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Pequeño fuego: El libro del conocimiento - Capítulo 99

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Capítulo 99: Nueva sacerdotisa XVIII

Enya Ophyris

El cuerpo seguía ahí.

Nadie hablaba.

La mujer cansada fue la primera en moverse.

Se acercó al cadáver y le tomó la muñeca, como si todavía esperara sentir algo.

No sintió nada.

Asintió para sí misma.

Luego levantó la mirada hacia mí.

—Hay que sacarlo —dijo.

—Si se queda aquí, se pudre. Y si se pudre, nos enferma a todos.

El asustado se estremeció.

El jefe apretó la mandíbula.

Yo no dije “sí” de inmediato.

Si lo sacamos, gastamos fuerza. Gastamos tiempo.

Pero ella tenía razón.

—¿A dónde? —pregunté.

La mujer cansada miró el túnel principal, luego el pasaje sin explorar, luego el depósito.

Como si midiera opciones con los ojos.

—Lejos del agua —dijo—. Lejos del fuego. Y lejos de nosotros.

Un lugar donde el olor no regrese.

Un lugar donde los insectos —si existían aquí— se lo lleven y no se queden.

El jefe habló por primera vez desde la muerte.

—No sabemos si hay… cosas allá afuera.

La mujer cansada lo miró sin miedo.

—Y no saber no lo vuelve seguro.

Luego señaló la cuerda.

—La cuerda. Y una manta. Lo arrastramos. No lo cargamos.

Yo asentí.

—Bien —dije—. Lo hacemos rápido y sin ruido.

Ahora, cada miembro era un recurso.

Trabajamos en silencio.

El jefe y yo atamos la cuerda al cuerpo con el cuidado de quien no quiere tocar demasiado la muerte. La mujer cansada acomodó la manta debajo para que la piedra no desgarrara la piel y dejara rastro. El asustado sostuvo la antorcha baja, alejándola del cadáver como si el fuego pudiera ofenderlo.

No hubo ceremonia.

Arrastramos.

Un tramo corto.

Lo suficiente para sacarlo de nuestra cámara.

El pasillo principal nos devolvió su humedad y su frío. La luz de la antorcha temblaba en las paredes como un animal nervioso.

La mujer cansada iba delante, marcando el ritmo con el cuerpo.

Yo iba atrás, sosteniendo la cuerda, midiendo cada sonido: el roce de la manta, el golpe suave de un hombro, la respiración del asustado.

Ruido cero.

Ese fue el objetivo.

Por supervivencia.

Cuando encontramos un recodo donde el aire se sentía más estancado —sin goteo, sin ceniza, sin señales de uso— la mujer cansada levantó la mano.

Alto.

Nos detuvimos.

—Aquí —dijo.

Miré alrededor.

Nada especial.

Eso era lo mejor que podía ser.

Lo dejamos con cuidado, recostado contra la pared como si todavía pudiera estar cómodo.

El asustado tragó saliva con fuerza.

Yo apreté los dientes.

Volvimos.

En la cámara, el espacio vacío se notaba.

No solo por el cuerpo que ya no estaba.

Por la ausencia de la sanadora.

Sus cosas seguían sin estar.

Su lugar en el fuego estaba vacío.

La mujer cansada fue la primera en mirar la tablilla.

El mapa.

Las palabras.

CONFIANZA. PROPÓSITO. SUPERVIVENCIA.

—La confianza se rompe fácil —dijo, casi para sí—. Pero igual toca seguir.

El jefe la miró como si quisiera discutir.

No lo hizo.

Porque ya no había energía para orgullo.

Yo tomé el carbón.

No para escribir más reglas.

Para entender dónde estábamos.

—No podemos buscarla a lo loco —dije—. Si salimos sin sentido, perdemos a otro.

El asustado levantó la vista.

—¿Entonces… la dejamos?

—No —dije—. Pero vamos a buscar con método.

Miré el mapa.

Señalé el pasaje sin explorar.

—Ella dijo que había símbolos cerca del goteo. Si desapareció, fue hacia donde los símbolos mandan… o hacia donde los símbolos advierten.

