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Pasión en llamas: Amor y renacimiento en Madrid - Capítulo 77

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77: Capítulo 79 El Legado Eterno 77: Capítulo 79 El Legado Eterno La ceremonia del “Premio Mundo Sostenible” iluminaba la noche de Ginebra.

Lia, ahora una mujer de mediana edad, se acercó al micrófono con una sonrisa tranquila.

En su traje, bordados con hilos de “ArrozVerde” y adorned con pequeñas conchas recicladas de la playa italiana, llevaba el legado de años de lucha.

“Este premio no es mío”, comenzó, mirando a la multitud.

“Es de todos aquellos que creen que el planeta merece ser cuidado, desde la pequeña guardería de Madrid hasta las aldeas del Amazonas”.

En su discurso, revisar la historia del Grupo.

Habló de Luna, su madre, que transformaba basura en arte; de Alejandro, que veía en la colaboración la clave del cambio; y de Sofía, cuya visión familiar había conmovido a millones.

“Todo comenzó con una idea loca: que los niños pudieran enseñar a los adultos a amar el planeta”, dijo.

Y mostró fotos de la “Guardería Verde Sonrisa”, donde una niña pequeña (ella misma) jugaba con un cartón convertido en robot.

Luego, habló de los proyectos que habían marcado su camino: la app “Conecta y Recicla”, que unió familias en busca de materiales reciclados; la fibra “ArrozVerde”, nacida de una crisis y convertida en esperanza; y el desfile en la playa italiana, donde la basura se convirtió en moda.

“Cada proyecto fue un aprendizaje”, dijo.

“Aprendimos que la creatividad es la mejor herram para resolver problemas, y que la solidaridad es más poderosa que cualquier crisis”.

El jurado, emocionado, le entregó el premio: un escultura hecha con metales reciclados, en forma de árbol con raíces que se convertían en manos unidas.

“Este árbol representa nuestro legado”, dijo Lia.

“Raíces profundas en la educación, ramas que se extienden al mundo, y frutos que son los sueños de quienes creen en un futuro limpio”.

Alejandro y Sofía, presentes en el evento, compartieron el momento con lágrimas de orgullo.

“Recuerdo cuando Lia propuso usar la cáscara de arroz”, dijo Sofía a un periodista.

“Esa idea humilde cambió nuestra forma de ver el desperdicio.

Y ahora, ese legado se extiende a países donde la sostenibilidad es una necesidad urgente”.

Luna, en un vídeo transmitido desde Madrid, habló de la importancia de la familia en el movimiento.

“En casa, nunca decíamos ‘no’ a las ideas locas”, dijo.

“Lia aprendió que cada problema tiene una solución creativa, y eso la llevó a cambiar el mundo”.

El premio no solo reconoció el pasado, sino que también anunció el futuro.

Lia anunció la expansión de la “Academia del Planeta”, ahora con sedes en África, Asia y América Latina.

“Les daremos herramientas a jóvenes y niños para que diseñen su propio legado”, dijo.

Y presentó a un grupo de jóvenes de Nigeria, que habían creado una empresa de paneles solares reciclados, inspirados en los talleres del Grupo.

En el banquete, Lia se acercó a un joven de 15 años, nieto de un indígena del Amazonas.

“Mi abuelo participó en el proyecto ‘Amazonas Resiste'”, dijo.

“Gracias a ustedes, ahora puedo estudiar en una escuela donde aprendo a proteger el bosque”.

Lia lo abrazó y respondió: “Eres el legado que nosotros soñamos.

Tú y millones de jóvenes como tú son quienes harán realidad el sueño de un planeta sano”.

El día siguiente, en la “Guardería Verde Sonrisa”, ahora convertida en un museo de la sostenibilidad, un grupo de niños visitaban las exposiciones.

Lia, junto a Carlos (ahora un padre de familia), les mostró el primer robot hecho con cartón, conservado como un tesoro.

“Este robot simboliza el comienzo”, dijo.

“Y ustedes, con sus ideas, simbolizan el futuro”.

Los niños, emocionados, comenzaron a dibujar sus propios proyectos: una ciudad submarina con fibras de plástico, un tren que volaba con energía del viento, y una guardería en la luna donde se recicla el polvo del espacio.

Para el Grupo, el “Premio Mundo Sostenible” fue un recordatorio de cómo un pequeño gesto puede convertirse en un movimiento.

No se trataba de logros individuales, sino de una historia compartida, construida con paciencia, creatividad y amor por el planeta.

Y mientras Lia y su equipo se preparaban para nuevos proyectos, sabían que el legado no cesaría: cada vez que un niño recicla un papel, cada vez que una familia elige ropa sostenible, cada vez que una comunidad protege su medio ambiente, el legado crecía, vivo y poderoso, como un árbol que da sombra y fruto a las generaciones venideras.

Y así, en un mundo donde el cambio sigue siendo necesario, el Grupo y sus seguidores demostraban que el legado eterno no es algo que se hereda, sino que se construye cada día, con acciones pequeñas pero llenas de corazón.

