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Para Arruinar a una Omega - Capítulo 297

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Capítulo 297: Los dientes del destino

FIA

Me eché un poco hacia atrás, todavía envuelta en la calidez de sus brazos y la fresca agua. Sentía el cuerpo lánguido, saciado de una forma que me hacía desear fundirme en él para siempre.

—Entonces, ¿de verdad nos estaba observando alguien? —pregunté.

Se le tensó ligeramente la mandíbula. —Eso parecía. Pero ya no.

Eché un vistazo a la zona de la piscina. Todo parecía tranquilo y en silencio. El sol ya estaba más bajo y proyectaba largas sombras sobre la terraza.

—Parece que no hay nada tan aburrido como vernos follar como conejos —dije.

Una carcajada retumbó en su pecho. El sonido vibró contra mi oído, que tenía pegado a él.

—¿Crees que tiene algo que ver con Ronan? —pregunté—. ¿O tal vez con Aldric?

—Es posible.

—Creo que yo lo estoy llevando bastante bien —ladeé la cabeza para mirarlo—. Entonces, el que actúa de forma sospechosa debes de ser tú.

Negó con la cabeza. —No creo que sea eso.

Sus dedos dibujaron patrones perezosos en la parte baja de mi espalda, bajo el agua. Cada caricia enviaba pequeñas réplicas de placer a través de mi piel hipersensible.

—Me he dado cuenta de que es como si Garrett se hubiera esfumado —dijo. La ligereza de su voz se había desvanecido—. Me está evitando por completo. ¿Lo has visto hoy?

Hice memoria de la mañana. Del desayuno con Morrigan y de todo lo que vino después.

—No, la verdad es que no.

Entonces el corazón se me desbocó. No lo habrían hecho… ¿Verdad?

—¿Crees que le ha pasado algo?

Cian negó con la cabeza de inmediato. —No serían tan estúpidos.

Yo también lo pensaba. Pero con Aldric, uno nunca podía estar seguro. Ese hombre estaba loco.

—¿Entonces?

—Creo que nos está evitando porque se da cuenta de que, en cuanto hable con nosotros, Ronan me hablará sobre la carta al dar por hecho que la posibilidad de mantenerla en secreto se ha vuelto nula —sus brazos se estrecharon a mi alrededor—. Puede que me equivoque, pero creo que por eso nos vigilan.

Las piezas encajaron en mi mente. Sí que tenía sentido.

—Crees que tenemos nuevos traidores —afirmé.

—En cierto modo, sí. Lo más probable es que sean nuevos reclutas, tras la muerte de los que renovaron sus juramentos y fracasaron.

Un escalofrío me recorrió a pesar de la calidez de su cuerpo. De repente, el agua pareció más fría.

—Se podría celebrar otra ceremonia de juramento —sugerí—. Esta vez se podría obligar a todo el mundo a participar.

—Eso funcionará, sin duda —hizo una pausa. Casi podía oír los engranajes de su cerebro en marcha—. Pero ¿y si hay gente de la que no nos hemos percatado que no son nuestros aliados y no están presentes en ese momento?

—Aparte de tu madre, ¿quién más podría tener poder e influencia en la manada?

—Algunos ancianos.

Asentí contra su pecho. Claro.

—Deberíamos secarnos —dijo Cian.

Me soltó y al instante eché de menos su calor. Se zambulló bajo el agua con gran soltura. Observé su silueta deslizarse hasta donde nuestra ropa se había posado en el fondo. La recogió en brazos y salió a la superficie, con el agua chorreándole del pelo.

Lanzó el bulto empapado sobre la terraza. Aterrizó con una serie de chapoteos sordos.

Nadé hasta el borde y salí del agua. Los músculos me protestaron un poco. Un dolor agradable que me recordó exactamente lo que acabábamos de hacer. Caminé hacia la caseta de la piscina, dejando huellas mojadas en el cemento.

La caseta de la piscina era pequeña, pero estaba bien surtida. Las toallas se alineaban en unas estanterías a lo largo de una pared. Cogí cuatro blancas y mullidas, y volví a salir.

El aire del atardecer me acarició la piel mojada. Me envolví el cuerpo con una toalla y me enrollé otra en el pelo. El tejido era suave y cálido. Olía a lavanda y al calor residual de haber estado cociéndose al sol todo el día.

Cian estaba saliendo de la piscina. El agua caía en cascada por su espalda, recorriendo los surcos musculares a lo largo de su columna vertebral. Su cuerpo se movía con esa gracia natural que siempre me cortaba la respiración.

Se quedó allí, en toda su gloriosa desnudez. Las gotas de agua se aferraban a su piel. El sol las atrapaba y las convertía en diminutos diamantes. Su cuerpo era una obra de arte. Todo líneas marcadas y músculo esculpido.

Le tendí una de las toallas que quedaban.

La cogió y se la enrolló a la cintura. La tela de rizo blanca le quedaba baja en las caderas. Su línea en V seguía siendo prominente. Ese corte afilado de los músculos que desaparecía bajo la toalla hizo que se me secara la boca de nuevo.

Me quedé mirando fijamente. No podía evitarlo.

—Si sigues mirándome así, puede que repitamos —dijo.

Levanté la vista hasta su cara y me reí. El calor me tiñó las mejillas.

—Ven aquí —dije.

Se acercó. Cogí la segunda toalla y me estiré para secarle el pelo. Pasé los dedos entre los mechones húmedos. Era más oscuro cuando estaba mojado. Casi negro vanta en lugar de su negro habitual.

