Pólemos Tôn Agíon: Vol.1_ kosmogenesis_Español - Capítulo 15
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- Capítulo 15 - 15 ¿Dios nos escucha
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15: ¿Dios nos escucha?
¿Dios nos ama?
15: ¿Dios nos escucha?
¿Dios nos ama?
⚠️Advertencia: El siguiente contenido puede resultar perturbador para algunos lectores.
Incluye escenas de violencia explícita, amenazas a la vida, trauma psicológico y contenido que podría ofender a creyentes del cristianismo.
El autor no pretende tratar estos temas de forma morbosa.
Se recomienda la discreción del lector.
🫠Nota del autor: Saben, hay algo personal que quiero compartir con ustedes.
Yo soy creyente de Dios y de Jesucristo; sin embargo, a lo largo de mi vida también me he cuestionado cómo es que Dios manipula las cosas y el mundo.
Así que solo diré lo siguiente: no importa la fe que tenga; lo único que importa es lo que yo decido hacer con ella.
Lo que se escribió antes no importa.
Lo que importa ahora es que seamos el ejemplo de que no todo del pasado es malo.
(Tholio; 2025) ______________________________________________________________________________________________ 23 de diciembre del 1945 La guerra ya había terminado hace meses.
Entre junio y noviembre, Jack y Dánae lograron dominar los idiomas básicos: ruso, mandarín, inglés y arameo, aunque con algunos errores.
Dánae ya podía hablar con normalidad con Jack, y durante ese tiempo también celebraron su cumpleaños: —Jack, tengo una pregunta… —Te escucho… —¿Sabes?
¿Hay otra cosa que podemos hacer además de alimentar a los animales y pasear por el bosque?, Este lugar se me hace extraño… además, estamos en diciembre, ¿no?
Me pregunto por qué aún no cae nieve.
Jack se encogió de hombros: —Bueno, sí… espera, ¿qué es la nieve?
Dánae lo miró sorprendida: —¿No sabes qué es la nieve?
Está en casi todos los países.
—Dánae habló con ironía— ¿no?
¿O me vas a decir que en Estados Unidos no hay nieve?
—En los Estados Unidos sí hay nieve.
—Kamei-san intervino—.
Solo que Vermot, al ser un bosque confinado en un espacio dimensional del área de Vermont, es casi celestial y fue creado en primavera… por eso parece congelado en el tiempo…Al menos, esa es mi deducción, porque en todos los años que he estado aquí, nunca he visto nieve.
—Ya en serio… ¿qué es la nieve?
Kamei-san sonrió: —Pero no se preocupen… ¿Se me acaba de ocurrir una buena propuesta?
De su bolsillo, sacó unas pepitas de oro y dijo: —Puedo intercambiar estas pepitas.
—Las encontré mientras enterraba algo importante.
Puedo cambiarlas clandestinamente por dinero.
Kamei-san, pensó en: Aunque, si soy realista, eso me puede perjudicar el hecho de no tener ninguna identificación, bueno ya lo vere a su tiempo… —Lo que haremos será comprar unos discos y algo de comida.
Lo traeré aquí.
¿Qué les parece?
Jack preguntó, intrigado: —Genial… ¿qué es un disco?
—Lo que me aburre de todo esto es que este tipo es muy aburrido.
—Dánae responde en tono burlesco—.
No sabe lo que es la nieve, ni qué son los discos.
Kamei-san se río.
Jack comentó: —¿Se supone que eres una niña… pero cuando se trata de las bromas, no te pesa la lengua…?
Dánae quería saber si era posible ir a la ciudad… quería saber cómo celebraban la Navidad los estadounidenses.
—Kamei-san… ¿tú crees que podemos salir de aquí?
—preguntó con cierta esperanza.
Él respiró hondo antes de responder: —Créeme… quiero volver a intentarlo.
La última vez fue hace décadas, pero por alguna razón, la cueva expulsa a Jack apenas se acerca a la entrada… Tal vez sea una ley… o alguna norma que me impide sacar a los Santos de aquí.
Solo puedo meterlos.
Ese… ese es el problema con Galton.
Aunque ya han pasado meses… ¿dónde estarán Galton y los otros dos santos?
Es normal que se demoren, lo entiendo… pero ahora que lo pienso bien, solo espero que no aparezcan por mar.
Por medio de un barco robado… no saben que esas aguas están llenas de minas, naufragarían y sería más difícil que los encentrara.
En ese instante, apareció el querubín.
—¡Genial!
—exclamó Dánae, sorprendida—.
¡El hombre extraño de cuatro cabezas y patas de cabra, otra vez!
Jack se quedó con la boca abierta: —No había visto al querubín desde hace varios meses… Kamei-san observó al querubín, y este habló con voz solemne: —Kamei-san… escúchame con atención.
Dios te ordena que empaques tus cosas y salgas de Vermont… y que te dirijas al norte.
—Galton está trayendo al Santo del Rayo y al Santo del Viento… pero se desviaron de su ruta original y terminaron en Groenlandia.
Dios te ordena que vayas por ellos.
