Pequeño fuego: El libro del conocimiento - Capítulo 94
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Capítulo 94: Nueva sacerdotisa XIII
Enya Ophyris
El corredor se estrechó hasta volverse una línea.
Piedra a ambos lados.
Nos condujeron sin palabras.
La cámara de descanso estaba más adentro.
Más limpia.
El suelo no tenía barro ni ceniza. Había mantas dobladas, cuencos de agua alineados, y antorchas que ardían con una calma distinta, como si aquí el fuego tuviera permiso de existir sin volverse amenaza.
—Las elegidas descansan aquí.
La voz vino de una de las mujeres del templo, neutra, sin emoción. No miró nuestros rostros cuando lo dijo, como si “elegidas” no fuera un honor sino una categoría.
Entré.
Y mi cuerpo, quiso rendirse.
La otra candidata —la del cabello negro-azulado— se dejó caer en una manta sin decir nada. Se llevó el cuenco de agua a los labios con una lentitud concentrada, como si beber fuera otra prueba.
Yo hice lo mismo.
El agua estaba fría.
Me miré las manos.
Todavía tenían manchas.
La resina seguía pegada a mis dedos como una acusación que nadie iba a escuchar.
En el extremo opuesto de la cámara, Lena se movía.
Caminaba despacio, con la túnica limpia y la espalda recta.
Se detenía aquí y allá, mirando cosas sin necesidad, tocando una manta solo para dejar claro que podía hacerlo, tomando un cuenco y devolviéndolo al mismo lugar sin beber.
Una reina en un cuarto sin trono.
Y nosotras… sus súbditas temporales.
Su mirada pasó por mí.
No me atacó.
Solo hizo esa pausa mínima que humilla más que un insulto
Luego miró mis manos manchadas y sonrió apenas.
—Te quedó el olor —dijo, con suavidad.
No era burla directa.
No respondí.
Lena se acercó a la otra candidata.
La del cabello negro-azulado no levantó la mirada.
—¿Vas a dormir? —preguntó Lena, casi dulce.
La otra bebió otro sorbo antes de contestar, como si medir la garganta le diera tiempo para elegir.
—No.
Lena inclinó apenas la cabeza, fingiendo interés.
—Claro. Dormir es para las que creen que esto termina.
Se alejó sin esperar respuesta.
El aire se tensó en un punto invisible y luego se aflojó.
Yo respiré por fin, despacio.
Me senté.
Las rodillas me dolieron cuando se doblaron. Me apoyé contra la pared, dejando que el frío me sostuviera. Cerré los ojos un instante.
Abrí los ojos.
La luz de las antorchas no cambiaba.
Aquí todo estaba quieto.
Una mujer del templo entró sin ruido. Su túnica era sencilla, pero su postura tenía esa rigidez aprendida de quien vive siguiendo órdenes. Traía algo en las manos: un pequeño paquete de tela y tres cuencos.
Los dejó frente a nosotras.
—Coman.
El paquete tenía pan duro y algo seco, carne o raíz. Olía poco.
Comí igual.
Lena tomó el suyo con calma, como si estuviera cenando en una mesa real. Masticó despacio, mirando a ninguna parte.
La otra candidata comió en silencio
Yo mastiqué sin sabor.
Pasaron minutos.
O tal vez fueron horas.
Aquí dentro el tiempo no se sentía igual. No había cielo. No había sol. No había nada que marcara el mundo.
La puerta de la cámara se abrió otra vez.
Entraron dos figuras.
No eran las mujeres de servicio.
Eran sacerdotisas.
No las tres que nos hablaron antes… pero su presencia llevaba la misma autoridad, ese mismo perfume ausente de humanidad.
Una de ellas miró las mantas, los cuencos, nuestras posturas. Como si revisara si el descanso estaba siendo usado “correctamente”.
Luego habló.
—La tercera prueba comenzará pronto.
Lena sonrió, satisfecha, como si la noticia fuera una confirmación de su destino.
La otra candidata no cambió el rostro.
Yo apreté los dedos sobre la manta.
—¿Cuánto tiempo? —pregunté, y mi voz salió más baja de lo que esperaba.
La sacerdotisa ni siquiera parpadeó.
—El tiempo que la Diosa considere suficiente.
La sacerdotisa dio un paso atrás, ya terminando su visita como si solo hubiera venido a anunciar el clima.
—Estén preparadas.
Y se fue.
La puerta se cerró con un sonido suave.
Lena dejó su cuenco vacío en el suelo y se estiró los hombros como alguien a punto de empezar una danza.
Yo me quedé quieta.
Sabiendo que el “descanso” era solo otra forma de prepararnos para obedecer.
Y que lo siguiente venía.
Pronto.
Enya Ophyris
Volvieron sin prisa.
La puerta se abrió y el aire cambió. No por temperatura, sino por presencia. Dos mujeres del templo entraron primero, como sombras útiles, y detrás de ellas aparecieron las tres sacerdotisas.
Las mismas de la cámara anterior.
Nos pusimos de pie casi al mismo tiempo. No porque alguien lo ordenara, sino porque el cuerpo aprende rápido qué cosas no se discuten aquí.
La sacerdotisa del centro avanzó un paso.
—Han sobrevivido a la precisión —dijo.
No fue un elogio.
—Pero la Diosa no entrega su voz a quien solo sabe salvar un cuerpo.
Silencio.
La sacerdotisa de la derecha continuó, con una voz más suave.
—Guiar al pueblo… es uno de los dones dados por la Diosa.
—No basta con conocer. No basta con resistir. La fe no se sostiene con fuerza… se sostiene con orden.
