Para Arruinar a una Omega - Capítulo 264
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Capítulo 264: Bálsamo para los ojos 2
CIAN
Salimos de la morgue. La luz del sol se sentía demasiado brillante después de la fría oscuridad del interior. Los llevé al garaje donde estaban guardados los vehículos destrozados. Dos coches se encontraban en diversos estados de destrucción. El vehículo del centinela era el que estaba peor, aplastado y retorcido hasta quedar irreconocible. El otro coche parecía casi intacto desde ciertos ángulos, aunque la parte delantera estaba completamente demolida.
Ese era el coche en el que habían estado Fia y Garrett. El metal estaba doblado y marcado. Las ventanillas estaban completamente destrozadas. El lado del copiloto estaba hundido, donde el impacto había sido más fuerte.
La delicada se acercó primero al coche del centinela. Colocó las manos sobre la puerta destrozada.
Luego negó con la cabeza. —No son más que ecos de lo que ya sentí. Su miedo. Su dolor. Sus muertes.
Rodeó el coche, en busca de algo más.
Sus dedos recorrieron el capó, siguiendo el metal abollado. Pero, de nuevo, no obtuvo nada.
—Aquí no hay nada —dijo. La frustración teñía su voz—. No es más que metal corriente y cristal corriente. No queda ningún rastro de magia. Ninguna intención más allá del acto mecánico de dos vehículos colisionando.
—Prueba con el coche de Fia —dije.
La delicada se dirigió al vehículo. Se detuvo ante él un momento, estudiándolo como si fuera una obra de arte en un museo. Luego extendió los brazos y colocó ambas manos sobre la puerta del conductor.
Su cuerpo entero se sacudió.
—Espera —susurró. Abrió los ojos de par en par—. Me siento dentro del coche.
Se me aceleró el pulso. —¿A qué te refieres?
—Estoy sentada en el asiento trasero. Siento algo empalagoso que me inunda el olfato. Dulce, pero anómalo. Como un producto químico. —Su voz había vuelto a cambiar, volviéndose más ligera. Era más joven y mucho más femenina. Estaba canalizando a Fia—. Siento la cabeza pesada. Mis pensamientos son lentos. Algo va mal. Algo va muy mal, pero no puedo pensar con la suficiente claridad para entender el qué. Funcionó. Sea lo que sea que me hicieron… Funcionó.
Avanzó a lo largo del coche, sin apartar las manos del metal. Sus dedos recorrieron las abolladuras y los arañazos con una intimidad perturbadora.
—El mundo se está inclinando —dijo—. O quizá soy yo la que se inclina. Miro hacia delante y veo una figura. Una chica. Frágil y joven. Creo que vamos a matarla. Así que intento salvarla. Giro el volante. El coche va a la deriva y empiezo a darme cuenta de que me equivoco. No hay ninguna chica. Intento corregirlo, pero mis manos no responden como es debido. Todo está pasando demasiado rápido. Veo luces más adelante. Luces brillantes. Vienen hacia mí. Hacia nosotros.
Su mano continuó recorriendo la carrocería del coche. Se desplazó hasta la parte delantera y colocó ambas palmas sobre el capó arrugado.
Entonces se detuvo de nuevo.
—Hay otra presencia. —Su voz se redujo a poco más que un susurro—. Espera. Puedo sentirlos.
—¿Quién? —Di un paso para acercarme—. ¿A quién sientes? ¿A la chica imaginaria?
—A mí —dijo la delicada. Pronunció la palabra como si la descubriera por primera vez—. Estoy en la esquina. Pero estoy tocando mentalmente el coche. Tocando a los pasajeros. Sé lo que debo hacer.
El vello de la nuca se me erizó. —¿Qué?
—Sufro un dolor inmenso. —El rostro de la delicada se contrajo. Su cuerpo empezó a temblar—. Me duele el cuerpo. Me duele el alma. Hasta el corazón se me está rompiendo. Está todo mal. Todo está mal. Está fallando. Pero lo sé… no quiero hacer esto.
—¿Qué? —Me acerqué más, con el corazón martilleando—. Continúa. Dime lo que ves.
Los temblores de la delicada se intensificaron. Sus nudillos se pusieron blancos donde se aferraban al capó. —No lo entiendo. No puedo ver más. Hay algo que lo bloquea. Algo que me repele. Ahora es peor.
—¿Qué? —espeté—. Mira más a fondo. Acabas de decir que los sentías. Supera esa barrera.
—Cian —dijo Ronan. Su voz tenía un tono de advertencia—. No lo sé. Parece angustiada. Quizá deberíamos ir al lugar del accidente.
—Ha encontrado algo —dije sin apartar la vista de la delicada—. Estoy seguro de que puede desentrañarlo.
La delicada apretó aún más el capó. Su cuerpo entero temblaba ahora, vibrando con una fuerza invisible. El sudor perlaba su frente a pesar del aire fresco.
—Puedo sentirlo —jadeó—. El dolor. La confusión. La desesperación. Pero no puedo ver la cara. No puedo ver quién es. Algo me impide ver con claridad.
—Esfuérzate más —la apremié—. Concéntrate. Rompe lo que sea que te esté bloqueando.
Su respiración se volvió entrecortada. Duras bocanadas que sonaban dolorosas. —Lo intento. Estoy presionando, pero me devuelve la presión. Hay algo que protege este recuerdo. Algo fuerte.
—¿Magia de protección? —preguntó Ronan.
—¡No lo sé! —La voz de la delicada se elevó casi hasta ser un chillido—. Nunca antes había sentido nada parecido. Es como intentar ver a través de una niebla hecha de espinas. Cada vez que intento alcanzarlo, me corta. Dioses… Esto no es magia.
No me gustaron las implicaciones de lo que eso podía significar.
—Sigue intentándolo —dije, aunque se me empezaban a formar nudos en el estómago.
Y fue en ese momento cuando la delicada gritó. No era el grito de antes, cuando su responsable le había dado una descarga. Este era diferente. Salvaje y primario. Abrió los ojos de golpe, y estaban completamente blancos. No tenía iris. Tampoco pupilas. Lo que había eran solo dos orbes de un blanco puro que parecían brillar en la penumbra del garaje.
Entonces sus ojos, literalmente, se incendiaron.
Llamas reales brotaron de las cuencas de sus ojos, azules y blancas e imposiblemente brillantes. Gritó de nuevo, un sonido que se desgarró en su garganta mientras el fuego se extendía por su rostro.
—¡Ayudadme! —Las palabras salieron estranguladas, apenas humanas—. ¡AYUDADME!
Su responsable se abalanzó hacia delante, pero las llamas se intensificaron, obligándolo a retroceder. Ronan me agarró del brazo, apartándome de la delicada mientras se desplomaba en el suelo. Se retorció allí, con las llamas consumiendo sus ojos, la boca abierta en un grito silencioso.
El olor a carne quemada inundó el garaje.
Entonces, tan repentinamente como había empezado, el fuego se extinguió. La delicada yacía inmóvil en el suelo de hormigón, con humo saliendo de su rostro.
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