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Pequeño fuego: El libro del conocimiento - Capítulo 124

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Capítulo 124: La tribu del Sol IX

Enya Ophyris

Entré al salón sabiendo que no iba a titubear.

Bardo estaba sentado en su lugar habitual, la sacerdotisa de la Tribu del Sol a su lado. Mi padre permanecía a mi derecha, en silencio. Arvid estaba presente, erguido, atento, pero sin intervenir.

No era una escena romántica.

Era una mesa de poder.

Bardo me observó con esa expresión tranquila que nunca revela demasiado.

—¿Han tomado una decisión? —preguntó.

Lo miré de frente.

—Sí.

No dejé espacio para suspenso.

—Acepto el matrimonio.

El silencio fue breve, pero significativo. No hubo sorpresa visible. Solo una leve inclinación de cabeza por parte de Bardo, como si estuviera confirmando algo que ya sabía.

Pero yo no había terminado.

—Con condiciones.

Mi padre no me interrumpió. Confiaba en que no hablaría sin haber pensado cada palabra.

Bardo apoyó ambas manos sobre la mesa.

—Te escucho.

Respiré despacio.

—Primero: la deuda de cacería queda completamente cancelada. No reducida. No renegociada. Cancelada.

Bardo no respondió de inmediato.

—Segundo: la Tribu del Sol construirá un camino seguro entre nuestras tierras. No una ruta improvisada. Un camino estable que facilite comercio, tránsito y defensa conjunta.

Eso cambiaría todo el equilibrio regional.

—Tercero: no renuncio a mi rol como sacerdotisa de la Tribu Blanca. No dejaré de ejercer autoridad religiosa en mi tribu.

El silencio se extendió.

Arvid me observaba con atención, sin desaprobación.

Bardo no sonrió.

—Hablas como líder —dijo finalmente.

—Lo soy.

La sacerdotisa de la Tribu del Sol me estudió con interés.

Bardo inclinó ligeramente la cabeza.

—La deuda queda cancelada —dijo—. El camino será construido. Nos beneficia a ambos.

Hizo una pausa antes de continuar.

—No perderás tu rol como sacerdotisa. Pero tampoco puedes dividirte en dos sin orden.

Lo sabía.

—Estarás un mes en la Tribu del Sol y un mes en la Tribu Blanca —continuó—. Alternando. Tu presencia aquí será necesaria.

Era lógico.

La alianza debía verse.

No solo firmarse.

—Además —añadió—, compartirás con nosotros los conocimientos agrícolas que han fortalecido a tu tribu. No solo técnicas básicas. Todo lo que sabes.

Mi mente se movió rápido.

Eso les daría independencia adicional.

Y fuerza.

Pero también nos ataría en intercambio constante.

—Acepto —respondí.

La boda se celebraría en la Tribu del Sol.

Eso no era negociable.

Lo acepté también.

Cuando salí del salón, no sentí derrota.

Sentí dirección.

Bardo cree que esto consolida su influencia.

Arvid cree que esto fortalece su posición frente a sus hermanos.

Mi padre sabe que esto salva a nuestra gente.

Yo veo algo más amplio.

Dos tribus separadas por historia y deuda.

Un camino entre ellas.

Intercambio de conocimiento.

Presencia alterna.

Con el tiempo, la línea que nos divide puede volverse más delgada.

No busco pertenecer a una sola tribu.

Busco que ambas dejen de verse como entidades aisladas.

Esa es mi verdadera intención.

Esa misma noche la Tribu del Sol encendió una gran fogata en el centro del asentamiento.

El compromiso.

Los tambores resonaron con fuerza. La carne asada perfumaba el aire. Los cazadores levantaban sus lanzas en señal de aprobación. La sacerdotisa entonó una oración breve invocando a la Diosa como testigo de la unión futura.

Arvid permanecía a mi lado.

No intentó tocarme sin permiso. No intentó fingir intimidad.

Me miró una vez, directo.

—No esperaba menos de ti —dijo en voz baja.

—Ni yo de ti.

Eso fue suficiente.

Observé a la tribu celebrando.

No estaban celebrando amor.

Estaban celebrando estabilidad.

Y en este mundo, la estabilidad es más valiosa que la pasión.

Mi padre parecía más liviano esa noche.

La deuda que lo había acompañado durante cinco años había desaparecido en una sola negociación.

Quinn sonreía con calma, aunque sus ojos decían otras cosas.

Arvid fue llamado por sus hermanos, algunos con aprobación genuina, otros con sonrisas medidas.

El fuego ardía alto.

Pensé en el camino que construirían entre nuestras tierras.

Pensé en las caravanas futuras.

Pensé en niños que no conocerían la palabra “deuda”.

Y supe que esta decisión no era el final de algo.

Era el inicio de un cambio estructural.

A la mañana siguiente emprendimos el viaje de regreso.

Como aliados.

El trayecto sería largo, pero mi mente estaba clara.

La boda sería en la Tribu del Sol.

Alternaría meses entre ambas tierras.

Compartiría conocimiento.

Y, poco a poco, uniría lo que durante generaciones estuvo separado.

No estoy dejando mi tribu.

Estoy ampliándola.

Cuando crucé la última colina y miré hacia el territorio que pronto volvería a llamar hogar, no sentí que me alejaba de algo.

Sentí que estaba construyendo algo más grande.

El matrimonio no es el final de mi historia.

Es el inicio.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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