La sacerdotisa de la izquierda dio un paso apenas, y su tono fue el más duro.
—Y el orden solo se prueba en oscuridad.
No explicó qué era “oscuridad”.
No hacía falta.
La oscuridad en este lugar siempre era literal y simbólica al mismo tiempo.
La del centro levantó la mano y, desde el corredor, entraron dos mujeres cargando paquetes de tela atados con cuerda. Los dejaron en el suelo con cuidado, como si fueran ofrendas.
La sacerdotisa del centro habló de nuevo.
—La última prueba es simple.
Simple.
Yo casi me reí por dentro.
Nada aquí era simple.
—Asegurar la supervivencia de su tribu —dijo— incluso en los momentos oscuros.
—Recibirán alimento —continuó—. Lo suficiente para darles una oportunidad… y lo suficientemente escaso para que se revele quién puede sostener una comunidad.
Mi pulso se aceleró.
Miré los paquetes.
—¿Nos llevarán afuera? —preguntó la otra candidata, la del cabello negro-azulado.
Su voz era neutra, pero sus ojos estaban demasiado atentos.
Lena sonrió apenas, como si la pregunta fuera una debilidad.
Las sacerdotisas no respondieron de inmediato.
Y ese retraso mínimo fue suficiente para que mi esperanza se tensara… como una cuerda demasiado estirada.
—Su tribu llegará a ustedes —dijo por fin la sacerdotisa del centro.
Un silencio denso se instaló en la cámara.
Luego, detrás de las sacerdotisas, se abrió otra entrada. No la puerta por la que habían venido. Una compuerta lateral que yo no había notado antes.
Y entonces entraron.
Traídas por mujeres del templo.
Mi corazón dio un salto.
Parecían reales. Respiraban. Caminaban. Temblaban.
Y aun así… había algo en su mirada, algo en sus hombros, algo en la forma en que evitaban mirar a las sacerdotisas, que me recordó a las “voluntarias” de la prueba anterior.
Como si su vida ya hubiera sido entregada antes de entrar.
La sacerdotisa de la derecha habló, casi ceremonial.
—Esta será su tribu.
Mi ilusión de sol se apagó con un frío repentino.
No afuera.
Aquí dentro.
La sacerdotisa de la izquierda añadió, sin compasión.
—Sobrevivirán una semana. Hasta el eclipse.
La palabra eclipse cayó como una piedra.
Una semana encerradas.
Una semana con hambre.
Una semana con cinco personas mirándote como si tú fueras la única salida… y el único peligro.
La sacerdotisa del centro empezó a caminar frente a nosotras, como si marcara el perímetro de un juego.
—Cada candidata recibirá cinco integrantes.
Señaló al primero, un hombre de hombros tensos y mandíbula apretada.
—Uno representará al jefe de la tribu.
Luego señaló a una mujer más delgada, con manos que no dejaban de moverse, como si siempre estuvieran buscando algo que curar aunque no hubiera nada.
—Uno representará al sanador.
Después, su dedo pasó por las otras tres figuras: gente común. Rostros cansados. Ojos sin brillo. Habitantes.
—Los otros tres serán habitantes.
Lena observaba como quien evalúa ganado.
La otra candidata observaba como quien calcula riesgos.
Yo… yo los miraba como personas.
—Las reglas son claras —dijo la sacerdotisa de la izquierda—.
Su tono no dejaba espacio para preguntas, pero mi mente ya estaba llena de ellas.
—Si mueren los tres habitantes… pierden.
Sentí que el estómago se me hundía.
—Si quedan menos de tres miembros con vida, sin contar a la candidata… pierden.
La sacerdotisa del centro se detuvo frente a mí.
—Pueden controlar a su tribu como consideren necesario.
Controlar.
Otra vez.
Yo abrí la boca antes de pensarlo.
—¿Controlar… cómo?
Lena soltó una risa bajita, casi inaudible.
La sacerdotisa del centro no sonrió.
—Como una jefa controla a su pueblo.
No explicó más.
Porque no necesitaba.
Cada una llenaría ese vacío con lo que ya era.
Con lo que estaba dispuesta a hacer.
Mi mirada volvió a los cinco.
El “jefe” evitó mirarme. El “sanador” me miró con algo parecido a miedo. Los habitantes… parecían resignados.
Como si ya supieran que esta semana no se trataba de sobrevivir.
Se trataba de ser usados para medir a otra persona.
Mi garganta se apretó.
Una parte de mí, todavía torpe, todavía humana, todavía creyendo que un ritual necesita límites para no volverse monstruo, formuló la pregunta que me quemaba por dentro.
—¿Esto… es una muerte real? —dije, y mi voz salió más baja—. ¿O… simbólica?
El silencio que siguió fue distinto.
Lena dejó de sonreír, solo un segundo, como si el sonido de esa duda la delatara.
La mujer del cabello negro-azulado no me miró, pero sentí que su atención se tensaba.
Las tres sacerdotisas se quedaron quietas.
Y en esa quietud… había una respuesta que no necesitaba palabras.
La sacerdotisa de la izquierda inclinó apenas el rostro.
—La Diosa no premia símbolos —dijo—. Premia resultados.
La puerta lateral se abrió un poco más y, detrás, se veía un corredor nuevo.
—Lleven a su tribu —ordenó una de las mujeres del templo.
Los cinco dieron un paso.
No habría cielo.
No habría aire libre.
Solo una semana de piedra, hambre y decisiones.
Hasta el eclipse.
Me quedé mirando a mis cinco.
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