Pasión en llamas: Amor y renacimiento en Madrid - Capítulo 63
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63: Capítulo 66 La embajadora de la creatividad infinita 63: Capítulo 66 La embajadora de la creatividad infinita Lia no podía creer que su viaje comenzara tan lejos.
Después del éxito del desfile y el concurso nacional, el Grupo recibió una invitación de la ONU para que Lia viajara como embajadora del “Kit de Diseño Ecológico” a Brasil, Japón y Sudáfrica.
“Serás nuestra voz en estos países”, le dijo Sofía, mostrándole un mapa con las rutas marcadas.
“Y cada lugar tiene algo especial para enseñarnos”.
Su primer destino fue Río de Janeiro, Brasil.
En las favelas de la ciudad, Lia se encontró con niños que jugaban entre montones de basura.
“¿Sabemos que podemos hacer ropa con esto?”, les preguntó, mostrando redes de pesca viejas y latas de conserva.
Los niños, primero reticentes, comenzaron a tocar los materiales mientras Lia les mostraba cómo convertir las redes en telas tridimensionales, imitando las ondas del mar.
“Este vestido representa la vida silvestre marina”, dijo, cosiendo un pez hecho con plástico recortado en una falda.
Los niños de la favela, emocionados, comenzaron a crear accesorios con las latas, convirtiéndolas en collares y pulseras.
En Tokio, Japón, Lia se sumergió en la cultura de la simplicidad y el respeto por el medio ambiente.
Allí, trabajó con niños de una escuela tradicional que usaban papel de arroz para sus manual.
“¿Y si combinamos este papel con telas recicladas?”, propuso.
Junto con ellos, diseñaron kimonos infantiles con motivos de flores y aves, usando papel de arroz decorado con tinta natural y trozos de yute reciclado.
“En Japón, el arte del reciclaje es una tradición”, dijo un maestro, mostrando cómo los niños pliegaban el papel en formas complejas.
Lia, fascinada, aprendió a hacer origami con papel reciclado, que luego integraron en los diseños.
En Johannesburgo, Sudáfrica, Lia se encontró con tribus locales que tejían telas tradicionales.
“Estas telas tienen historias milenarias”, les dijo a los niños, mostrando motivos geométricos.
Juntos, usaron botellas de refresco recicladas para hacer lentejuelas y adornos, combinando el moderno con el tradicional.
Un joven, Kwame, creó un sombrero con trozos de tela tribal y botellas Cuadro, diciendo: “Este sombrero une a mis ancestros con el presente”.
En cada país, Lia adaptó el “Kit de Diseño Ecológico” a los materiales locales: en Brasil, incluía redes y latas; en Japón, papel de arroz y tela de algodón reciclado; en Sudáfrica, telas tradicionales y plástico.
Luna, desde España, diseñó patrones que fusionaban estos elementos, como un kimono con motivos africanos o un vestido con diseños de redes neopolitanas.
“La moda es un lenguaje universal”, decía en sus videollamadas con Lia.
“Y tú estás consiguiendo que todos lo hablen”.
Sofía, por su parte, filmó todo el viaje para un documental titulado “Lia, la niña que viaja por el planeta”.
En las escenas, se veían a los niños riendo mientras creaban, con la voz de Lia diciendo: “En Brasil, el mar nos inspira; en Japón, la calma de la naturaleza; en África, la fuerza de la tradición.
Pero en todos lados, la creatividad es la misma”.
El documental, transmitido en canales internacionales, mostró cómo la sostenibilidad podía adaptarse a cualquier cultura, siempre que se respete lo que cada lugar tiene que ofrecer.
Al final del viaje, Lia reunió todas las creaciones en un libro llamado “El Mundo en una Prenda”.
Cada página mostraba una prenda de un país, con una historia detrás: la historia del niño que la creó, los materiales usados, y el mensaje que quería transmitir.
En la portada, había una foto de Lia rodeada de niños de los tres países, todos sonriendo con sus diseños.
“Este libro es un regalo del planeta a quienes queremos cuidarlo”, escribió en la introducción.
El impacto de su viaje fue inmenso.
En Brasil, las favelas comenzaron a organizar talleres de reciclaje semanales; en Japón, las escuelas incluyeron el “Kit de Lia” en sus planes de estudio; en Sudáfrica, las tribus empezaron a vender sus telas fusionadas en mercados internacionales, consiguiendo ingresos para sus comunidades.
Para Lia, lo más bonito fue ver cómo los niños, a pesar de hablaban diferentes idiomas, se entendían a través de la creatividad.
