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Pólemos Tôn Agíon: Vol.1_ kosmogenesis_Español - Capítulo 14

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  4. Capítulo 14 - 14 Dame tiempo
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14: Dame tiempo 14: Dame tiempo ⚠️ Advertencia: El siguiente contenido puede contener referencias a la Segunda Guerra Mundial.

Puede incluir descripciones de estrés postraumático y referencias al año 1945.

El autor no pretende hacer humor ni ser sensacionalista con estos elementos.

Se recomienda discreción del lector.

🫠 Nota del autor: Debo reconocer que el personaje Nuriel es muy especial para mí.

Cada personaje que escribo en esta obra tiene un valor particular, pero Nuriel ocupa un lugar único.

Lo conozco desde que tenía 13 años, y a pesar de todo ese tiempo, debo admitir que nunca lo comprenderé completamente, ni puedo imaginar lo que habría sido estar en los lugares que él experimentó.

Nuriel es un personaje complejo y vasto, demasiado para que mi pluma lo describa por completo.

(Tholio; 2025) ______________________________________________________________________________________________________________________ 8 de junio de 1945 Nos encontramos en Vermont, en el bosque confinado.

Después de terminar la construcción de la cabaña y distribuir las habitaciones, Jack intentaba enseñarle inglés a Dánae, sin comprender del todo lo que ella decía, mientras que ella se lo tomaba como un juego.

Jack hablaba un inglés tosco, aprendido en los años 1870, y apenas entendía el inglés de aquel tiempo; sus lenguas completas eran el hebreo y el arameo, aunque solo las recordaba parcialmente.

Por su parte, Dánae mezclaba algunas palabras en ruso, pues no había tenido tiempo de aprender otros idiomas.

Jack: “Eat… I eat.

I… eat.” (Comer… Yo como.

Yo… como.) Dánae (confundida): “В… русском… человек… яйцо…?” (En… ruso… ¿‘hombre… huevo’?) Jack: “No… eat!

I… I eat!

You eat!” (¡No… comer!

Yo… yo como.

¡Tú comes!) Dánae: “Я… я… человек яйцо?” (¿Yo… yo… hombre huevo?) Jack (suspira): “No!

Eat… like… food.

I eat.

You eat.

Understand?” (¡No!

Comer… como… comida.

Yo como.

Tú comes.

¿Entiendes?) Ambos se frustraban, incapaces de entenderse.

Jack, en arameo, le hablaba a Kamei-san, mientras Dánae le decía lo suyo en ruso.

—Kamei-san, lā’ māvīn ’enāh ṭalyātā.

(Kamei-san, me cansé, no entiendo a esta niña.) —Kamei-san, этот человек странный, он ничего не делает, когда я говорю «человек яйцо».—Kamei-san, este tipo es raro, no hace nada cuando le digo “hombre huevo”.) Kamei-san se tomó el tiempo para ayudarlos, ya que debía dar explicaciones en ambos idiomas e intentar que todos se entendieran.

Primero habló a Jack, luego a Dánae.

—Los dos me dan gracia.

Este lugar estaba sombrío y aburrido; ahora todo se ve más colorido.

—Para poder entendernos, debemos esforzarnos con los idiomas.

Yo les enseñaré lo básico.

Dirigiéndose a Jack: —Tú tendrás que aprender ruso, también inglés, y más lenguas que voy a enseñarte.

Después, mirando a Dánae: —Y tú aprenderás arameo, hebreo y chino.

Ese idioma también lo necesitarás.

Jack contestó: —Bueno, lo intentaré… pero no me agrada hablar lenguas que no entiendo.

Dánae agregó, fastidiada: —Tengo que aprender todo eso… con solo escucharlo ya me dio hambre y sueño.

Kamei-san se echó a reír.

—No hay problema, ya se acostumbrarán.

Es algo bueno.

Deben aprender varios idiomas, porque hay algo que debo decirles: ustedes son santos.

Hizo una pausa, repitió sus palabras en ruso y en arameo, y luego prosiguió: —Ambos fueron escogidos por Dios para una profecía cuyo propósito aún no se revela.

Pero ya tienen la inmortalidad y dones: de la naturaleza y del fuego.

Yo le di a Dánae el don de la creación; lo tomé de las pertenencias de Galton.

