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Pequeño fuego: El libro del conocimiento - Capítulo 104

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Capítulo 104: Nueva Sacerdotisa XXIII

Enya Ophyris

La mujer no se movía.

Respiraba, sí, pero como si el aire fuera pesado. Cada exhalación parecía un esfuerzo que el cuerpo ya no quería pagar.

La mujer cansada se agachó primero. Le tocó el cuello con dos dedos, práctica.

—Vive —dijo.

Éramos dos en el pasillo, dos sombras con una brasa apagada y una decisión que pesaba más que cualquier saco de comida.

Yo miré el rostro hundido de la desconocida y la reconocí otra vez, no con la vista, sino con esa memoria de montaña: cuerda trenzada distinto, nudo de herramientas, muñecas marcadas.

Era de una tribu.

Eso la hacía humana… y peligrosa.

Mi primera reacción fue fría y automática:

Si la llevamos, son más bocas.

Y luego llegó lo segundo, lo que me costaba decir incluso dentro de mi cabeza:

Si la llevamos, puede mentir. Puede robar. Puede clavarnos un cuchillo mientras dormimos.

La mujer cansada me miró.

No me pidió que decidiera rápido.

Me dejó el espacio.

Ese gesto, en esta montaña, era confianza.

—Si la dejamos aquí, muere —dijo, sin drama—. Si la llevamos, nos complica.

Asentí.

Esa era la verdad limpia.

Me arrodillé despacio y le acerqué el cuenco pequeño que llevábamos para emergencias. Una gota en la lengua. Nada más.

La mujer tragó como si tragar fuera recordar.

Sus ojos se abrieron un poco, perdidos, y por un segundo pensé que iba a gritar o a intentar agarrarme.

No hizo nada.

Solo respiró.

Miré a la mujer cansada.

—La llevamos —dije.

La mujer cansada no sonrió. Solo asintió como quien confirma una ruta.

La mujer cansada acomodó la manta bajo el cuerpo como había hecho con el muerto. La cuerda envolvió sin apretar. Arrastramos con cuidado, sin golpe, sin ruido.

Cuando entramos al refugio, el jefe se puso de pie al instante. El asustado se quedó quieto con el cuenco en la mano, con esa tensión que todavía no se le iba del todo.

Sus ojos fueron a la mujer flaca.

Luego a mí.

Luego al depósito.

La pregunta estaba en el aire.

¿La vas a traer aquí?

No esperé a que el miedo hablara primero.

—La encontramos cerca del pasaje del cielo —dije—. Es de la tribu de la otra candidata.

El jefe frunció el ceño.

—¿Viva?

—Por poco.

El asustado tragó saliva.

—¿Y… qué hacemos?

Silencio.

El jefe miró la tablilla, como si quisiera que las palabras CONFIANZA. PROPÓSITO. SUPERVIVENCIA le dieran una respuesta automática.

No lo hicieron.

Porque la confianza no es una palabra.

Es una decisión repetida.

Yo respiré y hablé con calma, como si decirlo calmado lo volviera más real.

—La salvamos.

El asustado abrió la boca.

—Pero…

—Pero nada —cortó el jefe, sorprendiéndome.

Su voz no fue suave. Fue estable.

—Si Enya dice que la salvamos, la salvamos.

Me miró, y por primera vez su mirada no fue orgullo ni resentimiento.

Fue reconocimiento.

La mujer cansada asintió, como si eso fuera lo natural.

El asustado bajó la vista, todavía asustado… pero no desobediente.

No lo hacían por “bondad”.

Lo hacían porque en los últimos días la tribu se había vuelto una cosa real: un pacto.

La acomodamos lejos del depósito y lejos del fuego, donde pudiera respirar sin estorbar. Le dimos agua en gotas, no más. La mujer cansada se quedó cerca con una piedra en la mano, como si la piedra pudiera sustituir un arma.

Yo registré la ración del día y añadí una línea que me dolió escribir:

Bocas: 3 + yo + una más (temporal).

Los días siguieron con la normalidad dura de la montaña.

Turnos.

Búsqueda.

Raciones.

Símbolos.

Eclipse inexistente.

El jefe y el asustado siguieron yendo al “ojo del cielo”. Yo y la mujer cansada seguíamos leyendo paredes como si leer fuera rezar.

Hasta que un día, volvieron antes de lo habitual.

No corriendo, pero sí con una tensión rara.

El asustado fue el primero en hablar, apenas cerró la entrada.

—Nos… hablaron.

El jefe apretó la mandíbula.

—La tribu de Lena.

Yo levanté la vista sin decir nada.

El jefe continuó, seco.

—Nos ofrecieron unirnos.

La frase cayó como un objeto frío sobre la mesa.

—¿Unirnos? —repitió la mujer cansada.

