Pólemos Tôn Agíon: Vol.1_ kosmogenesis_Español - Capítulo 13
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- Capítulo 13 - 13 Nos retrasamos un año
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13: Nos retrasamos un año 13: Nos retrasamos un año ⚠️Advertencia: Las siguientes descripciones pueden contener referencias a la Segunda Guerra Mundial, escenas gráficas y representaciones grotescas propias de la época.
Además, podrían incluirse elementos de carácter religioso, interpretables según la perspectiva del autor.
El autor no pretende ofender a ninguna religión ni busca provocar morbo; este contenido es estrictamente ficción.
Se recomienda discreción al lector.
🫠Nota del autor: Revisé mis primeros capítulos y noté algunos errores e incoherencias.
Pido disculpas a quienes tuvieron dificultades leyéndolos.
Ya los corregí y espero que disfruten la historia.
Seguiré mejorando mientras escribo.
__________________________________________________________________________________________ Ahora es momento de seguir a Adelaida y Nuriel, cuyo viaje comenzaba el 5 de mayo de 1945, mientras Galton todavía no había llegado a la mitad del suyo.
La razón de su retraso era Nuriel.
Galton estaba tomando decisiones peligrosas; tras haberse instalado en la granja, permaneció allí dos días más por petición de Adelaida.
Después de listar suficientes provisiones, lograron escapar antes de que los soldados estadounidenses pudieran llegar a la granja.
Galton logró robar un viejo barco pesquero, sencillo de manejar, además de medicinas y provisiones.
Zarpaban por la noche para evitar levantar sospechas.
Aunque había guardias, corrieron con suerte y no fueron vistos.
Entre todas las cosas que llevaban había armas: cuatro rifles de soldados que Galton había matado, además llevaban una pistola Colt M1911 y tres pistolas Pistolet automatique Modèle 1935A; también se llevó dos rifles Karabiner 98k y un fusil Mle 1886 (Lebel).
Galton le dijo a Adelaida: —Toma, niña.
—¿Por qué me das esto?
—Bueno, eres alemana, se supone que debes saber usar estas cosas, ¿no?
—¿Qué te hizo suponer que sé usar estas cosas?
—No lo sé, niña.
Todos los alemanes son unos asesinos.
Se fueron en silencio.
Al adentrarse en el mar Báltico, Galton se dio cuenta de que había cosas flotando sobre las orillas y patrullas suecas y estadounidenses cruzaban la zona.
Por precaución, colocó discretamente una bandera estadounidense para no levantar sospechas.
Galton había secuestrado a un doctor, obligándolo a tratar la enfermedad de Nuriel.
Trajeron cobijas, mantas y todos los recursos necesarios.
El doctor, receloso, preguntó: —Joven judío, ¿puedo preguntar algo?
—¿Qué quieres?
—respondió Galton, con calma.
—¿Por qué confías en que yo cure a este niño?
¿No se te ocurrió que puedo envenenarlo?
Galton se acercó, agarró al hombre del brazo y le torció la muñeca con firmeza.
El doctor gritó de dolor, intentando taparse la boca o morder algo.
—Si no te callas, también te romperé la mandíbula —advirtió Galton, con voz fría.
El hombre quedó paralizado, jadeando.
Galton le dijo al doctor: —Por tu prepotencia, ahora no podrás hacerle daño.
Niña, tendrás que seguir sus instrucciones, y si se te otro comentario ingenioso, esta vez no te torceré la muñeca Adelaida asintió, temerosa: —Lo siento mucho, doctor.
Durante dos días navegaron evitando minas y patrullas.
Mientras todos dormían, la tensión permanecía en el aire.
Adelaida notó que Nuriel temblaba, en respuesta se acurrucó a su lado, compartiendo el calor, porque la noche en el mar era cruelmente helada.
—Adelaida, ¿qué estás haciendo?
—preguntó Nuriel.
—Estás helado.
Y además me da frío estar afuera.
—Está bien… Solo te pido, por favor, que quites tu mano de mi pecho porque me cortas la respiración.