“En Río, un niño me dijo que el mar era su abuelo; en Tokio, otro me mostró cómo el viento podía ser tela; en Johannesburgo, Kwame me contó que las estrellas eran la historia de su tribu”, decía en entrevistas.
“Aprendí que la sostenibilidad no es solo reciclar, sino escuchar a cada lugar, a cada persona, y ver cómo podemos colaborar”.
Con el regreso a España, Lia trajo consigo más que souvenirs: trajo un corazón lleno de historias.
El Grupo anunció entonces un nuevo proyecto: “La Ruta de la Creatividad”, donde niños de todo el mundo podrían conectarse en línea para compartir proyectos ecológicos.
“Lia ha demostrado que las fronteras son mentiras”, dijo Alejandro en el anuncio.
“Lo que une a los niños es más fuerte que lo que las separa”.
Y mientras Lia volvía a la “Guardería Verde Sonrisa” a contarles a Carlos y Ana sus aventuras, sabía que este era solo el principio.
El mundo era un gran taller, y ella, aunque era solo una niña, había aprendido que cada persona, en cualquier parte del planeta, puede ser un artista del cambio.
“La próxima parada”, le susurró a Sofía, “¿podemos ir a Australia?
Los niños allí tienen kanguros para inspiración”.
Y todos rieron, sabiendo que con Lia, las posibilidades eran infinitas.
Lia no podía creer que su viaje comenzara tan lejos.
Después del éxito del desfile y el concurso nacional, el Grupo recibió una invitación de la ONU para que Lia viajara como embajadora del “Kit de Diseño Ecológico” a Brasil, Japón y Sudáfrica.
“Serás nuestra voz en estos países”, le dijo Sofía, mostrándole un mapa con las rutas marcadas.
“Y cada lugar tiene algo especial para enseñarnos”.
Su primer destino fue Río de Janeiro, Brasil.
En las favelas de la ciudad, Lia se encontró con niños que jugaban entre montones de basura.
“¿Sabéis que podemos hacer ropa con esto?”, les preguntó, mostrando redes de pesca viejas y latas de conserva.
Los niños, primero reticentes, comenzaron a tocar los materiales mientras Lia les mostraba cómo convertir las redes en telas tridimensionales, imitando las ondas del mar.
“Este vestido representa la vida silvestre marina”, dijo, cosiendo un pez hecho con plástico recortado en una falda.
Los niños de la favela, emocionados, comenzaron a crear accesorios con las latas, convirtiéndolas en collares y pulseras.
Uno de ellos, Marcos, incluso hizo un gorro con una lata de sardinas como adornos, riendo y diciendo: “Ahora soy el capitán del mar limpio”.
En Tokio, Japón, Lia se sumergió en la cultura de la simplicidad y el respeto por el medio ambiente.
Allí, trabajó con niños de una escuela tradicional que usaban papel de arroz para sus manualidades.
“¿Y si combinamos este papel con telas recicladas?”, propuso.
Junto con ellos, diseñaron kimonos infantiles con motivos de flores y aves, usando papel de arroz decorado con tinta natural y trozos de yute reciclado.
“En Japón, el arte del reciclaje es una tradición”, dijo un maestro, mostrando cómo los niños pliegaban el papel en formas complejas.
Lia, fascinada, aprendió a hacer origami con papel reciclado, que luego integraron en los diseños.
Una niña llamada Saki creó un obi (cinturón del kimono) con cintas de plástico reciclado, dibujando thereoninos (peces koi) que parecían nadar.
“Así, el kimono habla de la naturaleza y de la creatividad”, explicó.
En Johannesburgo, Sudáfrica, Lia se encontró con tribus locales que tejían telas tradicionales.
“Estas telas tienen historias milenarias”, les dijo a los niños, mostrando motivos geométricos.
Juntos, usaron botellas de refresco recicladas para hacer lentejuelas y adornos, combinando el moderno con el tradicional.
Un joven, Kwame, creó un sombrero con trozos de tela tribal y botellas pintadas, diciendo: “Este sombrero une a mis ancestros con el presente”.
Los niños también elaboraron collares con cuentas hechas de capullos de botellas y hilos de plástico, cada uno representando un símbolo de su cultura: el león, la vida en comunidad, y la Tierra madre.
En cada país, Lia adaptó el “Kit de Diseño Ecológico” a los materiales locales: en Brasil, incluía redes y latas; en Japón, papel de arroz y tela de algodón reciclado; en Sudáfrica, telas tradicionales y plástico.
Luna, desde España, diseñó patrones que fusionaban estos elementos, como un kimono con motivos africanos o un vestido con diseños de redes neopolitanas.