Y Lia, mirando a los niños sonrientes, sabía que el verdadero premio estaba en eso: en ver cómo el amor por el planeta se transmitía, de generación en generación, como una llama que nunca se apaga.

La ceremonia del “Premio Mundo Sostenible” iluminaba la noche de Ginebra.

Lia, ahora una mujer de mediana edad, se acercó al micrófono con una sonrisa tranquila.

En su traje, bordados con hilos de “ArrozVerde” y adornado con pequeñas conchas recicladas de la playa italiana, llevaba el legado de años de lucha.

“Este premio no es mío”, comenzó, mirando a la multitud.

“Es de todos aquellos que creen que el planeta merece ser cuidado, desde la pequeña guardería de Madrid hasta las aldeas del Amazonas”.

En su discurso, repasó la historia del Grupo.

Habló de Luna, su madre, que transformaba basura en arte; de Alejandro, que veía en la colaboración la clave del cambio; y de Sofía, cuya visión familiar había conmovido a millones.

“Todo comenzó con una idea loca: que los niños pudieran enseñar a los adultos a amar el planeta”, dijo.

Y mostró fotos de la “Guardería Verde Sonrisa”, donde una niña pequeña (ella misma) jugaba con un cartón convertido en robot.

Luego, habló de los proyectos que habían marcado su camino: la app “Conecta y Recicla”, que unió familias en busca de materiales reciclados; la fibra “ArrozVerde”, nacida de una crisis y convertida en esperanza; y el desfile en la playa italiana, donde la basura se convirtió en moda.

“Cada proyecto fue un aprendizaje”, dijo.

“Aprendimos que la creatividad es la mejor herram para resolver problemas, y que la solidaridad es más poderosa que cualquier crisis”.

El jurado, emocionado, le entregó el premio: una escultura hecha con metales reciclados, en forma de árbol con raíces que se convertían en manos unidas.

“Este árbol representa nuestro legado”, dijo Lia.

“Raíces profundas en la educación, ramas que se extienden al mundo, y frutos que son los sueños de quienes creen en un futuro limpio”.

Alejandro y Sofía, presentes en el evento, compartieron el momento con lágrimas de orgullo.

“Recuerdo cuando Lia propuso usar la cáscara de arroz”, dijo Sofía a un periodista.

“Esa idea humilde cambió nuestra forma de ver el desperdicio.

Y ahora, ese legado se extiende a países donde la sostenibilidad es una necesidad urgente”.

Luna, en un vídeo transmitido desde Madrid, habló de la importancia de la familia en el movimiento.

“En casa, nunca decíamos ‘no’ a las ideas locas”, dijo.

“Lia aprendió que cada problema tiene una solución creativa, y eso la llevó a cambiar el mundo”.

El premio no solo reconoció el pasado, sino que también anunció el futuro.

Lia anunció la expansión de la “Academia del Planeta”, ahora con sedes en África, Asia y América Latina.

“Les daremos herramientas a jóvenes y niños para que diseñen su propio legado”, dijo.

Y presentó a un grupo de jóvenes de Nigeria, que habían creado una empresa de paneles solares reciclados, inspirados en los talleres del Grupo.

En el banquete, Lia se acercó a un joven de 15 años, nieto de un indígena del Amazonas.

“Mi abuelo participó en el proyecto ‘Amazonas Resiste'”, dijo.

“Gracias a ustedes, ahora puedo estudiar en una escuela donde aprendo a proteger el bosque”.

Lia lo abrazó y respondió: “Eres el legado que nosotros soñamos.

Tú y millones de jóvenes como tú son quienes harán realidad el sueño de un planeta sano”.

El día siguiente, en la “Guardería Verde Sonrisa”, ahora convertida en un museo de la sostenibilidad, un grupo de niños visitaban las exposiciones.

Lia, junto a Carlos (ahora un padre de familia), les mostró el primer robot hecho con cartón, conservado como un tesoro.

“Este robot simboliza el comienzo”, dijo.

“Y ustedes, con sus ideas, simbolizan el futuro”.

Los niños, emocionados, comenzaron a dibujar sus propios proyectos: una ciudad submarina con fibras de plástico, un tren que volaba con energía del viento, y una guardería en la luna donde se recicla el polvo del espacio.

Para el Grupo, el “Premio Mundo Sostenible” fue un recordatorio de cómo un pequeño gesto puede convertirse en un movimiento.

No se trataba de logros individuales, sino de una historia compartida, construida con paciencia, creatividad y amor por el planeta.

Y mientras Lia y su equipo se preparaban para nuevos proyectos, sabían que el legado no cesaría: cada vez que un niño recicla un papel, cada vez que una familia elige ropa sostenible, cada vez que una comunidad protege su medio ambiente, el legado crecía, vivo y poderoso, como un árbol que da sombra y fruto a las generaciones venideras.