Por más que sea un meta-humano, Galton no habría podido llevar los tres dones.

Se detuvo un instante y agregó: —Los ángeles me asignaron la potestad de nombrar santos.

Al parecer, el querubín me habló del santo del viento y del santo del rayo.

Ellos viajan ahora con Galton, y probablemente tardarán más de lo esperado.

No sé los detalles.

Kamei-san se levantó y los miró con calma.

—Vamos, sentémonos en la mesa.

Mientras preparo el almuerzo, iremos practicando palabra por palabra.

Así poco a poco lo integrarán a su vocabulario.

Un día empezaremos con un idioma, al siguiente con otro… créanme, se acostumbrarán.

Dicho esto, los tres se desplazaron hacia la mesa de la cabaña.

El ambiente cambió: ya no estaban dispersos entre risas y frustraciones, sino reunidos en un mismo espacio, listos para aprender mientras compartían la comida.

____________________________________________________________________________________ Después de esta conmovedora escena, el relato continúa en Islandia, en la misma fecha: 8 de junio de 1945.

Partieron del puerto de Hommelvik, en Noruega, con rumbo a Islandia.

El viaje debía tomar unos diez días, pero terminaron demorando trece.

La causa fue Galton, que, sin saber diferenciar un barco de vela de uno a motor, pensó que la nave estaba incompleta.

Arrancó una vela de un pesquero cercano convencido de que así avanzaría, hasta que finalmente entendieron que lo que faltaba era gasolina.

Después de esa confusión, lograron alcanzar la costa sur de Islandia y, desde allí, dirigirse al pueblo de Mýrdal.

Ya en el pueblo, Nuriel fue recibido en la casa de un médico rural, que había abierto su hogar para atender a refugiados y náufragos de la guerra.

Aunque había llegado en mejores condiciones de lo que cualquiera habría soportado tras trece días de travesía, terminó en cama, sumido en un sueño profundo.

Nuriel llevaba noches atrapado en las mismas pesadillas desde que Adelaida dormía a su lado: recuerdos del Holocausto, recuerdos de su familia.

Siempre era el mismo sueño, repitiéndose sin descanso.

Al principio, solo veía el vacío.

De repente, sus seres queridos aparecían y, poco a poco, se transformaban en árboles.

Sus rostros quedaban atrapados en la madera, inmóviles, como si fueran máscaras talladas.

Entonces, soldados de la SS llegaban con antorchas y prendían fuego al bosque.

Nuriel miraba sus propias manos y veía cómo de sus palmas brotaban ramas y hojas, como si él mismo estuviera condenado a convertirse en lo mismo.

Y, entre el humo y las llamas, el mismo ángel volvía a aparecer.

Adelaida estaba entrando al cuarto de unión.

En el pueblo, encontraron a un médico hospitalario.

No tuvieron que amenazarlo; esta vez, Adelaida le pidió ayuda para evitar problemas.

Como compensación, les dijo que podían quedarse tanto con las provisiones que robaron como con las armas.

Si querían, podían quedarse con el bote.

Sin embargo, el médico aceptó la comida, pero no el barco.

Por bondad, el hombre se conmovió al ver el estado de Nuriel y lo examinó.

Advirtió que tenía etapa inicial de tuberculosis y presentaba patrones de anemia, además de desnutrición y deshidratación.

Comentó que, aunque podía mantenerse de pie, no podía hacerlo por mucho tiempo.

También notó la fractura de la rodilla, que parecía haber sido colocada de mala manera.

Sin embargo, dijo que le sorprendía que la recuperación de Nuriel fuera tan acelerada.

Había visto personas con los mismos patrones que terminaban muriendo tras uno o dos meses después de salir de los campos, ya que varios refugiados habían llegado antes.

Este era el primer caso que veía con una recuperación casi sobrenatural.

El hombre decidió dejar que Nuriel se recuperara en su casa, atendido por su esposa y sus hijas, que son enfermeras.

Su casa servía también como refugio para personas que llegaron después de la guerra.

Adelaida sostuvo la mano de Nuriel y le dijo en voz baja: —¿Ya ves?

Ya llegamos.

Voy a ver cómo es el lugar y el mercado.

