Pequeño fuego: El libro del conocimiento - Capítulo 96
- Inicio
- Todas las novelas
- Pequeño fuego: El libro del conocimiento
- Capítulo 96 - Capítulo 96: Nueva sacerdotisa XV
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 96: Nueva sacerdotisa XV
Enya Ophyris
La ansiedad no me sirvió nunca.
En la prueba, el tiempo me arrancó la calma a la fuerza y me obligó a correr.
Aquí era distinto.
Y si yo me rompía por dentro antes de empezar, la semana me iba a devorar sin apuro.
Así que respiré.
Una vez.
Otra.
Hasta que el temblor dejó de ser protagonista y volvió a ser solo cansancio.
Miré a los cinco.
Como una tribu en miniatura con hambre, miedo y esa expectativa torpe de quien no sabe si está viviendo algo real o representándolo.
—Voy a hablar primero —dije.
Mi voz salió estable
El hombre que representaba al jefe tenía la mandíbula apretada y ese orgullo defensivo de quien no quiere deberle la vida a nadie. Sus ojos recorrían el lugar con la tensión de un animal encerrado.
La sanadora —la mujer de manos inquietas— miraba como si ya estuviera intentando memorizarlo todo: paredes, antorchas, olores, grietas.
Los tres habitantes eran distintos: uno joven y temeroso, una mujer cansada que parecía haber aprendido a sobrevivir sin esperar milagros, y un tercero con la mirada apagada, demasiado quieto, como si ya se hubiera rendido antes de empezar.
—Me llamo Enya —dije—. Esta semana vamos a sobrevivir.
El joven tragó saliva.
—¿Y si no…?
—Entonces perdemos —respondí—. Y yo no pienso perder.
Caminando por un corredor nuevo que olía a piedra recién abierta. El templo no quería que esto se sintiera como castigo. Quería que se sintiera como enseñanza.
Los pasos de otros grupos se escuchaban a lo lejos, pero nunca los veíamos. Pasillos que se bifurcaban, curvas, puertas de piedra.
No sabía dónde estaban las otras candidatas.
No podía saberlo.
Esa era parte del juego.
La montaña no solo nos separaba por espacio. Nos separaba por información.
La cámara que nos asignaron no era como las salas anteriores.
Antorchas empotradas con luz suficiente para no volverse locos. Zonas de piedra plana donde se podía dormir sin clavarse la espalda. Un borde de roca a modo de mesa natural. Y al fondo, un hueco oscuro que parecía un depósito.
Una mujer del templo dejó tres paquetes frente a mí.
—Estos son sus recursos —dijo—. El templo no da más.
Se fue antes de que pudiera preguntar algo.
Me agaché y desaté el primer paquete.
Comida.
Pan duro. Granos secos. Carne salada. Raíces deshidratadas.
Raciones fáciles de contar. Hechas para obligarte a decidir.
El segundo paquete: agua.
Dos odres medianos.
No llenos.
Lo suficiente para que la supervivencia se sintiera posible… y para que la paranoia naciera.
El tercero era lo más importante.
Herramientas.
Una cuerda corta. Un cuchillo de piedra bien tallado. Yesca seca. Un pedernal. Una bolsa con sal. Un pequeño paquete de hojas medicinales básicas —no milagrosas, pero útiles— y algo que me sorprendió:
Un trozo de carbón.
Una tablilla plana de madera.
No era bondad.
Era parte de la prueba.
Querían ver quién podía gobernar sin perderse.
El “jefe” miró las cosas con un resentimiento que intentaba disimular.
—¿Eso es todo? —murmuró.
—Es lo que hay —respondí, con calma—. Lo importante no es lo que nos dan. Es cómo lo usamos.
Me levanté y miré la cámara como si fuera un territorio.
—No se muevan todavía —dije.
Fue la primera orden real.
Me arrodillé con la tablilla y el carbón.
Empecé a dibujar.
Un esquema simple, con puntos que importaban.
Mientras dibujaba, lo escuché: un goteo constante en una grieta lateral.
Tic.
Tic.
Tic.
No era un río.
Pero era una promesa mínima.
MAPA DEL REFUGIO
A: Zona de descanso — piedra plana, más seca, mejor para dormir.
B: Fuego — círculo de roca ya preparado; hay ceniza antigua (aquí se permite encender).
C: Depósito — hueco fresco al fondo; útil para guardar comida sin que se humedezca.
D: Goteo de agua — lento, constante; sirve para complementar los odres, no para salvarnos solo.
E: Entrada / límite — corredor por donde llegamos.
F: Pasaje sin explorar — túnel angosto hacia otra cámara pequeña; humedad y olor a hongos.
Me incorporé y les mostré la tablilla.
El simple hecho de verla cambió algo en sus ojos. Incluso el de mirada apagada parpadeó, como si un mapa convirtiera el miedo en tarea.
—Esto es lo que tenemos —dije—. Y esto es lo que podemos controlar.
Señalé el pasaje sin explorar.
—Y esto es lo que aún no sabemos.
