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Pequeño fuego: El libro del conocimiento - Capítulo 103

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Capítulo 103: Nueva sacerdotisa XXII

Enya Ophyris

Nos devolvimos.

El asustado caminaba detrás de mí en silencio, ya sin quejarse. El jefe no miró atrás una sola vez. La mujer cansada iba a mi lado, como si su cuerpo supiera el camino incluso sin símbolos.

Cuando llegamos a nuestra entrada, el primer impulso fue inevitable.

Buscar a alguien del templo esperando para decir “era esto” o “terminó”.

No había nadie.

Ni una mujer de servicio.

Ni un guardia.

Solo el aire quieto de un lugar que, de pronto, se sentía abandonado a propósito.

El jefe tocó la pared con los nudillos, como si quisiera comprobar que era real.

—Se esfumaron —murmuró.

La mujer cansada no respondió.

Su mirada se quedó fija en el túnel, y en ese silencio entendí lo que pensaba:

si no hay testigos, no hay reglas.

Y esa idea era más peligrosa que cualquier hambre.

Volvimos al refugio y repetimos lo que ya sabíamos hacer.

Contar.

Registrar.

Racionar.

Buscar.

Leer.

La montaña no nos iba a salvar. Así que hicimos lo único que hace una tribu cuando la promesa se rompe: convertir la incertidumbre en rutina.

El jefe salió primero, con el asustado.

Ya no éramos seis. Ya no podíamos permitirnos el lujo de “tres en salida”. Con cuatro, la regla se adaptó o nos mataba por rigidez.

La mujer cansada y yo nos quedamos.

Revisamos marcas.

Ahora no buscábamos solo agua o hongos.

Buscábamos una señal de que el sistema todavía seguía allí, observando, midiendo.

El Libro del Conocimiento no traducía símbolos, pero me ayudaba a ver patrones: repetición, desgaste, dirección.

Aprendí a diferenciar lo que estaba hecho para guiar… de lo que estaba hecho para perder.

Al caer la “noche” —si es que aquí eso existía— el jefe y el asustado volvieron con un paquete pequeño: raíces amargas y hongos seguros.

No era mucho.

—Nada nuevo —dijo el jefe.

Y “nada nuevo” se volvió nuestra frase.

Nada nuevo en las marcas.

Nada nuevo en la comida.

Nada nuevo en el cielo.

Nada nuevo en la ausencia del templo.

A la mañana siguiente, hicimos la tarea adicional.

El lugar del eclipse.

Fuimos dos.

Yo y la mujer cansada.

El jefe se quedó con el asustado, cuidando el depósito y el fuego.

Caminamos sin brasa esta vez. Ya conocíamos el camino. La oscuridad era menos enemiga cuando la piedra deja de ser sorpresa.

Llegamos a la cámara redonda.

Arriba, el ojo seguía mostrando el mismo cielo gris.

El círculo en el suelo seguía quieto.

Las marcas seguían mudas.

Esperamos.

Hasta que los dedos empezaron a entumecerse.

Volvimos.

Al día siguiente, cambiamos turnos.

El jefe y el asustado fueron al “eclipse”.

Yo me quedé con la mujer cansada, leyendo marcas, registrando, racionando.

Se fueron.

Regresaron igual.

Con los mismos ojos.

Con el mismo vacío.

—Nada —dijo el jefe.

Los días siguieron.

Uno tras otro.

Sin grandes eventos.

Solo desgaste.

El hambre se volvió más audaz. Entraba en los sueños, en las conversaciones cortas, en las pausas.

La mujer cansada empezó a guardar sus palabras como guardábamos la sal.

El jefe comenzó a mirar el depósito como si mirara una fecha.

El asustado empezó a contar días con los dedos.

Yo seguí leyendo.

Porque leer era lo único que podía convertir el caos en mapa.

Y entonces, en uno de esos turnos hacia la cámara del cielo, el aire cambió.

Un olor humano.

La mujer cansada me detuvo con una mano.

Señaló.

Al borde de una entrada lateral, pegada a la piedra como un trozo de sombra, había una persona.

Una mujer.

Flaca hasta lo imposible.

Los labios partidos.

Los ojos medio abiertos sin enfoque.

Su piel tenía ese color que no es enfermedad ni noche: es hambre.

Y yo la reconocí antes de pensar.

No por su cara.

Por la cuerda en su cintura, trenzada de un modo distinto.

Por el nudo específico, hecho para sujetar herramientas.

Por el patrón de sus muñecas, marcado por trabajo constante.

Era una de las habitantes de la tribu de la otra candidata.

La que había pasado la segunda prueba con nosotras.

La que yo había visto de lejos, días atrás, antes de que los pasillos nos separaran.

Me agaché despacio.

Ella me miró como si yo fuera un espejismo.

Intentó hablar.

Solo salió aire.

La mujer cansada le acercó el cuenco pequeño que llevábamos para emergencias.

Una sola gota en su lengua.

La mujer tragó con esfuerzo, y sus ojos se llenaron de algo que no era gratitud.

Era terror.

—¿Qué pasó con ustedes? —pregunté, suave, como si mi voz pudiera romperla.

—Ella… —

No dijo nombre.

No pudo.

Su cabeza cayó hacia un lado.

No muerta.

Pero demasiado cerca.

Me enderecé lentamente.

Miré a la mujer cansada.

Y supe, antes de que alguien lo dijera en voz alta, que si una habitante de otra tribu había llegado hasta aquí casi muerta…

Era una señal de fracaso.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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