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Pequeño fuego: El libro del conocimiento - Capítulo 102

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Capítulo 102: Nueva sacerdotisa XXI

Enya Ophyris

El último día.

La idea me acompañó desde que abrí los ojos.

Una meta pequeña, concreta, lo único que quedaba cuando todo lo demás era piedra.

Y anoche, al fin, el cielo apareció por ese ojo redondo como una promesa real, aunque fuera gris y distante.

Hoy… hoy debía terminar.

Me levanté sin hacer ruido. El cuerpo dolía, pero ya no discutía. El hambre se había vuelto una capa, no un incendio: seguía ahí, pero ya no gritaba.

El jefe estaba despierto antes que yo. Los ojos hundidos, la mandíbula firme. La mujer cansada se movía como si nunca hubiera descansado del todo, pero tampoco se quebraba. El asustado se frotaba las manos, más flaco, más callado, como si el miedo también hubiera aprendido a ahorrar palabras.

—Hoy —dije, y mi voz salió baja—. Vamos todos.

El jefe asintió sin preguntar.

La mujer cansada tomó la brasa envuelta en tela, como siempre. Promesa mínima de fuego.

El asustado tragó saliva, pero se puso de pie.

Nos movimos con el ritmo que ya era nuestro: pasos cortos, hombros bajos, respiración contenida.

El camino hacia la cámara redonda ya no era un misterio. Los símbolos verdaderos nos llevaban sin confundirnos. Las marcas falsas se quedaban atrás, inútiles, como trampas que ya no podían morder.

Subimos por el pasaje final.

El aire se volvió más abierto.

Y entonces entramos.

El espacio redondo nos recibió como un cuenco tallado con intención. Arriba, el hueco mostraba el cielo, pálido, frío, real. El círculo de roca clara en el centro parecía una mesa puesta para algo que todavía no llegaba.

Me detuve.

Sentí algo parecido a alivio.

Una alegría pequeña.

Como si el cuerpo recordara que existía una palabra llamada “final”.

La mujer cansada exhaló a mi lado, lento.

El jefe miró el círculo del suelo con recelo, como quien no confía en regalos.

El asustado alzó la cara hacia el cielo y por un segundo sus ojos parecieron… vivos.

—Es hoy —susurró.

Entonces escuché pasos.

Voces.

Me giré.

Y los vi entrar por la abertura opuesta.

Primero aparecieron las antorchas, y detrás… un grupo completo.

No cuatro.

Una tribu entera.

La de Lena.

Eran seis.

Los seis reglamentarios.

No se movían como nosotros.

Nosotros caminábamos con el cuerpo recogido, como si cualquier roce pudiera costar una vida.

Ellos entraron con hombros altos, con peso en los pasos, con esa confianza que solo se tiene cuando el estómago no te está mordiendo por dentro.

Sus rostros estaban llenos.

Las mejillas no se hundían.

Los ojos no tenían ese brillo febril del hambre.

El líder iba al frente, sólido, con la mandíbula tranquila de quien aún cree que el mundo cumple lo que promete. A su lado caminaba el sanador, erguido, con manos seguras, como si su rol todavía fuera una herramienta real y no un hueco. Detrás, los tres habitantes.

Y en medio, ella.

Lena.

Perfecta.

La túnica asentada como si nunca hubiera conocido el sudor real.

La barbilla alta.

La mirada brillante, no por fe, sino por victoria anticipada.

Su tribu nos vio.

Y el contraste fue tan cruel que me quemó.

Nosotros éramos hueso y disciplina.

Ellos eran carne y suficiencia.

El asustado bajó la mirada de inmediato, avergonzado por un hambre que no era culpa suya.

El jefe apretó la mandíbula.

La mujer cansada se quedó quieta, sin regalar ni vergüenza ni admiración. Solo observación.

Lena dio un paso al centro de la cámara, como si le perteneciera.

—Llegaron —dijo, suave.

Lena sonrió apenas, y su sonrisa era un filo envuelto en seda.

—Claro. ¿Quién se perdería el final?

El líder de su tribu soltó una risa baja.