Van a tomar una ruta peligrosa… de entre todas las posibilidades, de las líneas temporales, tomarán la ruta más arriesgada… sin que se den cuenta.
Debes llegar a tiempo… o la vida de los Santos podría estar en peligro… Y esta vez, Galton no podrá ayudarlos.
Kamei-san se quedó helado ante la advertencia del ángel.
Luego dijo, con firmeza: —Chicos… hagamos algo.
Primero iré al pueblo… quiero que se queden con los discos y todo lo demás.
No quiero dejarlos así… Iré primero al pueblo a intercambiar estas pepitas de oro por lo que necesiten.
Jack, angustiado preguntó: —Espera… ¿están en peligro?
¿Están mal?
¿Dónde están?
¿Qué es Groenlandia?
Dánae intervino, con un hilo de reproche: —¿No vas a pasar la Navidad con nosotros?
Kamei-san los miró con calma… y dijo: —Ustedes ya entienden sus idiomas… me sorprende lo rápido que aprendieron.
Por favor… les pido que se queden aquí.
No pueden ir a otro lugar, pero… traten de divertirse y acompañarse.
Voy a con un amigo de confianza para traer los disco y la comida y, después de eso… en unas tres o cuatro horas, alistaré mis cosas para ir en dirección a Groenlandia.
Ya en el otro extremo, en el sur de Groenlandia, nos encontramos cruzando el distrito de Etah.
Adelaida estuvo a punto de caer en uno de los vacíos de los cielos que conectan con los ríos.
—Gracias Nuriel.
—dijo Adelaida —.
Parece que el hielo es algo frágil, además es muy difícil caminar sobre el con estos zapatos de cuero, me resbalo, parezco una tonta caminada así—Sus manos estaban helando—.
A lo que Galton dijo: —Esta es la razón por la que yo quería ir a Groenlandia desde un principio.
Nuriel respondió: —¿Querías que nos metiéramos en estos lugares?
¿Te das cuenta de lo estúpido que suena?
Galton replicó: —No cuestiones mi autoridad, niño.
¿Entendiste?
La única razón por la que no te hago nada es porque los ángeles no me permiten hacerlo.
Por alguna razón no puedo hacerlo y , por alguna razón no estoy entendiendo qué es lo que pasa conmigo.
Nuriel, confundido y molesto, preguntó: —¿Qué es lo que pasa… con qué?
Galton estaba pensando: Desde que salí de Islandia, por alguna razón que no entiendo, mi fuerza ha disminuido.
Ya no puedo hacer las cosas que hacía antes… y lo he notado desde que cargue a Nuriel por Noruega.
Antes no se me hacía tan pesado, pero no sé por qué, desde que salí de Islandia, mi cuerpo ahora responde al frio… más de lo usual.
¿Será que Dios me está restringiendo los dones que tengo?
En ese mismo momento, el querubín se les aparece, y les dice a Galton, Nuriel y Adelaida: —No se preocupen Santos.
Dios ha visto la situación en la que se encuentran, se han desviado demasiado de la ruta original.
Su misión era al sur, no al norte.
¿Galton, Por qué no se fueron al sur?
Galton respondió: —Esta el único pedazo de tierra, que tiene al norte una brecha de hielo lo suficientemente fuerte, para atravesar hasta el otro lado del continente.
—No hay ningún pueblo con barcos lo suficientemente grandes para cruzar, y tampoco hay materiales para improvisar una balsa, el hielo es demasiado grueso.
—Y ni hablemos de estas estúpidas minas en el océano.
El querubín insistió: —Solamente deben cruzar hasta el otro lado del continente.
Así que, por favor, apresúrense.
Y no se preocupen, enviamos a un santo para poder ayudarlos.
Galton, con ira, le gritó al ángel: —¿Cómo que un santo?
¡¿Estás hablando de Kamei‑san?!
El ángel respondió: —¿Por qué te molestas, hombre?
Galton contestó: —¡Si has traído a ese imbécil!, ¡te aseguro en serio que, esta vez, no me va a importar si hay una redirección divina o lo que sea!
El querubín replicó: —Una cosa es que no te agrade Kamei‑san, y otra cosa, es que Dios también lo elija para cumplir su propósito.
Esos son errores que tú cometes Galton.
Nuriel percibió la tensión que impregnaba la atmósfera.
Tras la desaparición del ángel, ambos comenzaron a bordear las costas, desde el sur hasta el norte de Groenlandia.
A mitad del trayecto, Nuriel tuvo que cargar a Adelaida: el dolor de su periodo era insoportable incluso para una inmortal, y el frío no hacía más que empeorar la situación.
Ser santo no significaba estar a salvo de las condiciones humanas.
Podían resistir hasta seis meses sin comer, sí, pero eso no impedía que sus cuerpos no reaccionaran al hambre.
El agua y la comida seguían siendo necesarias, y aún más en caso de enfermedad.
La invulnerabilidad divina tenía límites.
Las islas del norte de Groenlandia eran un lugar mortal para cualquier ser humano promedio.