—Está bien, pero ya cállate.
Tengo sueño.
Mientras tanto, algo estaba pasando dentro de Galton.
¿Estaba recordando?
¿Soñando?
¿Teniendo una visión?
¿O acaso las tres cosas a la vez?
El entorno era oscuro, como si estuviera en una cueva.
La única luz provenía de una mujer con trenzas, de ojos hermosos y rasgos asiáticos, vestida como una nativa.
La mujer habló: —No has cambiado nada, Thiago, en todos estos años.
Te he estado viendo.
Dios me ha permitido verte.
Galton susurró, con incredulidad: —¿Batuya?
Se sentó junto a la fogata donde ella estaba.
—Dime, Thiago, ¿qué te pasó?
—preguntó ella con serenidad—.
Me despertaron del Seol solo para poder hablar contigo, y si eso pasa, es porque algo muy malo está ocurriendo contigo… o con nuestro hijo.
Galton apretó la mandíbula.
—No tienes ni idea, mujer.
Batuya lo miró fijo.
—¿Qué hiciste con nuestro hijo, Thiago?
Él bajó la vista.
—Está encerrado en un lugar llamado el Pozo del Juicio.
Lo siento mucho, Batuya.
Tuve que confinarlo en un lugar puro el resto de la eternidad… hasta el Día del Juicio.
Batuya se estremeció.
—Dime algo… ¿lo amaste?
Galton cerró los ojos.
—Mujer, lo amé con todo mi corazón.
Lo sigo amando con todo mi corazón.
—¿Recuerdas qué es lo que yo siempre te decía?
—insistió Batuya—.
Las vidas no tienen valor, solo importancia.
Eso es lo que siempre he creído.
Odio la guerra.
Y no tienes idea de cuánto odio a los guerreros.
Tú eres el único guerrero al que no odio, porque aprendí a amar lo que me pertenece.
Y tú me perteneces, Thiago.
Porque eres mi marido.
Se inclinó hacia él, casi susurrando: —Dime, Thiago… ¿tú me amas?
—Mujer, yo te amo con todo mi corazón, con toda mi alma.
Batuya asintió, sus ojos brillando con lágrimas que no caían: —Entonces lleva mi memoria contigo.
Lleva parte de mí contigo.
No olvides que Dios, el Dios de los ejércitos, me permitió verte porque eres el elegido.
Debes actuar como tal.
O de lo contrario, tú y mi hijo seguirán sufriendo.
—Dime, Thiago… ¿mi vida tiene valor?
Él respondió sin dudar: —Tu vida vale más que la de miles de personas.
—No es cierto —negó ella—.
Yo no soy el Mesías, no soy Yeshua.
Mi vida sí es importante, pero no vale más que la de nadie.
Mi vida no tiene valor.
Y eso es lo que siempre te he estado diciendo, pero nunca escuchaste.
La presencia de Batuya comenzó a desvanecerse.
Su voz se volvió más lejana, más tenue: —Thiago… ya no te llamas así, ¿verdad?
Ahora te conocen como Galton.
Thiago, yo te amo con todo mi corazón.
—Yo te amo con todo mi corazón… —murmuró él, rompiéndose por dentro.
Entonces las imágenes lo envolvieron.
Ángeles de la creación libraban una batalla en el cielo, como una alegoría de la humanidad: todo lo creado por Dios siempre estaría marcado por el conflicto, entre hermanos se matarán.
Padres y madres gritaban, desesperados, pidiendo que alguien los matara.
Sus voces rebotaban en la nada, sabían que Dios esta vez no lo escucharía.
La visión se trasladó hacia los gigantes encerrados en el Sheol.
Sus cuerpos colgaban, porque estaba encadenados en dirección al sol, pero enterrados en la Antártida, inmóviles, mientras estrellas caían una a una, eran destruidas por el dedo de Dios, como si fueran sacrificadas en el cosmos.
Finalmente, el Creador arrojaba a los elegidos al Lago de Fuego.