Además, necesito conseguir algo de dinero, porque no quiero sonar pesimista… pero llevo usando el mismo vestido desde que salimos de Buchenwald, y francamente, apesto.

El doctor ya nos dio la oportunidad de bañarnos; a ti ya te lavó, solo falto yo.

Y no le preguntaría a Galton porque, sinceramente… me da un poco de asco.

Nuriel la miró y murmuró —Es extraño este hombre, ¿no?

—Sí —respondió Adelaida—.

Tiene rasgos como de otra época: barba larga, el pelo descuidado… y esas ropas parecen llevar años sin lavarse.

Desde aquí huele a vaca.

Ambos se rieron suavemente.

—Seguiremos en este viaje.

¿Está bien, Nuriel?

—añadió ella.

Él asintió.

Después, Adelaida se adentró en el mercado rural.

No hablaba el idioma, pero aun así trató de comunicarse.

En silencio, preguntó al querubín por qué no le había dado la potestad de hablarlo.

El querubín le respondió: —La razón por la que no te permití aprender el idioma de Galton, y viceversa, es porque era la única manera de salvar a Nuriel.

Si no hubieras podido comunicarte con Galton y comprenderlo, las probabilidades de que él sobreviviera habrían sido nulas.

Tú, Adelaida, fuiste el medio por el que Dios preservó su vida.

Los cielos te premiaron por ello.

Pero ahora, tendrás que esforzarte y aprender este idioma por ti misma.

Sin embargo, recostado en la cama, Nuriel pensaba para sí mismo: ¿Qué me está pasando?

Ni siquiera en Auschwitz me atormenté tanto.

Este maldito sueño no me deja dormir.

Y siempre es el mismo, idéntico, noche tras noche.

¿Por qué?

¿Por qué desde que salí de Buchenwald me persigue?

Adelaida me ayuda a calentar las manos cada vez que tiemblo… todas las noches que dormimos juntos.

Pero ahora, no sé por qué, me siento molesto con ella.

¿Estoy realmente enojado con Adelaida?

No estoy seguro.

Pero cuando miro a Adelaida, por momentos, no miro a mi hermana, sino los miro a ellos.

Veo a los mismos infelices que me lo arrebataron todo.

Nuriel apretó las manos con fuerza.

No, no odio a Adelaida.

Ella me salvó.

No puedo odiarla.

Ella es mi hermana, ¿no?

Se supone que somos hermanos…Dios… ¿qué me está pasando?

Mientras todo esto lo devoraba por dentro, no lloraba de tristeza, sino de rabia.

Apretaba los dientes con tal fuerza que apenas podía respirar.

La única sensación que lo invadía era la de querer salir corriendo, hacer algo, lo que fuera… pero su cuerpo todavía no le respondía; ni siquiera era capaz de sostenerse de pie.

Nuriel pasó semanas así, atrapado en sus pensamientos, intentando procesarlos, pero solo caía en el rencor reprimido.

El tiempo se deslizó, y lo que fueron semanas se convirtieron en meses.

Adelaida, mientras tanto, consiguió trabajo en un bar.

Allí notó que los dones de la creación la habían cambiado: no era como Galton, con su fuerza descomunal, pero tampoco era una joven común.

Descubrió que podía cargar cinco bandejas en un solo brazo, empujar la carreta de un cliente o levantar un saco de provisiones como si no pesara.

Con el tiempo también aprendió a manifestar pequeñas ráfagas, aunque todavía sin control.

Apenas era un atisbo de lo que podía hacer con aquel don que la había marcado.

Galton, en cambio, permanecía distante.

Seguía protegiéndolos, siempre a una distancia prudente, pero sin acercarse más de lo necesario.

Observaba, no preguntaba, no intervenía.

Apenas habló una vez sobre Nuriel, después de su quinto mes de recuperación mes de recuperación.

Galton le dijo: —Escúchame bien, niño.

Te curarás, y cuando lo hagas, te daré la inmortalidad.

Así, la posibilidad de que vuelvas a enfermar será menor.

Cruzaremos Groenlandia y descenderemos desde el norte de América hasta el sur, hasta llegar al bosque de Vermont.

Antes de partir, tengo que enseñarte un par de cosas; de lo contrario, podrías morir.

Allí donde vamos, hay osos y el frío es extremo.

