Pasión en llamas: Amor y renacimiento en Madrid - Capítulo 179
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179: Capítulo 186 Vietnam El Telar del Mekong 179: Capítulo 186 Vietnam El Telar del Mekong En el delta del Mekong, donde los ríos serpentean como cintas de plata entre arrozales y manglares, los campesinos de la región de Đồng Tháp han cultivado algodón por generaciones.
Pero el agua de los arroyos, contaminada por fertilizantes químicos y desechos de fábricas, estaba matando sus cosechas y dañando la vida marina.
Cuando Sofía, Luna y Zoe llegaron a Ho Chi Minh City, trajeron una solución simple pero revolucionaria: filtros biológicos que purifican el agua residual, para regar el algodón sin dañar el Mekong.
“Este filtro, hecho con tierra, arena y plantas acuáticas, es como un riñón para el río”, explicó Sofía a un grupo de campesinos reunidos en un banco de bambú.
Mostró un estanque dividido en tres partes: en la primera, el agua sucia del arroyo; en la segunda, después de pasar por el filtro, transparente; en la tercera, algodones verdes creciendo en macetas.
“Cada metro de tela que hacemos con este algodón reduce en 5 litros la contaminación del Mekong”.
Sacó un código QR: “Al escanearlo, verás cuántos kilogramos de químicos se han retenido gracias a tu prenda”.
Luna, con un frasco de fibras de algas del Mekong, se acercó a un campo de algodón.
“Estas algas, que crecen en los manglares, tienen propiedades antibacterianas”, dijo, mezclando una muestra con hilos de algodón.
“La tela resultante se seca en 30 minutos y no huele, incluso después de sudar”.
Mientras tanto, Zoe ajustaba su cámara en una canoa: “El MekongBlue va a hacer que el mundo vea que limpiar el río puede ser creativo”.
La creación de “MekongTela” La cooperativa “MekongTela” nació de la colaboración entre campesinos, biólogos del Mekong y sastres de Ho Chi Minh City.
Los campesinos construyeron filtros biológicos en las orillas de sus campos: zanjas llenas de caña de azúcar (que absorbe nitratos), arena (que retiene sedimentos) y lirios acuáticos (que eliminan pesticidas).
El agua purificada se almacenaba en tanques de bambú, para regar el algodón orgánico, que crecía con tonos más vivos que el convencional.
En un taller de Ho Chi Minh City, artesanos tejían pantalones, camisas y faldas con este algodón.
Los pantalones, en tonos azul marino que imitaban el Mekong, tenían estampados de mapas de los afluentes del río, y en la etiqueta, el código QR.
“Al escanear, los clientes ven dos cosas”, explicó Linh, una costurera: “Un vídeo de los manglares que se protegen con sus compras, y un gráfico de cuánta agua limpia se ha devuelto al río”.
El desfile “Moda Fluvial” ante el Palacio de la Unidad En una mañana lluviosa, el Palacio de la Unidad (antiguo palacio presidencial) de Ho Chi Minh City se iluminó con luces azules.
Los modelos caminaron sobre una pasarela decorada con plantas acuáticas, luciendo prendas de “MekongTela” que reflejaban los colores del Mekong: azul claro de las aguas tranquilas, verde oscuro de los manglares, marrón de la tierra fertil.
Una modelo llevó un pantalón azul marino con un estampado de los afluentes del Mekong.
Al pararse frente al palacio, un espectador escaneó el código QR en el bolsillo.
En su teléfono apareció: “Este pantalón financia la plantación de 10 árboles de manglar en la reserva de Trà Vinh”.
En las pantallas gigantes, se veían campesinos plantando manglares, que protegen las costas del erosionamiento y dan refugio a peces.
Acciones de los personajes Sofía, en una reunión con representantes de la ASEAN (Asociación de Naciones del Sudeste Asiático) en Bangkok, presentó el proyecto: “Los filtros biológicos cuestan 100 dólares y duran 5 años.
