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Pequeño fuego: El libro del conocimiento - Capítulo 116

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Capítulo 116: Regreso a casa VIII

Enya Ophyris

La conversación formal se realizó cuatro días después de la celebración.

El entusiasmo de la luna llena había bajado y la rutina volvía a asentarse en la aldea. Era el momento adecuado para hablar de lo que verdaderamente importaba.

Nos reunimos en la cueva: mi padre, Eirik y yo.

Mi padre desplegó el mapa de territorio sobre la mesa.

—Cinco años han pasado desde el acuerdo —dijo con calma—. Quedan otros cinco bajo los términos actuales.

Su dedo marcó la zona de caza cedida a la Tribu del Sol.

—Este año la escasez fue moderada. Si el próximo invierno es más duro, no tendremos margen.

Eirik asintió.

—Con la cesión vigente, la caza disponible para nosotros apenas sostiene a la población actual. Un descenso en presas implicará muertes.

—Necesitamos renegociar antes del invierno —añadí.

Mi padre me miró directamente.

—Por eso iremos.

No era una pregunta.

—Tú y yo.

Eirik intervino:

—El sanador debe quedarse. La transición de liderazgo aún es reciente y no conviene debilitar el frente interno.

Asentí.

Dos voces bastaban. Demasiadas personas enviaban un mensaje equivocado.

—Partiremos en una semana —concluyó mi padre—. El trayecto es de dos semanas si el clima se mantiene estable.

Cuando la reunión terminó, busqué a mis hermanos.

Estaban junto al borde del bosque, donde comenzaban los senderos de entrenamiento. Avon regresaba de una cacería corta con dos hombres jóvenes. En los últimos días su presencia en el consejo se había vuelto constante. Intervenía con precisión, proponía ajustes, organizaba turnos.

Durante años había acompañado a nuestro padre en expediciones largas. Conocía los límites del territorio, las rutas de invierno y los temperamentos de quienes lideraban grupos. La tribu estaba acostumbrada a verlo al frente de decisiones prácticas.

Desde la celebración, su participación se había vuelto más visible.

Quinn estaba sentado sobre una roca cercana, limpiando cuidadosamente un cuchillo pequeño. Cuando me acerqué levantó la vista de inmediato.

—Voy a la Tribu del Sol —dije sin rodeos.

Avon dejó el arco apoyado contra un árbol.

—¿Cuándo?

—En una semana.

Él asintió lentamente.

—Yo no iré.

—Alguien debe quedarse —continuó—. Si papá abandona la aldea y tú también, el equilibrio se debilita.

Me sostuvo la mirada.

—Puedo asumir como líder temporal. Organizar las cacerías y mantener el orden hasta que regresen.

Quinn dejó el cuchillo sobre la piedra.

—Yo sí voy —dijo.

Avon lo miró con una ceja levemente elevada.

Quinn sostuvo mi mirada, no la de él.

—Quiero ir.

No levantó la voz. No explicó de inmediato.

—Es un viaje largo —le advertí.

—Lo sé.

Guardó silencio un segundo antes de continuar.

—Quiero ver cómo trabajan allá. Qué plantas usan. Cómo almacenan medicinas. He escuchado que tienen registros más antiguos.

Durante años había trabajado junto al sanador. Lo acompañaba en nacimientos, en infecciones de invierno, en fiebres que amenazaban con llevarse niños. Su interés nunca fue superficial. Observaba, preguntaba, tomaba notas mentales.

Su objetivo era claro: reducir muertes evitables. Mejorar la natalidad. Comprender mejor el cuerpo humano y sus límites.

La Tribu del Sol tenía reputación de disciplina y organización. También de métodos más sistemáticos en ciertas áreas.

—Puedo aprender —dijo finalmente.

Avon lo evaluó unos segundos.

—No eres diplomático —comentó con franqueza.

Quinn no se ofendió.

—No voy a negociar.

Yo asentí.

—Vendrás entonces.

Avon cruzó los brazos.

—Partan con provisiones suficientes. No dependan de caza en territorio compartido. Y manténganse visibles. Desaparecer en esas rutas genera rumores.

Su tono era firme, ya cercano al de un líder.

Dos días antes de la partida, Avon organizó una reunión menor con los cazadores principales. Ajustó turnos, asignó responsabilidades y estableció rutas alternativas en caso de escasez.

Nadie cuestionó su autoridad.

La mañana de la partida amaneció clara.

Mi padre llevaba el mapa, yo los documentos necesarios para la negociación y Quinn su pequeño estuche de herramientas médicas.

Nos despedimos en el claro.

Avon no me abrazó. Solo se acercó y apoyó su frente contra la mía durante un segundo.

—Regresa con mejores términos —dijo en voz baja.

—Mantén la aldea firme —respondí.

Quinn se ajustó la mochila y miró hacia el sendero con determinación silenciosa.

El camino hacia la Tribu del Sol era largo.

Dos semanas de trayecto por territorio compartido.

Y cada paso nos acercaba a una conversación que podría cambiar el equilibrio de las tribus.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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