Pequeño fuego: El libro del conocimiento - Capítulo 97
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Capítulo 97: Nueva sacerdotisa XVI
Enya Ophyris
Me senté frente a la mesa de roca y extendí la tablilla.
El carbón manchó mis dedos de nuevo.
Volví a mirar las raciones como si mirarlas pudiera multiplicarlas.
No lo hacía.
Pan duro.
Granos secos.
Carne salada.
Dos odres que pesaban menos de lo que mi mente quería aceptar.
Lo suficiente para una oportunidad.
El “jefe” se acercó sin pedir permiso. Ya era parte de su rol: ocupar espacio, reclamar autoridad útil.
—¿Cuánto dura esto? —preguntó, señalando la comida.
—Si racionamos, dura —respondí—. Si improvisamos, se acaba.
Me giré hacia los demás.
—Primera comida —dije—. Y nadie toca nada fuera de esto.
Partí el pan en seis pedazos.
Los hice proporcionales: un poco más para el recolector y la sanadora. No por favoritismo, sino por función. El grupo no sobrevive por justicia abstracta; sobrevive por eficiencia.
El joven temeroso miró su trozo como si quisiera esconderlo para después.
La mujer cansada lo sostuvo como se sostiene algo que no se confía.
El hombre de mirada apagada lo mordió sin expresión, como si el sabor no existiera.
El “jefe” comió rápido, como quien quiere terminar para salir a hacer algo.
La sanadora comió despacio. Sus ojos iban a las paredes incluso mientras masticaba, como si los símbolos pudieran cambiar con el hambre.
Yo tragué el mío.
Guardé lo que quedó con cuidado en el depósito.
Lo hice frente a todos.
No por exhibición.
Por pacto.
Después miré al “jefe”.
—Saldrás ahora —dije—. Con tu grupo. Revisen el pasaje sin explorar. Si hay algo útil, lo traen. Si hay riesgo, vuelven con información.
Él asintió.
El joven temeroso se levantó de inmediato, como si “ir” fuera mejor que quedarse pensando.
La mujer cansada tomó la cuerda sin que nadie se lo pidiera. Práctica. Sobreviviente.
Los vi alejarse hacia el túnel angosto.
Tres personas.
Me quedé con los otros tres.
La sanadora ya estaba recorriendo la pared cerca del círculo de fuego, siguiendo marcas viejas con la yema de los dedos. Murmuraba para sí, como si leyera con el tacto.
Y el último habitante… el que no había hablado casi nada… miraba el depósito.
Lo anoté mentalmente.
Pasó un rato.
No sé cuánto.
Aquí dentro, el tiempo se siente como agua estancada: existe, pero no se mueve
Marqué en la tablilla la ración del día uno.
Repetí en mi cabeza las reglas, no como mantra, sino como mapa mental.
Y entonces escuché pasos.
Rápidos.
Los tres volvieron.
El “jefe” entró primero, con la respiración agitada y la cara distinta.
Traían algo entre los brazos: un bulto envuelto en hojas húmedas.
El joven temeroso sonreía por primera vez desde que llegó.
La mujer cansada tenía los ojos brillantes.
—Comida —dijo el “jefe”, como si pronunciarlo fuera un conjuro.
Abrieron el bulto sobre la mesa de roca.
Hongos.
Raíces.
Pequeños frutos duros.
—Bien —dije, y mi voz no tembló—. Lo guardamos. Lo registramos. Y lo comemos con cuidado.
La sanadora se acercó y miró el bulto.
No tocó de inmediato.
Observó.
Olfateó.
Su ceño se frunció apenas.
El “jefe” se enderezó, orgulloso.
—El túnel lleva a una cámara pequeña. Hay humedad, hay hongos en las paredes. Hay raíces cerca del goteo. Y… —bajó la voz— hay marcas.
Miró a la sanadora, casi sin querer reconocer que la necesitaba.
Ella ya estaba revisando.
El grupo respiró distinto por unos minutos.
Cuando llega un poco de esperanza, la disciplina se afloja.
No me di cuenta al instante.
La primera señal fue un sonido.
Un carraspeo ahogado.
Luego otro.
La mujer cansada se giró bruscamente.
El habitante que había estado mirando el depósito… estaba doblado cerca de la pared, una mano en el estómago.
Sus ojos estaban vidriosos.
Su piel sudaba.
Y al lado de su boca había un rastro oscuro.
—¿Qué comiste? —pregunté.
Él no respondió al inicio.
Como si la vergüenza fuera más fuerte que el dolor.
La sanadora se arrodilló a su lado.
