Pequeño fuego: El libro del conocimiento - Capítulo 93
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Capítulo 93: Nueva sacerdotisa XII
Enya Ophyris
El suspiro se me escapó sin permiso.
Era esa exhalación que haces cuando aceptas que ya no hay marcha atrás.
Caminé.
Eso es lo único seguro.
Caminé porque me empujaba la fila, porque el suelo seguía existiendo bajo mis pies, porque detenerme habría sido una forma lenta de caer.
El humo todavía me raspaba la garganta. La resina me había quedado pegada a los dedos. Y aunque ya no estaba frente al fuego, mi cuerpo seguía con el temblor fino de quien estuvo demasiado cerca del borde.
Detrás de mí, el ruido del hervidero se iba apagando.
Ollas.
Tos.
Gemidos.
Madera crepitando.
Todo eso quedaba atrás como si la montaña lo tragara y lo escondiera para que el ritual siguiera viéndose limpio.
Nos guiaron por un pasillo estrecho. La roca sudaba humedad y el aire era más frío, más “correcto”, como si cada paso hacia adentro borrara la parte humana del lugar.
Hasta que entramos en una cámara mayor.
Tres sacerdotisas nos esperaban.
No parecían haber corrido contra el tiempo. No tenían hollín. No tenían manos manchadas. No olían a esfuerzo.
Eran la perfección quieta que observa.
Estaban alineadas frente a nosotras como una puerta: una en el centro y dos a los lados. Sus túnicas caían rectas, sin arrugas. Sus rostros eran difíciles de leer, como si la expresión fuese un lujo que ya no necesitaban.
La del centro dio un paso al frente.
Su voz no fue alta.
Fue firme.
—La prueba no existe para encontrar a la más rápida —dijo—, ni a la más inteligente.
Su mirada recorrió nuestros cuerpos como quien revisa herramientas.
—Existe para decidir quién podrá sostener el peso de la Diosa.
La sacerdotisa del centro levantó la mano y señaló con precisión.
—Lena.
Lena dio un paso al frente con una calma que me dio náuseas.
Ella había conquistado.
Su barbilla estaba un poco más alta que antes, como si ya se acostumbrara al peso de una corona invisible.
La sacerdotisa del centro asintió.
—Primera. La que sostuvo el ritmo sin quebrarse.
Lena sonrió apenas, como si el elogio fuera obvio.
Como si el mundo le debiera ese lugar.
La sacerdotisa del centro giró la mirada.
—Segunda.
La mujer del cabello negro-azulado avanzó. Sus ojos estaban hundidos, su piel demasiado pálida. No celebró. No agradeció.
Solo se quedó allí con la rigidez de quien todavía escucha el eco de un cuerpo que pudo haberse ido.
—Tercera —continuó la sacerdotisa del centro.
Y entonces su mirada cayó sobre mí.
—Enya Ophyris.
Mi nombre sonó extraño en esa cámara.
Como si no nombrara a una persona.
Como si nombrara un fenómeno que aún no decidían si era bendición o amenaza.
Di un paso.
El mundo se inclinó un segundo. Lo sentí en las rodillas, en el estómago, en la nuca. Me sostuve porque caer ahí, frente a ellas, era regalarles algo que no quería entregar.
Yo quería respirar.
Quería sentarme.
Quería salir del cuerpo.
Pero el ritual no tiene espacio para eso.
Una de las sacerdotisas laterales —la de la derecha— avanzó un poco. Su voz era más dulce, y por eso parecía más peligrosa.
—Hoy han demostrado lo que significa cargar con vida ajena —dijo—. Han demostrado precisión, voluntad… y dominio.
Dominio.
La palabra se deslizó dentro de mí como una cuerda que aprieta.
La tercera sacerdotisa —la de la izquierda— habló después. Su tono fue el más frío de las tres.
—Y también han demostrado qué ocurre cuando el dominio no alcanza.
Su mirada se movió, sin prisa, hacia las otras candidatas.
Las tres que no habían pasado.
Ahí estaban.
Una tenía lágrimas secas pegadas a las mejillas. Murmuraba rezos sin forma, como si repetir palabras pudiera devolverle el tiempo.
Otra estaba rígida, los ojos demasiado abiertos, sin parpadear. Parecía una estatua.
La tercera apretaba los puños, la mandíbula trabada, sosteniendo la rabia como se sostiene un cuchillo.
Yo no pude evitar mirarlas.
Porque minutos atrás podría haber sido yo.
La sacerdotisa de la izquierda elevó un poco la barbilla.
—Ellas no serán castigadas —dijo.
La frase sonó casi compasiva.
Y aun así sentí el veneno.
—Serán devueltas a su lugar.
Dos mujeres del templo salieron desde la sombra, silenciosas, con ojos vacíos, acostumbrados a obedecer sin preguntarse por qué.
Tomaron a las tres por los brazos.
Con esa firmeza que no admite discusión.
La que rezaba se resistió apenas, como un tirón desesperado.
—Yo… yo puedo… yo puedo intentarlo otra vez…
Nadie la miró.
La paralizada no se movió.
La rabiosa giró el rostro un segundo, y sus ojos encontraron los míos.
Luego desaparecieron por un túnel lateral, distinto al que habíamos usado. Más estrecho. Más bajo. Como una garganta que traga.
El silencio que dejaron atrás fue un golpe.
La sacerdotisa del centro retomó la palabra, sin cambiar el tono, como si lo ocurrido no tuviera peso.
—Las que han pasado avanzan a la siguiente etapa.
Siguiente etapa.
Mi cuerpo se tensó.
Mi mente, en cambio, se quedó vacía un instante.
Había que seguir.
Seguir aunque te rompieras.
Seguir aunque el costo te vaciara por dentro.
Lena pasó junto a mí cuando nos reordenaron.
Rozó apenas mi hombro con su túnica limpia, como si el contacto fuera accidental.
Como si ella no supiera exactamente dónde estaba.
—No te mueras antes de la próxima —susurró, suave.
Casi amable.
Casi fraternal.
Casi una amenaza.
No respondí.
No porque no tuviera palabras.
Porque si abría la boca, el temblor se me iba a notar.
Nos condujeron hacia otro corredor, y el aire cambió otra vez: menos humo, más frío, más control.
Mientras caminaba, levanté la mirada sin querer hacia las tres sacerdotisas.
Quería ver algo humano.
Un cansancio.
Una duda.
Una grieta.
Pero solo encontré piedra.
Y entonces lo vi.
Una de las dos sacerdotisas laterales inclinó apenas el rostro en dirección a Lena.
No fue un gesto ceremonial.
Fue algo íntimo.
Lena no la miró.
Siguió caminando con la seguridad de quien ya se siente elegida.
El frío me subió por la columna.
No supe explicar por qué.
Solo supe que esa prueba no era limpia.
Me obligué a seguir.
Porque en esta cueva, en esta elección, detenerse no es descansar.
Es desaparecer.
Y yo… yo todavía no podía permitirme desaparecer.
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