PAKNEY - Capítulo 9
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9: Después de un día de trabajo 9: Después de un día de trabajo —Oh, qué interesante…
Espero que los seres vivos y los habitantes estén a salvo —Murmuró Elizabeth, con una expresión de sincera preocupación.
—Bueno, según lo que escuché, varias especies fueron reubicadas en las lunas de Tambora.
Al parecer, los habitantes originales fueron trasladados cuando se formalizó la compra del planeta —explicó Carla, con un tono tranquilo.
—(Pobres Ukras… Me parte el alma pensar que aún queden allí) —Pensó.
Aun así, sonrió —Gracias por la información.
—De nada —Inclinando levemente la cabeza —Aunque me sorprende que Alis no te haya contado nada sobre la moneda local.
—Todo ha sido tan repentino…
Apenas llegué hoy.
Jejeje —Soltó una risita nerviosa.
—¿Hoy?
¿Y no te sientes agotada?
Elizabeth negó con la cabeza, aunque su estómago rugía suavemente.
—Dormí unas seis horas.
En mi mundo, eso era casi una noche completa, pero aquí los días son más largos.
—¡¿Solo seis?!
—Rió Carla —Yo duermo al menos quince.
Mi raza necesita mucho descanso.
Aunque claro, también es porque somos…
Carla se lanzó a una animada explicación sobre su planeta natal, sus costumbres y sus hábitos de sueño.
Elizabeth la escuchaba con interés, mientras Alis regreso con la comida en sus manos.
En cuanto lleno Elizabeth tomó asiento, y por fin pudo saborear su comida.
—(¡Qué delicia!
Estos sabores son tan distintos…
y sin embargo, algunos me recuerdan al guiso de ternera que hacía mamá) —Pensó con una mezcla de nostalgia y placer.
Tras una jornada laboral de siete horas, en la que Elizabeth logró rectificar 400 cajas, ella y Alis se dirigieron al edificio central de la empresa para cobrar su paga.
—Ahora solo falta reclamar el dinero en el ultimo piso…
—Dijo Alis, estirándose.
—¿¡Qué!?
¿Tenemos que ir hasta allá?
—Protestó Elizabeth con una mueca de fastidio.
—Jajaja, ay Eli, no te asustes.
Solo era una broma.
Se recoge en recepción, en la primera planta.
Ya puedes cambiar esa cara.
—No te burles de mi ignorancia —Rezongó ella, cruzándose de brazos.
Al llegar al mostrador, justo cuando Elizabeth estaba a punto de recibir su pago, unas manos cubrieron sus ojos por detrás.
—¿Quién crees que soy?
—Preguntó una voz juguetona.
—Miur… sé que eres tú.
Eres la única con quien he hablado aquí, y tu voz te delata.
—¡Ajá!
Me atrapaste —Rió Miur, quitando las manos de sus ojos —Bueno, tengo algo de tiempo para…
—Cof, cof… —Tosió Elizabeth, llevándose una mano al pecho —Ay, creo que me voy a resfriar…
—¿Eh?
—Miur la miró confundida.
—Lo siento, será en otra ocasión.
—Ya veo… Alis me mencionó tu fobia a las alturas —Dijo con una sonrisa.
Elizabeth giró lentamente hacia Alis, con una ceja arqueada.
—¿Y cuándo tuviste tiempo de contarle eso?
—¿Quizás mientras trabajabas?
—Respondió, mirando al techo con aparente inocencia.
—No importa —Suspiró Elizabeth —Sé que algún día tendré que enfrentar ese miedo…
—¡Exactamente!
—Exclamó Miur, palmeándole el hombro —Mañana tengo la tarde libre.
¿Qué les parece si vamos a almorzar?
—Hmm… no sé… —Dijo Alis, mirando a Elizabeth —Parece que alguien está enfermándose…
—¡No, no!
¡Creo que ya me siento mucho mejor!
—Replicó Elizabeth rápidamente, imaginando los platos que podría probar.
—¡Jajaja!
Qué descarada eres —Rió Miur, conteniendo la —Está bien, entonces quedamos para mañana por la tarde.
Yo como a cada rato.
¿Dónde nos vemos?
—Te paso la dirección más tarde.
Está cerca de Oriquines.
—Ah, sí.
Ya sé a qué lugar te refieres.
Allá nos vemos.