Ofrecemos subvenciones para que campesinos de Camboya, Laos y Tailandia los instalen”.
Los representantes firmaron un acuerdo: en dos años, 500 filtros se instalarán en todo el delta del Mekong.
“El algodón limpio será una exportación de toda la región”, dijo Sofía, sonriendo.
Luna, en un laboratorio de Ho Chi Minh City, probaba su tela híbrida.
“Esta camisa, de algodón y algas, se lava 50 veces sin perder sus propiedades antibacterianas”, explicó a estudiantes, mostrando un análisis químico.
Los estudiantes la tocaron: “Es suave, como la seda, pero más resistente”.
En un test, la tela mató el 99% de las bacterias en 10 minutos, ideal para climas húmedos.
Zoe, en un directo de Instagram desde un manglar, lanzó el MekongBlue.
“Envía tu idea para limpiar ríos: filtros caseros, plantas que absorben contaminantes, cualquier cosa”, pidió.
“Los mejores proyectos se financiarán, y sus creadores ganarán un tour por el delta”.
En semanas, llegaron miles de ideas: un profesor de Vietnam propuso usar cáscaras de arroz en los filtros, una niña de Filipinas diseñó un dispositivo con algas para capturar plásticos, un ingeniero de Malasia ideó un sistema de reciclaje de agua de lavado.
“Este proyecto de cáscaras de arroz se implementará en Đồng Tháp”, anunció Zoe, y el profesor lloró de emoción.
El impacto en el delta y la comunidad Los datos del código QR empezaron a mostrar resultados sorprendentes: “En 6 meses, los filtros de ‘MekongTela’ han retenido 2 toneladas de químicos tóxicos”, decía un informe.
Los arroyos alrededor de los campos de algodón volvieron a tener peces, y los manglares de Trà Vinh, que estaban desapareciendo, crecieron un 15% gracias a las plantaciones financiadas.
Los campesinos, con los ingresos de “MekongTela”, compraron tractores y construyeron escuelas con techos de paja.
“Ahora mis hijos estudian inglés y biología”, dijo un campesino, mostrando a un grupo de niños examinando una muestra de algodón en el aula.
Los sastres de Ho Chi Minh City, que antes trabajaban con tela importada, ahora exportaban pantalones de “MekongTela” a Europa: “Los clientes quieren ropa que cuide el planeta”, dijo Linh, empaquetando un pedido para París.
Nuevas innovaciones y el futuro Luna presentó una nueva tela: “Ahora mezclamos algodón con fibras de caña de azúcar, que sobran después de la cosecha”, explicó en un congreso.
“Es 20% más económica y equally resistente”.
En un test, la tela resistió 100 lavados sin desgastarse.
Sofía, en Ho Chi Minh City, anunció un nuevo acuerdo con la ONU: “Financiaremos 1.000 filtros en todo el sudeste asiático”.
Los ingenieros estaban enseñando a campesinos a construir filtros con materiales locales: en Camboya, usaban bambú; en Laos, piedras; en Tailandia, cáscaras de coco.
Zoe, con el MekongBlue, organizó un festival en el delta: “Los ganadores presentarán sus proyectos aquí”, dijo, mientras una banda tocaba música tradicional con instrumentos de bambú.
Miles de personas asistieron, y los filtros caseros se exhibieron como obras de arte.
“Este festival se hará anual”, anunció, “para que el mundo siga cuidando el Mekong”.
Al atardecer, Sofía, Luna y Zoe se sentaron en una canoa, navegando por un arroyo del delta.
El agua, clara ahora, reflejaba el sol poniente, y en las orillas, algodones crecían saludables.
“Recuerdo cuando el río estaba lleno de espuma”, dijo Sofía, tocando el agua con la mano.
“Ahora, los peces vuelven, y el algodón también”.
Luna sonrió, mirando una muestra de tela: “Estoy probando con fibras de loto, que crece en los estanques.
Es más suave que el algodón”.
Zoe sacó su cámara: “Mañana, hacemos un directo desde los manglares.
