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Pequeño fuego: El libro del conocimiento - Capítulo 101

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Capítulo 101: Nueva sacerdotisa XX

Enya Ophyris

Volvimos al refugio.

El jefe alzó la mirada cuando entramos, pero no preguntó. El asustado abrió la boca como si quisiera hablar… y la cerró otra vez.

La mujer cansada dejó la brasa en su lugar, con cuidado, como si el fuego fuera lo único que todavía obedecía.

Yo guardé el aire dentro del pecho y lo convertí en rutina.

Porque si decía lo que escuché, el refugio se partía.

Me acerqué a la mesa de roca y extendí la tablilla.

El carbón manchó mis dedos.

Conté provisiones.

Una por una.

Pan.

Granos.

Carne salada.

Sal.

Odres.

Lo que el jefe había encontrado. Lo que todavía quedaba en el depósito.

No faltaba nada.

Ni un pedazo menos.

Ni una raíz movida.

Me aclaré la garganta.

Solo escribí en la tablilla:

Día 2.

Bocas: 3.

Y luego taché y corregí, porque la verdad pesa incluso cuando no quieres mirarla:

Bocas: 3 + yo.

Menos bocas.

Más tiempo.

La lógica era cruel, pero era real.

El jefe lo entendió sin que yo se lo explicara. Miró las raciones y su expresión cambió de rabia a cálculo.

—Entonces… dura más —murmuró.

El asustado lo miró como si fuera pecado decirlo.

La mujer cansada no reaccionó. Solo asintió una vez, mínima.

Yo no dije nada.

Solo marqué las raciones.

Solo repartí.

Solo mantuve el pacto de “nadie come solo” aunque el silencio nos comiera a nosotros.

Esa noche no dormí bien.

Nadie durmió bien.

Pero nadie preguntó.

Y eso, por raro que suene, fue una forma de confianza.

Los días siguientes no llegaron con eventos grandes.

Con la piedra siempre igual y el estómago cada vez más consciente.

Con el jefe saliendo en exploraciones cortas, siempre con alguien. Con la mujer cansada volviéndose mis ojos cuando yo miraba demasiado tiempo la misma marca y empezaba a imaginar cosas.

Con el asustado aprendiendo a callarse cuando el miedo no ayudaba.

Conmigo… aprendiendo a leer.

No como la sanadora leía.

Con intuición heredada.

Yo leía con el Libro.

Con patrón.

Con lógica.

Al principio todas las marcas parecían iguales.

Líneas.

Triángulos.

Espirales cortadas.

Rayas que podían significar “agua” o “muerte”.

El primer error casi nos cuesta el último trozo de carne salada: seguimos un símbolo que prometía humedad y nos llevó a una cámara cerrada, seca, sin nada. Un círculo de tiza vieja en el suelo, como una broma.

Falso.

Una trampa.

De alguien que estuvo aquí antes… o de alguien que quería que otros se perdieran.

Regresamos sin ruido, con el orgullo golpeado y el hambre más despierta.

El Libro no “traducía”.

Pero sí confirmaba patrones, como una mano que corrige sin hablar.

Cuando empecé a diferenciar los falsos, el refugio dejó de sentirse completamente ciego.

Encontramos un segundo goteo, más lento, escondido tras una roca con marcas viejas, reales, gastadas por dedos.

Encontramos hongos seguros en una pared que tenía el mismo triángulo incompleto repetido tres veces, como una advertencia de “cosecha” y no de “prohibición”.

Encontramos raíces amargas que, hervidas, engañaban al cuerpo el tiempo suficiente para no temblar por hambre.

Así pasaron cuatro días.

Sin cambios visibles.

Cada día más difícil porque la comida bajaba igual, aunque durara más.

Cada noche más silenciosa porque el hambre vuelve a todos sensibles: el ruido se siente como amenaza y la risa como gasto.

El jefe se volvió más callado.

La mujer cansada, más decisiva.

El asustado… menos niño.

En el quinto día, la marca cambió.

No por su forma.

Por su intención.

La espiral cortada apareció de nuevo, pero esta vez acompañada por un círculo completo, grabado más profundo, como si alguien hubiera querido que se viera incluso con poca luz.

Seguí el símbolo con la brasa apenas viva, contando pasos, midiendo giros.

La mujer cansada iba conmigo.

El jefe y el asustado se quedaron en el refugio, cuidando el fuego y el depósito. Ahora que éramos menos, salir de más era un lujo que no podíamos pagar.

El pasaje se abrió, y de pronto el aire cambió.

Más frío, sí.

Pero también… más abierto.

Llegamos a un espacio redondo.

Una cámara casi perfecta, como si la montaña hubiera sido tallada a propósito.

Y arriba, en el centro, había un hueco.

Por primera vez desde que entré a la Montaña del Occidente, vi el cielo.

Gris, pálido, real.

Me quedé quieta.

La mujer cansada también.

Respiramos, y ese aire se sintió distinto solo por saber que encima existía algo que no era piedra.

Miré el borde del agujero.

Había marcas.

Muchas.

Las verdaderas.

Las antiguas.

Y en el centro del piso, un círculo de roca más clara, como si allí el mundo esperara un evento.

El eclipse.

El lugar del eclipse.

La idea se me instaló con una certeza suave, casi amable.

Dos días.

Solo dos días más.

Sentí una alegría pequeña, peligrosa, como una chispa en un cuarto seco.

La mujer cansada exhaló y por primera vez en mucho tiempo su voz tuvo algo parecido a alivio.

—Entonces aquí es.

Asentí.

Pero mi mirada bajó, inevitable, hacia mis manos.

Hacia el carbón.

Hacia la tablilla.

Hacia las raciones que ya no pesaban.

Hacia la verdad simple:

Dos días pueden ser eternos cuando la comida casi no existe.

Y aun así…

dos días son una meta.

Volvimos al refugio con esa chispa guardada, cuidándola como se cuida el fuego: sin exhibirla, sin soplarla demasiado.

Porque en la Montaña del Occidente, incluso la esperanza puede atraer amenazas.

Y nosotros ya no podíamos permitirnos atraer ninguna.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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