Le tomó la muñeca.
—Pulso rápido —dijo, seca—. Sudor frío.
El hombre tragó y por fin habló, apenas un hilo.
—Solo… un pedazo… era pequeño…
Mis ojos se movieron al bulto de comida.
Uno de los hongos más blandos ya no estaba.
Se lo había comido a escondidas.
Por hambre y estupidez.
La peor combinación.
La sanadora revisó sus pupilas, su respiración.
—Puede ser intoxicación —murmuró.
Yo cerré los ojos un segundo.
Y el Libro del Conocimiento se abrió en mi cabeza como una puerta helada.
Enfermedades del mundo tribal, listadas con precisión.
Y la que encajaba…
No era una que yo ya hubiera curado.
Era una de las que había leído como advertencia.
Esa en la que el cuerpo se envenena lento.
Esa en la que tienes veinticuatro horas.
El número cayó dentro de mí con una claridad matemática.
Abrí los ojos.
El hombre respiraba rápido.
Sus labios temblaban.
Y yo sentí el mismo borde que en la prueba anterior… pero sin ollas, sin plantas, sin preparación.
Solo con una semana por delante y un error ya respirando dentro de nosotros.
No tenemos medicina.
No tenemos nada.
Mi mirada fue a la sanadora.
Ella estaba concentrada, haciendo lo que podía.
Pero una pregunta me atravesó sin pedir permiso:
¿Por qué no dijo nada antes?
No la acusé.
Pero el pensamiento quedó ahí, afilado, incómodo.
Si ella sabía leer símbolos… ¿sabía leer esto? ¿Sabía distinguir alimentos?
No tuve tiempo para girar sobre esa duda.
El hombre gimió.
La sanadora levantó la vista.
—Necesito agua —dijo—. Y sal. Y fuego, si podemos hervir algo.
—Lo tendrás —respondí.
Me arrodillé junto al enfermo.
Para memorizar cada signo, como si mi mente pudiera reemplazar la ausencia de medicina con precisión.
—Escúchame —le dije, y mi voz se mantuvo firme—. No vas a esconder nada más. Si tomaste algo más, lo dices ahora.
Él negó con desesperación.
—No… no…
Sus dedos se aferraron a mi muñeca como si yo fuera un poste en un río.
Sentí el peso real de la prueba por primera vez.
No era administrar pan.
Era administrar vidas.
Respiré.
Miré al “jefe”.
—Sales otra vez —dije—. Ahora. Busca más de lo que trajiste, pero también busca agua, arcilla, cualquier cosa que podamos usar para filtrar o contener. Y trae muestras de lo que encontró para que ella lo identifique.
Asintió.
El joven temeroso y la mujer cansada ya estaban tomando la cuerda.
La sanadora se levantó y fue hacia las marcas.
—Yo voy a revisar el túnel otra vez —dijo—. Hay símbolos cerca del goteo. Quiero ver si hay aviso de hongos tóxicos o… algo más.
Asentí.
Se fueron por el pasaje.
Y yo me quedé con el enfermo.
Yo y el hombre que sudaba veneno.
Yo y la semana.
Me arrodillé otra vez.
Le puse la mano en la frente.
Estaba caliente.
Demasiado.
No me permití entrar en pánico.
Así que hice lo único que sí podía:
Convertir el miedo en lista.
—Veinticuatro horas —susurré, para mí.
Y empecé a planear.
Enya Ophyris
Respiraba corto. Su piel estaba húmeda, demasiado caliente, y sus dedos buscaban mi muñeca con una fuerza absurda, desesperada.
Sudor frío. Pulso rápido. El rastro oscuro junto a su boca. El olor agrio del veneno.
No tenía medicina.
Tenía carbón, sal y agua.
Tenía tiempo… si lograba fabricar un poco.
Me arrodillé junto al cuenco, mezclé agua con una pizca de sal. No para curar, sino para evitar que se vaciara por completo por dentro. Se lo acerqué a los labios.
—Pequeños sorbos —le dije—. No te obligues.
Él tragó. Tosió. Volvió a tragar.
Su garganta todavía obedecía.
Cerré los ojos un instante y llamé al Libro.
Me dio una sentencia fría:
No detengas el veneno. Detén el colapso.
Carbón como absorbente. Calor constante para evitar el shock.
Abrí los ojos.
Rasqué el carbón contra la tablilla hasta hacerlo polvo, lo mezclé en agua. Negro. Amargo.
Se lo ofrecí.
El silencioso giró la cara con un gemido.
—No… —susurró.
—Sí —respondí, sin dureza—. Esto no te cura. Esto te mantiene aquí.
