Y lo único que se te ocurre es espiarme… chismoso.)
—(Es como ver televisión. Y sí, soy chismoso. No puedes deshacerte de mí.)
—(Vieja chismosa.)
—(Cerda desquiciada.)
—¿¡Otro más!? —exclamó Survion al ver cómo la mesa se llenaba de platos vacíos—. ¡Ya te has comido como tres mil oz en pura comida!
Elizabeth apenas levantó la mirada, masticando.
—¿No te vas a comer eso? —preguntó, señalando la verdura en su plato.
—No. Y aunque quisieras, no puedes. El DPS indicó que solo puedes comer carne. Y recuerda… me hiciste pasar una vergüenza enorme cuando veníamos: ¡vomitaste una montaña de fruta masticada en plena calle!
Elizabeth se encogió en su asiento, ruborizada.
—¡Ah! ¡No me lo recuerdes! Qué pena… me sentí mal de repente, no pude contenerme. Solo te pregunté por lo que dejaste ahí.
—No me gusta esa verdura. Es demasiado amarga.
—Ya veo… igual no se enojé —respondió, fingiendo dignidad.
Tras devorar su banquete, pagaron la cuenta: 3400 oz. Los meseros se despidieron sonrientes mientras ellos salían del local.
—Es increíble lo que comiste —resopló Survion—. Si no hubiéramos tenido ese dinero, no sé cómo habrías hecho para saciar ese apetito tuyo.
Elizabeth estiró los brazos, satisfecha. —¡Ahora me siento mucho mejor! —dijo alegre, sintiendo un torrente de energía recorrer su cuerpo.
(¡Concuerdo contigo!) —Ersod salió de su cuerpo, desperezándose como si despertara de un sueño—. (Ahora tengo más fuerzas que antes.)
—Oye, Pakney… —llamó Survion.
—(¡Ersod! ¡Te podrían ver!)
—(Tranquila, nadie puede verme… salvo un artista espiritual.)
—¡Pakney!
—¿Eh? ¿Sí, dime?
—Andas en las nubes. ¿Qué piensas hacer? Yo estaba pensando en comprarme una nave más actual.
Elizabeth abrió los ojos con interés.
—(Una nave… eso sería perfecto para moverme de un lado a otro sin depender de nadie.)
—(Exacto. La mejor opción.)
—Te acompaño —dijo—. También quiero una.
—Hay un local a unas calles de aquí. Ven.
Siguieron por la acera de la calle perdiéndose entre la multitud…
—
Mientras tanto, en un departamento elegante, Popurino se quitaba la corbata y se dejaba caer en el sillón. Frente a él, Zonia le servía un vaso de jugo fresco.
—¿Encontraste información del joven? —preguntó con voz grave.
—No mucha, señor. El muchacho parece no tener registros en ningún lado. Pero de su compañero sí hallé algo.
Popurino levantó una ceja.
—¿Del Zure? ¿Y qué descubriste?
—Aterrizó en la ciudad de Fraddex hace unas horas con un acompañante. Revisando las cámaras externas de las calles, ese acompañante resultó ser hijo de un empresario desaparecido. Pero lo extraño es esto: lo vi entrar a un callejón, y quien salió después fue otra persona completamente distinta. Ajusté los registros horas antes y después… y nadie más entró ni salió.
—¿Revisaste si había otra salida? —Tomo su jugo, revolviendo con una pequeña cuchara su contenido.
—Por supuesto, señor. Es un callejón cerrado.
Popurino entrecerró los ojos, pensativo.
—Hmm… ¿tecnología de camuflaje? ¿O tal vez entró desde arriba?
—Es posible.
—Aún es pronto para sacar conclusiones —dijo, con un brillo calculador—. Pero si fuera un cambiaformas… sería un privilegio tenerlo como aliado. Esa fuerza y esas habilidades serían invaluables.
—¿Desea que yo…?
—No. Por ahora solo vigílalo. Si quieres, sácale algo de información, pero sin que sospeche.
—Entendido. ¿Está seguro de que vale la pena?
Popurino sonrió con frialdad.