Cada persona desaparecía, su existencia reducida a la nada, como carbón consumido a cenizas de lo que alguna vez fue una vida.
Luego apareció una montaña que parecía tocar el cielo.
Sobre ella, un millar de ángeles se alzaban, semejantes a una bandada de palomas gigantes, querubines con ojos que miraban la desgracia de los perdidos.
En la punta de la montaña estaba Zaziel, rodeado por querubines que cantaban en hebreo: —El inocente será condenado.
El inocente será condenado.
—El inocente no tiene culpa.
El inocente no cometió tal atrocidad.
—Dios le hará justicia, o él solo se condenará.
Despertó aterrado, con angustia en el pecho.
Se dijo a sí mismo: —Señor… ¿por qué me haces esto?
Miró alrededor.
Eran las cinco de la mañana.
Adelaida y Nuriel dormían plácidamente, abrazados.
Entre sueños murmuraban: —Muévete… lo siento, es que tengo frío… Galton levantó la vista hacia el horizonte.
Un barco militar sueco se acercaba, cortando las aguas con lentitud y vigilancia.
Con el corazón acelerado, se puso de pie y comenzó a mover la embarcación hacia la orilla para evitar levantar sospechas.
Cuando el médico bajó al puerto, Galton recapacitó y dijo lo siguiente: —¿Sabes qué?
Puedes irte.
El doctor dijo: —¿En serio?
¿Me vas a dejar en este lugar?
¿Así nomás?
A lo que Galton dijo: —Dame tu mano.
Su muñeca estaba morada.
El doctor no pudo ver una forma de acomodársela, así que Galton la agarró y la re enderezó.
Obviamente el doctor gritó de dolor, se arrodilló en el suelo.
Galton advirtió al doctor: —Si eres inteligente, volverás a tu hogar, hombre.
Si eres inteligente, volverás de nuevo a Alemania.
Pero te aseguro una cosa: si yo vuelvo a toparme de nuevo contigo, te aseguro que no voy a tenerte misericordia.
Ahora, de verdad no estoy de humor, y francamente espero que tu vida tenga importancia, o al menos yo decidiré darle la importancia esta vez.
El hombre se asustó, y Galton le dijo: —Mejor vete.
El hombre salió corriendo, y Galton le dijo a Adelaida: —Niña, despiértate.
Tenemos que caminar, no podemos ir en el mar.
Adelaida dijo lo siguiente: —Por favor… déjanos un rato más.
No hemos dormido bien en varios días.
Ya no se encontraban en Alemania; habían viajado días por el Mar Báltico.
Apenas lograron esquivar a varios soldados de los puertos e incluso barcos de guerra.
Se encontraban en la costa de Estocolmo, Fogdö.
Después de dejar el puerto, en las afueras de Estocolmo, se adentraron hacia el oeste de Suecia, rumbo a la frontera con Noruega.
Galton había conseguido llevar provisiones y, para agilizar el viaje —tal vez como una forma de ayudar un poco a Adelaida y Nuriel— desarmó varias tablas del barco y con ellas construyó una especie de cama portátil.
La ató con cuerdas para sujetarla mientras la cargaría en la espalda y así llevar a Nuriel.
Antes de partir, le dijo a Adelaida con un tono áspero: —Escúchame bien, niña.
No pienso perder más el tiempo.
—Tú vas a venir conmigo, porque no tienes ni idea de las veces que he querido abandonarte, pero no lo hago por una sola razón: eres el santo del viento.
—Así que escucha lo que vas a hacer: vas a sostener ese rifle; vas a posicionarte por encima de Nuriel; yo cargaré con él, y voy a correr todo lo que pueda.
—Ustedes no son pesados, así que no te preocupes.
—Si ves que Nuriel se agita demasiado, amarra tu cintura a una de las tablas.
—Y escucha bien: no pienso detenerme.
Si algún desgraciado aparece para dispararnos, disparas tú primero.
Adelaida tragó saliva.
