Pequeño fuego: El libro del conocimiento - Capítulo 113
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Capítulo 113: Regreso a casa V
Enya Ophyris
La reunión con mi padre y con Eirik se extendió hasta que la luz comenzó a inclinarse sobre los techos de la tribu. Cuando salí de la cueva sentí el peso distinto del cargo. Ya no era una conversación estratégica entre líderes. A partir de ahora cada gesto tendría consecuencia.
Las ayudantes del templo me esperaban en la pequeña construcción circular junto al claro central. Durante los últimos cinco años habían sostenido las ceremonias menores, acompañado nacimientos, guiado ritos de paso y enseñado a los niños lo básico de nuestra tradición. Nunca ocuparon el centro del círculo, pero nunca dejaron que se apagara.
Me detuve un momento antes de entrar. Escuché sus voces bajas, organizadas, constantes.
Cuando crucé el umbral, se pusieron de pie al mismo tiempo.
No hubo exageración. Solo respeto.
—Sacerdotisa —dijo la mayor de ellas, una mujer de cabello gris recogido con precisión—. Bienvenida a tu casa.
Incliné la cabeza en señal de reconocimiento.
Se acercaron una por una. Me tomaron las manos. No como subordinadas, sino como mujeres que habían esperado este día con paciencia.
Formaron un pequeño círculo alrededor de mí y elevaron una oración breve.
Pidieron claridad en mis decisiones. Firmeza en mi palabra. Equilibrio en tiempos difíciles. Que la diosa me concediera discernimiento para gobernar sin quebrar.
Escuché cada frase sin interrumpir.
Cuando terminaron, la mujer mayor se acercó a una mesa baja y tomó varios rollos de piel cuidadosamente atados con hilo.
—A partir de mañana comienzas instrucción formal con los niños —dijo con voz serena—. Estos son los textos que corresponden a su nivel.
Tomé los escritos con ambas manos.
El cuero estaba gastado en los bordes. Habían sido usados muchas veces. No eran símbolos vacíos. Eran transmisión de memoria.
—Se inicia con el período de vida —continuó otra de las ayudantes—. Luego el don animal y sus límites. Después, las historias del planeta madre y la advertencia sobre el abuso del poder.
Asentí. Conocía el contenido general, pero ahora sería mi voz la que lo sostendría.
—También debes prepararte para los próximos eventos —añadió la tercera—. Dentro de dos semanas corresponde la ceremonia de tránsito de los jóvenes. Y más adelante, la bendición de cosecha.
Escuché sin apresurarme.
—La celebración por el nombramiento será en la próxima luna llena.
Las tres intercambiaron miradas rápidas.
—¿Solo la tribu? —preguntó una.
—Solo la tribu —confirmé—. La presentación formal ya ocurrió en la montaña durante el eclipse. Ahora necesitamos cohesión interna. Y debemos ser prudentes con recursos.
La mujer mayor sonrió apenas.
—Es sabio comenzar fortaleciendo la base.
Habrá tiempo para gestos externos. Primero necesitamos que cada familia de esta aldea sienta estabilidad. Que vean continuidad. Que recuerden que cinco años sin sacerdotisa han terminado.
Las ayudantes asintieron sin objeción.
—Organizaremos el altar —dijo una—. Prepararemos las ofrendas simples.
—Y convocaremos a los ancianos para el canto ritual —añadió otra.
Sostuve los rollos de conocimiento contra mi pecho.
Mañana comenzaría la enseñanza.
En una semana, la luna llena reuniría a la tribu alrededor del fuego.
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