—Por supuesto. Su cuerpo es comparable al de un Ohatoc. Además… en su mirada aún hay inocencia, sinceridad. Es alguien en quien se puede confiar… y manipular a placer.
Zonia asintió lentamente.
—Haré lo posible para ganarme su confianza.
—
En ese momento, Elizabeth y Survion cruzaban las puertas de un almacén colosal. Enormes hangares exhibían naves de todo tipo: algunas brillaban en vitrinas holográficas, otras descansaban en plataformas como bestias dormidas. Una, en particular, se alzaba tan grande como un edificio de más de veinte pisos.
—¡Mira esa! —exclamó Elizabeth con asombro—. ¡Debe ser imponente estar al lado de ella!
—Esa es comercial. Buscamos naves personales —respondió Survion, más práctico.
Una vendedora humanoide se acercó con pasos suaves. Su cuerpo era metálico, pulido, y sus ojos brillaban como zafiros amarillos.
—Buenas noches, caballeros. ¿En qué puedo ayudarles? —dijo, sosteniendo en sus manos una Zuwtazu.
Elizabeth la observó de arriba abajo, confundida. —(¿Será un robot… o una persona?)
—(Eli…) —Ersod intento hablarle antes que abriera la boca, pero ya era demasiado tarde.
—¿Eres un robot o una persona? —preguntó sin rodeos.
Survion solo volteaba a ver hacia un lado incomodo.
La mujer río con suavidad.
—Soy una persona. Para diferenciarnos de un androide, basta con mirar nuestra muñeca: ellos siempre llevan su código allí.
—Oh, gracias. Es que soy nuevo en esto.
—No importa. Yo tampoco sabría diferenciar a un clon del original, si tú fueras uno.
—(¡¿Clones aquí?!)
—(No son comunes —replicó Ersod—. Son demasiado costosos. No te toparás con uno fácilmente. Además, que están prohibidos en varios lugares del universo)
Lamentablemente Elizabeth no podía ponerse a pedirle explicaciones.
—Entonces, ¿buscan una nave para ambos?
—No —intervino Survion—. Una para cada uno. Yo quiero una mediana, no muy grande.
La vendedora asintió.
—Perfecto. Síganme.
—
Llegaron a una de las secciones del almacén, donde las naves estaban alineadas en hilera, desde las más pequeñas hasta auténticos colosos metálicos. En total, se podían contar unas diez naves distintas, cada una con un diseño particular.
Survion no dudó en entrar a una de inmediato, mientras que Elizabeth se quedó embelesada mirando una de dos pisos, pintada en tonos azul y rojo.
—No sabía que se podía entrar… —murmuró, viendo cómo su compañero desaparecía en el interior de la suya—. Esta me atrae la atención.
—Por supuesto que sí —respondió la vendedora con naturalidad—. Es como escoger un hogar. Muchos prefieren habitar en sus naves, como si fueran casas rodantes a través del cosmos.
La mujer se acercó a la nave y pronunció con solemnidad:
—Resplandor Ukraxia, déjanos entrar.
Al instante, la compuerta comenzó a desintegrarse en miles de diminutos fragmentos brillantes, que luego se reagruparon en forma de rampa gracias a enjambres de nanobots.
(La tecnología siempre me va a impresionar. ¡Y con ese nombre ya me convenció!) —pensó Elizabeth con una sonrisa contenida.
Al cruzar el umbral, una voz femenina, clara y armónica, resonó en el interior: —Bienvenido. Soy Ukraxia, la nave más veloz del universo. Estoy equipada con tecnología de última generación para mejorar su experiencia en el espacio. ¿Desea comprarme, señor?
Elizabeth miraba a su alrededor, fascinada. El interior estaba impecablemente diseñado: acabados blancos y azules, un salón con comedor y sofás a la derecha de la entrada, y a la izquierda, dos habitaciones. Una tercera se encontraba justo frente al comedor. Al fondo, una escalera en forma de “U” ascendía hasta la segunda planta, donde se encontraba la cabina de mando.
Un ventanal enorme ofrecía una vista privilegiada, proyectando coordenadas, mapas galácticos y la ubicación exacta del planeta en que se encontraban. Frente a él, un asiento aguardaba al piloto para el manejo manual.