En el instante en que mi piel tocó la suya, todo cambió.

Una descarga eléctrica me consumió. No fue dolorosa, exactamente. Fue más bien como si todos los nervios de mi cuerpo se hubieran disparado a la vez. El mundo se volvió blanco. Completamente, cegadoramente blanco.

Entonces lo vi.

Una escena se desplegó ante mis ojos como una película a cámara rápida. El lugar estaba borroso por los bordes, desenfocado. Pero había dos personas en el centro, y la única cara que pude reconocer fue la de Cian.

Tosía sangre. Le brotaba de la boca en espesos hilos. La nariz también le sangraba. Y los ojos. Oh diosa, hasta los ojos le sangraban.

Alguien lo sujetaba con una llave al cuello. Él luchaba por liberarse. Sus manos arañaban el brazo que le rodeaba la garganta. Daba patadas al aire sin encontrar punto de apoyo.

La persona que lo sujetaba tenía la cara borrosa. Completamente oculta, como si alguien la hubiera emborronado en la imagen. Pero reconocí la voz cuando habló.

—Larga vida al Rey.

Las palabras fueron frías y rotundas.

Entonces, la figura borrosa giró. Oí el chasquido. Vi cómo el cuerpo de Cian se quedaba inerte. Observé, horrorizada, cómo la figura le arrancaba la cabeza de cuajo.

La visión se volvió blanca de nuevo. Esa misma nada cegadora.

Y entonces, volví.

De vuelta en mi cuerpo. De vuelta en la zona de la piscina, con la toalla aún en mis manos y Cian de pie frente a mí.

Mis manos estaban congeladas en el aire. La toalla colgaba inerte de mis dedos. El corazón me latía tan fuerte que lo oía retumbar en mis oídos. Cada latido era como un tambor golpeando contra mis costillas.

Bloqueé de inmediato el vínculo que nos unía. Levanté aquellos muros a toda velocidad para que no pudiera sentir el terror que me recorría, para que no percibiera el temblor que se apoderaba de mis manos, para que no oyera el grito que se me estaba formando en la garganta.

—¿Pasa algo? —preguntó Cian.

Su voz sonaba lejana. Apagada, como si la oyera a través del agua.

Parpadeé una, dos veces. Intentando borrar la imagen de mi mente. Intentando apartar la visión de su sangre. Su cuerpo destrozado. Su cabeza cercenada.

—¿Fia?

Levantó la mano para tocarme el brazo. Me estremecí. No pude evitarlo.

La preocupación inundó sus facciones. Frunció el ceño. Sus ojos escrutaron mi rostro.

—¿Qué ha pasado?

Abrí la boca, pero no me salió ninguna palabra. ¿Cómo iba a decírselo? ¿Cómo iba a explicar lo que acababa de ver?

Mis manos seguían congeladas en el aire, aún sosteniendo la maldita toalla. Me obligué a moverlas. Las bajé lentamente.

—Yo… —se me quebró la voz—. No lo sé.

Era mentira. Sabía perfectamente lo que había pasado. Había tenido una visión. Una especie de pesadilla profética que se había manifestado a plena luz del día, mientras estaba completamente despierta.

—Estás pálida —dijo Cian.

Me quitó la toalla de los dedos entumecidos y la tiró a un lado. Levantó ambas manos para acunarme el rostro. Sus palmas estaban cálidas contra mis mejillas.

—Háblame.

No podía mirarle a los ojos. Si lo miraba, lo vería de nuevo. Vería la sangre. Vería su cuerpo quedarse inerte. Vería cómo le arrancaban la cabeza de los hombros.

—Fia —su voz era más firme ahora, exigente—. ¿Qué ocurre?

Tragué saliva y me obligué a llenar de aire los pulmones. Sentía el pecho oprimido, como si el mundo se hubiera encogido de repente a mi alrededor.

—Es solo que… —mi voz sonó débil, frágil—. Acabo de tener un recuerdo muy vívido del accidente.

La mentira me dejó un sabor amargo en la lengua. Se me asentó pesadamente en el estómago.

La expresión de Cian se suavizó al instante. La tensión abandonó sus hombros mientras sus pulgares me acariciaban suavemente las mejillas.

—Eso ya pasó, Fia —dijo en voz baja.

Negué con la cabeza antes de poder contenerme. —No me lo ha parecido.

Las imágenes todavía ardían tras mis párpados. Sangre. Su sangre. Aquella voz resonando en mi cráneo como una maldición que se negaba a desvanecerse.

—Parecía real —susurré—. Como si estuviera allí de nuevo. Como si mi cuerpo lo hubiera recordado antes que mi mente. Primero los dolores fantasma y ahora recuerdos en imágenes… No creo que lo haya superado.

Su mano se deslizó hasta encontrar la mía. Sus cálidos dedos se entrelazaron con los míos, anclándome a la realidad antes de que me dejara arrastrar demasiado por el horror que seguía arañando mis pensamientos.

—No pasa nada —murmuró.

Apretó mi mano con suavidad, de forma tranquilizadora y firme. Tiró de mí hasta que mi frente descansó contra su pecho. El ritmo constante de su corazón retumbaba bajo mi oído. Era fuerte. Estaba vivo y de una pieza.

Pero…

Levanté la mirada lentamente. Tragué saliva con dificultad.

Porque, aunque lo miraba, a salvo, respirando y real frente a mí, la visión se negaba a desaparecer.

Aún podía ver la sangre.

Aún podía oír la voz.

Y, sin lugar a dudas, era la de Aldric.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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