Pasión en llamas: Amor y renacimiento en Madrid - Capítulo 70
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70: Capítulo 72 El Premio a la Esperanza 70: Capítulo 72 El Premio a la Esperanza La ceremonia en Ginebra estaba llena de luces y figuras importantes, pero Lia apenas notaba el ruido en su interior.Con un vestido hecho con telas recicladas de la línea “ArrozVerde”, se ajustaba nerviosa el cinturón mientras miraba a su madre, Luna, que le hacía señas de tranquilidad.“Tienes algo importante que decir”, le susurró Sofía, acomodando su pelo.“Y todo el mundo está listo para escucharte”.
El “Premio Juvenil por el Planeta” era otorgado anualmente por la ONU a jóvenes que hicieran un impacto significativo en la lucha por el medio ambiente.Lia, a sus pocos años, era la menor candidata en la historia del premio.“Ella ha demostrado que la edad no es un límite para cambiar el mundo”, dijo el embajador de la ONU en la presentación.
Cuando su nombre fue llamado, Lia sintió los latidos de su corazón en la garganta.Subió al escenario, donde líderes mundiales como el presidente de una nación africana y un célebre artista environmentalista la aguardaban.“Hola”, comenzó, con voz temblorosa pero firme.“Soy Lia, y creo que los adultos tienen mucho que aprender de los niños”.
En su discurso, habló de los talleres en la guardería, de los niños en Brasil que usaron redes de pesca para hacer ropa, y de la “ArrozVerde”, la fibra que nació de una crisis.“Los adultos piensan en soluciones grandes, pero a veces la respuesta está en lo pequeño: en reciclar un papel, en tejer un botón, en enseñar a otro niño”, dijo, mirando a un grupo de niños invitados que habían venido de diferentes países.
Luego, habló de la importancia de la educación inclusiva: “Cuando visited una guardería en África, vi que los niños querían aprender, pero no tenían materiales.Así que les enseñamos a hacer juguetes con hojas secas y botellas.Ese día, su imaginación salió volando, como si las hojas se convirtieran en alas“.
El auditorio estaba en silencio, capturado por sus palabras.“No necesitamos ser grandes para hacer grandes cosas”, continuó.“Solo necesitamos querer cambiar el mundo y empezar donde estamos.Cada vez que reciclamos, cada vez que compartimos una idea, cada vez que inspiramos a alguien, estamos construyendo un planeta mejor“.
Al final, recibió el trofeo, hecho con plástico reciclado por artesanos de Kenia.“Gracias a este premio, prometo seguir luchando hasta que todas las guarderías y escuelas tengan un taller de sostenibilidad.Porque los niños no son el futuro…Somos el presente del planeta“, dijo, mientras un coro de niños en el fondo cantaba el himno de la guardería.
Alejandro y Sofía, en el público, tenían lágrimas en los ojos.“No solo ha ganado un premio”, dijo Alejandro a Sofía.“Ha conquistado corazones”.La prensa internacional, presente en la ceremonia, capturó cada palabra de Lia, y las redes sociales explotaron con el hashtag La ONU anunció entonces un proyecto conjunto con el Grupo: “Guarderías Verdes en el Mundo”, que would installar talleres de creatividad ecológica en 50 países en vías de desarrollo.“Lia ha demostrado que la educación ambiental debe comenzar temprano”, dijo el embajador.“Y nosotros queremos extender su mensaje a cada rincón del planeta”.
Después de la ceremonia, Lia se acercó a un grupo de niños que la rodeaban.“¿Cómo puedo ayudar en mi país?”, le preguntó un niño de India.“Empieza con algo pequeño”, le respondió, sonriendo.“Recoge una botella, enséña a tu hermano a hacer un juguete con ella, y luego enséñale a otro.Así, poco a poco, crecemos todos juntos“.
En el camino de regreso a Madrid, Lia se sentó junto a Luna y miró el trofeo en su regazo.
“¿Crees que hemos hecho algo importante, mamá?”, preguntó.
“Sí, Lia”, respondió Luna, abrazándola.
“Has demostrado que la esperanza no viene solo de los adultos, sino de la pureza de quienes ven el mundo con ojos nuevos”.
Y mientras el avión surcaba las nubes, Lia soñaba con los próximos proyectos: talleres en Australia, una feria reciclada en África, y muchas más ideas que aún no habían nacer.
Sabía que el premio era solo el comienzo, y que había un mundo por cambiar, uno de pequeños gestos, de niños y adultos unidos, y de la creencia que cada persona puede marcar una diferencia.
En la guardería, al día siguiente, Carlos y Ana la recibieron con un cartel que decía “¡Bienvenida campeona!”.
