Pequeño fuego: El libro del conocimiento - Capítulo 100
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Capítulo 100: Nueva sacerdotisa XIX
Enya Ophyris
Nos pegamos más a la pared, donde la sombra era más espesa. La brasa envuelta en tela apenas latía, casi sin luz. La apreté contra mi palma hasta que dolió.
Preferí el dolor a delatarnos.
El murmullo se acercó, y entonces lo reconocí.
La sanadora.
—…ya lo hice —susurró, y su voz tembló como si le costara mantenerla firme—. Hice lo que me pidió. Los guie. Les di las hierbas. No dije nada.
Un silencio breve.
Luego respondió otra voz.
Una de las sacerdotisas.
Su tono era suave
—Cumpliste —dijo—
La sanadora tragó saliva.
—Usted dijo que… que me ayudaría a salir.
—Lo dije.
La sanadora respiró hondo, como si se le fuera la vida en esa frase.
—Mi hijo… —susurró—
—Me lo quitaron hace años. Me dijeron que obedeciera. Que si servía… algún día me lo devolverían. Yo… yo no podía hacer nada.
Se escuchó un sonido distinto, más adelante en el corredor.
Ligero.
Y no era un paso de templo.
Era el paso de alguien que camina como si el mundo le perteneciera.
Mi estómago se cerró.
Porque ese ritmo lo conocía.
La figura apareció al borde de la luz tenue, y la antorcha le dibujó el perfil por un segundo.
Una cara conocida.
Una cara que había vivido conmigo los últimos cinco años, sonriendo en las fogatas, respirando la misma aldea, fingiendo que el mundo era simple.
Lena.
Su mirada cayó sobre la sanadora y luego sobre la sacerdotisa
—¿Qué estás haciendo? —preguntó.
La sacerdotisa cambió de tono sin esfuerzo, como si se pusiera otra máscara.
—Ajusto lo necesario para que la prueba siga su curso.
Lena inclinó la cabeza, interesada.
Desde la sombra, dos mujeres del templo aparecieron cargando paquetes atados con cuerda. Los dejaron frente a Lena con cuidado, como si fueran ofrendas.
Provisiones.
Más de las que cualquiera habría recibido por “suerte”.
Lena miró los paquetes como quien mira un premio que ya se merece.
No agradeció.
Solo levantó la vista.
—Te serán útiles.
Lena soltó una risa baja.
—Siempre tan correcta.
El silencio se estiró un instante.
Y entonces la sacerdotisa habló.
—Sin una sanadora que lea las marcas, el grupo de Enya no va a durar mucho.
Lena no sonó sorprendida. Sonó satisfecha.
—¿Tan importante es?
—Lo es —dijo la sacerdotisa—. Aquí no se sale por fuerza. Se sale por símbolos. Y los símbolos no se adivinan. Se interpretan.
Lena chasqueó la lengua, molesta por lo obvio.
—Enya va a intentar leerlos con su inteligencia.
—Y se va a equivocar —respondió la sacerdotisa, tranquila—. Porque la inteligencia sin guía se pierde rápido en la piedra.
Lena guardó silencio un segundo, saboreando la idea.
La sanadora hizo un sonido ahogado, como si entendiera de golpe que estaba escuchando su propia sentencia en boca de otras.
—Yo… yo hice lo que debía —susurró—. Usted lo prometió. La libertad de mi hijo.
La sacerdotisa volvió su atención hacia ella, sin cambiar el rostro.
—Prometí que tu hijo sería liberado.
La sanadora se quebró en un sollozo silencioso.
—Gracias… —dijo—. Gracias…
Y entonces se acercó.
La abrazó.
Un abrazo desesperado. Torpe. Humano.
La sacerdotisa dejó que el abrazo existiera un instante.
Lena no dijo nada.
Después, un sonido pequeño.
Seco.
Como un golpe contenido.
La sanadora soltó un ruido extraño, breve, como si el cuerpo no entendiera lo que acababa de pasar.
—¿Qué…? —intentó decir.
No salió palabra.
La sacerdotisa habló pegada a su oído, tan bajo que casi se mezcló con el goteo:
—Las promesas son para los que siguen siendo útiles.
El cuerpo de la sanadora se aflojó.
Cayó.
Como una marioneta a la que le cortan el hilo.
Lena exhaló, satisfecha, como si el mundo se hubiera ordenado.
—Qué desperdicio —murmuró.
Se escuchó un arrastre suave, como si movieran el cuerpo hacia la sombra para que la piedra se lo tragara como se tragaba todo.
Mi garganta ardía.
La mujer cansada se inclinó hacia mí, sin mirarme.
Su boca apenas se movió.
—Vámonos.
Asentí.
Nos deslizamos hacia atrás, pegadas a la piedra, devolviendo nuestro cuerpo a la oscuridad como si nunca hubiera estado allí.
Antes de girar el último recodo, escuché la voz de la sacerdotisa una vez más, clara, tranquila, como si estuviera dando una lección:
—Ahora sí. Que siga la prueba.
Volvimos al refugio sin luz y sin palabras, con el aire clavado en el pecho.
Y mientras caminábamos, una idea me golpeaba una y otra vez, como un martillo silencioso:
Sin sanadora…
nos habían dejado ciegos a propósito.
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