Pólemos Tôn Agíon: Vol.1_ kosmogenesis_Español - Capítulo 1
- Inicio
- Todas las novelas
- Pólemos Tôn Agíon: Vol.1_ kosmogenesis_Español
- Capítulo 1 - 1 El Nacimiento del Primer Santo
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
1: El Nacimiento del Primer Santo 1: El Nacimiento del Primer Santo ⚠️Advertencia: Este capítulo contiene escenas violentas y descripciones gráficas.
El autor no busca ser sensacionalista ni incomodar al lector.
Estas representaciones son únicamente una manera de mostrar los eventos gráficos que se narran.
Se recomienda discreción del lector.
______________________________________________________________________________________ —Pasan los años y sigo volviendo a mis recuerdos… los que apenas conservo.
No sé si lo que pienso tiene sentido, pero puedo entender lo que sucedió, aunque solo en fragmentos.
No entiendo por qué, pero aún no me explico cómo solo nosotros éramos… los únicos que quedaron.
—Había mucha gente en la aldea, pero de un día para otro desaparecieron.
Mi madre comentó que solo vio cuerpos negros y secos, como si algo les hubiera arrebatado la vida.
No recuerdo el rostro de mis padres, pero sí el de mi hermana: una niña con dos trenzas y pecas.
Recuerdo cómo jugábamos con sus muñecas de trapo, cómo ella me cuidaba y me engreía.
Aún duele no saber qué le pasó cuando nos separamos.
—Sentí miedo.
La puerta se cerró con un estruendo, resonando por toda la casa.
Después, un chasquido metálico me heló la sangre: un arma cargada.
Ahora sé que lo más probable es que mi padre haya matado a mi madre.
No sé si mi hermana estaba en la casa; no la vi cuando salí con él.
—Mi padre me sostuvo del brazo con tanta fuerza que me dislocó el hombro.
Tenía sentido: era solo un niño, y no habíamos comido en dos días.
Creo que estaba ebrio.
Sentí lágrimas correr por mis ojos mientras lo veía; sus ojos estaban perdidos, como si no fuera consciente de nada de lo que pasaba.
—Me llevó al acantilado, me ató a un tronco y, con el látigo con el que golpeaban a la mula enterrada en el jardín, me azotó con tanta fuerza que, cuando Kamei-san… un hombre de rasgos asiáticos y trenzas detrás de las orejas… un buen hombre, que en mi corazón he considerado como mi segundo padre… me vio por primera vez, le preguntó a Galton, el infeliz que se supone es el Primer Santo, si él fue quien me hizo esas heridas.
—Nunca lo supe con certeza, pero decían que podían verse mis costillas y que estuve dormido casi dos semanas… recuperándome.
Siento que los golpes que me propició mi padre quedaron grabados en mi carne y en mi alma, porque aún siento los azotes de aquel día.
Le pedí que parara.
Le supliqué que se detuviera.
Si conté bien, fueron treinta y cuatro azotes.
Desde el primero, sentí cómo mi cuerpo temblaba con cada impacto.
En uno de sus movimientos, el látigo me alcanzó por encima de la frente y parte de la oreja, arrancándome un pedazo de carne.
Le supliqué a mi padre, llorando y gritando:—«¡Papá!
¡Por favor!
¡No!
¡No, papá!» —Él siguió.
Tuve que cerrar los ojos por la sangre que corría; el látigo me hizo heridas por encima del cabello.
Caí al suelo.
—Lo único que escuché fue cómo mi padre reía y lloraba.
Él dijo: «¿Qué fue lo que hice?» Rió maniáticamente y, con el arma que tenía en el cinturón, se mató.
Lo sé porque, cuando desperté, lo vi ahí, en el suelo.
Solo pude llorar.
Yo amaba a mi padre.
No pude ni abrazarlo; la soga con la que me habían atado era de mula.
No sé por qué, de un día para otro, se volvió loco.
Estuve ahí, llorando mientras llovía.
Mi cuerpo se congelaba, tenía frío y hambre; apenas podía mantenerme de pie.