“La moda es un lenguaje universal”, decía en sus videollamadas con Lia.
“Y tú estás consiguiendo que todos lo hablen”.
Sofía, por su parte, filmó todo el viaje para un documental titulado “Lia, la niña que viaja por el planeta”.
En las escenas, se veían a los niños riendo mientras creaban, con la voz de Lia diciendo: “En Brasil, el mar nos inspira; en Japón, la calma de la naturaleza; en África, la fuerza de la tradición.
Pero en todos lados, la creatividad es la misma”.
El documental, transmitido en canales internacionales, mostró cómo la sostenibilidad podía adaptarse a cualquier cultura, siempre que se respete lo que cada lugar tiene que ofrecer.
En una escena emotiva, niños de distintas países saludaban a través de la cámara, mostrando sus creaciones y diciendo palabras de amor al planeta en sus idiomas.
Al final del viaje, Lia reunió todas las creaciones en un libro llamado “El Mundo en una Prenda”.
Cada página mostraba una prenda de un país, con una historia detrás: la historia del niño que la creó, los materiales usados, y el mensaje que quería transmitir.
En la portada, había una foto de Lia rodeada de niños de los tres países, todos sonriendo con sus diseños.
“Este libro es un regalo del planeta a quienes quieren cuidarlo”, escribió en la introducción.
El libro pronto became un éxito, vendiendo miles de copias en países como Alemania, Francia y Australia, y convirtiéndose en una herramienta educativa en escuelas alrededor del mundo.
El impacto de su viaje fue inmenso.
En Brasil, las favelas comenzaron a organizar talleres de reciclaje semanales, patrocinados por el Grupo y la municipalidad; en Japón, las escuelas incluyeron el “Kit de Lia” en sus planes de estudio, promueve la creatividad y la conciencia ambiental; en Sudáfrica, las tribus empezaron a vender sus telas fusionadas en mercados internacionales, consiguiendo ingresos para educar a sus niños y proteger sus territorios.
Para Lia, lo más bonito fue ver cómo los niños, aunque hablaban diferentes idiomas, se entendían a través de la creatividad.
“En Río, un niño me dijo que el mar era su abuelo; en Tokio, otro me mostró cómo el viento podía ser tela; en Johannesburgo, Kwame me contó que las estrellas eran la historia de su tribu”, decía en entrevistas.
“Aprendí que la sostenibilidad no es solo reciclar, sino escuchar a cada lugar, a cada persona, y ver cómo podemos colaborar”.
Con el regreso a España, Lia trajo consigo más que souvenirs: trajo un corazón lleno de historias.
El Grupo anunció entonces un nuevo proyecto: “La Ruta de la Creatividad”, donde niños de todo el mundo podrían conectarse en línea para compartir proyectos ecológicos.
“Lia ha demostrado que las fronteras son mentiras”, dijo Alejandro en el anuncio.
“Lo que une a los niños es más fuerte que lo que las separa”.
La plataforma, lanzada unos meses después, tuvo millones de usuarios en su primer mes, con videos de proyectos en países como Perú, India y México.
Y mientras Lia volvía a la “Guardería Verde Sonrisa” a contarles a Carlos y Ana sus aventuras, sabía que este era solo el principio.
El mundo era un gran taller, y ella, aunque era solo una niña, había aprendido que cada persona, en cualquier parte del planeta, puede ser un artista del cambio.
“La próxima parada”, le susurró a Sofía, “¿podemos ir a Australia?
Los niños allí tienen kanguros para inspiración”.
Y todos rieron, sabiendo que con Lia, las posibilidades eran infinitas.
En el estudio del Grupo, mientras Luna diseñaba una nueva colección inspirada en el libro de Lia, Sofía editaba el documental y Alejandro coordinaba nuevas colaboraciones, Lia se sentó con Carlos y Ana en el patio de la guardería.
Junto a ellos, empezaron a plansificar un proyecto local: un festival de arte reciclado en el barrio, donde niños y adultos pudieran mostrar sus creaciones.
“Y invitar a los niños de Brasil, Japón y Sudáfrica para que sean nuestros invitados especiales”, dijo Ana, emocionada.
Lia sonrió, viendo cómo el sueño que comenzó con una guardería en Madrid se había convertido en un movimiento global, impulsado por la fe en la creatividad y el deseo de cuidar el planeta.
Y en ese momento, comprendió que el verdadero viaje no era el que había hecho por el mundo, sino el que estaba haciendo en los corazones de quienes creen en un futuro mejor.
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