Pequeño fuego: El libro del conocimiento - Capítulo 109
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Capítulo 109: Regreso a casa I
Avon Ophyris
Pasamos un mes entero frente a la montaña.
La Montaña del Occidente no cambia de forma con el tiempo. No se agrieta, no se mueve, no se disculpa. Simplemente permanece. Y durante treinta días nosotros hicimos lo mismo.
No sabíamos qué estaba ocurriendo dentro.
Solo rumores que circulaban entre las tribus que también aguardaban. Que la prueba era espiritual. Que era física. Que era simbólica. Que no todos saldrían.
Ese último rumor era el único que no repetíamos en voz alta.
La primera semana me mantuve tranquilo. Enya siempre había sido resistente. Terca también. Pensé que, si la montaña buscaba quebrarla, tendría que esforzarse más de lo que imaginaba.
La segunda semana empecé a mirar la entrada con más frecuencia de la necesaria.
La tercera semana dejé de dormir bien.
La cuarta semana entendí algo: no estaba preparado para verla no regresar.
No sabía qué pruebas enfrentaba.
No sabía si estaba sola.
No sabía si estaba herida.
No sabía si tenía frío, hambre o miedo.
Y esa ignorancia era peor que cualquier historia que pudiera inventar.
Quinn fingía mejor que yo. Se mantenía de pie con los brazos cruzados, observando la montaña como si fuera solo otro obstáculo que tarde o temprano cedería. Yo, en cambio, medía cada sombra como si pudiera delatar un movimiento.
El día del eclipse el ambiente cambió.
Los líderes comenzaron a reunirse.
Las sacerdotisas aparecieron con sus túnicas impecables.
Nuestro padre fue llamado al interior antes que nosotros.
No nos dejaron entrar.
Nos quedamos al pie de la montaña mientras el cielo comenzaba a oscurecerse.
El eclipse avanzó lentamente, como si también estuviera midiendo paciencia.
Y entonces la vi.
De pie.
Más delgada, sí.
Pero no frágil.
La última vez que la vi así de delgada fue cuando salió del Bosque del Olvido cinco años atrás. Aquella vez parecía una niña arrancada del invierno, demasiado liviana para sostener su propia historia.
Ahora no.
Ahora su delgadez no era debilidad.
Sus movimientos eran precisos, medidos. No miraba alrededor buscando orientación. Caminaba como alguien que sabe exactamente dónde debe colocarse.
Y eso fue lo que me inquietó.
Había fuerza en ella.
Pero también había distancia.
No sabía qué había enfrentado dentro de la montaña. Nadie nos lo dijo. Las sacerdotisas hablaron de silencio y de respeto por lo vivido. Nuestro padre salió con el rostro serio y orgulloso, pero tampoco explicó nada.
Solo una cosa quedó clara:
Enya había sido nombrada sacerdotisa.
La noticia se extendió entre las tribus como fuego en hierba seca.
Orgullo. Admiración. Murmullos.
Yo sentí algo más complejo.
Orgullo, sí.
Una alegría limpia que me atravesó el pecho.
Pero también una inquietud difícil de nombrar.
Porque mientras ella ascendía, yo sentía que el espacio entre nosotros se expandía.
Siempre la protegimos.
Desde que llegó a nuestra vida, Quinn y yo asumimos que debíamos mantenerla a salvo, incluso cuando ella insistía en que no lo necesitaba.
Ahora no estaba seguro de que hubiera lugar para eso.
Cuando finalmente nos permitieron acercarnos, Quinn fue el primero en moverse. La abrazó con la fuerza de quien ha pasado demasiado tiempo imaginando despedidas que no ocurrieron.
Yo me quedé un segundo más atrás.
No porque no quisiera tocarla.
Sino porque necesitaba asegurarme de que era real.
Cuando sus ojos encontraron los míos, algo se suavizó en su expresión.
Allí estaba.
La misma mirada que discutía con nosotros por tonterías.
La misma que se iluminaba cuando aprendía algo nuevo.
Pero detrás había otra cosa.
Un silencio que no conocía.
La abracé.
Estaba más ligera, pero su cuerpo no cedió. Me sostuvo con firmeza, como si no quisiera que yo también notara cuánto había cambiado.
—Estás viva —murmuré, más para mí que para ella.
—Claro que sí —respondió, y su voz fue más cálida que su postura.
Eso me tranquilizó.
Y al mismo tiempo confirmó que algo se había transformado.
No sé qué ocurrió en la montaña.
No sé qué decisiones tomó.
No sé qué vio.
Pero sé que la persona que entró no es exactamente la misma que salió.
Es más… consciente.
Y eso la hace más fuerte.
Mientras la comitiva comenzaba a descender hacia la aldea, la multitud se reorganizó. Los líderes hablaban entre sí. Las sacerdotisas caminaban con la seguridad de quien ya ha decidido lo necesario.
Fue entonces cuando lo vi acercarse.
El líder de la Tribu del Sol.
Su presencia no necesita anuncio. Cuando avanza, el espacio se ordena a su alrededor.
Se dirigía directamente hacia nosotros.
Hacia ella.
Tal vez ya no podría quedarme siempre a su lado.
Aunque quisiera.
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