Tenía demasiado miedo como para enfrentarse a Galton, pero antes de subirse le dijo con voz temblorosa: —Dime una cosa… ¿tú piensas que así, de esta forma, podremos sobrevivir hasta llegar a ese lugar?
—¿No te das cuenta de que es más probable morir por ti que por soldados?
—No voy a negarme, porque ya no hay forma de hacerlo… pero por lo menos intenta.
—Ya no te pido ni siquiera que lo hagas perfecto… solo te pido que no hagas de nuestro viaje un sufrimiento diario.
—Nuriel ya pasó por demasiadas cosas.
No lo hagas pasar por más.
—Tienes suerte de que no tenga fiebre.
Lo estoy cuidando todos los días, y parece como si tú quisieras ir en contra de todo eso.
Con cuidado, Adelaida subió a los tablones donde Galton había improvisado el cajón.
Nuriel estaba acostado, cubierto por mantas.
Ella se inclinó hacia él y le susurró: —Nuriel, te voy a pedir una cosa.
Si llego a disparar, por favor, tápate los oídos y cierra los ojos.
¿Está bien?
Nuriel, débil, le sonrió apenas: —Gracias, Adelaida.
Ella sintió cómo le ardían los ojos.
Quería llorar, pero se secó rápido las lágrimas.
No era momento.
Si algo debía tener ahora era valentía.
Tal vez no la valentía de una guerrera, sino la de una mujer que debía aguantar, aunque estuviera eso significara ignorar su angustia.
Y así fueron viajando, con el cajón de Nuriel a cuestas, las provisiones encima y el rifle entre sus manos.
Atravesaron el camino desde Borlänge hasta Mora y de allí a Røros, en la frontera de Noruega.
Se movían en línea recta hacia Mansos, ocultándose en bosques y quebradas para no ser vistos.
El 17 de mayo de 1945, ya en la altura de las montañas, Galton encendió una fogata para calentar a Nuriel.
Hicieron varias pausas, porque de otro modo Nuriel habría contraído de neumonía.
Adelaida se sentó a su lado.
—Nuriel… —Sí.
—¿Sabes algo?
Hay algo que no entiendo… —¿Qué es lo que no entiendes?
—Siempre que dormimos me doy cuenta de que te tiemblan las manos, aunque estás caliente.
Nuriel levanto una ceja.
—Dime la verdad… ¿te duermes a mi lado porque tienes frío… o solo me estás usando de almohada?
Adelaida sonrió nerviosa.
—Trato de ser amable contigo… pero a veces siento que me tratas como si fuera tu enfermera.
Ambos rieron un poco.
Nuriel suspiró.
—No lo sé.
A veces me tiemblan, otras veces no.
Él no sabía cuál era la causa, pero lo cierto era que Adelaida no se acostaba a su lado solo por calor.
Lo hacía porque también se sentía sola.
Nuriel era, tal vez, la única referencia que le quedaba de algo parecido a un hogar.
—Nuriel —susurró Adelaida.
—Sí.
—¿Cuánto tiempo crees que seguiremos viajando hasta ese lugar del que tanto habla?
—Dijo Nuriel.
—No lo sé, no sé a dónde nos está llevando—dijo Adelaida.
—¿Qué podemos hacer?
—Dijo Nuriel —Nada.
No se me ocurre nada.
Adelaida alzó la voz hacia Galton: —¡Oye, viejo!
—¿Qué?
—gruñó él.
—Dime una cosa: ¿cuánto tiempo seguiremos viajando?
—Espero que lleguemos a Vermont—Galton contesto—¿A este paso?
Llegaremos el próximo año.
—¡Que!
Como que un año—dijo Adelaida indignada.
—Lo siento, niña.
Esa es la verdad, y eso es por porque el único paso para llegar a Vermont es por Groenlandia.
Adelaida frunció el ceño.
—¿Groenlandia?
¿Y qué tiene Groenlandia?
—Yo soy un santo—dijo Galton—Estoy acostumbrado a viajar.
Pero ahora que ya estamos en las montañas de Suecia, me pregunto si no deberíamos quedarnos aquí hasta que Nuriel se recupere.
