Pequeño fuego: El libro del conocimiento - Capítulo 111
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Capítulo 111: Regreso a casa III
Enya Ophyris
La montaña quedó atrás cuando el eclipse terminó y los ecos de la ceremonia se apagaron entre las rocas.
No regresé sola. Mi padre, Quinn y Avon emprendieron conmigo el camino de siete días hacia la aldea. La distancia no era corta, pero el bosque ya no me parecía amenazante. Cada paso me acercaba a algo conocido, a un lugar donde mi nombre tenía historia.
El primer día avanzamos en silencio. El cuerpo todavía cargaba el cansancio de la prueba, y mi mente organizaba lo que venía después. Mientras caminaba, sentía el peso del título recién otorgado. Sacerdotisa. La palabra ya no era aspiración ni posibilidad; era responsabilidad.
La segunda noche acampamos junto a un arroyo. Me lavé con cuidado, retiré el polvo del viaje y desenredé mi cabello. Ajusté la túnica blanca que el templo me había entregado. El tejido era sencillo, pero el símbolo bordado en el borde hablaba por sí mismo. Sabía que la tribu vería primero la imagen antes de escuchar mi voz.
Quinn se sentó a mi lado mientras el fuego ardía con calma. Me habló en voz baja, preguntando por mi descanso, por mi ánimo. Su manera de cuidar siempre ha sido así, discreta y constante. Avon permanecía más lejos, recorriendo el perímetro con la mirada atenta. No necesitaba decir nada para expresar su vigilancia.
Mi padre observaba el camino incluso cuando descansábamos. En su silencio había cálculo y previsión. Durante cinco años había sostenido la tribu sin sacerdotisa oficial. Ahora yo regresaba para ocupar ese espacio.
Al quinto día comenzaron a aparecer marcas familiares en los árboles. Reconocí senderos que había ayudado a organizar años atrás, cuando insistí en ampliar los cultivos y establecer almacenes. El bosque ya no era solo territorio de caza; era parte de nuestra planificación. Verlo me llenó de una satisfacción tranquila.
La mañana del séptimo día divisamos el humo de la aldea.
Me detuve antes de cruzar el último tramo del sendero. Me acerqué al río que bordea el camino y me lavé el rostro con agua fría. Ordené mi cabello y acomodé la túnica. Respiré con calma. No sentía nervios, sino claridad.
Cuando entramos a la aldea, un niño nos vio primero. Se quedó quieto unos segundos y luego corrió hacia el centro gritando mi nombre.
Las puertas se abrieron. Las personas comenzaron a reunirse en el camino principal. Sus rostros mostraban alivio y emoción contenida durante años. Habían pasado cinco inviernos sin una figura religiosa que legitimara decisiones y sostuviera acuerdos externos. Habían resistido, pero la ausencia se sentía.
Mi padre se colocó a mi lado y habló con voz firme.
—Ha regresado nuestra sacerdotisa.
La palabra recorrió el grupo como una corriente. Algunos inclinaron la cabeza. Otros sonrieron abiertamente. Varias mujeres lloraban sin disimularlo. Los niños me observaban con curiosidad, intentando encontrar diferencias visibles.
Sentí el afecto de la tribu como una ola cálida que me envolvía. No celebraban solo mi regreso; celebraban estabilidad.
Incliné la cabeza con serenidad.
—La diosa ha sido generosa con nosotros —dije con voz clara.
Esa noche encendieron fogatas en el centro. Compartimos pescado, pan y queso. Escuché relatos de nacimientos, de pequeñas disputas, de inviernos difíciles que lograron superar. Cada historia me recordaba que el liderazgo no se mide en ceremonias, sino en continuidad.
Dormí en mi antigua choza. El techo de madera, el olor a humo impregnado en las paredes, el sonido lejano del bosque me resultaban familiares. Sin embargo, la sensación era distinta.