El “jefe” dio un paso hacia el dibujo, casi sin querer.
—Ese túnel… ¿es nuestro? —preguntó.
—Es parte de nuestro territorio —respondí—. Pero no lo vamos a tocar sin pensar.
Levanté la mirada.
—Ahora roles. Y no son títulos. Son funciones.
Me giré hacia él.
—Tú representas al jefe… y también serás el recolector.
Frunció el ceño.
—¿Recolector?
—Sí —dije—. Eso significa que sales con tu grupo, inspeccionas el pasaje, buscas recursos, traes agua del goteo, recolectas lo que sirva… y vuelves con información. Tu trabajo es traer comida y evitar riesgos estúpidos.
El joven temeroso levantó la mano a medias, como si pedir permiso fuera automático.
—¿Yo… voy con él?
—Sí —dije—. Tú y ella.
Señalé a la mujer cansada.
—Tres personas en salida. Siempre. Nadie camina solo.
Si alguien cae, alguien lo carga.
Si alguien miente, alguien lo ve.
Si alguien se asusta, alguien lo sostiene.
El “jefe” apretó la mandíbula, pero aceptó. No por respeto, sino porque entendía el sentido.
Me volví hacia la sanadora.
—Y tú —dije— no solo eres sanadora.
Sus ojos se abrieron apenas, como si hubiera estado esperando eso sin saberlo.
—Necesito que seas mi memoria ritual —continué—. Tú vas a leer lo que otros no leen.
Ella parpadeó.
—¿Leer?
Tomé el carbón y señalé una marca vieja en la pared, cerca del círculo de fuego. Una línea torcida, casi imperceptible.
—El templo deja símbolos —dije—. Señales. Reglas escondidas. Avisos. Tú vas a ser la única con permiso para interpretarlos.
No era mentira.
En estas cuevas, la gente del templo marcaba rutas, niveles, zonas permitidas, peligros. Y una sanadora —por oficio, por tradición— solía conocer esos signos porque también significaban: “aquí hay agua”, “aquí hay hongos tóxicos”, “aquí se entierra a los muertos”.
Si íbamos a sobrevivir una semana, eso la volvía crucial.
—Quiero que revises paredes, suelo, marcas —añadí—. Y que me digas qué significa lo que veas. Sin inventar.
Ella asintió con fuerza.
—Sí.
Me giré hacia el tercer habitante, el de mirada apagada.
—Tú te quedas conmigo —dije.
Sus ojos se enfocaron un poco más.
El “jefe” reaccionó con suspicacia inmediata.
Me agaché otra vez y escribí con carbón tres palabras grandes en la tablilla:
CONFIANZA. PROPÓSITO. SUPERVIVENCIA.
Las letras quedaron torcidas, pero claras.
—No estamos aquí para gustarnos —dije—. Estamos aquí para vivir.
Señalé la primera palabra.
—Confianza no significa cerrar los ojos. Significa cumplir lo que dices. No robar. No esconder. No mentir para evitar vergüenza.
Señalé la segunda.
—Propósito: pasar la prueba. Llegar al eclipse.
Señalé la tercera.
—Supervivencia: comer y beber con medida. Dormir lo suficiente. Mantener el fuego como herramienta, no como capricho.
El joven tragó saliva.
—¿Y si alguien rompe la confianza?
No respondí con ira.
Respondí con calma.
—Entonces lo resolvemos rápido —dije—. Antes de que el hambre lo convierta en guerra.
Miré al “jefe”.
—Tú cortas peleas. Yo corto decisiones. La sanadora corta mentiras en los símbolos. Y los habitantes sostienen la base.
El de mirada apagada habló por fin, con voz baja.
—¿De verdad… morimos?
La pregunta no me perforó como antes.
Porque esta vez no estaba sola frente al borde.
Respiré.
—No lo sé —admití—. Pero vamos a actuar como si sí.
Le sostuve la mirada.
—Si es simbólico, ganamos igual. Y si no lo es… es la única forma de sobrevivir sin rompernos entre nosotros.
Guardé la tablilla contra mi pecho un segundo.
Era absurda. Un pedazo de madera con carbón.
Pero también era una señal de algo nuevo:
Por primera vez desde que entré a esta prueba, no era una sola contra el sistema.
Éramos seis contra una semana.
Y eso… me hizo sentir más confiada.
No porque el mundo fuera más fácil.
Sino porque ya no tenía que sostenerlo con una sola mano.
—Bien —dije, devolviendo la tablilla a la mesa de roca—. Establecemos base hoy.
Miré al “jefe” y a su grupo.
—Mañana, con el cuerpo menos caliente y la cabeza clara, inspeccionan el pasaje. Vuelven con información. No con heroísmo.
Ellos asintieron.
Miré a la sanadora.
—Tú revisas marcas. Me dices qué significa esta cueva.
Ella ya estaba acercándose a la pared, los dedos atentos, como si por fin tuviera algo que hacer que importara.
Miré al resto.
—Y nadie come solo.
Lo repetí como ley.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com