Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

Pequeño fuego: El libro del conocimiento - Capítulo 115

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. Pequeño fuego: El libro del conocimiento
  4. Capítulo 115 - Capítulo 115: Regreso a casa VII
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

Capítulo 115: Regreso a casa VII

Avon Ophyris

La luna estaba alta cuando Enya dio un paso al centro del círculo.

El fuego aún no había sido encendido, y durante un instante todo quedó suspendido. La tribu entera la observaba. Cinco años sin sacerdotisa pesan más de lo que la gente admite.

Ella se veía firme.

Ya no era la niña que salió del Bosque del Olvido buscando respuestas.

Ahora era otra cosa.

—Hoy cerramos un ciclo —dijo con voz clara—. La tribu ha esperado con paciencia. La diosa nos ha probado. Y hoy nos concede estabilidad.

La escuché agradecer a la diosa por haberla elegido.

La escuché hablar de guía, de luz, de responsabilidad.

Y por primera vez noté algo que casi nadie más habría visto.

Había disciplina en su voz. Convicción en las palabras. Pero no fe.

Si alguien no la conociera, jamás lo notaría. Su tono era perfecto. Su presencia era exacta.

Pero yo la conocía.

Cuando terminó el discurso, mi padre encendió la fogata central. Las llamas crecieron rápidas, alimentadas por madera seca preparada desde la mañana. Los músicos comenzaron a tocar. Ritmos sencillos. Cuerdas tensas. Golpes constantes que devolvían vida al claro.

La tribu empezó a moverse. Las conversaciones regresaron. El ambiente se soltó.

Yo me acerqué cuando vi que Enya se apartaba unos pasos del fuego.

—Fue un buen discurso —le dije.

Ella me miró de lado, con esa media sonrisa que no ofrece a todos.

—Lo fue.

Guardamos silencio unos segundos. La música llenaba el espacio entre nosotros.

—No creo en la diosa —dijo de pronto, sin mirarme.

No lo susurró. Tampoco lo declaró con desafío. Fue una afirmación tranquila.

La observé. No me sorprendió tanto como debería.

—Lo imaginé —respondí.

Ella soltó una respiración corta, casi divertida.

—Todo esto es… necesario. Pero a veces siento que estoy actuando en una historia que alguien más escribió.

No explicó más.

No necesitaba hacerlo.

Sabía que yo no pediría detalles.

—Te lo digo porque eres el único que va a entender —añadió.

La miré con más atención.

—¿Entender qué?

Ahora sí me miró directamente.

—Que no te importa nadie más que nosotros.

La frase habría sonado acusadora en boca de cualquiera.

En la suya no lo fue.

—Todos creen que eres amable con todos —continuó—. Servicial. Que escuchas. Que ayudas. Y lo haces bien. Nadie sospecha nada.

Sentí un pequeño estremecimiento en el pecho.

—Pero yo sé que es una máscara —dijo.

El fuego crepitó detrás de nosotros.

—Sé que si mañana la tribu entera tuviera que arder para que Quinn, papá o yo viviéramos, no dudarías.

No supe qué decir.

Porque no estaba equivocada.

Ella sostuvo mi mirada sin juicio.

—Y no te lo reprocho —añadió—. Te agradezco que nos cuides. Que hagas lo que sea necesario. Que cargues con cosas que no dices.

—Conmigo puedes ser honesto —dijo finalmente—. No tienes que fingir que te importa el mundo.

La música seguía sonando. La tribu reía a unos metros. Nadie miraba hacia nosotros.

Sentí algo incómodo.

Había pasado años perfeccionando mi imagen. El hermano atento. El joven servicial. El que escucha sin juzgar. El que da la impresión de confianza.

Ella lo veía todo.

Y aun así no se alejaba.

—Has cambiado —dije al fin.

Ella sonrió apenas.

—Todos cambiamos.

La observé mejor.

Ya no necesitaba que la protegiera como antes. Ya no dependía de nosotros para sobrevivir. Había cruzado la montaña. Había ganado frente a todas las tribus.

Y sentí algo que no me gustó.

Distancia.

No porque estuviera lejos.

Sino porque estaba avanzando.

Más rápido que nosotros.

Más rápido que yo.

Eso me sacudió más que cualquier acusación.

No sabía cuándo había empezado a verme con tanta claridad.

Me quedé callado.

Si ella iba a convertirse en la figura política más influyente de la tribu, necesitaría a alguien a su altura. Alguien que pudiera sostener decisiones que ella no pudiera tomar públicamente. Alguien que entendiera el costo del poder.

Mi padre no sería eterno.

Quinn no estaba hecho para gobernar con dureza.

Y yo… yo siempre he sabido ensuciarme las manos cuando hace falta.

Miré el fuego, luego la luna, luego a ella.

Tomé la decisión sin anunciarla.

Seré jefe.

No por ambición.

Porque si el mundo va a moverse alrededor de ella, alguien debe estar dispuesto a mantenerlo bajo control.

—Entonces sé honesta conmigo también —le dije con calma.

Ella asintió.

La música subió de intensidad. Alguien empezó a cantar.

Y mientras la tribu celebraba el inicio de una nueva era, yo ya estaba planeando cómo asegurar que nadie pudiera arrebatársela.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo