Pequeño fuego: El libro del conocimiento - Capítulo 107
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Capítulo 107: Nueva Sacerdotisa XXVI
Enya Ophyris
El eclipse cubría el cielo como un párpado cerrado.
La sacerdotisa principal avanzó un paso más hacia el centro del círculo.
Su sombra era larga bajo la luz disminuida.
—La prueba ha terminado —repitió.
Su mirada pasó primero por Lena.
Luego por mí.
No había emoción en su rostro.
Solo evaluación concluida.
—Ambas candidatas llegaron al final —dijo—. Ambas sostuvieron a sus tribus. Ambas mantuvieron orden en ausencia del templo.
Un murmullo leve entre los líderes tribales.
Lena dio un paso al frente.
—Mi tribu está en mejores condiciones físicas —dijo sin alzar la voz—.
La sacerdotisa asintió.
—Es correcto.
El silencio se tensó.
—La tribu de Lena administró recursos con eficiencia —continuó—. Redujo consumo. Eliminó inestabilidad. Mantuvo obediencia.
El líder de la Tribu del Sol cruzó los brazos, atento.
Mi padre no apartó la mirada.
La sacerdotisa giró hacia mí.
—La tribu de Enya llegó con menos reservas —dijo—. Con más desgaste físico.
El asustado apretó la mandíbula.
El jefe mantuvo el mentón alto.
—Pero llegó más completa.
La frase cayó limpia.
—Con mayor número —añadió—. Con cohesión intacta. Sin fractura interna.
Lena no apartó la vista.
La sacerdotisa continuó:
—La tribu de Enya comprendió los símbolos. No por azar. No por repetición. Por interpretación.
Un murmullo más claro ahora.
—Llegaron al sitio del eclipse antes que nadie —dijo la sacerdotisa—. No por coincidencia. Porque sabían que era hoy.
Sentí el peso de la mirada de varios líderes sobre mí.
—Gobernar no es solo preservar recursos —concluyó—
El eclipse comenzaba a liberar un borde mínimo de luz.
—La decisión fue difícil —dijo la sacerdotisa—. Porque ambas candidatas demostraron capacidad.
Lena habló de nuevo.
—Entonces ¿por qué no yo?
La sacerdotisa la miró sin dureza.
—Porque tú preservaste poder.
Luego me miró a mí.
—Y ella preservó pueblo.
Silencio.
—La Diosa no castiga la dureza —añadió la sacerdotisa—. Pero exige sostenibilidad.
El líder de la Tribu del Sol inclinó apenas la cabeza, reconociendo el argumento.
La sacerdotisa dio el paso final.
—Enya Ophyris.
Mi nombre resonó en la piedra.
—Eres la nueva sacerdotisa.
No hubo gritos.
No hubo celebración inmediata.
Solo una exhalación colectiva contenida.
El asustado casi se desplomó de alivio.
El jefe cerró los ojos un segundo.
La mujer cansada no sonrió.
Lena permaneció inmóvil.
—
Entonces vino la parte inevitable.
Uno de los líderes tribales habló.
—Solo una puede ganar —dijo, seco—. Si hoy celebramos a la nueva sacerdotisa, el día debe cerrarse completo.
Varias miradas se dirigieron hacia Lena.
La palabra “sacrificio” no fue dicha de inmediato.
Pero estaba en el aire.
Otro líder habló.
—La tradición es clara. Una competencia por la Diosa no deja dos herederas vivas.
El eclipse comenzaba a abrirse más.
La luz regresaba lentamente.
Lena no retrocedió.
Fue entonces cuando una de las sacerdotisas laterales —la que siempre había observado más de lo que hablaba— dio un paso al frente.
La misma que había mostrado inclinación hacia Lena.
—La Diosa ha observado también esto —dijo.
Las miradas se desplazaron hacia ella.
—Lena llegó al final —continuó—. Sostuvo orden bajo presión. Demostró decisión sin titubeo.
Miró a la sacerdotisa principal.
—La competencia fue digna.
Silencio.
—No debemos desperdiciar a quien ha llegado tan lejos.
—Propongo que Lena sirva al templo —dijo—. Como mi asistente directa.
Un murmullo recorrió el círculo.
La sacerdotisa principal la observó un segundo largo.
Luego asintió.
—La Diosa mira con buenos ojos a quienes demuestran capacidad —dijo—. Incluso cuando no son elegidas.
Se volvió hacia Lena.
—Si aceptas servir, vivirás.
No había dulzura en la oferta.
Lena sostuvo la mirada.
Un segundo.
Dos.
Luego inclinó apenas la cabeza.
—Acepto.
La sacerdotisa principal alzó la voz por última vez.
—Que este día sea de celebración. Tenemos nueva sacerdotisa.
El eclipse terminó de abrirse.
La luz bañó la cámara.
Mmientras los líderes comenzaban a moverse y el murmullo crecía, sentí algo más profundo que triunfo.
Sentí responsabilidad.
Porque ganar no significaba sobrevivir.
Significaba gobernar.
Y ahora…
ya no era una prueba.
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