El asustado asintió rápido.

—Que… que si vamos con ellos, podemos sobrevivir. Que tienen… que tuvieron más provisiones.

El jefe soltó aire por la nariz.

—Y que robemos lo que nos queda —añadió, con desprecio—. Que “igual aquí todos roban”. Que es la forma inteligente.

—¿Y qué dijeron ustedes? —pregunté.

El asustado me miró con ojos grandes, asustados, pero no vacíos.

—Que no.

El jefe asintió.

—No por lealtad —dijo, honestamente

—Los vi —dijo—. La tribu de Lena está… desmoronándose.

—Están bien alimentados todavía —continuó—, pero no están juntos. Se hablan como enemigos. La obedecen porque la temen, no porque confían. Y cuando el eclipse no llega… se rompen.

El asustado tragó saliva.

—Uno de ellos… me miró como si yo fuera comida.

La mujer cansada no se sorprendió.

Solo apretó la piedra más fuerte.

Yo asentí despacio.

Era lo que el sistema quería ver: tribus en condiciones iguales, reaccionando distinto.

mi tribu era pequeña, sí… pero era real.

Esa noche, la mujer flaca del pasillo abrió los ojos.

Sus labios se movieron, resecos.

Yo me acerqué con el cuenco y le di una gota.

Luego otra.

Esperé.

Esta vez no le hice preguntas.

Dejé que el cuerpo eligiera si tenía fuerza para hablar.

Ella tragó, cerró los ojos un segundo y luego me miró.

Y en su mirada no había gratitud.

Había trauma.

—Se mataron —susurró.

La frase fue tan baja que casi no existió.

El jefe se acercó, lento.

La mujer cansada no se movió. Solo escuchó.

El asustado parecía contener el aire.

—¿Quiénes? —pregunté, suave.

La mujer parpadeó como si cada palabra le costara carne.

—Nosotros.

Tragó.

—Cuando el hambre empezó… hubo peleas.

Otra pausa.

—Primero por comida. Después por culpa. Después… por miedo.

Su voz se quebró.

—Murieron varios.

Mi pecho se apretó.

—¿La candidata? —pregunté, y odié lo rápido que mi mente fue a esa parte.

La mujer cerró los ojos.

Asintió.

—Ella también.

El silencio que siguió fue pesado.

La prueba no estaba midiendo “merecimiento”.

Estaba midiendo resistencia política.

La mujer respiró, temblorosa.

—Los que quedamos… nos dispersamos. Buscamos… salida. Buscamos… a alguien del templo. Buscamos comida. Lo que sea.

Su mirada se perdió hacia el pasaje, como si todavía viera pasillos interminables.

—No había nadie.

La mujer apretó los labios.

—Nos quedamos viviendo en la cueva… —susurró—. Hasta que nos fuimos apagando.

Miró el cuenco en mis manos como si el agua fuera un milagro demasiado tarde.

Yo me quedé quieta.

Con la certeza fría de que ya no competíamos contra Lena.

Competíamos contra la montaña.

Y ahora la montaña había demostrado algo que no quería aceptar:

no todos iban a salir.

Y aun así…

nosotros seguíamos eligiendo no convertirnos en ellos.

Enya Ophyris

Algo estaba cambiando.

Lo sentí antes de entenderlo, como se siente un cambio de clima bajo techo: una presión distinta en el aire, una inquietud en la piedra.

Las marcas.

No eran nuevas.

Pero algunas habían sido reforzadas.

La espiral cortada, repetida tres veces en el pasaje hacia el ojo del cielo, tenía ahora una línea transversal más profunda. Una línea que no estaba antes.

Me detuve frente a la pared.

La mujer cansada a mi lado.

El jefe y el asustado un poco atrás, vigilando.

Pasé los dedos por la piedra.

Desgaste antiguo.

Pero la línea transversal… más reciente.

El Libro no traducía palabras.

Pero sí secuencias.

Espiral.

Tres repeticiones.

Línea que cruza.

Tres marcas cortas debajo.

Era conteo.

No de días pasados.

De días restantes.

Sentí el pulso subir, pero no me permití sonreír.

—Tres —dije en voz baja.

El jefe frunció el ceño.

—¿Tres qué?

—Tres días.

La mujer cansada miró la marca otra vez.

—¿Estás segura?

—Las marcas que anunciaban el “inicio” estaban grabadas igual. La línea cruzando la espiral significa cambio de estado. Las tres marcas debajo… cuentan.

El asustado se quedó quieto, como si su cuerpo quisiera creer antes que su mente.

—Entonces… ¿sí va a pasar?

—Sí.

Volvimos al refugio con esa información guardada como se guarda una brasa: sin exhibirla.

Porque en la montaña, la esperanza mal administrada también mata.

