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Pequeño fuego: El libro del conocimiento - Capítulo 114

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Capítulo 114: Regreso a casa VI

Enya Ophyris

Mi primera mañana como sacerdotisa comenzó antes del amanecer.

El aire estaba frío y limpio. Me vestí con la túnica clara que había preparado durante el regreso y me recogí el cabello como lo había hecho tantas veces en prácticas menores. Esta vez no era ensayo.

Cuando llegué al sitio de enseñansas, los niños ya esperaban sentados en el suelo de piedra, inquietos pero atentos. Algunos me miraban con una mezcla de curiosidad y admiración; otros simplemente parecían felices de tener nuevamente una figura que ocupar el centro del círculo.

Me senté frente a ellos y coloqué los escritos sobre la mesa baja.

—Hoy comenzamos desde el principio —dije con calma—. No desde el poder, sino desde la vida.

Les hablé del período otorgado a cada ser humano. De los años que recibimos y del modo en que nuestras decisiones pueden expandirlos o acortarlos. Les expliqué que el don animal no es una herramienta de orgullo, sino una responsabilidad. Que todo poder sin medida termina cobrando un precio.

Hice preguntas. Los dejé responder. No corregí con dureza. Les pedí que pensaran.

Algunos levantaron la mano con entusiasmo; otros dudaron antes de hablar. Cuando uno de los más pequeños confundió los límites del don con una historia exagerada que había escuchado, no lo avergoncé. Lo guié hasta que él mismo encontrara la respuesta correcta.

Los días siguientes se llenaron de preparación.

Durante esa semana, la aldea se organizó en dos tareas paralelas. Por la mañana continué las clases. Por la tarde se preparaban los ritos pendientes y la celebración de luna llena.

El funeral se realizó tres días después de mi regreso.

No fue una ceremonia multitudinaria.

Lena nunca fue cercana a la tribu. Era orgullosa, distante y siempre caminaba como si estuviera compitiendo con alguien invisible. Pasó los últimos años persiguiendo a mis hermanos, especialmente a Avon, con una intensidad que incomodaba más de lo que enamoraba. No cultivó amistades profundas. No construyó vínculos reales.

No tenía familia en la aldea. Lo más cercano a una figura constante en su vida habían sido mi padre, mis hermanos y yo.

Por eso el círculo fue pequeño.

Acudieron los ancianos por deber. Algunos jóvenes por respeto a la tradición. Mis hermanos se mantuvieron presentes en silencio. Mi padre ocupó su lugar como líder, con la dignidad que el rito exige.

Encendimos el fuego ceremonial en el claro.

Colocamos las ofrendas básicas: pan, sal, agua y la talla de madera que representa el tránsito hacia el otro lado. Recité las palabras establecidas por la tradición. Hablé del camino que continúa más allá de la montaña y del descanso que aguarda a quienes completan su ciclo.

Nadie lloró con estruendo. Nadie reclamó al cielo.

El fuego consumió la figura de madera y el rito quedó cumplido.

La semana avanzó con un ritmo constante.

Las ayudantes del templo organizaron el altar principal para la luna llena. Las familias limpiaron sus espacios. Se almacenó comida suficiente para una noche de celebración sencilla.

Cada tarde, al caer el sol, veía cómo la aldea se transformaba poco a poco. Las telas se extendían entre postes. Las antorchas se reemplazaban por otras nuevas. Los niños recogían flores silvestres y las colocaban alrededor del claro central.

Cuando la luna llena finalmente ascendió sobre el bosque, la tribu salió de sus casas con una energía distinta. Se formó el círculo amplio que durante cinco años había permanecido incompleto.

Mi padre ocupó su lugar como líder. Eirik se mantuvo a su derecha. Quinn y Avon estaban de pie juntos, atentos, con esa mezcla de orgullo y protección que nunca han intentado ocultar.

Avon me sostuvo la mirada un instante antes de que yo avanzara al centro.

No dijo nada.

No hacía falta.

La luna iluminó el claro con una luz firme. El murmullo se apagó cuando me situé frente al fuego principal.

La celebración comenzó.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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