El jefe frunció el ceño.

—¿Y tú vas a leerlos?

Me escuché a mí misma antes de responder.

La verdad era simple:

Yo nunca fui la sanadora.

Yo era la que tenía un libro en la cabeza.

Y hasta ahora lo había usado para fuego, plantas, recetas.

—Sí —dije—. Yo.

Me levanté.

La mujer cansada ya estaba de pie también, como si su experiencia hubiera decidido por ella.

—Yo voy contigo —dijo.

El jefe abrió la boca para negar.

Ella lo cortó con una mirada.

—Tú sostienes el refugio —añadió—. Si salimos los dos, no queda nadie con cabeza para mantener a él quieto.

El asustado se ofendió y luego se dio cuenta de que era cierto.

El jefe apretó la mandíbula.

Asintió.

Me acerqué a la entrada.

Apagué la antorcha.

No iba a llevar luz.

Tomé una brasa pequeña envuelta en tela húmeda, apenas una promesa de fuego. Algo que no brillara desde lejos.

La mujer cansada se movía como si este mundo fuera suyo.

Pies suaves.

Hombros bajos.

Ojos atentos.

Nos deslizamos hacia el túnel del goteo.

El pasillo parecía igual a todos, hasta que no lo fue.

Allí, cerca de la humedad, la pared tenía marcas más claras.

Líneas.

Triángulos incompletos.

Una espiral cortada.

Mi pecho se tensó.

El Libro se abrió en mi cabeza, no con recetas, sino con patrones.

Lenguajes.

Códigos.

Señales de ruta.

Señales de peligro.

No eran letras de mi mundo.

Pero sí eran lógica.

Me acerqué despacio.

La mujer cansada me sostuvo del brazo un segundo.

Miré el suelo primero.

Nada.

Entonces me incliné hacia la pared.

Una línea horizontal, cortada por tres marcas pequeñas.

El triángulo incompleto.

La espiral cortada.

Eso no era un conteo.

Era dirección.

Era “no pases”.

Era “baja”.

Era “aquí”.

Mi respiración se volvió lenta.

—Esto… —murmuré— no es del templo.

La mujer cansada no preguntó cómo lo sabía.

Solo lo aceptó.

Porque su instinto y mi libro estaban diciendo lo mismo:

estas marcas eran más viejas.

Más humanas.

Tal vez de la gente “antes”.

Tal vez de alguien que aprendió a sobrevivir aquí sin Diosa.

Y si la sanadora las seguía… entonces su desaparición no fue aleatoria.

Fue elección.

O fue arrastre.

Una gota cayó del techo y rebotó en piedra.

Tic.

Tic.

Yo iba a señalar otra marca cuando escuché algo.

Era un sonido lejano.

Suave.

Como pasos.

Como roce de tela.

Como si alguien… o algo… estuviera moviéndose cerca.

La mujer cansada me tomó del brazo con fuerza.

Nos pegamos a la pared, apagando el cuerpo.

Contuve el aire.

El corazón me golpeó una vez, fuerte.

Nos escondimos.

Y esperamos.

Enya Ophyris

Nos pegamos más a la pared, donde la sombra era más espesa. La brasa envuelta en tela apenas latía, casi sin luz. La apreté contra mi palma hasta que dolió.

Preferí el dolor a delatarnos.

El murmullo se acercó, y entonces lo reconocí.

La sanadora.

—…ya lo hice —susurró, y su voz tembló como si le costara mantenerla firme—. Hice lo que me pidió. Los guie. Les di las hierbas. No dije nada.

Un silencio breve.

Luego respondió otra voz.

Una de las sacerdotisas.

Su tono era suave

—Cumpliste —dijo—

La sanadora tragó saliva.

—Usted dijo que… que me ayudaría a salir.

—Lo dije.

La sanadora respiró hondo, como si se le fuera la vida en esa frase.

—Mi hijo… —susurró—

—Me lo quitaron hace años. Me dijeron que obedeciera. Que si servía… algún día me lo devolverían. Yo… yo no podía hacer nada.

Se escuchó un sonido distinto, más adelante en el corredor.

Ligero.