—¿Qué?
¿Ahora vas a seguir mi consejo?
¡Uy, sí!
—respondió ella con ironía.
—Niña, eso ya estaba en mis planes.
Pero no tenemos tiempo que perder.
Así que iremos a Islandia para cortar camino.
Allí dejaremos que Nuriel se recupere del todo.
Si seguimos a este ritmo, lo matare por su condición.
Y no pienso cargar con esa culpa, ya tengo demasiado.
—¿Y qué te hace cambiar ahora de parecer?
¿Ahora resulta que sí escuchas?
—dijo Adelaida.
Nuriel intervino, rompiendo el silencio: —Dime una cosa, Galton.
Explícame de una vez qué significa eso de “santo”.
Agradezco que me hayas sacado de ahí, y agradezco lo que haces… pero sigo sin entender por qué yo.
¿Qué soy exactamente?
Galton lo miró fijo.
—Eres el santo del rayo.
Y Adelaida es el santo del viento.
Nuriel se quedó de piedra, pues creyó que Galton era otra clase de poeta.
—Adelaida… conocí a un hombre en Auschwitz, ya viejo, que decía estar enamorado del mar.
—Escucha con atención y hazle caso; apuesto a que acabará diciendo que está enamorado de una diosa o que le gustan las sirenas.
Adelaida bajó la mirada.
—Yo también me creí eso.
Pero lo que dice es cierto, Nuriel.
—¿Cómo que es cierto?
Adelaida tragó saliva, extendió la mano y dijo en voz baja: —Mira.
Me di cuenta cuando estaba jugando con las hojas para no aburrirme.
Colocó una hoja en el centro de su palma.
La sostuvo unos segundos y, concentrándose, logró que diera apenas dos giros en espiral, levantada por una débil ráfaga.
Después cayó al suelo.
—¿Viste?
—dijo ella, un poco avergonzada—.
No puedo hacer más que eso.
Galton dijo con ironía.
—Hasta un bebé podría hacer algo así.
—¿Ha habido bebés santos antes de mí?
—preguntó Adelaida.
—Uno solo —respondió él con sequedad.
Galton se levantó de golpe.
—Miren, escuchen.
Iremos a la playa.
Robaremos un barco pesquero, porque no sé manejar otra cosa, no me pidan más, no soy de esta época.
Iremos a Islandia y esperaremos el tiempo necesario para que Nuriel se sane.
Si no lo hacemos… se enfermará, y me convendría más que se recupere para que de esa forma pueda darle el don de la creación.
Con esas palabras, Galton se alejó de la fogata.
—Esta vez no quiero ver a nadie.
No los voy a cuidar.
Necesito tiempo para mí.
Adelaida y Nuriel lo observaron perderse entre la oscuridad.
—¿Crees que podemos escapar?
—susurró Nuriel.
—No.
Es imposible.
Aún puedes pararte, sí, pero no llegaríamos lejos.
Ella se quedó a su lado, avivando la fogata.
Después, con ignorancia, le preguntó: —Dime, ¿qué hacías para no aburrirte en los campos?
Claro, si puedo tocar ese tema… Nuriel respiró hondo.
—Contaba las rayas de la litera de arriba, para ver qué forma tenían.
—¿Qué?
—Eso o pensar que tenía frío—dijo Nuriel con frustración.
—Mejor hablemos de otra cosa… —Sí, mejor.
Hubo un silencio, hasta que Adelaida empezó a reírse bajito.
—Lo siento tanto… —¿Qué te pasa?
—Es que me recordaste, por alguna razón, a un insecto palo.
Lo siento, lo siento, lo siento.
Sé que no es gracioso, pero es que…
ahora sí, no puedo evitar no reírme, no sé qué está pasando.
Nuriel, para seguirle el juego, se río también y dijo: —¿Tan feo soy para parecerme a un insecto palo?
Adelaida se río y contestó: —Es que estás muy delgado.
Ambos rieron.
Luego Adelaida preguntó: —Dime, ¿tú crees que si corremos…?