Espero tu mensaje.
¡Adiós!
Tras despedirse con un gesto amistoso, Alis condujo a Elizabeth hacia el parque Ecerqui.
El lugar era un espectáculo nocturno: árboles brillantes bajo el cielo estrellado, con hojas que destellaban sutilmente cubiertas de rocío.
Elizabeth quedó sin palabras.
Por un instante, olvidó el cansancio acumulado.
Hicieron una breve parada para comprar algo de comer y retomaron el camino.
Al llegar a casa, Alis soltó un suspiro profundo.
—Al fin… dulce hogar —Dijo, dejando unas bolsas sobre la encimera.
Elizabeth se dejó caer en el sofá, derrotada.
—Ya no doy más… qué sueño —Murmuró, apenas audible —(Ojalá las vacaciones no hayan terminado… Me gustaría recordar más de lo que pacté con Binad.
¿Cuánto tiempo habrá pasado allá?).
Alis se sentó a su lado, con una sonrisa cálida.
—Eli, ¿Qué impresión te has llevado de todo esto?
¿Cómo te sientes?
—Ha sido interesante… y divertido.
He descubierto tantas maravillas.
Pero, a veces, extraño mi planeta… mi vida anterior.
—No te preocupes.
Estoy segura de que pronto encontraremos tu mundo —Le aseguró —He estado investigando en la red Uny y aparecen nuevos descubrimientos a diario.
Aunque aún no hallamos uno con tu idioma, no perdamos la esperanza.
—No te preocupes por mí… confío en que lo encontraremos, aunque me lleve toda una vida —hizo una pausa, su corazón tembló —Y si no lo encontramos… al menos tengo tu amistad, ¿verdad?
Alis sonrió.
Esa clase de sonrisa que parecía alumbrar toda la habitación.
—¡Claro que sí!
Nunca estarás sola.
Mañana te mostraré los portales centrales de Ecer y también los subterráneos.
Cada uno lleva a distintas ciudades del planeta Ogan o incluso a otros mundos del sistema solar.
—¡Oh, genial!
Desearía que mi planeta tuviera algo así… (Adiós a los viajes en barco, avión o coche…) —El sistema solar tiene diez planetas —Explicó Alis.
—¿Y alguno es peligroso?
—Todos los planetas del sistema Oris son de rango D y F.
Pacíficos… pero recuerda, más allá de los planetas, lo verdaderamente peligroso son los seres conscientes.
Alis se levantó, caminó hasta una estantería y tomó un dispositivo alargado.
Con un suave zumbido, el aparato comenzó a ordenar la habitación por sí solo.
—¡Necesito uno de esos en mi vida!
—Dijo Elizabeth, entre asombro y deseo.
—Si quieres, puedo hacerte uno.
Yo misma lo diseñé.
Al principio rompía cosas, jeje.
Pero después de muchos ajustes, lo perfeccioné.
Elizabeth lo contempló con fascinación.
—(¿Podría llevarme algo así si regreso a mi universo?) Es increíble… Entonces Alis sacó un pequeño papel cuadrado de su bolsillo.
Con un movimiento de dedos, el papel se desplegó, formando un círculo semitransparente con cuadros azules parpadeantes.
Del círculo emergieron patas delgadas, y en segundos, con otros papeles de colores, creó un par de asientos.
—¿Vamos a comer ya?
—Preguntó, aún asombrada —(¡Esto es magia!) —¿Tienes hambre?
—No mucha… pero tampoco me negaría —Respondió con una sonrisa —(Debo aprovechar cada momento.
No todos los días se vive algo así).
—Primero termina tus lecciones de escritura y simbología —Dijo guiñándole un ojo.
Elizabeth suspiró y se sentó obediente.
—Está bien… —mMurmuró —(¿Por qué tengo que pasar por esto?
Si tan solo me dejara adquirir esa tecnología que me lo facilitara…).
Las siguientes horas estuvieron dedicadas al idioma verso, escritura, pronunciación y conteo.
Los símbolos le resultaban particularmente difíciles, pero se negó a rendirse.
Tres horas después, la puerta del apartamento se abrió —¡Hola Alis!…
¿Ah?
—Observa a Elizabeth, en el comedor transparente parpadeante con curiosidad diciendo —No pensé que te quedarías con Tauro.
Vaya sorpresa…
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