Me aterré porque… la aldea, que estaba entre montañas y tenía un río que la atravesaba, y un camino que conectaba con la aldea vecina… no sé si llovió por días, pero el acantilado se convirtió en la orilla de un nuevo lago.
Mi aldea… dejó de existir.
—Me aterré porque… no lo recuerdo bien, pero vi delante de mí una bestia dorada que parecía arder en llamas, como si estuviera hecha de lava.
Tenía tres caras: una de hombre, otra de buey y otra de león.
Alas.
Ojos por todos lados.
—La bestia me tocó la frente y solo me quedé dormido.
—No sé cuánto tiempo pasó; solo sé que, al abrir los ojos, vi a Kamei-san.
Me dijo:—No te muevas, niño, o abrirás tus heridas.
—Me atendió.
Me dio medicina, aunque sigo pensando que era una sopa rara, negra y amarga.
—Me asusta un poco tener que decir que eso fue hace casi… cincuenta años.
Solo tenía cinco cuando todo esto pasó, pero por alguna razón… no recuerdo nada antes de aquella tragedia.
Solo recuerdo los sentimientos que tenía antes de aquel día.
—Después de llegar a Vermot, vino un periodo de infierno para mí.
Me dijeron que Dios me otorgó inmortalidad, o mejor dicho, que no podía envejecer.
Y, a pesar de que tengo cincuenta y tres años, mi rostro aún se ve como el de un joven.
—Puedo recordar cómo mi cuerpo se estremecía con los relámpagos de aquellas noches en que estuve atado al tronco.
—Ese hombre llamado Galton, cuando me recuperé, me torturó de todas las formas posibles… Ese infeliz me decía:—No entiendo cómo es que Dios escogió a una mierda como tú.
Sigo pensando que no eres el Santo del Fuego.
Solo eres otra pérdida de tiempo.
—Según él, yo tendría que ser algo llamado el Santo del Fuego y cumplir una profecía.
Pero no entiendo cuál era esa profecía.
—Me entrenó… entre comillas… porque lo que realmente hizo fue usar mi cuerpo para ver si resistía cargas pesadas: cortes de daga, entrenamientos de resistencia que duraron años… sin contar los que aplicaba mientras dormía.
—Recuerdo que me ató de manos y pies y me dijo que tenía que liberarme.
El problema era que me había atado a un árbol lleno de hormigas e insectos venenosos.
—Pasaron casi dieciocho años… cuando simplemente… se aburrió de mí.
Aún no entiendo por qué Kamei-san nunca hizo nada.
Aunque no lo culpo.
Cuando me enteré de la capacidad de poder que tenía Galton, ni yo hubiera podido hacer algo.
—Desde que estoy aquí, llevo preguntándomelo:—¿No sé… por qué a mí?
Solo sé que me golpearon, me dijeron qué hacer… y simplemente no tuve otra opción que obedecerlos.
Cuando me miro al espejo, no veo más que un cascarón vacío.
Una persona sin propósito.
¿Una profecía?
¡¿Qué carajos es eso?!
—Lo peor es que, en el lugar donde estoy, no puedo salir: algo me lo impide.
Algo me tiene atrapado en esta cabaña y en este bosque que parece infinito.
—¿Para qué me habrá escogido Él?
No tengo atributos… Quisiera que me hubieran dado el derecho de no… de no estar.
Quisiera morir.
Vivir es un dolor constante.
Pero ya… ya me da igual.
—No sé qué es peor: que no puedo morir, o que quiero morir… pero no puedo porque la protección divina me lo impide.
—Me pregunto: ¿Dios me hizo nacer para sufrir?
¿Era parte de mi profecía que mis padres murieran?
¿Era parte de mi profecía que yo sufriera sin motivo?
—No lo sé.—Solo sé que no tengo fuerza ni para pensar.—Solo quiero que alguien me mate.—Lo que más me duele… es que… no puedo recordar… cuál era mi nombre antes de llegar a Vermot.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com