Nuriel respondió: —No.
Tú podrías correr, pero me encontraría él aquí.
Y luego él te volvería a atrapar una vez más, mejor hay que olvidarnos de escapar.
—Por ahora hay que priorizar el no morir en el camino, eso me enseñaron los que cuidaron —Tiene planeado ir a Islandia —dijo Adelaida—.
Bueno, al menos me alegra que ya no tengamos que ir de lugar en lugar.
Aunque, para ser franca, no sé dónde queda Islandia.
—Bueno —dijo Nuriel—, creo que lo mejor es ir a dormir.
—¿Te gusta dormir, ¿no?
—preguntó Adelaida.
—Sí.
Me encanta dormir.
Me encanta dormir.
Me creerás que yo no dormía en ese lugar.
Y, aunque parezca absurdo, me atrevo a decir que el césped es mucho más cómodo que las tablas.
Pero, al mismo tiempo, me da demasiado calor.
Por momentos, me levanto muy…
Nuriel se quedó callado.
No podía expresar sus sentimientos; la ansiedad que arrastraba desde que salieron de Buchenwald tuvo tiempo para poner en orden sus pensamientos, aunque no supera en si las secuelas psicológicas que le dejaron esos 3 años.
Adelaida sintió que Nuriel estaba callando algo, así que cogió otra manta y se acostó con el abrazándolo.
—Tienes tu propia cama, me das calor, no sabre diferenciar si me dará fiebre —dijo Nuriel.
—No —respondió Adelaida—.
Hasta que no lleguemos a Vermont, no pienso dejarte, Nuriel.
—¿Por qué?, Adelaida ¿Por qué lo haces?
Adelaida por fin después de días puede seguir procesando todo…y se le quiebra la voz.
—Cuando yo estaba con mi mamá, tenía mucho miedo cuando era niña, mi mamá sacó una manta y se acostó al lado mío.
También venían mis hermanas y nos abrazábamos juntas para poder ayudarnos a dormir cuando papa no estaba.
Adelaida dijo: —Nuriel, perdóname si te estoy viendo como si fueras mi hermano, pero no puedo evitar sentirme mal cuando te veo.
Y pensar que todo lo que te hicieron, pudimos haberlo evitado de alguna forma… —No quiero ser pretenciosa.
Pero tanto tú y yo ya no tenemos familia y solamente quiero aferrarme a alguien más, me siento sola…he llorado…pero no es suficiente…quiero un hogar…Solo quiero dejar de sentir que he perdido cosas… solo quiero volver a casa.
Nuriel la vio y lo que vio les recordó a sus hermanas Bianca y Aniela que le decían lo mismo por que sentían miedo de la oscuridad.
Esta vez el no rechazaría el cariño de Adelaida, por que el sentía como su corazón también se le rompía.
Adelaida se puso a llorar.
Nuriel la besó en la frente y le dijo: —Entonces… seamos hermanos.
La besó en la frente otra vez y repitió: —Entonces seamos hermanos, y acompañémonos en este viaje.
Los dos estaban muy cansados y durmieron abrazados, porque además de que la noche era helada y solo había mantas para abrigarse, ellos no sentirían el frio esta vez Pero Nuriel empezó a soñar pesadillas: Se encontraba en Auschwitz sus hermanas, su mamá y papá, El Dr.
Weill eran asesinados por soldados de la SS y amontonados en una pila.
Los soldados vieron a Nuriel y lo persiguieron sosteniéndolo de brazos y piernas, quitándole su uniforme, mientras decían ¡Malditos judíos!
En su sueño, los cadáveres en las zanjas parecían devorar a los prisioneros.
Luego vio un recuerdo a Élodie morir.
Luego vio como todo el campo de Auschwitz era devorado por la tierra, y viendo a un ángel de 4 cabezas y ojos, pero este era diferente, este ángel no era dorado si no parecía más una quimera y decía como si condenara a Nuriel (Elohim azav otkha),(Dios te ha abandonado) De pronto, Nuriel se levantó hiperventilando, gritando: —¡Mamá!