Le sostuve la cabeza y se lo di a sorbos. Tosió, tembló, pero tragó. Una vez. Otra.
Y entonces, poco a poco, el cuerpo dejó de caerse tan rápido.
La respiración se hizo un poco más profunda. El sudor bajó un grado. Sus manos aflojaron la fuerza.
Me quedé inmóvil junto a él, sosteniendo esa pausa como si fuera un hilo.
Hasta que escuché pasos en el túnel.
El jefe entró primero, embarrado de humedad. El asustado traía algo envuelto como si fuese frágil. La mujer cansada venía con las manos manchadas de tierra.
Y la sanadora, con los ojos atentos
—Encontramos hierbas —dijo ella antes de que alguien celebrara—
Las extendieron sobre la mesa de roca.
Hojas amargas. Tallos finos. Una raíz con olor a metal y tierra.
El Libro reaccionó en mi cabeza con un clic seco.
El jefe encendió el fuego sin esperar instrucciones. La mujer cansada separó lo blando de lo firme con instinto de supervivencia. El asustado observaba al silencioso como si mirar pudiera empujarlo hacia la vida.
La sanadora se arrodilló junto a las plantas y empezó a ordenar.
—Esta no —dijo, apartando una hoja con manchas—. Esta sí. Esta solo en poca cantidad. Y esta… —tomó la raíz— esta es la clave. Pero hay que hervirla hasta que el olor cambie.
La miré, rápida.
—¿Estás segura?
Solo asintió con una seriedad que no pedía fe.
Y entonces entendí algo: su rol no era “hacer milagros”.
Su rol era evitar que la cueva nos envenenara por ignorancia.
El agua empezó a humear.
Esperamos el cambio de olor.
Cuando la infusión estuvo lista, la enfrié lo suficiente y volví con el cuenco.
Me arrodillé junto al silencioso.
—Bebe —le dije.
Sus ojos estaban vidriosos, perdidos en un lugar donde yo no podía entrar, pero su garganta todavía respondía.
Le di la cura en sorbos.
La respiración se acomodó. La rigidez de su cuerpo bajó. Incluso el temblor en sus labios pareció retirarse como marea.
El asustado dejó escapar un sonido pequeño, un alivio infantil.
La mujer cansada soltó aire por la nariz.
El jefe se quedó quieto, como si moverse fuera una blasfemia.
La sanadora observaba sin celebrar, esperando un signo más verdadero.
Yo tampoco sonreí.
Pasaron minutos.
Y de repente su cuerpo se arqueó con violencia.
—¡De lado! —dije, girándolo con cuidado.
El primer vómito fue oscuro.
Luego sangre.
Espesa.
Demasiada.
El asustado retrocedió, aterrado.
La mujer cansada se tapó la boca sin darse cuenta.
—No —susurré, y odié cómo sonó mi voz—. No ahora.
Busqué pulso.
Latía.
Débil.
Irregular.
El silencioso intentó respirar, pero la garganta burbujeó con sangre. Sus ojos se abrieron un instante, como si entendiera algo que nosotros no.
Y luego se apagaron.
Me quedé ahí, arrodillada, con las manos manchadas de rojo que no era mío.
Le limpié la boca sin pensar.
Por respeto.
Por culpa.
Y entonces lo noté:
La sanadora no estaba.
Al principio pensé que había retrocedido por el shock.
Pero el lugar donde había estado… estaba vacío.
Me incorporé despacio.
Miré al jefe.
Luego al asustado.
Luego a la mujer cansada.
Tres rostros vivos.
Y un cuerpo muerto entre nosotros.
Éramos seis.
Ahora…
Cuatro.
Había sido demasiado inocente.
No por creer que podía salvarlo.
Sino por creer que esta prueba solo se trataba de administrar comida.
Se trataba de perder gente.
Me volví hacia la tablilla.
El mapa seguía ahí, ridículo, útil, pequeño.
Y debajo, como una promesa que ya no sonaba bonita:
CONFIANZA. PROPÓSITO. SUPERVIVENCIA.
Toqué la primera palabra con el dedo manchado.
Confianza.
Respiré.
—Recuento —dije, firme, sin levantar la voz—. Agua. Comida. Y una sanadora desaparecida.
Los tres me miraron.
El jefe apretó la mandíbula.
La mujer cansada no preguntó nada; ya estaba pensando.
El asustado temblaba, pero seguía ahí.
Miré el túnel.
Luego el cielo que no existía.
—Quedan seis días —murmuré.
Y nosotros… apenas estábamos aprendiendo a no caer.
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