Pecado Tan Dulce - Capítulo 12
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- Capítulo 12 - 12 CAPÍTULO 12 Un reto de campamento convirtió a la hija del predicador en una puta
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12: CAPÍTULO 12: Un reto de campamento convirtió a la hija del predicador en una puta 12: CAPÍTULO 12: Un reto de campamento convirtió a la hija del predicador en una puta Punto de vista de Hannah
Me despedí de mi madre con un beso por cuarta vez.
«Asegúrate de volver a casa con premios».
Escuché decir a Papá mientras salía de casa.
—Ahí está nuestro precioso ángel —dijo el tío Fred cuando entré en su coche.
Bufé.
—Tío Fred, ¿tengo que ir al campamento cada verano?
—pregunté.
Presentí que este iba a ser diferente.
—Bueno, como hija de un predicador, si tú no estuvieras allí, ¿quién lo estaría?
Negué con la cabeza.
Menuda hija de predicador estaba hecha,
lástima que no fuera tan santa como pensaban.
Me puse los auriculares; la música era mi único remedio.
¿Por dónde empiezo con el Campamento Lago Willow?
Se supone que es el perfecto retiro juvenil cristiano, ya sabes, de esos en los que la fe y la diversión van de la mano bajo la atenta mirada de Dios, y no nos olvidemos de los súper «consejeros santos» que actuaban como si tuvieran línea directa con el cielo.
Sí, claro.
Nos dieron reglas.
Ningún chico debía ser visto rondando las cabañas de las chicas, y ninguna chica debía ser encontrada en las cabañas de los chicos.
Regla número 2.
Nadie debía ser encontrado merodeando después del toque de queda.
La seguridad era estricta, como si supieran que éramos un puñado de adolescentes cachondos.
Todos recitamos esas reglas en la orientación, con la cabeza gacha como ovejitas buenas.
Pero vamos, ¿reglas como esas?
Básicamente están pidiendo a gritos que las rompan, sobre todo alguien como yo, que me moría por probar la vida de verdad.
Soy Hannah Thompson, la hija del predicador.
Tengo veinte años y acabo de terminar mi primer año en la Universidad Bíblica.
Siempre llevo el pelo en una trenza impecable, vestidos que gritan «modestia» sin enseñar escote y conjuntos que me llegan muy por debajo de la rodilla.
Los otros chicos me idolatraban, los adultos me usaban como el ejemplo perfecto, susurrando que acabaría de misionera o casada con algún pastor de jóvenes aburrido.
¿Y los chicos?
Oh, yo era el centro de sus fantasías; era obvio por la forma en que me miraban, preguntándose qué se escondía bajo mis modestos atuendos.
Caleb Harlan, el chico malo más popular del campamento.
Se movía por ahí con esa sonrisita engreída que siempre llevaba, una que decía que había oído todos los sermones sobre la tentación, pero que aun así estaba decidido a ser un tentador.
Caleb era el que metía de contrabando chocolatinas que sabían a paraíso prohibido, el que contaba historias de fantasmas que hacían temblar de miedo a los más pequeños y el que ligaba como si fuera su trabajo.
No dejamos de cruzarnos miradas en toda la semana.
Empezó de forma inocente.
Es broma.
Durante el servicio de la mañana, me di cuenta de que me miraba fijamente desde el fondo, sus ojos se encontraron con los míos mientras yo tocaba la guitarra y cantaba sobre la gracia divina.
Él me guiñaba un ojo y, ¡zas!, sentía mariposas en el estómago y mis dedos fallaban una nota.
O me liaba con un acorde que me sabía de memoria.
Una tarde estábamos en el lago, era la hora de las canoas.
Caleb me pasó el remo; no sé cómo, pero siempre es él quien me lo pasa.
Sus dedos ásperos rozaron los míos más de la cuenta, enviando una descarga eléctrica por mi brazo.
—Ten cuidado ahí fuera, hija del predicador —bromeó con voz grave y profunda—.
No querría que te mojaras.
—Me sonrojé como una tonta, balbuceando algo sobre centrarme en Jesús, pero de pronto fui consciente de mi aspecto y de mi cuerpo.
—¿Y qué pasa si lo hago?
—repliqué, viendo cómo sus ojos bajaban hasta mis tetas.
—Te he estado observando, y apuesto a que no soy el único que se muere por ver un poquito de escote o directamente tus tetas.
—Sus labios esbozaron una sonrisa.
No me había dado cuenta de lo guapo que era hasta ahora.
No, apártate de mí, Satanás.
No debería albergar pensamientos así.
—Hannah, ¿alguna vez te has preguntado qué se siente al romper las reglas?