Y así, en un mundo donde el cambio sigue siendo necesario, el Grupo y sus seguidores demostraban que el legado eterno no es algo que se hereda, sino que se construye cada día, con acciones pequeñas pero llenas de corazón.

Y Lia, mirando a los niños sonrientes, sabía que el verdadero premio estaba en eso: en ver cómo el amor por el planeta se transmitía, de generación en generación, como una llama que nunca se apaga.

Diez años después, el mundo había experimentado cambios profundos.

La “Red Global de Colaboración” era la columna vertebral de una economía circular, y las escuelas de sostenibilidad enseñaban a los niños a ver el planeta como un sistema interconectado.

Lia, ahora abuela, caminaba por el jardín de la “Guardería Verde Sonrisa”, que había evolucionado en un centro de innovación ecológica.

“Abuela, mira lo que hemos hecho”, gritó su nieta Alma, corriendo hacia ella con un trozo de tela en la mano.

“Es una fibra hecha con restos de café y plastico biodegradable”.

Lia sonrió, reconociendo en la niña la misma ilusión que ella había tenido en la guardería.

“Increíble, Alma.

Esta fibra podría cambiar el mundo”, dijo, mientras examinaba el material suave y resistente.

En ese momento, Alejandro, ya jubilado, se acercó con un archivo en la mano.

“He encontrado fotos de cuando tú eras pequeña”, dijo, mostrando imágenes de Lia jugando con materiales reciclados.

“Y ahora, tu hija y tu nieta siguen tu legado”.

Lia asintió, pensando en cómo el tiempo había pasado, pero el compromiso seguía intacto.

Sofía, fallecida unos años atrás, había dejado un legado institucional.

La Asociación Internacional de Moda Sostenible tenía ahora sedes en más de 50 países, y su código ético era la norma en la industria.

“Ella soñaba con una moda que no dañara el planeta”, dijo Lia a Alma.

“Y ahora, esa moda es una realidad”.

Luna, en su taller, seguía trabajando con materiales reciclados a pesar de sus años.

“La creatividad no tiene edad”, decía, mostrando una colección inspired en las mariposas en peligro de extinción.

“Cada prenda es un grito de vida para la naturaleza”.

El Grupo, ahora dirigido por jóvenes, lanzó proyectos audaces, como la “Red Solar”, una red de paneles solares en países tropicales que redistribuía energía a comunidades desatendidas.

“Es el legado de mi padre”, decía Carla, hija de Lia, en una inauguración.

“Creer en que la tecnología puede ser bondadosa con el planeta”.

En el Amazonas, el proyecto “Amazonas Resiste” había parado la tala ilegal gracias a la colaboración entre indígenas, científicos y tecnologos.

Los bosques se regeneraban, y las comunidades tenían acceso a educación y salud gracias a los fondos del Grupo.

“Nosotros no somos guardians del bosque”, decía un joven indígena en un vídeo.

“Somos parte del bosque, y ahora, aprendemos a vivir en harmonia con él”.

En una conferencia global, Alma, ahora adolescente, habló de su proyecto: “Red Juvenil por el Clima”, una plataforma donde jóvenes de todo el mundo compartían soluciones innovadoras.

“Mi abuela me dijo que cada generación tiene que dejar el mundo mejor”, dijo.

“Y nosotros, la última generación, tenemos la responsabilidad de cerrar el círculo”.

La ceremonia de clausura de la conferencia tuvo lugar en la playa italiana, donde años atrás se había realizado el desfile de basura convertida en arte.

Ahora, la playa estaba limpia, y las olas se estrellaban contra el-shore sin trazas de contaminación.

Lia, junto a su familia y miles de jóvenes, observó un espectáculo donde las luces solares dibujaban mensajes en el cielo: “Gracias a quienes soñaron”, “El planeta es nuestro hogar”, “La última generación es la primera en protegerlo”.

Cuando el sol se ponía, Lia abrazó a Alma y dijo: “Mira, mi amor.

El legado no es solo lo que dejamos, sino lo que transmitimos.

Tú y tus amigos son la última generación que puede cambiar el curso de la historia.

Y yo confío en que harán lo correcto”.

Alma sonrió y respondió: “No te preocupes, abuela.

La próxima generación ya sabe cómo cuidar el planeta.

Aprendimos de ustedes”.

Y en ese momento, Lia supo que el ciclo estaba cerrado: la guardería donde había comenzado todo había dado origen a una familia, un movimiento y una creencia que transcurriría el tiempo.

Y así, mientras la noche caía sobre la playa, el legado de Lia y el Grupo seguía vivo, no en monumentos o premios, sino en las mentes y corazones de quienes sabían que el planeta era un tesoro único, y que cada generación tenía la responsabilidad de protegerlo para las siguientes.

La última generación, como la primera, aprendió que el amor por el planeta es el legado más grande que se puede heredar, y que la esperanza siempre vence, siempre y cuando haya alguien dispuesto a soñar y a trabajar por esos sueños.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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