Hacia atrás, un área médica: una camilla, gabinetes, una pequeña nevera, lavamanos y un mesón. A la derecha, se hallaba la última habitación. Todas las estancias estaban equipadas con cama, armario y retocador, listas para personalizarse al gusto del propietario.
—Esta nave cuenta con sala, cocina, cuatro habitaciones con baño privado, sistema de navegación y un protocolo de emergencias. En la segunda planta encontrará la zona médica, equipada con brazos robóticos capaces de atender heridas graves.
Elizabeth abrió los ojos con asombro. —¿Espera… aquí mismo podría curarme en caso de una fractura?
—Exactamente. El sistema tiene los conocimientos para asistirle. Aunque, claro, deberá abastecerlo con los implementos necesarios.
—Impresionante… ¿y qué hay del sistema de defensa?
—Posee un escudo de seguridad, pero no armamento. Para añadir armas, necesitaría permisos especiales.
(¿Entonces no cualquier nave puede ir armada?) —pensó Elizabeth.
(Ni que fueras a una guerra —replicó Ersod desde su interior—. Aunque, por seguridad, algunas naves sí lo implementan… con los permisos adecuados, claro.)
La voz de la nave intervino de nuevo:
—Señor, si desea implementarme armamento, podré asistirle en ello en el futuro. Pero será necesario actualizar mi sistema defensivo para soportar esas mejoras.
Elizabeth entrecerró los ojos, sorprendida.
—Veo que sabes reconocerme…
—Por supuesto. Cuento con un sistema de reconocimiento facial y cámaras en cada sección. Sé que la señorita a su lado es una vendedora del local.
—(Eli…) —Volvió a intentar intervenir Ersod sin lograrlo.
—(¡Increíble! ¡La necesito!) —pensó con determinación.
—La quiero. —Dijo al aire.
—Eso me halaga… aunque lamento decirle que no puedo corresponder a esos sentimientos —contestó la nave con neutralidad.
La vendedora reprimió una risa y agregó: —Muy bien, hagamos el papeleo para el pago.
Al salir, Survion ya los esperaba afuera, con un folleto en mano.
—¿Ya encontró una a su gusto? —preguntó la vendedora, mientras bajaba de la nave.
—Sí, señorita. Aquí tengo el folleto.
—Excelente. Vamos a la recepción.
Ambos diligenciaron sus datos y, tras un exitoso pago, la vendedora los condujo al parqueadero trasero, donde se entregaban las naves recién configuradas.
—En unos minutos sus naves saldrán de la bodega. Por favor, esperen aquí.
—Gracias por su ayuda —dijo Elizabeth, satisfecha, con una sonrisa luminosa.
—Gracias —añadió Survion, aún incrédulo. Después de tantos años, al fin tenía su nave soñada.
La vendedora se giró hacia Elizabeth.
—Una cosa más, señor Vallet, ¿verdad?
—Ah, claro. Dime. (Me olvidaba que Popurino nos dijo que no cambiáramos nuestros nombres reales en el registro Uny, era algo así como para prevenir que familiares o conocidos sean identificados por saqueadores).
—La nave viene con permisos especiales para ingresar a mundos en Evoluty. Solo lea con cuidado los reglamentos al llegar. Es un obsequio exclusivo de la Marca Ukraxia para sus compradores.
Elizabeth agradeció con una sonrisa cálida, mientras pensaba: (Eso me servirá si llego a necesitar aterrizar cerca de un templo…)
—(¿De qué hablas? Los Templos Evoluty suelen aparecer en todos los planetas. No se muestran a cualquiera. Solo a quienes tengan la mentalidad adecuada para resistir sus pruebas.)
—(Oh… eso no me lo habían dicho. ¡Binad se guardó los detalles!)
En algún lugar del cielo, Binad, recostada sobre una cama de nubes, observaba la grieta dimensional con un gesto frustrado.
—¡Yo te hubiera enseñado! Si no fuera por ese imprevisto… —hizo un puchero infantil—. Pero ahora tu destino es distinto. Solo espero que escojas bien tu camino…
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