Para Arruinar a una Omega - Capítulo 263
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Capítulo 263: Colirio para los ojos 1
CIAN
Esperé en el silencio. Los segundos se alargaron, marcados solo por mi respiración irregular. Mis manos por fin habían dejado de temblar, pero el eco de la voz de mi madre aún persistía en mi cabeza. La delicada había demostrado su valía. Demostrado que podía adentrarse en el pasado y extraer los momentos más dolorosos que un lugar había presenciado.
Ahora necesitaba que lo hiciera de nuevo.
Ronan se dirigió a la puerta. Se detuvo con la mano en el pomo y me miró. —¿Estás seguro de esto?
—Ve a buscarlos —dije.
Estudió mi rostro un momento más, luego abrió la puerta y desapareció en el pasillo. Oí cómo sus pasos se desvanecían y luego regresaban un minuto después, acompañados de otros más suaves. El encargado entró primero, sujetando a la delicada, que todavía parecía inestable. Su rostro estaba aún más pálido, casi traslúcido a la luz de la mañana. Las lágrimas se habían secado en sus mejillas, pero sus ojos seguían rojos e hinchados.
—Alfa —empezó el encargado—. Necesita tiempo para recuperarse. Lo que ha experimentado ha sido traumático.
—Lo entiendo —dije. La compasión en mi voz era genuina. De verdad que lo entendía. Había revivido el peor momento de mi madre, sentido cada ápice de aquel dolor abrumador. Pero no podía dejarla descansar. Todavía no—. Pero necesito su ayuda ahora. Ha muerto gente. Alguien intentó asesinar a una persona que me importa. Si puede hacer lo que acaba de hacer, puede ayudarme a encontrar al responsable.
La delicada levantó la cabeza. Sus grandes ojos se clavaron en mí con una claridad inquietante. —Puedo continuar.
Su voz era más fuerte que antes. Más firme. Lo que fuera que el encargado hubiera hecho con aquel dispositivo la había rescatado del abismo.
—Bien —dije, y me moví hacia la puerta, esperando que me siguieran—. Vamos a la morgue primero.
Ronan se puso a caminar a mi lado. —¿La morgue?
—Sí. Primero los centinelas —le dije antes de volverme hacia ellos.
—Murieron dos centinelas —dije. Las palabras me supieron amargas—. Sufrieron un gran trauma al morir. Supongo que será lo bastante fuerte como para que consigas algo. —Me dirigí a la delicada, que caminaba entre su encargado y yo—. Una cara. Un nombre o una conexión.
Ella asintió, pero no habló.
—Si no —continué—, iremos a los coches destrozados. Y luego al lugar del accidente, si es necesario.
Atravesamos la casa y salimos a los terrenos, donde la morgue se encontraba en un edificio aparte. Siempre había odiado ese lugar. El olor a antiséptico y a muerte. Las frías mesas de metal. La certeza de que los cuerpos de gente que había conocido, gente que había servido a mi familia, se guardaban aquí hasta que se pudieran celebrar sus ritos funerarios.
El encargado de la morgue nos recibió en la entrada. Era un lobo mayor, con canas surcando su barba y unos ojos que habían visto demasiados muertos. Me saludó con la cabeza sin hablar y nos guio al interior.
La temperatura bajó de inmediato. Lo mantenían frío para conservar los cuerpos. Mi aliento formó vaho frente a mi cara mientras caminábamos por el estrecho pasillo. Las luces fluorescentes zumbaban sobre nuestras cabezas, bañándolo todo en un áspero resplandor blanco.
—Aquí —dijo el encargado de la morgue. Se detuvo frente a una puerta marcada con un número—. Los dos centinelas del accidente.
Miré a la delicada. —¿Puedes hacerlo?
—Sí. Se quitó los guantes de nuevo, los dobló con cuidado y se los entregó a su encargado. Luego se quitó el velo. Los ojos del encargado de la morgue se abrieron un poco al verle el rostro, pero no dijo nada.
La puerta se abrió. Dos cuerpos yacían en mesas separadas, cubiertos con sábanas blancas. El encargado de la morgue retiró la primera sábana, revelando a un joven de pelo oscuro y con el rostro congelado en una expresión de sorpresa. Su cuello estaba en un ángulo antinatural.
La delicada se acercó lentamente. Extendió una mano pálida y la posó sobre la frente del centinela.
Cerró los ojos. Su respiración se ralentizó. La sala quedó en silencio, a excepción del zumbido de las unidades de refrigeración.
No pasó nada durante casi un minuto. Entonces, los dedos de la delicada se crisparon. Sus párpados temblaron, pero no se abrieron.
—Miedo —susurró—. Repentino y agudo. No lo vio venir. En un momento estaba la carretera. Al siguiente, el impacto. Metal chirriando. Cristales haciéndose añicos. Su cuello partiéndose como una puta ramita.
Sentí que apretaba la mandíbula. Ronan cambió de peso a mi lado.
—Sintió dolor —continuó la delicada—. Breve pero intenso. Luego, nada. Todo lo que le quedó fue la oscuridad.
Retiró la mano y se dirigió al segundo cuerpo. Era otra joven centinela, esta vez una mujer con el pelo rubio recogido en una trenza. La delicada posó ambas manos sobre el pecho de la mujer.
El proceso se repitió. Hubo un tenso silencio al principio, antes de que la delicada volviera a hablar.
—Ella lo sintió durante más tiempo —dijo la delicada. Su voz había vuelto a adquirir ese tono distante—. El dolor duró. Se rompió las costillas. Le perforaron los pulmones. No podía respirar. Intentó gritar, pero no había aire. Solo sangre llenándole la garganta. Ahogándola desde dentro. Su cuerpo intentó sanar. Pero no fue lo bastante rápido.
Mis manos se cerraron en puños. Eran mi gente. Habían muerto protegiendo a Fia, aunque no supieran que eso era lo que estaban haciendo.
—Pensó en su madre en esos últimos momentos —dijo la delicada. Las lágrimas se deslizaron por sus mejillas—. Deseó poder despedirse. Luego la oscuridad se la llevó a ella también.
La delicada retrocedió. Se tambaleó ligeramente y su encargado la sujetó por el codo.
—¿Hubo magia? —pregunté. Mi voz sonó más áspera de lo que pretendía—. ¿Sentiste algún hechizo? ¿Algún maleficio?
La delicada negó con la cabeza. —No. Sentí su miedo, su dolor y sus muertes. Pero no hubo magia. Solo fue un coche que se estrelló contra ellos. Fue…, a falta de una palabra mejor, solo un accidente.
—Joder. —La palabra salió de mí como una explosión. Me aparté de los cuerpos, de la expresión atormentada de la delicada, de la mirada preocupada de Ronan—. Los coches, entonces. Ahora.
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