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Paraíso Lujurioso - Capítulo 144

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144: Mucho pedir.

144: Mucho pedir.

—Sí.

Estoy bien —respondió Emelia, intentando calmarse.

Estaba decidida a marcharse.

Pero antes de ponerse de pie, recordó que estaba semidesnuda.

Fue entonces cuando Emelia volvió a cubrirse el pecho con los brazos—.

¿Podrías darme el sujetador, por favor?

Lucifer se estiró y cogió el sujetador.

Luego miró a Emelia y se lo entregó—.

Aquí tienes.

¿Necesitas ayuda para ponértelo?

—¡No!

—respondió Emelia rápidamente.

Le arrebató el sujetador, avergonzada.

Estaba azorada.

No podía creer con qué facilidad se había rendido y se había quitado el sujetador antes.

—De acuerdo.

Tómate tu tiempo, entonces —dijo Lucifer con un tono divertido.

Su expresión le decía que estaba disfrutando al verla así.

El rostro de Emelia estaba completamente sonrojado, pero consiguió volver a ponerse la prenda.

Cuando Emelia se puso el sujetador y se levantó para coger la parte de arriba de su ropa, sintió que le flaqueaban las rodillas y una extraña sensación le recorrió la entrepierna.

Emelia soltó un grito ahogado, sorprendida por la humedad de sus bragas y la palpitante necesidad en su coño.

Lucifer enarcó una ceja al observar su reacción—.

¿Ocurre algo, señorita Emelia?

El rubor de Emelia se intensificó al darse cuenta de la embarazosa situación en la que se encontraba.

—No.

Estoy bien —dijo, evitando su mirada.

Cogió su blusa e intentó ponérsela de nuevo, pero entonces se percató de la fuerte erección de Lucifer que abultaba bajo la tela de sus pantalones.

Emelia no podía apartar la vista.

Sabía lo que se ocultaba bajo aquella fina capa de tela, y eso la humedeció aún más.

Era imposible negar que su miembro era impresionante, y su imaginación se desbocó al preguntarse lo bien que se sentiría dentro de ella.

Emelia deseó alargar la mano y acariciarlo.

Tocarlo y masajearlo.

Pero se contuvo.

No podía permitir que la lujuria la controlara.

—Ehm…, estás…

duro…

—dijo en voz baja, incapaz de apartar la mirada.

—Bueno, ya te dije que eres muy atractiva, y eso fue incluso antes de que te desnudaras delante de mí.

Y ahora que he visto tus pechos desnudos y he sentido lo increíbles que son en mis manos, es obvio el efecto que ha tenido en mí.

—¿Ah, sí?

—Sí…

Pero no te preocupes, ya me las arreglaré solo cuando te vayas.

Solo tengo que usar mi imaginación y mis recuerdos, y con eso me bastará.

—¿Y qué vas a recordar, exactamente?

—Oh, ya sabes, lo sexi que eres.

La sensación de tu piel contra la mía, lo suaves que son tus pechos…

Los dulces gemidos que salen de tu boca.

No es tan difícil correrme pensando en ti —dijo Lucifer, mirándola.

Emelia se mordió el labio y su respiración se aceleró al oírle decir esas cosas, sabiendo que él se imaginaba follándola mientras se masturbaba.

La imagen de él dándose placer mientras pensaba en ella cruzó por su mente y provocó una oleada de excitación en su interior.

Le excitaba saber que estaba excitado por ella.

Era extraño sentirse así.

No era algo que esperase, pero, aun así, la hacía sentirse empoderada.

Ser capaz de excitar a un hombre con tanta facilidad…

La hacía sentirse segura y poderosa.

Era una sensación que le gustaba.

Y era mucho mejor porque provenía de un hombre como Lucifer.

—¿Señorita Emelia?

—dijo Lucifer.

Parecía confuso.

Emelia no dijo ni una palabra mientras dejaba su blusa y se acercaba a la cama.

Luego, se sentó junto a Lucifer y posó las manos sobre su pecho desnudo.

Lo sintió firme y fuerte.

Era tan diferente a tocar el cuerpo de su marido.

Le excitaba tocar su físico masculino.

La emoción de intimar con él le provocaba escalofríos por toda la espalda.

—¿Señorita Emelia?

¿Qué está haciendo?

—preguntó Lucifer con curiosidad.

Emelia ignoró su pregunta.

En su lugar, sus manos descendieron hacia sus tonificados abdominales, recorriendo cada músculo, admirando su tableta de chocolate.

Parecían increíbles, esculpidos como los de los dioses griegos, perfectamente definidos.

Su cuerpo irradiaba masculinidad.

—Has dicho que querías aliviar tu…

dureza, ¿correcto?

—Ehm…, sí, lo he dicho.

Y ya me las arreglaré cuando te vayas.

No tardaré mucho —dijo Lucifer.

Estaba un poco confundido por el comportamiento de Emelia, pero al mismo tiempo, parecía que ella estaba interesada en continuar la sesión.

El corazón de Emelia comenzó a latir con fuerza—.

No quiero que te las arregles solo.

—¿Ah, sí?

¿Qué estás sugiriendo?

—preguntó Lucifer.

Su curiosidad aumentaba.

Ella parecía ansiosa y dispuesta a complacerlo.

Y eso le gustaba.

Mucho.

Era obvio que lo deseaba.

Emelia respiró hondo antes de hablar—.

Te ayudaré.

—Bajó la mirada, incapaz de mantener el contacto visual—.

Me aseguraré de que no tengas que hacerlo solo.

—¿Lo dices en serio?

—Lucifer no pudo ocultar su sorpresa.

Ella asintió—.

Sí.

Te ayudaré…

con la condición de que esto quede entre nosotros, ¿de acuerdo?

Mi marido no debe enterarse nunca.

Nadie debe hacerlo.

Y después, quiero que finjamos que no ha pasado nada y que las cosas entre nosotros vuelvan a ser como antes.

¿Entiendes?

—Eso es mucho pedir —rio Lucifer por lo bajo.

—Es mi única condición —recalcó Emelia, mirándolo fijamente a los ojos.

Su voz tenía un tono de firmeza, de rotunda determinación.

—Mmm.

¿Pero y si me niego?

—No creo que quieras hacer eso.

Me has dicho antes que te parezco sexi y atractiva, y sé que me deseas.

—¿Ah, de verdad?

¿Por qué no recuerdo haber dicho eso?

Emelia puso los ojos en blanco ante su sarcasmo—.

No engañas a nadie, Lucifer.

Ya has visto mi cuerpo.

Mis pechos…

Entonces, ¿qué nos lo impide?

—¿Tu marido?

—preguntó Lucifer en tono de broma.

—No saques ese tema, por favor.

Olvida que estoy casada y céntrate en mí ahora mismo —dijo Emelia.

Sabía que estaba mal, pero su corazón y su cuerpo lo deseaban.

Y en ese momento, haría cualquier cosa por satisfacer sus necesidades, por muy pecaminosas que fueran.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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