Lia mostró el trofeo a los niños, y ellos lo rodearon, preguntando cómo lo habían hecho.
“Es de plástico reciclado”, les explicó.
“Y podemos hacer muchas cosas bonitas con lo que others tiran”.
Y así, mientras empezaban un nuevo taller, Lia sabía que el verdadero premio no estaba en el trofeo, sino en las sonrisas de esos niños, ya pensando en cómo convertir la basura en arte, y el arte en esperanza.
La ceremonia en Ginebra estaba llena de luces y figuras importantes, pero Lia apenas notaba el ruido en su interior.
Con un vestido hecho con telas recicladas de la línea “ArrozVerde”, se ajustaba nerviosa el cinturón mientras miraba a su madre, Luna, que le hacía señas de tranquilidad.
“Tienes algo importante que decir”, le susurró Sofía, acomodando su pelo.
“Y todo el mundo está listo para escucharte”.
El “Premio Juvenil por el Planeta” era otorgado anualmente por la ONU a jóvenes que hicieran un impacto significativo en la lucha por el medio ambiente.
Lia, a sus pocos años, era la menor candidata en la historia del premio.
“Ella ha demostrado que la edad no es un límite para cambiar el mundo”, dijo el embajador de la ONU en la presentación.
Cuando su nombre fue llamado, Lia sintió los latidos de su corazón en la garganta.
Subió al escenario, donde líderes mundiales como el presidente de una nación africana y un célebre artista environmentalista la aguardaban.
“Hola”, comenzó, con voz temblorosa pero firme.
“Soy Lia, y creo que los adultos tienen mucho que aprender de los niños”.
En su discurso, habló de los talleres en la guardería, de los niños en Brasil que usaron redes de pesca para hacer ropa, y de la “ArrozVerde”, la fibra que nació de una crisis.
“Los adultos piensan en soluciones grandes, pero a veces la respuesta está en lo pequeño: en reciclar un papel, en tejer un botón, en enseñar a otro niño”, dijo, mirando a un grupo de niños invitados que habían venido de diferentes países.
Luego, habló de la importancia de la educación inclusiva: “Cuando visité una guardería en África, vi que los niños querían aprender, pero no tenían materiales.
Así que les enseñamos a hacer juguetes con hojas secas y botellas.
Ese día, su imaginación salió volando, como si las hojas se convirtieran en alas”.
Mostró fotos de los proyectos en la playa italiana, de la “AmazoniaVerde” en el Amazonas, y de las familias que habían participado en el concurso de diseño.
“Cada vez que veo a un niño sonreír al crear algo con materiales reciclados, sé que estamos en el camino correcto.
No necesitamos ser grandes para hacer grandes cosas”, continuó.
“Solo necesitamos querer cambiar el mundo y empezar donde estamos.
Cada vez que reciclamos, cada vez que compartimos una idea, cada vez que inspiramos a alguien, estamos construyendo un planeta mejor”.
Al final, recibió el trofeo, hecho con plástico reciclado por artesanos de Kenia.
“Gracias a este premio, prometo seguir luchando hasta que todas las guarderías y escuelas tengan un taller de sostenibilidad.
Porque los niños no son el futuro…
somos el presente del planeta”, dijo, mientras un coro de niños en el fondo cantaba el himno de la guardería.
Alejandro y Sofía, en el público, tenían lágrimas en los ojos.
“No solo ha ganado un premio”, dijo Alejandro a Sofía.
“Ha conquistado corazones”.
La prensa internacional, presente en la ceremonia, capturó cada palabra de Lia, y las redes sociales explotaron con el hashtag #LiaCambiaElMundo.
Videos de su discurso se volvieron virales, y muchas personas comenzaron a imitar los proyectos de la guardería en sus comunidades.
La ONU anunció entonces un proyecto conjunto con el Grupo: “Guarderías Verdes en el Mundo”, que installaría talleres de creatividad ecológica en 50 países en vías de desarrollo.
“Lia ha demostrado que la educación ambiental debe comenzar temprano”, dijo el embajador.
“Y nosotros queremos extender su mensaje a cada rincón del planeta”.
Después de la ceremonia, Lia se encontró rodeada de periodistas y personas interesadas en colaborar.
Un empresario de EE.
UU.
le ofreció fondos para ampliar los talleres, y una organización de Japón quería traducir los tutoriales de la app “Conecta y Recicla” al japonés.
Pero lo que más la emocionó fue un grupo de niños que la rodeó, pidiéndole autógrafos y consejos.
“¿Cómo puedo ayudar en mi país?”, le preguntó un niño de India.
“Empieza con algo pequeño”, le respondió, sonriendo.
“Recoge una botella, enséña a tu hermano a hacer un juguete con ella, y luego enséñale a otro.