Adelaida me comentó que, según el querubín, tu recuperación tomaría ocho meses desde que saliste de Buchenwald.

Eso significa que a finales de noviembre partiremos.

Después de varios meses, Adelaida logró aprender el idioma, mientras la recuperación de Nuriel avanzaba a un ritmo desconcertante.

El doctor, incrédulo, comentó: —Nunca había visto un caso así.

Es médicamente imposible que alguien con estas condiciones sane tan rápido.

Al analizar su sangre, descubrió anomalías que no sabía explicar: las plaquetas se multiplicaban de forma acelerada, pero mantenían un equilibrio perfecto con los glóbulos rojos.

Su organismo no solo combatía la tuberculosis, sino que parecía neutralizarla.

Incluso el hierro en su sangre aumentaba de manera anormal después de cada comida.

Para el 29 de noviembre de 1945, Nuriel estaba clínicamente sano, como si la enfermedad jamás hubiera existido.

Ese mismo día, Adelaida regresó de su trabajo.

Al enterarse de que Nuriel recibiría el alta en dos semanas, se dedicó a reunir recursos.

Con suficiente gasolina y provisiones, pensaron que quizá no haría falta cruzar Groenlandia: podían bordear Islandia y, con el mapa marítimo que les había dado un marino local, intentar llegar a Estados Unidos, aunque fuera de manera ilegal.

Aun así, Nuriel permaneció una semana más bajo la disciplina de Galton.

Este lo entrenó para fortalecer su cuerpo: correr, saltar y resistir el frío.

También le enseñó a manejar un arco y flechas que él mismo había fabricado.

—Cuando la nieve oxide las balas o congele el cañón, esto será lo único que tengas para defenderte —le advirtió.

Entonces, sucedió la siguiente conversación: —Partiremos mañana.

—dijo Galton—.

Solo te voy a pedir que no te mueras.

Definitivamente eres el santo que más problemas me ha dado en todos mis años de existencia.

—Ya te escuché decir eso más de una vez —contestó Nuriel, un poco molesto—.

Creo que ya tengo suficiente con que me digan que soy un problema.

Galton se le acercó.

Sin más palabras, sacó del bolsillo un orbe que brillaba como un fragmento de tormenta, era extraño, porque se movía como si un cubo estuviera dentro de otro cubo, pero girando al mismo tiempo tomando otra forma.

Lo colocó en el pecho del muchacho, y una corriente de luz recorrió su cuerpo.

Nuriel sintió que su corazón ardía, y que consenso a sentir como si un calor lo envolviera.

—Ahora eres inmortal.

—Galton apartó la mano—.

Bien, prepara tus cosas.

Mañana partiremos a Vermont.

Galton se aparto y se fue por su camino, Nuriel solo se quedó ahí, pensando que ahora deberán retomar el viaje, pero el pensaba que, si iban con él, solo les esperaría desgracias.

Esa noche, Adelaida estaba emocionada, aunque también preocupada.

Cuidar a Nuriel la hacía sentir responsable, pero la idea de ir Vermont la llenaba de una extraña expectación.

Aun así, al pensar en dejar a las personas del pueblo, sintió una leve de tristeza, pero también la emoción de partir a un lugar que no conocía.

—Sabes… he estado pensando tanto —dijo Adelaida, sentándose cerca de él—.

No me he concentrado en lo que Galton nos ha estado diciendo sobre Vermont y eso de ser santos.

Por lo menos ahora estoy tranquila sabiendo que te recuperaste por completo.

El doctor te dio de alta hace una semana.

—No estoy tranquilo —respondió Nuriel, con la mirada fija en el suelo—.

Ahora que puedo moverme y pensar, no puedo evitar sentirme abrumado por el poder de ese hombre.

Me doy cuenta de que, incluso uniendo nuestras fuerzas, no podríamos escapar, Adelaida.

Ella intentó sonreír.

—He estado practicando un poco, pero no lo suficiente.

No sé cómo se controlan estos dones, ni siquiera cómo usarlos bien… pero, ¿crees que eso importa?

Nuriel apartó la vista.

Sentía la presión en el pecho; no sabía cómo decirle a Adelaida, gritarle que se fuera.