Esa noche escuchamos algo.

No cerca.

Más allá.

En dirección a la tribu de Lena.

Un sonido seco.

Como piedra golpeando carne.

El asustado se tensó.

El jefe levantó la vista.

La mujer cansada no habló.

Yo tampoco.

La montaña no aísla sonidos. Solo los reparte.

Al día siguiente, el jefe y el asustado salieron en su turno hacia el ojo del cielo. No tardaron.

Volvieron antes de lo habitual.

El asustado fue el primero en hablar, apenas cruzó la entrada.

—Son menos —dijo.

Mi estómago se tensó.

—¿Cuántos? —pregunté.

El jefe respondió sin adornos.

—Tres.

El silencio cayó como una manta húmeda.

La mujer cansada apretó la piedra que siempre llevaba cerca, por costumbre ya.

—¿Qué pasó? —preguntó.

El asustado tragó saliva.

—Lena… dio la orden.

El jefe se sentó en la roca, como si el cuerpo necesitara descargar el peso antes de sostenerlo con palabras.

—Dos habitantes —dijo—. El líder de su tribu los ejecutó.

La palabra quedó suspendida.

—¿Por qué? —pregunté, y odié lo firme que salió mi voz.

—Discutieron —respondió el jefe—. Uno quería irse. El otro decía que estaban perdiendo el tiempo esperando algo que no iba a pasar. Que el eclipse era mentira.

El asustado bajó la vista.

—Ella dijo que el desorden era contagioso —murmuró—. Que no podían alimentar dudas.

Era política.

El jefe continuó:

—Los sacó del pasaje. Sin gritos. Sin pelea. Los llevó donde no los viera nadie.

—¿Y los demás? —pregunté.

El jefe tardó un segundo en responder, como si la respuesta también lo hubiera lastimado.

—El sanador también murió.

La noticia me golpeó distinto, como un vacío específico.

—¿Cómo? —preguntó la mujer cansada.

—Después —dijo el jefe—.

El asustado apretó los puños.

—Lena le exigió que dijera cuándo iba a ser el eclipse —dijo, con rabia contenida—. Le gritó. Le dijo que esa era su función. Que si no podía leer señales… no servía.

Tragué saliva.

—¿Y él?

—Dijo que no sabía —respondió el jefe.

Levantó la mirada hacia mí.

—Eso fue suficiente.

Lena no estaba perdiendo el control.

Lo estaba concentrando.

Menos bocas.

Menos contradicción.

Menos incertidumbre.

Más obediencia.

La mujer cansada habló, baja:

—Tres.

El jefe la corrigió, seco.

—Tres… y miedo.

Yo miré la tablilla.

Pensé en nuestras raciones medidas.

En el agua por gotas.

En la mujer que habíamos recogido del pasillo por puro principio.

En el costo que asumimos.

Ella había restado.

Nosotros habíamos sumado.

Dos estrategias.

Un mismo sistema.

Esa noche no dormí.

La prueba no estaba midiendo quién racionaba mejor.

Estaba midiendo qué tipo de orden construías cuando te quitaban el calendario, cuando te quitaban jueces, cuando te quitaban la promesa.

Yo había elegido cargar peso.

Lena había elegido aligerarlo.

Yo había elegido confianza.

Ella había elegido control.

El asustado se movía en sueños, como si su cuerpo practicara huir sin hacerlo.

El jefe respiraba lento, despierto detrás de los ojos cerrados.

La mujer cansada vigilaba a la recién llegada, que ahora dormía con un poco más de color en la piel.

Yo volví al pasaje de las marcas antes del primer turno.

Solo un tramo.

Solo lo necesario.

Para confirmar que no era mi mente inventando esperanza.

La espiral.

La línea cruzada.

Tres marcas.

Las toqué de nuevo.

Y el Libro, frío, exacto, confirmó lo que yo ya sabía: era conteo.

No era un símbolo religioso.

Era un aviso de cambio de fase.

Me apoyé la frente contra la piedra y exhalé.

Tres días.

El eclipse no era un premio.

Era una activación.

Y cuando llegara…

no iba a bendecir comida.

Iba a revelar decisiones.

Volví al refugio sin decirlo en voz alta todavía.

Guardándolo como se guarda un filo: con cuidado, sin regalarlo.

Porque si Lena se enteraba de que faltaban tres días, lo usaría como usa todo.

Como herramienta.

Como amenaza.

Miré a mi tribu: pequeña, cansada, flaca… y todavía unida.

Y entendí, con una certeza silenciosa, que la montaña no estaba escogiendo a la más fuerte.

Estaba escogiendo a la que podía gobernar.

Tres días.

Y la piedra ya había mostrado quién estaba dispuesto a sacrificar a los suyos para ganar.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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