La gente verá cómo los peces nadan entre las raíces”.
Mientras, un turista español escaneó el código de su pantalón de “MekongTela” y exclamó: “¡Estoy viendo los manglares en directo!”.
Su familia, asombrada, decidió comprar más prendas para apoyar.
Así, en el delta del Mekong, el algodón regado con agua limpia se convirtió en un símbolo de esperanza.
Mientras los filtros continuaban purificando el río y las prendas de “MekongTela” viajaban por el mundo, los tres miraron hacia el este, donde el mar de China Meridional esperaba con nuevas fibras y nuevas historias de regeneración.
Después de su éxito en el Mekong, Sofía, Luna y Zoe se dirigieron a las Filipinas, un archipiélago donde los arrecifes de coral son el pulmón del mar, pero amenazados por la contaminación y el calentamiento global.
En las islas Cebu, los pescadores y campesinos vivían de la fusión de la tierra y el mar: cultivaban algodón en las llanuras costeras y pescaban en los arrecifes.
Pero el fertilizante del algodón se filtraba al mar, matando los corales.
“Tenemos que cerrar el ciclo”, dijo Sofía, mirando un arrecife blanco (muerto) desde una lancha.
Llegaron a un poblado de pescadores en Bohol, donde los ancianos contaban historias de arrecifes coloridos que ahora eran sombras de sí mismos.
“El algodón nos da comida, pero mata el mar”, admitió un campesino, señalando sus campos.
Luna, con una muestra de algas marinas fluorescentes en la mano, sonrió: “Estas algas, que crecen en los arrecifes sanos, pueden ayudar.
Si las mezclamos con el algodón, creamos una tela que, además de ser bonita, financia la restauración de corales”.
La creación de “CoralCotton” Los tres trabajaron con biólogos marinos filipinos para diseñar un sistema: los campesinos plantarían algodón orgánico, sin fertilizantes químicos, y usarían compost hecho de residuos de pesca (cáscaras de camarón, espinas de pescado) para enriquecer la tierra.
El exceso de agua de riego se filtraría a través de manglares, que capturarían los nutrientes antes de llegar al mar.
Los biólogos, por su parte, usarían el 15% de las ventas de la tela para plantar fragmentos de coral en los arrecifes dañados.
Así nació “CoralCotton”: prendas en tonos rosa, naranja y azul, imitando los corales.
Cada prenda llevaba un código QR que, al escanear, mostraba: “Esta camiseta ha ayudado a plantar 5 fragmentos de coral en el arrecife de Apo”.
Los estampados eran diseños de corales, dibujados por niños del poblado: “Quieren que el mundo vea lo que está en peligro”, explicó Zoe, que filmaba el proceso.
El desfile “Moda Marina” en la Bahía de Manila En la bahía de Manila, con el skyline de la ciudad como fondo, se armó un escenario sobre pilotes, sobre el agua.
Los modelos caminaron barefoot, luciendo vestidos, camisas y pantalones de “CoralCotton” que brillaban como los arrecifes al sol.
Una modelo llevó un vestido rosa con un estampado de coral elkhorn, y al moverse, los pliegues se abrían como pétalos marinos.
Un turista escaneó el código QR en el cuello del vestido y vio un vídeo: biólogos pegando fragmentos de coral a un armazón de metal con cemento Marino (especial para el mar), y después, el coral creciendo meses después.
“¡Esto está vivo!”, exclamó, mostrando la pantalla a su familia.
En las pantallas gigantes, se contó: “Cada prenda de ‘CoralCotton’ financia 1 metro cuadrado de arrecife restaurado”.
Acciones de los personajes Sofía, en una reunión con el gobierno filipino, presentó un plan: “Ofreceremos subvenciones a campesinos que adopten nuestro sistema.
En 3 años, queremos que el 50% del algodón de las costas use este método”.
El ministro del Medio Ambiente firmó: “Las exportaciones de tela filipina ahora serán un símbolo de protección marina”.