¿La emoción que produce?
—preguntó, con toda la naturalidad del mundo, como si estuviéramos hablando del tiempo.
Mi corazón se detuvo un instante, como para darle a mi cerebro la oportunidad de asimilar la información, pero le lancé una mirada fulminante.
—La Biblia dice que hay que huir de la tentación, Caleb.
—Se rio, y sentí su risa en mi interior.
—Sí, pero esa misma Biblia dice que todos somos pecadores.
No deberíamos desaprovecharlo, sería genial divertirse un poco con eso.
—No respondí.
Esa noche, durante la hoguera, no paraba de lanzarle miradas a Caleb.
Él articulaba sin sonido las palabras incorrectas de los himnos que todos cantábamos solo para hacerme reír.
Su «aleluya» se convertía en un «joder, tía» y yo escondía mis risitas tras el cancionero mientras nuestras miradas se cruzaban a través de las llamas.
Teníamos que tener cuidado de no llamar la atención o seríamos el tema de conversación de todo el verano.
El calor de su mirada encendió algo en lo más profundo de mí: la forma en que sus ojos observaban mis labios cuando hablaba, se fijaban en mis tetas mientras bailaba al ritmo de la música.
Esa noche, en mi litera, bajo las sábanas, me toqué por primera vez imaginando sus manos, ásperas y exigentes, en lugar de las mías.
Mordí la almohada para ahogar los gemidos, mi cuerpo temblaba y vibraba, empapándome con mis propios jugos.
Era la última noche de campamento, e hicimos una hoguera enorme.
Algunos chicos compartieron entre lágrimas historias sobre cómo la semana los había cambiado, lo mucho que habían aprendido y los nuevos amigos que habían hecho.
A mí me sonaba ridículo; no paraba de poner los ojos en blanco para mis adentros, aburrida como una ostra.
Cuando el fuego se fue apagando y todo quedó a oscuras, y los adultos empezaron a roncar en sus sillas, los chicos mayores, de dieciocho años en adelante, nos escabullimos para una última ronda de verdad o reto.
Era una tradición clandestina que teníamos todos los años.
Los retos empezaron de forma sencilla: colarse en la capilla y tocar el altar sin que te pillaran; sentí la madera lisa y fría bajo mis dedos en la oscuridad.
Luego la cosa se desmadró: al hijo del cantante principal le retaron a desnudarse hasta quedar en ropa interior y a tirarse en bomba al lago, cosa que hizo.
Llegó el turno de Caleb.
Se frotó las palmas de las manos con entusiasmo, estudiando la botella como si fuera un problema de matemáticas.
Hizo girar la botella y yo la observé dar vueltas hasta que se detuvo justo delante de mí.
Caleb se reclinó, clavando sus ojos en mí como si acabara de pescar un pez gordo.
Tenía las mejillas sonrojadas, quizá por el fuego o por su forma de mirarme.
—Reto a Hannah, la hija del predicador, a que me folle en la capilla.
Esta noche.
Justo debajo de esa enorme y vieja cruz.
El ambiente se calmó y se hizo el silencio, pero todos los ojos estaban puestos en mí, esperando mi crisis de santurrona.
Me ardían las mejillas de la vergüenza.
Debería haberme enfadado, haber citado versículos de la Biblia sobre la blasfemia y haberme largado para chivarme.
Pero no.
Crucé la mirada con él a través de las llamas, vi esa mezcla de desafío y puro deseo, y sentí un torrente caliente y líquido entre las piernas, el mismo que había estado ignorando toda la semana.
Mi voz sonó tranquila, sorprendiéndome incluso a mí misma: —Acepto, Caleb.
Empezaron a susurrar a nuestro alrededor.
Alguien silbó.
Caleb sonrió de oreja a oreja, como si acabara de ganar la lotería.
—Joder, hija del predicador.
No pensé que tuvieras esas agallas.
No fuimos de inmediato.
Esperamos a que todos regresaran a sus cabañas, después de unos cuantos bostezos fingidos y buenas noches.
¿Qué demonios estaba haciendo?
Era una locura, un auténtico sacrilegio.
Pero la necesidad de que me echaran un polvo se impuso, haciéndome sentir viva de una forma que ninguna oración había conseguido jamás.
Cuando el último consejero se fue, Caleb apareció detrás de mí como un fantasma.
—¿Lista para pecar, Hannah?
—Asentí, incapaz de pronunciar palabra.
Dejé que me tomara de la mano; su palma era áspera y cálida.
Nos escabullimos entre los pinos mientras los grillos cantaban como si nos animaran.
Yo era hiperconsciente de mis bragas de algodón, ya empapadas y pegadas a mi coño.
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