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Pequeño fuego: El libro del conocimiento - Capítulo 117

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Capítulo 117: La tribu del Sol I

Enya Ophyris

La Tribu del Sol se anunció antes de hacerse visible.

Primero fue el orden del territorio. Los senderos estaban despejados con intención. No había ramas caídas sin recoger ni huellas dispersas. Las rutas estaban marcadas con símbolos claros, visibles, consistentes.

Después aparecieron las construcciones.

No eran más grandes que las nuestras, pero sí más numerosas. Las casas se distribuían en círculos concéntricos alrededor de un espacio central amplio. Las zonas de almacenamiento estaban separadas de las viviendas. Los bastidores para secar carne ocupaban un área completa bajo vigilancia constante.

No eran agricultores.

Seguían siendo cazadores.

Pero cazaban con sistema.

Mi padre caminó erguido mientras cruzábamos el último tramo. Quinn observaba todo con atención silenciosa, registrando detalles.

Nos recibieron antes de que entráramos al claro principal.

Bardo avanzó con paso firme. No llevaba armas visibles, pero su sola presencia imponía autoridad. El tiempo no lo había debilitado. Sus ojos seguían evaluando incluso cuando sonreía.

—Sacerdotisa Enya —dijo inclinando levemente la cabeza—. Jefe Ophyris.

Su voz era cálida en superficie y precisa en fondo.

Mi padre respondió con igual formalidad.

—Bardo.

El líder del Sol nos observó unos segundos antes de continuar.

—Nos honra su visita —añadió—. La Tribu del Sol siempre recibe a quienes vienen en términos abiertos.

Un joven dio un paso al frente a su derecha.

Lo vi antes de que hablaran de él.

Cabello rojizo intenso, casi cobrizo bajo la luz del atardecer. Ojos verdes firmes, atentos. Hombros anchos, postura recta. Varias cicatrices finas cruzaban sus antebrazos, marcas limpias de caza, llevadas con naturalidad.

No tenía la sonrisa calculada de Brado.

Su expresión era directa.

—Mi hijo —dijo Bardo—. Arvid.

El joven inclinó la cabeza con respeto medido.

—Sacerdotisa.

Me sostuvo la mirada un segundo más de lo protocolario.

Evaluaba.

Yo hice lo mismo.

Había orgullo en él. No arrogancia vacía. Convicción.

—Es un honor recibirla —añadió con voz firme.

Quinn permanecía ligeramente detrás de mí. Noté cómo Arvid lo observó brevemente, midiendo su presencia. Luego sus ojos se movieron hacia mi padre y finalmente regresaron a mí.

Bardo retomó la palabra.

—Se alojarán en la casa norte. Está preparada para huéspedes formales.

Un gesto suyo bastó para que dos hombres jóvenes recogieran nuestras pertenencias.

Mientras caminábamos hacia el centro del asentamiento, Arvid se mantuvo a nuestro lado. No hablaba mucho. Observaba.

La tribu era más grande que la nuestra. Había más cazadores en actividad. Más armas en reparación. Más niños entrenando con arcos pequeños bajo supervisión adulta.

Llegamos a la casa asignada. Era amplia, sólida, bien mantenida.

—Descansen —dijo Bardo—. Esta noche compartiremos comida. Mañana hablaremos de asuntos formales.

La invitación era social. El mensaje, político.

Cuando se retiró, Arvid permaneció un instante más.

—He escuchado de usted —dijo.

—También he escuchado de usted —respondí.

Una sombra de desafío cruzó su sonrisa.

—Espero que lo que haya oído sea correcto.

Quinn guardaba silencio. Noté que Arvid lo evaluaba con leve curiosidad.

—Su hermano es sanador en formación —dijo Arvid, casi como dato casual.

Quinn respondió con una inclinación mínima.

—Aprendo.

Arvid asintió. No parecía impresionado por la suavidad de Quinn, pero tampoco lo descartaba.

Luego volvió su atención hacia mí.

—La Diosa favorece a quienes sostienen el orden —dijo con convicción tranquila—. Espero que su presencia fortalezca el equilibrio entre nuestras tribus.

No era una amenaza.

Era una declaración de principios.

Cuando se retiró, Quinn exhaló despacio.

—Es directo —murmuró.

Mi padre observó la distribución de la casa antes de responder.

—Es joven.

Yo pensé algo distinto.

No era ingenuo.

Era convencido.

Y eso, en un heredero, es más peligroso que la astucia.

Esa noche compartiríamos mesa.

Y al día siguiente comenzaríamos la negociación.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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