—¿Dónde están las sacerdotisas? —preguntó uno de sus habitantes, un hombre robusto que parecía más molesto que preocupado—. Ya hicimos nuestra parte.

Yo miré alrededor.

Esperé ver túnicas blancas.

O sombras de templo.

O ese perfume frío de autoridad.

No había nada.

Solo nosotros.

Las horas pasaron.

Al principio nadie lo dijo en voz alta. Era como si nombrarlo pudiera romperlo.

Pero el cielo no cambió.

El hueco siguió mostrando lo mismo: una luz gris sin promesa de alineación.

No hubo señal.

No hubo cierre.

El asustado empezó a moverse de un pie a otro, inquieto.

El jefe cruzó los brazos.

Lena, en cambio, sostuvo la calma… hasta que su tribu empezó a resquebrajarse.

El primero fue uno de sus habitantes.

—Esto es una pérdida de tiempo —dijo, alzando la voz.

Esa voz rebotó en la cámara como un golpe.

—Nos dijeron una semana —añadió otro, con tono agrio—. Una semana hasta el eclipse. Yo conté los días.

—Yo también —dijo el hombre robusto, y ya no sonaba molesto; sonaba traicionado—. Ya debería haber terminado.

El líder de la tribu de Lena miró a Lena, esperando que ella ordenara el mundo.

Lena lo intentó.

Su voz salió firme.

—Cállense. Mantengan posición.

Pero esa orden no traía comida.

No traía respuesta.

Y la gente obedece menos cuando siente que la promesa fue mentira.

Uno de ellos dio un paso atrás.

—¿Y si no hay eclipse? —escupió, y la palabra se sintió sucia en su boca—. ¿Y si nos dejaron aquí para reírse?

Lena endureció la mirada.

—No digas estupideces.

Pero ya había ocurrido algo irreversible: por primera vez, su tribu no le creyó por completo.

Yo miré el cielo otra vez.

Esperando un cambio que no llegaba.

Miré el círculo del suelo.

Vacío.

Miré las marcas del borde.

Silenciosas.

Y sentí cómo la esperanza que me sostuvo una semana días empezaba a deshacerse, lenta, como carbón mojado.

El jefe, a mi lado, habló por primera vez en horas.

—Enya…

No dijo más.

No necesitó.

Yo también lo estaba entendiendo.

Miré a Lena.

Y por primera vez desde que entré a esta prueba, vi en su rostro algo que no era arrogancia.

Era una sombra.

Como si la prueba, por fin, la hubiera tocado a ella también.

Tragué saliva.

Y la frase se formó sola en mi cabeza, simple, devastadora.

La dije en voz baja, como si nombrarla fuera una sentencia.

—La semana era una mentira.

Enya Ophyris

Nos devolvimos.

El asustado caminaba detrás de mí en silencio, ya sin quejarse. El jefe no miró atrás una sola vez. La mujer cansada iba a mi lado, como si su cuerpo supiera el camino incluso sin símbolos.

Cuando llegamos a nuestra entrada, el primer impulso fue inevitable.

Buscar a alguien del templo esperando para decir “era esto” o “terminó”.

No había nadie.

Ni una mujer de servicio.

Ni un guardia.

Solo el aire quieto de un lugar que, de pronto, se sentía abandonado a propósito.

El jefe tocó la pared con los nudillos, como si quisiera comprobar que era real.

—Se esfumaron —murmuró.

La mujer cansada no respondió.

Su mirada se quedó fija en el túnel, y en ese silencio entendí lo que pensaba:

si no hay testigos, no hay reglas.

Y esa idea era más peligrosa que cualquier hambre.

Volvimos al refugio y repetimos lo que ya sabíamos hacer.

Contar.

Registrar.

Racionar.

Buscar.

Leer.

La montaña no nos iba a salvar. Así que hicimos lo único que hace una tribu cuando la promesa se rompe: convertir la incertidumbre en rutina.

El jefe salió primero, con el asustado.

Ya no éramos seis. Ya no podíamos permitirnos el lujo de “tres en salida”. Con cuatro, la regla se adaptó o nos mataba por rigidez.