—–
A la mañana siguiente, la aldea volvió a su ritmo habitual. El humo ascendía desde las chozas, los niños corrían entre los senderos y los cazadores revisaban redes y lanzas. La estabilidad que tanto habían esperado parecía real, pero yo sabía que no era permanente.
Mi padre me esperaba en la cueva donde se celebraban las reuniones del consejo. A su lado estaba el sanador de la tribu, Eirik Halvard. Ambos habían gobernado en equilibrio durante cinco años sin una sacerdotisa formal que legitimara decisiones externas.
Entré sin ceremonia.
Nos sentamos alrededor de la mesa central, donde ya estaban dispuestas varias tablillas de registro. Mi padre no perdió tiempo.
—La aldea resistió —dijo—. Pero no avanzó.
Eirik deslizó una de las tablillas hacia mí.
—Las reservas mejoraron gracias a los almacenes que impulsaste antes de partir. Este último invierno no hubo muertes por hambre.
Recorrí los números grabados en la madera. Cantidad de grano, sal, carne seca, pescado ahumado. Eran mejores cifras que las de años anteriores, pero no cómodas.
—La natalidad se mantiene estable —continuó Eirik—. Sin embargo, el margen es pequeño. Si un invierno llega más temprano o si la caza disminuye, volveremos a estar al límite.
Mi padre señaló otra marca en el mapa.
—La deuda con la Tribu del Sol sigue activa.
Asentí. Recordaba cada palabra del acuerdo.
—Fue pactada por diez años —dijo con precisión—. Han pasado cinco. Restan cinco inviernos más de cesión parcial de nuestra cacería anual.
Cinco años entregando una fracción considerable de nuestro sustento.
Eirik apoyó ambas manos sobre la mesa.
—Mientras entregamos parte de la caza, nuestras reservas crecen más lento que las de otras tribus. Ellos almacenan. Nosotros equilibramos.
Mi padre me sostuvo la mirada.
—Podemos sobrevivir cinco años más si las estaciones son favorables. Pero no podemos garantizarlo.
Tomé una de las tablillas y repasé los registros de los últimos tres inviernos. El margen de seguridad era estrecho. Demasiado estrecho para depender del clima.
—Si uno de esos inviernos es más duro que el anterior —dije con calma—, veremos pérdidas.
Eirik asintió.
—Y no serán pocas.
Mi padre se reclinó ligeramente en su asiento.
—Durante cinco años aceptamos la deuda porque no teníamos otra opción. Sin sacerdotisa, sin legitimidad religiosa, sin respaldo formal, negociar era imposible.
Ahora la situación era distinta.
La aldea tenía nuevamente una figura reconocida por el templo. Eso alteraba el equilibrio político.
—La Tribu del Sol ha fortalecido su posición en la región —continuó mi padre—. Bardo Arcaitz no es un hombre que ceda fácilmente lo que ya considera ganado.
Pensé en él. En su manera de sonreír cuando percibe ventaja.
Eirik habló con serenidad.
—Si esperamos cinco años más, pagaremos la deuda completa. Pero lo haremos debilitados. La pregunta es si conviene esperar.
La respuesta se formó con claridad en mi mente.
No.
Miré el mapa una vez más.
—Si renegociamos ahora —dije—, lo haremos desde una posición distinta a la de hace cinco años.
Mi padre no respondió de inmediato. Observó mi expresión, evaluando no la intención, sino la determinación.
—¿Estás dispuesta a ir a la Tribu del Sol? —preguntó finalmente.
La pregunta no era ligera. Implicaba territorio ajeno, negociación directa y exposición política.
—Sí —respondí.
La palabra quedó firme en la sala.
Eirik asintió con gravedad.
—Entonces debemos prepararnos con cuidado. Bardo no aceptará apelaciones emocionales.
Mi padre cruzó los brazos.
—Si no renegociamos, dependeremos del clima. Y el clima no negocia.
Cinco años más podían sostenernos en temporadas favorables.
Pero un solo invierno severo bastaría para devolvernos al punto de partida.
El día de hoy marcaba el inicio de una negociación que definiría los próximos inviernos.
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