Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

Pequeño fuego: El libro del conocimiento - Capítulo 98

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. Pequeño fuego: El libro del conocimiento
  4. Capítulo 98 - Capítulo 98: Nueva sacerdotisa XVII
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

Capítulo 98: Nueva sacerdotisa XVII

Enya Ophyris

Respiraba corto. Su piel estaba húmeda, demasiado caliente, y sus dedos buscaban mi muñeca con una fuerza absurda, desesperada.

Sudor frío. Pulso rápido. El rastro oscuro junto a su boca. El olor agrio del veneno.

No tenía medicina.

Tenía carbón, sal y agua.

Tenía tiempo… si lograba fabricar un poco.

Me arrodillé junto al cuenco, mezclé agua con una pizca de sal. No para curar, sino para evitar que se vaciara por completo por dentro. Se lo acerqué a los labios.

—Pequeños sorbos —le dije—. No te obligues.

Él tragó. Tosió. Volvió a tragar.

Su garganta todavía obedecía.

Cerré los ojos un instante y llamé al Libro.

Me dio una sentencia fría:

No detengas el veneno. Detén el colapso.

Carbón como absorbente. Calor constante para evitar el shock.

Abrí los ojos.

Rasqué el carbón contra la tablilla hasta hacerlo polvo, lo mezclé en agua. Negro. Amargo.

Se lo ofrecí.

El silencioso giró la cara con un gemido.

—No… —susurró.

—Sí —respondí, sin dureza—. Esto no te cura. Esto te mantiene aquí.

Le sostuve la cabeza y se lo di a sorbos. Tosió, tembló, pero tragó. Una vez. Otra.

Y entonces, poco a poco, el cuerpo dejó de caerse tan rápido.

La respiración se hizo un poco más profunda. El sudor bajó un grado. Sus manos aflojaron la fuerza.

Me quedé inmóvil junto a él, sosteniendo esa pausa como si fuera un hilo.

Hasta que escuché pasos en el túnel.

El jefe entró primero, embarrado de humedad. El asustado traía algo envuelto como si fuese frágil. La mujer cansada venía con las manos manchadas de tierra.

Y la sanadora, con los ojos atentos

—Encontramos hierbas —dijo ella antes de que alguien celebrara—

Las extendieron sobre la mesa de roca.

Hojas amargas. Tallos finos. Una raíz con olor a metal y tierra.

El Libro reaccionó en mi cabeza con un clic seco.

El jefe encendió el fuego sin esperar instrucciones. La mujer cansada separó lo blando de lo firme con instinto de supervivencia. El asustado observaba al silencioso como si mirar pudiera empujarlo hacia la vida.

La sanadora se arrodilló junto a las plantas y empezó a ordenar.

—Esta no —dijo, apartando una hoja con manchas—. Esta sí. Esta solo en poca cantidad. Y esta… —tomó la raíz— esta es la clave. Pero hay que hervirla hasta que el olor cambie.

La miré, rápida.

—¿Estás segura?

Solo asintió con una seriedad que no pedía fe.

Y entonces entendí algo: su rol no era “hacer milagros”.

Su rol era evitar que la cueva nos envenenara por ignorancia.

El agua empezó a humear.

Esperamos el cambio de olor.

Cuando la infusión estuvo lista, la enfrié lo suficiente y volví con el cuenco.

Me arrodillé junto al silencioso.

—Bebe —le dije.

Sus ojos estaban vidriosos, perdidos en un lugar donde yo no podía entrar, pero su garganta todavía respondía.

Le di la cura en sorbos.

La respiración se acomodó. La rigidez de su cuerpo bajó. Incluso el temblor en sus labios pareció retirarse como marea.

El asustado dejó escapar un sonido pequeño, un alivio infantil.

La mujer cansada soltó aire por la nariz.

El jefe se quedó quieto, como si moverse fuera una blasfemia.

La sanadora observaba sin celebrar, esperando un signo más verdadero.

Yo tampoco sonreí.

Pasaron minutos.

Y de repente su cuerpo se arqueó con violencia.

—¡De lado! —dije, girándolo con cuidado.

El primer vómito fue oscuro.

Luego sangre.

Espesa.

Demasiada.

El asustado retrocedió, aterrado.

La mujer cansada se tapó la boca sin darse cuenta.

—No —susurré, y odié cómo sonó mi voz—. No ahora.

Busqué pulso.

Latía.

Débil.

Irregular.

El silencioso intentó respirar, pero la garganta burbujeó con sangre. Sus ojos se abrieron un instante, como si entendiera algo que nosotros no.

Y luego se apagaron.

Me quedé ahí, arrodillada, con las manos manchadas de rojo que no era mío.

Le limpié la boca sin pensar.

Por respeto.

Por culpa.

Y entonces lo noté:

La sanadora no estaba.

Al principio pensé que había retrocedido por el shock.

Pero el lugar donde había estado… estaba vacío.

Me incorporé despacio.

Miré al jefe.

Luego al asustado.

Luego a la mujer cansada.

Tres rostros vivos.

Y un cuerpo muerto entre nosotros.

Éramos seis.

Ahora…

Cuatro.

Había sido demasiado inocente.

No por creer que podía salvarlo.

Sino por creer que esta prueba solo se trataba de administrar comida.

Se trataba de perder gente.

Me volví hacia la tablilla.

El mapa seguía ahí, ridículo, útil, pequeño.

Y debajo, como una promesa que ya no sonaba bonita:

CONFIANZA. PROPÓSITO. SUPERVIVENCIA.

Toqué la primera palabra con el dedo manchado.

Confianza.

Respiré.

—Recuento —dije, firme, sin levantar la voz—. Agua. Comida. Y una sanadora desaparecida.

Los tres me miraron.

El jefe apretó la mandíbula.

La mujer cansada no preguntó nada; ya estaba pensando.

El asustado temblaba, pero seguía ahí.

Miré el túnel.

Luego el cielo que no existía.

—Quedan seis días —murmuré.

Y nosotros… apenas estábamos aprendiendo a no caer.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo