Paraíso Lujurioso - Capítulo 44
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44: Era ahora o nunca.
44: Era ahora o nunca.
—¡OH, DIOS…!
¡Oh, Dios mío…!
¡Joder!
—exclamó Rosa mientras yacía allí, intentando recuperarse de su orgasmo, con el pecho agitado y todo el cuerpo todavía estremeciéndose por la increíble intensidad de su clímax.
No se parecía a nada que hubiese experimentado antes en su vida.
Lo repentino que fue la había abrumado por completo y se sentía un poco mareada.
Rosa sabía que no estaba soñando; aquello era real.
Todas las sensaciones que la rodeaban eran indistinguibles de la realidad: el tacto del suave cuero bajo ella, el aliento caliente de Lucifer entre sus piernas y los sonidos de sus suaves jadeos y gemidos, junto con la lengua de él recorriendo delicadamente sus labios vaginales.
Nunca esperó que una experiencia así proviniera de un extraño que acababa de conocer hacía solo unas horas.
Todo en Lucifer parecía surrealista.
Desde la forma en que le tocaba la piel hasta la forma en que la miraba.
Era casi como si no estuviera mirando a otro ser humano, sino a un demonio que hubiese bajado del infierno para hacerle el amor.
Cada uno de sus actos era tan deliberado y resuelto que la hacía sentir como si estuviera siendo devorada por una bestia empeñada en consumir su propia alma.
Y estaba disfrutando cada segundo.
Rosa abrió lentamente los ojos y vio a Lucifer de pie sobre ella, con una sonrisa diabólica que resultaba siniestra y sexi a la vez.
Sus ojos azules ardían con una pasión de fuego y su cabello rubio estaba revuelto, dándole un aire canalla.
Su cuerpo se entumeció al verse incapaz de apartar los ojos de su penetrante mirada, sintiéndose impotente para resistir la intensa energía sexual que emanaba de él.
Las manos de Lucifer le ahuecaron los pechos y los apretó con la fuerza suficiente para que Rosa sintiera dolor, pero también placer.
—Dime qué quieres, Rosa —exigió Lucifer con tono seductor.
—Lucifer… —susurró Rosa—.
Te deseo… —Su voz se apagó cuando Lucifer le introdujo un dedo en la vagina, curvándolo contra su sensible punto G y haciendo que se le escapara un sonoro jadeo—.
Aaah…
—¿Qué ha sido eso, Rosa?
No te he oído.
—Quiero tu polla.
¡Por favor, la necesito!
—¿Dónde quieres mi polla, Rosa?
—Los dedos de Lucifer siguieron danzando en su interior, sin abandonar su anhelante cuerpo por mucho tiempo.
Se estaba volviendo loca con cada movimiento de sus dedos y, si él se detenía, temía perder la cabeza por la frustración de que le negaran la satisfacción de sentir su grueso miembro en las profundidades de su apretado interior.
—Quiero tu polla dentro de mi… coño… Fóllame, fóllame, Lucifer, te deseo con locura, por favor… Mi coño lo está suplicando.
Me duele de tanto necesitarlo, duele de verdad… —rogó Rosa mientras ondulaba las caderas contra el dedo de él, haciendo que se hundiera más en su interior—.
¡Lo necesito con desesperación!
—Mmm, muy bien.
Concederé tu deseo —rio Lucifer por lo bajo, aunque sus actos contradecían sus palabras, pues sus dedos se deslizaron fuera del coño de Rosa con un sonido húmedo.
Se lamió los dedos sin dejar de mirarla a los ojos; los jugos de ella le chorreaban por la barbilla mientras él gemía de placer al saborearla.
Era una forma sutil de provocarla, de atormentarla y de amplificar su expectación por el manjar que estaba por llegar.
—Pero primero, dime, Rosa, ¿cuántos hombres han estado dentro de ti?
—preguntó Lucifer mientras recorría sus labios vaginales con el dedo, con toques ligeros como una pluma—.
Sé que no es la primera vez que tienes sexo, considerando las ganas que tienes de sentir mi gruesa polla dentro de ti, así que supongo que alguien ya ha tenido el privilegio de llenar de semen este hermoso coño, ¿verdad?
En el instante en que Rosa comprendió su intención, supo que estaba perdida.
Por la forma en que la miraba, se lamía los labios y le tocaba el cuerpo, era obvio que quería reclamarla como suya.
Quería hacerla suya de la forma más íntima posible.
No estaba segura de si era el ambiente, su mirada cargada de lujuria o sus palabras dominantes, pero estaba dispuesta a entregarle su cuerpo.
No era solo un instinto primario o un deseo carnal; lo deseaba tanto como él.
—¿Piensas que soy fácil solo porque me he ofrecido a un hombre que acabo de conocer?
—preguntó Rosa, apretando los labios.
No supo cómo, pero reunió la fuerza suficiente para articular una respuesta.
Él le rozó el clítoris con el pulgar.
Lentamente al principio, y luego con pasadas más firmes.
Una súbita oleada de placer se apoderó de su cuerpo.
Rosa soltó un jadeo y tembló mientras sus músculos se contraían en respuesta a los movimientos de Lucifer.
—Dime, Rosa —ordenó Lucifer.
Ella no sabía qué le estaba ordenando, pero algo en su interior la impulsó a obedecer.
Rosa contuvo la respiración antes de soltar un suspiro entrecortado.
—Uno —dijo en apenas un susurro—.
Solo he estado con un hombre.
Lucifer se detuvo un instante, enarcando una ceja ante sus palabras.
Entonces, vio cómo los labios de él se curvaban en una sonrisa socarrona mientras la miraba desde arriba, haciendo que su corazón latiera aún más deprisa.
—¿Sigues siendo su putita, Rosa?
Si es así, me detengo ahora mismo.
La voz grave de Lucifer estaba teñida de una crueldad sutil y la hirió con todos sus afilados matices.
Sus palabras le perforaron el corazón, y el dolor fue aún mayor que cuando perdió la virginidad.
Entonces, él le abrió las piernas de par en par y, mientras alineaba su polla en la entrada de ella, Rosa empezó a temblar.
La provocó rozando sus pliegues húmedos con la punta abultada de su miembro, frotándola arriba y abajo por su hendidura y acariciando su hinchado botón.
Cada roce enviaba una oleada de éxtasis a través de Rosa, haciendo que su coño palpitara de deseo y que su espalda se arqueara por la expectación.
Pero sabía que sus siguientes palabras lo decidirían todo.
Era ahora o nunca.
Y si no decía lo que Lucifer quería oír, todo habría terminado.
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