Luna, en un laboratorio de Manila, probaba su tela híbrida: “Las algas marinas tienen pigmentos que absorben los rayos UV, así que esta camiseta protege de la insolación”, explicó, exponiendo una muestra al sol.
Un detector mostró que bloqueaba el 95% de los rayos dañinos.
“Perfecta para playas tropicales”.
Zoe lanzó CoralArt en TikTok: “Dibuja tu coral favorito, y el mejor diseño se convertirá en un estampado de ‘CoralCotton'”.
Los niños del poblado de Bohol participaron con entusiasmo: dibujaban corales con peces, tortugas y estrellas de mar.
“Este diseño de una niña de 8 años, con un coral abrazando a una tortuga, será el próximo”, anunció Zoe, y la niña saltó de alegría.
El impacto en los arrecifes y la comunidad A los 6 meses, los resultados eran visibles: en el arrecife de Apo, se contaban 200 fragmentos de coral plantados, y algunos ya empezaban a crecer.
Los pescadores notaron más peces en las áreas cercanas: “El mar está volviendo a la vida”, dijo uno, mostrando una caja llena de pescado fresco.
Los campesinos, con los ingresos de “CoralCotton”, compraron tanques para reciclar agua y construyeron una escuela donde los niños aprendían biología marina.
En las tiendas de Manila, las camisetas de “CoralCotton” se volvieron un éxito entre turistas y locales.
“Llevo esta camiseta a la playa y siento que cuido el mar”, dijo una joven, escaneando el código para ver el arrecife en directo.
En Europa, una cadena de tiendas de moda anunció que importaría “CoralCotton”: “La moda debe ser responsable”, dijo su director.
Nuevas ideas y el futuro Luna experimentó con una nueva fibra: “Las esponjas marinas, que viven en los arrecifes, tienen propiedades antiinflamatorias.
Si las mezclamos con el algodón, la tela ayudará a curar cortes de la playa”, explicó, mostrando una muestra que, al tocarla, sentirse suave como seda.
Sofía, en una conferencia en Cebu, reunió a representantes de otros países insulares: “Japón, Indonesia, Maldivas…
todos tenemos arrecifes en peligro.
Podemos crear una red global de ‘CoralCotton'”.
Los representantes asintieron: “Un kilo de tela vendido en Manila ayudará a un arrecife en las Maldivas”.
Zoe organizó un festival de música en la playa de Boracay, donde los artistas usaban ropa de “CoralCotton” y los ingresos iban a los arrecifes.
“Canta, baila y cuida el mar”, anunció, y miles asistieron, escaneando los códigos QR de las prendas para ver los corales crecer.
Al atardecer, los tres se sentaron en la playa de Bohol, mirando el arrecife.
Los niños del poblado nadaban entre corales coloridos, y en la distancia, se veían biólogos plantando nuevos fragmentos.
“Recuerdo cuando llegamos y todo era blanco”, dijo Zoe, filmando con su cámara.
Sofía tocó una camiseta de “CoralCotton” que llevaba: “Esto no es tela, es una promesa”.
Luna, que había recogido una muestra de coral joven, añadió: “Mañana viajamos a Australia.
Sus arrecifes de Gran Barrera también necesitan ayuda”.
Los tres se rieron: el mar es un solo cuerpo, y su protección, una sola misión.
Mientras, un pescador escaneó el código de su camisa de trabajo (hecha de “CoralCotton”) y sonrió al ver los corales que había ayudado a salvar.
“El algodón y el mar ahora son amigos”, dijo, y se metió al agua para pescar, con cuidado de no tocar los nuevos arrecifes.
Así, en las Filipinas, la fibra del arrecife demostró que la tierra y el mar pueden nutrirse mutuamente.
Mientras las prendas de “CoralCotton” viajaban por el mundo, los arrecifes volvían a brillar, recordándole a todos que la moda, cuando respalda la naturaleza, se convierte en algo más que ropa: en vida.
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