Adelaida se echó en su cama y lo abrazó diciendo: —Bien, vamos a dormir, Nuriel.

Mañana nos espera la alta mar, y es feo dormir en medio de las aguas con el barco moviéndose.

Ella se puso cómoda y añadió: —Iremos junto a Vermont, Nuriel.

Pero mientras ella lo abrazaba, Nuriel no dejaba de mirar su rostro.

Sentía el impulso de empujarla de la cama; sentía la culpa de gritarle y usarla como catalizador de su pérdida, porque, por más que no quería aceptarlo, ella era alemana.

Con voz firme le dijo: —Discúlpame, Adelaida.

Esta noche quiero estar solo.

—¿Hice algo?

—preguntó ella, bajando la voz.

—No, no es eso.

Solo… necesito pensar.

Por favor, no necesito tu compañía esta noche.

Por favor, vete.

Adelaida se levantó despacio, pero, a pesar de no saber lo que Nuriel pensaba, lo relacionó directamente con los campos, porque ya había notado este comportamiento distante desde hacía cuatro meses.

Ella lo sabía: era una presión fuerte, tal vez culpa o tal vez el hecho de que su hermano le estaba diciendo indirectamente que la odiaba.

Se quedó ahí diciéndose: —Nuriel, ¿por qué no quiere dormir conmigo?

¿Será que yo hice algo malo?

Sin embargo, su mente se trasladó a los primeros días que lo conoció y recordó que lo llamó judío.

Con la culpa en su pecho, solo se dio media vuelta y dijo: —Está bien, Nuriel.

Buenas noches.

Cuando se quedó solo, el muchacho apretó las manos hasta clavarse las uñas en la piel.

No lloraba de tristeza, sino de rabia; su mente era un caos.

Todos sobrevivieron solo para ser enviados a los campos.

Y después de eso, el único que quedó fui yo.

¿Cómo sabré si siguen libres?

¿O si aún siguen en esas fábricas?

¿Por qué nadie hizo nada?

¿Por qué Dios me eligió a mí como santo?

¿Qué significa eso?

Sentía miedo, porque el mero hecho de que se mencionara una profecía sobre un santo del rayo significaba un enorme peso sobre sus hombros.

Nuriel no estaba listo para cargarlo y ni siquiera podía procesar lo que le había pasado.

Se quedó dormido.

Adelaida, en cambio, no podía dormir.

Sentía que algo no estaba bien con Nuriel y estaba preocupada, aunque no podía decirle nada.

Además, sabía que dormir a su lado podría alterar el vínculo entre ellos, pues verlo como alemana podría traerle recuerdos horribles de los campos, a pesar de que ya se habían perdonado.

A las 5 de la mañana siguiente, se despidieron del doctor y agradecieron al marino que les dio el mapa para llegar.

Se embarcaron, preparados, rumbo a Estados Unidos, sin embargo, tenían que hacer paradas como punto de apoyo, de lo contrario su plan sería imposible, ya que un barco pesquero hibrido de la época llera sin hundirse.

Sin embargo, hubo un problema.

Mientras avanzaban hacia los puertos, intentaban rodear Groenlandia y, por confusión del mapa, terminaron perdidos en Prins Christianssund No pudieron orientarse correctamente, ya que no eran marinos y no contaban con ninguno.

Además, se les acabó la gasolina.

Tenían comida, pero los santos no necesitan comer más que una vez cada seis meses; esa es la condición de su inmortalidad.

—Creo que conozco este lugar.

Esto no es el continente Amenricano—respondió Galton.

—Te dije que teníamos que ir con un marino.

Te lo advertí hace muchos días.

—Responde Adelaida con frustración—.

Incluso dije que podríamos volver al pueblo, pero no hiciste caso.

—Ya nos hemos tardado demasiado.

—respondió Galton—.

Esperé pacientemente a que Nuriel se recuperara.

Te dije que no íbamos a hacerlo así, así que lo haremos a mi modo.

¿Entendieron?

Adelaida empacó las cosas.

Nuriel cargó dos rifles que habían quedado en el barco desde que zarparon de Noruega.

Ambos estaban listos para caminar por Groenlandia hasta Estados Unidos, a Vermont.

Ahora están en el hielo llegaron a Groenlandia el 21 de diciembre del 1945

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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