Y no era un paso de templo.

Era el paso de alguien que camina como si el mundo le perteneciera.

Mi estómago se cerró.

Porque ese ritmo lo conocía.

La figura apareció al borde de la luz tenue, y la antorcha le dibujó el perfil por un segundo.

Una cara conocida.

Una cara que había vivido conmigo los últimos cinco años, sonriendo en las fogatas, respirando la misma aldea, fingiendo que el mundo era simple.

Lena.

Su mirada cayó sobre la sanadora y luego sobre la sacerdotisa

—¿Qué estás haciendo? —preguntó.

La sacerdotisa cambió de tono sin esfuerzo, como si se pusiera otra máscara.

—Ajusto lo necesario para que la prueba siga su curso.

Lena inclinó la cabeza, interesada.

Desde la sombra, dos mujeres del templo aparecieron cargando paquetes atados con cuerda. Los dejaron frente a Lena con cuidado, como si fueran ofrendas.

Provisiones.

Más de las que cualquiera habría recibido por “suerte”.

Lena miró los paquetes como quien mira un premio que ya se merece.

No agradeció.

Solo levantó la vista.

—Te serán útiles.

Lena soltó una risa baja.

—Siempre tan correcta.

El silencio se estiró un instante.

Y entonces la sacerdotisa habló.

—Sin una sanadora que lea las marcas, el grupo de Enya no va a durar mucho.

Lena no sonó sorprendida. Sonó satisfecha.

—¿Tan importante es?

—Lo es —dijo la sacerdotisa—. Aquí no se sale por fuerza. Se sale por símbolos. Y los símbolos no se adivinan. Se interpretan.

Lena chasqueó la lengua, molesta por lo obvio.

—Enya va a intentar leerlos con su inteligencia.

—Y se va a equivocar —respondió la sacerdotisa, tranquila—. Porque la inteligencia sin guía se pierde rápido en la piedra.

Lena guardó silencio un segundo, saboreando la idea.

La sanadora hizo un sonido ahogado, como si entendiera de golpe que estaba escuchando su propia sentencia en boca de otras.

—Yo… yo hice lo que debía —susurró—. Usted lo prometió. La libertad de mi hijo.

La sacerdotisa volvió su atención hacia ella, sin cambiar el rostro.

—Prometí que tu hijo sería liberado.

La sanadora se quebró en un sollozo silencioso.

—Gracias… —dijo—. Gracias…

Y entonces se acercó.

La abrazó.

Un abrazo desesperado. Torpe. Humano.

La sacerdotisa dejó que el abrazo existiera un instante.

Lena no dijo nada.

Después, un sonido pequeño.

Seco.

Como un golpe contenido.

La sanadora soltó un ruido extraño, breve, como si el cuerpo no entendiera lo que acababa de pasar.

—¿Qué…? —intentó decir.

No salió palabra.

La sacerdotisa habló pegada a su oído, tan bajo que casi se mezcló con el goteo:

—Las promesas son para los que siguen siendo útiles.

El cuerpo de la sanadora se aflojó.

Cayó.

Como una marioneta a la que le cortan el hilo.

Lena exhaló, satisfecha, como si el mundo se hubiera ordenado.

—Qué desperdicio —murmuró.

Se escuchó un arrastre suave, como si movieran el cuerpo hacia la sombra para que la piedra se lo tragara como se tragaba todo.

Mi garganta ardía.

La mujer cansada se inclinó hacia mí, sin mirarme.

Su boca apenas se movió.

—Vámonos.

Asentí.

Nos deslizamos hacia atrás, pegadas a la piedra, devolviendo nuestro cuerpo a la oscuridad como si nunca hubiera estado allí.

Antes de girar el último recodo, escuché la voz de la sacerdotisa una vez más, clara, tranquila, como si estuviera dando una lección:

—Ahora sí. Que siga la prueba.

Volvimos al refugio sin luz y sin palabras, con el aire clavado en el pecho.

Y mientras caminábamos, una idea me golpeaba una y otra vez, como un martillo silencioso:

Sin sanadora…

nos habían dejado ciegos a propósito.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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