Así, poco a poco, crecemos todos juntos”.
En el camino de regreso a Madrid, Lia se sentó junto a Luna y miró el trofeo en su regazo.
“¿Crees que hemos hecho algo importante, mamá?”, preguntó.
“Sí, Lia”, respondió Luna, abrazándola.
“Has demostrado que la esperanza no viene solo de los adultos, sino de la pureza de quienes ven el mundo con ojos nuevos”.
Al día siguiente, en la “Guardería Verde Sonrisa”, Carlos y Ana la recibieron con un cartel que decía “¡Bienvenida campeona!”.
Los demás niños la rodearon, emocionados por oír los detalles de la ceremonia.
Lia mostró el trofeo a los niños, y ellos lo pasaron de mano en mano, maravillados por el detalle del plástico reciclado.
“Es de plástico reciclado”, les explicó.
“Y podemos hacer muchas cosas bonitas con lo que otros tiran”.
Y así, mientras empezaban un nuevo taller, con niños intentando hacer muñecos con calcetines viejos y adornos con botellines, Lia se dio cuenta de que el verdadero premio no estaba en el trofeo, sino en las sonrisas de esos niños, en la creatividad que fluyó en el aire, y en la certeza de que estaban construyendo un legado.
El Grupo, con nuevos proyectos en marcha y la colaboración de la ONU, se preparaba para un nuevo desafío: llevar la educación ecológica a cada rincón del mundo, una guardería, una escuela, y un proyecto a la vez.
Con el lanzamiento del proyecto “Guarderías Verdes en el Mundo”, el Grupo se vio inmerso en una tarea gigantesca.
Lia, ahora más conocida que nunca, se convirtió en la voz del movimiento.
Pero no quería ser solo una figura; quería estar en el campo, ayudando a los niños.
Su primer destino fue un pueblo en Laos, un país en el sudeste asiático.
Allí, las escuelas carecían incluso de materiales básicos, y la idea de reciclaje era prácticamente desconocida.
Cuando Lia y el equipo llegaron, encontraron un grupo de niños jugando con palos y hojas secas.
“¡Perfecto!”, dijo, mostrando sus materiales.
“Con esto podemos hacer maravillas”.
Juntos, comenzaron a trabajar.
Usaron hojas secas para hacer papel reciclado, y palos para construir marquetas de casas sostenibles.
Los niños de Laos, fascinados, aprendieron rápidamente.
Un niño llamado Boon, que era muy bueno con las manos, creó una lámpara con una botella de agua y un poco de pintura.
“Así, iluminamos nuestra escuela sin electricidad”, dijo, orgulloso.
Mientras tanto, en Madrid, Luna y el equipo de diseño trabajaban en un símbolo que representara el proyecto “Guarderías Verdes en el Mundo”.
“Queremos algo que una a todas las culturas”, dijo Luna.
Después de muchas horas de dibujo y discusión, crearon un logotipo: una mano infantil que sostenía una semilla, rodeada de símbolos de diferentes países: el sol de África, el sakura de Japón, y la palmera de Brasil.
Alejandro, por su parte, se encargó de la coordinación con los gobiernos locales.
En una reunión con funcionarios de Laos, mostró los planes del proyecto: “No solo construireemos talleres, sino que también entrenaremos a maestros locales para continuar la labor”.
El gobierno, encantado con la propuesta, ofreció terrenos y ayuda logística.
Sofía, siempre en busca de la mejor forma de difundir el mensaje, creó un campaña en redes sociales con el hashtag #JuntosPorElPlaneta.
Compartía fotos y videos de los proyectos en Laos, mostrando a los niños sonrientes mientras creaban.
“Vean cómo un simple trozo de madera se convierte en un sueño”, decía en uno de los videos.
El impacto fue inmediato.
Personas de todo el mundo comenzaron a enviar materiales y donaciones.
Un padre en Alemania envió una caja llena de libros sobre ecología, y una empresa en China ofreció maquinarias para la fabricación de papel reciclado.
La app “Conecta y Recicla” también se actualizó, incluyendo una sección exclusiva para el proyecto, donde los usuarios podían donar directamente a las guarderías en desarrollo.
En el corazón del proyecto, Lia seguía inspirando.
En un taller en Laos, le dijo a los niños: “Cada cosa que creamos aquí no es solo un objeto, es un mensaje de esperanza.
Un mensaje que dice que podemos cuidar el planeta, incluso desde un pueblo pequeño”.
Y mientras los niños asentían, ella sabía que el verdadero cambio venía de estos pequeños gestos, de estas conexiones entre personas y culturas, y de la creencia en que todos podemos ser parte de algo grande.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com