Para Arruinar a una Omega - Capítulo 261
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Capítulo 261: Renacimiento 1
CIAN
La casa principal apareció a la vista al doblar la última curva. Imaginé que la delicada y su encargado estarían esperando con impaciencia en el salón. Mi mente ya repasaba las preguntas que necesitaban respuesta.
¿Quién le había puesto ese maleficio a Fia? ¿Quién la quería muerta?
Subimos juntos los escalones de la entrada. Ronan llegó primero a la puerta y la abrió, sujetándola para mí. El gesto fue automático. Algo que había hecho cientos de veces antes.
Pasé sin darle importancia.
El salón estaba en el primer piso. Recorrimos el pasillo de siempre, con nuestros pasos amortiguados por la gruesa alfombra. La luz de la mañana se filtraba por las ventanas, proyectando largas sombras sobre las paredes.
Ronan abrió la puerta del salón.
Dos figuras estaban sentadas en el centro de la habitación. La delicada era fácil de identificar. Llevaba un velo que le cubría todo el rostro, una tela tan fina que podía distinguir el vago contorno de sus rasgos, pero nada nítido. Llevaba las manos cubiertas con guantes blancos que le sobrepasaban las muñecas. Estaba sentada, perfectamente inmóvil, con una postura rígida y formal.
El encargado estaba de pie junto a su silla. Un hombre de unos treinta y tantos años que, de alguna manera, ya tenía el pelo completamente cano y unos ojos agudos que siguieron nuestros movimientos desde el momento en que entramos. Llevaba un traje sencillo, nada llamativo, pero su porte hablaba de alguien acostumbrado a tener el control.
—Alfa Cian —dijo el encargado, inclinando la cabeza con respeto—. Gracias por permitirnos entrar en su hogar.
—Gracias por venir con tan poca antelación —dije, con palabras que salieron fluidas, ensayadas—. Entiendo que sus servicios no son baratos.
—Las habilidades de esta delicada son raras —replicó el encargado—. E invaluables, mejores que las de la mayoría de sus semejantes cuando se utilizan adecuadamente.
Estudié a la figura velada. No se había movido desde que entramos. Tampoco había hablado. Su quietud era inquietante.
—Eso he oído —dije, adentrándome más en la habitación y manteniendo la distancia con ambos—. Puedes leer los recuerdos a través del tacto. De objetos. De personas. ¿Es correcto?
—Sí, Alfa —dijo el encargado cuando la delicada permaneció en silencio—. El contacto físico le permite ver lo que ha sido. Cuanto más fuerte es la emoción ligada al recuerdo, más clara es la visión.
—¿Cómo sé que es de fiar?
La pregunta salió más fría de lo que pretendía.
—¿Cómo sé que es realmente mejor que sus semejantes, como afirmas? Los delicados no siempre ven con claridad. A veces solo captan fragmentos. A veces no ven nada en absoluto.
Le sostuve la mirada al encargado.
—La reputación que tienen no ha salido de la nada. Hay una razón por la que la gente los llama mentirosos glorificados y sé que suele ser porque no pueden permitirse el lujo de no ver nada, sobre todo después de que se paga una gran suma. Pero…
Apreté la mandíbula.
—… dime, cómo puedo estar seguro de que no va a decirme lo que cree que quiero oír. Después de todo, deben de haber investigado sobre mí y sobre lo que pasó. Conoces a mis enemigos… La gente que yo tanto deseo que sean.
La expresión del encargado no cambió. —La delicada ve lo que hay. Nada más. Nada menos.
—Qué conveniente —dije—. Pero no voy a pagar esa cantidad de dinero sin una prueba de que realmente puede hacer lo que afirmas.
Ronan se movió a mi lado. Pude sentir cómo su atención se agudizaba, centrándose en adónde iba a parar todo esto.
—¿Qué tiene en mente? —preguntó el encargado.
Me volví hacia Ronan. —Deja que te toque.
Todo su cuerpo se tensó. —¿Qué?
—Deja que lea algo de ti —dije, con palabras que salieron ligeras, casi casuales, como si sugiriera algo completamente razonable—. Algo personal. Algo que solo tú sabrías. Si puede sacar un recuerdo real, entonces sabremos que es legítima.
—No. —La palabra podría haber sonado rotunda y definitiva para cualquiera. Pero no para mí.
Su «no» me dijo muchas cosas. Ninguna de ellas buena.
—¿Por qué no? —pregunté, manteniendo un tono curioso en lugar de acusador—. Es solo una prueba.
—Soy el Beta de Skollrend —dijo Ronan con la mandíbula tensa—. Guardo secretos de la manada. Información que podría comprometer nuestra seguridad si cayera en las manos equivocadas. No voy a dejar que una extraña hurgue en mi cabeza solo para satisfacer tu paranoia. —Entonces sonrió—. Cian, sé a ciencia cierta que es de fiar.
La respuesta era razonable. Incluso lógica. Pero la rapidez de su negativa, la tensión en sus hombros, la forma en que sus manos se habían cerrado en puños a los costados, todo ello gritaba algo completamente distinto.
Tenía miedo.
—Caray, pareces aterrorizado —dije, y la observación quedó suspendida en el aire entre nosotros—. Es solo un recuerdo. ¿A menos que estés ocultando algo? —añadí, riéndome entre dientes para que no lo viera como algo más que una broma.
—Bueno, ese es el punto. Estoy ocultando cosas —dijo Ronan, con la voz estable pero la mirada dura—. No de ti, por supuesto. Pero estoy siendo práctico. Esta gente son profesionales a sueldo. Lo que significa que se les puede comprar. Se les puede influir con dinero. Darles acceso a cualquier cosa es peligroso. Es una mala medida de seguridad.
—Buen punto —dije, levantando la mano con los dedos extendidos—. Entonces lo haré yo.
—No —dijo Ronan, dando un paso al frente para interponerse entre la delicada y yo—. Se aplica la misma lógica. Eres el Alfa. Tienes información aún más delicada que yo. No podemos arriesgarnos.
Dejé caer la mano lentamente. —¿Entonces cómo se supone que vamos a verificar que realmente puede hacer esto?
Ronan se volvió hacia la delicada y su encargado. Sus hombros seguían tensos, su postura defensiva. —¿Puede… ejem… hacer que sienta la habitación?
El encargado enarcó una ceja. —¿Disculpe?
—Esta habitación —dijo Ronan, gesticulando a nuestro alrededor—. Los recuerdos dolorosos deben de perdurar en los lugares. Los alegres también. Si es tan poderosa como afirmas, debería ser capaz de captar algo de lo que ha sucedido aquí. Los objetos y las paredes guardan ecos del pasado, ¿no es así?
El encargado miró a su protegida. La delicada seguía sin moverse. Seguía sin hablar. El silencio se alargó durante unos largos segundos.
—Puede intentarlo —dijo finalmente el encargado.
La delicada se levantó de su silla. El movimiento fue suave, a la par que grácil. Primero, alzó las manos y se quitó el velo. Su rostro era joven, quizá de veintipocos años, de piel pálida y ojos oscuros que parecían demasiado grandes para su cara. Había algo sobrecogedor en sus rasgos. Algo que no encajaba del todo y que no podía precisar.
Pero era algo que había oído constantemente sobre los delicados.
A continuación, se llevó las manos a los guantes. Se los quitó lentamente, revelando unos dedos finos y una piel tan blanca que parecía que nunca había visto el sol. Dobló con cuidado tanto el velo como los guantes y los colocó en la silla que había desocupado.
—Sí —dijo ella, con una voz suave, apenas por encima de un susurro—. Puedo sentir este lugar.
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