La mujer cansada y yo nos quedamos.

Revisamos marcas.

Ahora no buscábamos solo agua o hongos.

Buscábamos una señal de que el sistema todavía seguía allí, observando, midiendo.

El Libro del Conocimiento no traducía símbolos, pero me ayudaba a ver patrones: repetición, desgaste, dirección.

Aprendí a diferenciar lo que estaba hecho para guiar… de lo que estaba hecho para perder.

Al caer la “noche” —si es que aquí eso existía— el jefe y el asustado volvieron con un paquete pequeño: raíces amargas y hongos seguros.

No era mucho.

—Nada nuevo —dijo el jefe.

Y “nada nuevo” se volvió nuestra frase.

Nada nuevo en las marcas.

Nada nuevo en la comida.

Nada nuevo en el cielo.

Nada nuevo en la ausencia del templo.

A la mañana siguiente, hicimos la tarea adicional.

El lugar del eclipse.

Fuimos dos.

Yo y la mujer cansada.

El jefe se quedó con el asustado, cuidando el depósito y el fuego.

Caminamos sin brasa esta vez. Ya conocíamos el camino. La oscuridad era menos enemiga cuando la piedra deja de ser sorpresa.

Llegamos a la cámara redonda.

Arriba, el ojo seguía mostrando el mismo cielo gris.

El círculo en el suelo seguía quieto.

Las marcas seguían mudas.

Esperamos.

Hasta que los dedos empezaron a entumecerse.

Volvimos.

Al día siguiente, cambiamos turnos.

El jefe y el asustado fueron al “eclipse”.

Yo me quedé con la mujer cansada, leyendo marcas, registrando, racionando.

Se fueron.

Regresaron igual.

Con los mismos ojos.

Con el mismo vacío.

—Nada —dijo el jefe.

Los días siguieron.

Uno tras otro.

Sin grandes eventos.

Solo desgaste.

El hambre se volvió más audaz. Entraba en los sueños, en las conversaciones cortas, en las pausas.

La mujer cansada empezó a guardar sus palabras como guardábamos la sal.

El jefe comenzó a mirar el depósito como si mirara una fecha.

El asustado empezó a contar días con los dedos.

Yo seguí leyendo.

Porque leer era lo único que podía convertir el caos en mapa.

Y entonces, en uno de esos turnos hacia la cámara del cielo, el aire cambió.

Un olor humano.

La mujer cansada me detuvo con una mano.

Señaló.

Al borde de una entrada lateral, pegada a la piedra como un trozo de sombra, había una persona.

Una mujer.

Flaca hasta lo imposible.

Los labios partidos.

Los ojos medio abiertos sin enfoque.

Su piel tenía ese color que no es enfermedad ni noche: es hambre.

Y yo la reconocí antes de pensar.

No por su cara.

Por la cuerda en su cintura, trenzada de un modo distinto.

Por el nudo específico, hecho para sujetar herramientas.

Por el patrón de sus muñecas, marcado por trabajo constante.

Era una de las habitantes de la tribu de la otra candidata.

La que había pasado la segunda prueba con nosotras.

La que yo había visto de lejos, días atrás, antes de que los pasillos nos separaran.

Me agaché despacio.

Ella me miró como si yo fuera un espejismo.

Intentó hablar.

Solo salió aire.

La mujer cansada le acercó el cuenco pequeño que llevábamos para emergencias.

Una sola gota en su lengua.

La mujer tragó con esfuerzo, y sus ojos se llenaron de algo que no era gratitud.

Era terror.

—¿Qué pasó con ustedes? —pregunté, suave, como si mi voz pudiera romperla.

—Ella… —

No dijo nombre.

No pudo.

Su cabeza cayó hacia un lado.

No muerta.

Pero demasiado cerca.

Me enderecé lentamente.

Miré a la mujer cansada.

Y supe, antes de que alguien lo dijera en voz alta, que si una habitante de otra tribu había llegado hasta aquí casi muerta…

Era una señal de fracaso.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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