¡Papá!
¡Bianca!
¡Aniela!
Comenzó a llorar, sus manos temblaban y se rascaba de forma violenta.
Adelaida lo sujetó por los hombros: —¡¿Nuriel?!
¡¿Nuriel, estás bien?!
Lo vio repetir los nombres de sus padres y hermanas, su mente aún estaba entre el sueño y la realidad Adelaida le dijo: —Nuriel, mírame, mírame.
Solo fue una pesadilla, ¿está bien?
Él no podía evitar llorar.
Las lágrimas le rodaban por las mejillas.
Adelaida tomó sus manos y dijo: —Tus manos están heladas.
Encendió de nuevo el fuego y puso una tetera al calor para hervir agua; improvisó una toalla caliente para las manos de Nuriel.
Él, entre sollozos, decía: —Lo siento… sí, lo siento… — perdón, perdón, perdón.
Adelaida lo tranquilizó: —Ya, no te preocupes.
Vamos a ir a Islandia y ya no dormirás en el césped, ¿está bien?
Vamos a estar mejor.
¿De acuerdo?
—No sé qué estás soñando—dijo ella, con la voz quebrada—, pero yo tengo aquí una toalla, para calentar tus manos.
Adelaida comenzó a llorar también, y abrazo a Nuriel.
—¿Cómo te extraño a mis papás, Nuriel?
¿Cómo te extraño a mis hermanas?
—susurró Adelaida.
—Yo también —respondió él.
Abrazados, entendieron que lo mejor era saber ambos que comenzaron respetar, autoproclamados, así como hermanos, venían de un conflicto que les había arrebatado a sus familias.
A la mañana siguiente el aire era helado.
El cielo tenía una luz pálida, y una neblina baja colgaba en los valles; la hierba estaba húmeda y el olor a humo de la fogata de la noche.
De pronto, un empujón seco los sacó del sueño.
Fue Galton quien los había sacudido.
—¡Chicos, tenemos que irnos!
—.
¡Arriba, ya!
Adelaida mordió la lengua del sueño y Nuriel se incorporó a medias; al abrir los ojos vieron, a lo lejos, soldados patrullando.
Cabos y hombres avanzaban a paso fijo, preguntando quiénes eran, deteniendo miradas, tanteando rostros: —¡Identifíquense!
¿Quiénes son?
¿Refugiados?
¿suecos?
¿estadounidenses?
El pánico les vino rápido, como un golpe.
Adelaida solo tuvo tiempo para sostener el rifle que tenía y la mochila que traía la comida y medicinas.
Galton levanto la cama portátil de Nuriel atándolo para que no se callera y Adelaida de un salto subo al cajón, sosteniendo el rifle con firmeza, ahora está más que decidida de proteger a Nuriel, Sus ojos ya no eran las de una niña, eran las de una mujer decidida, con miedo, pero con carácter.
Dio un disparo de advertencia, y Galton corrió cargándolos Adelaida grito: —¡No se acerquen!
¡o les disparo en el cráneo!
Los soldados identificaron el disparo hostil, pero se fueron antes de tan siquiera apuntar sus rifles al objetivo Nuriel dijo: —Francamente ahora sí me dan ganas de vomitar… no pude digerir nada de lo de ayer.
—Nuriel, resiste, por favor —contestó Adelaida, apretando el rifle con una mano—.
No quiero que vomites en mi vestido.
Por favor, resiste, ¿sí?
Haremos una parada ahí… tal vez en la playa, podrás vomitar allí si hace falta.
Galton dijo: —Hay un barco pesquero esperándonos.
Nos dirigimos a la costa, y después… a Islandia, robe ayer comida de un almacén, y si no me equivoco los medicamentos que le recomendó el doctor a Nuriel.
—Además robe también un arma enorme que tenían la el ejercito instalado en la playa, tenemos que ir antes de identifiquen el barco.
Y así nuestros protagonistas se están dirigen del puerto de Hommelvik a dirección al mar noruego rumbo a Islandia.
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