En esas épocas, el frío podía descender hasta los –40 °C.
La nieve era el único terreno transitable, pero bajo ella se escondían trampas: grietas invisibles y pozos fantasma en los que cualquiera podía desaparecer para siempre.
Y como si eso fuera poco, la luz no llegaba.
Enero los sumergía en una noche interminable, apenas interrumpida por un resplandor azulado en el horizonte.
Llegaron finalmente al estrecho que conectaba el norte de las islas, avanzando sobre placas de hielo que crujían bajo sus pasos.
Era el 6 de febrero de 1946, y el silencio helado del ártico, ya estaban por medio de los bloques de hielo cruzando hasta la brecha que los conecta con el territorio canadiense.
Mientras estaban caminando, Galton se preguntaba: —¿Qué es lo que está pasándome?
¿Y por qué están eligiendo a Kamei-san?
Se supone que yo debía recoger a los santos.
¿Por qué lo involucran ahora a él en esto?
Se quedó un momento helado y dijo: —¡Esperen un momento!
Empezó a deducir y llamó al querubín: —¡Estúpido!
¿Dónde estás?
¡Muéstrate!
¡Muéstrate, idiota!
Mientras decía esto, Nuriel se quedó atrás con Adelaida, diciendo: —¿Qué le está pasando ahora?
Adelaida respondió: —No lo sé.
Se ha puesto histérico desde que apareció el querubín y, francamente, no me quiero acercar a él ni siquiera dos metros.
Galton les gritó: —¡¿Por qué me ven así?!
¡Díganme!, ¡¿no he hecho mucho por ustedes?!
—¡¿Qué están esperando?!
¡¿Están esperando que el santo llegue verdad?!
—¡¿Están esperando a Kamei-san?!, ¡no!
—¡Ni siquiera lo conocen!
¡No saben quién es él!
Nuriel, tratando de proteger a Adelaida detrás de su espalda, le dijo: —¡Creo que ya fue suficiente!, ¿no?
Galton, en un arrebato de ira, perdió los estribos y golpeó a Nuriel, tirándolo a la nieve.
Adelaida se asustó, porque era la primera vez que Galton los golpeaba en tanto tiempo, desde que salieron de Alemania, y dijo: —¡¿Saben algo?!
¡Ya me estoy cansando de esto!
¡Me estoy cansando de todo esto!
¡Comienzo a pensar que tal vez los planes de Dios no son correctos!
¡O estoy incluso pensando que ustedes no son los santos!
Galton replicó: —¡¿Sabes algo, niña?!
¡No me importa!
¡No me importa lo que pienses!
¡He vivido muchos años!
¡demasiados!
¡como para no saber que la humanidad jamás será digna!
¡Ahora sé por qué somos como somos, pero saberlo solo me hierve la sangre, me da angustia y al mismo tiempo rabia!
Adelaida, apunto el rifle con el que carga para apuntar a Galton interrumpiéndolo, diciendo: —¡Ya estoy cansada de escucharte, de que has vivido muchos años y tienes toda una experiencia!
¡¿Qué culpa tenemos nosotros?!
¡Lo único que hicimos fue abandonar nuestro hogar para aferrarnos, tal vez, a la esperanza de que la profecía sea real!
—Y aunque tú, en el fondo, no estés completamente seguro de eso… ¡eso no significa que nosotros no seamos los santos!
—¡Si los querubines lo dijeron, y los querubines nos protegen, entonces sí somos los santos!
Galton, al escuchar esto, y al ver cómo Adelaida se le ponía enfrente, Nuriel dio disparo de advertencia y apunto a Galton, diciendo: —Galton, aléjate de Adelaida.
Sé que planeas pegarle.
Lo siento mucho, pero no puedes protegerte con las balas, ¿no?
Así que te voy a pedir que te alejes de ella.
Galton se acercó con ira, sosteniendo el arma, y dijo: —Entonces, ¿por qué no disparas?
Nuriel no pudo evitar sentir miedo.
De pronto, Galton saltó hacia él y desvió el arma, sujetándole la mano con una fuerza.
Adelaida, paralizada, estaba aterrada: no sabía si disparar o no.
En su mente solo había una idea, que un movimiento en falso podría costarle la vida a Nuriel.
—¡Tal vez seas un santo, pero todavía no eres capaz de enfrentarme, niño!
Le empezó a gritar a Nuriel: —¡Tú no eres el santo del rayo, no lo eres!
¡Ha habido un santo antes de ti, ha habido muchos santos antes de ti, y esos niños eran más aptos que tú!
¡Xiaoxui!
¡Fue más apta que tú!
—¡Desde que te encontré no he dejado de preguntarme por qué diablos te estoy ayudando!
¡La frustración de simplemente verte, de que seas parte de mi pueblo, incluso me enferma!
—¡No eres capaz de controlar tu don!
¡Ni siquiera eres capaz de enfrentarme!
Por lo menos los otros pudieron frenarme, aunque fuera un instante, ¡pero tú me enfrentas con un arma!
¡Un arma de cobardes!
¡Con esta mierda que arroja bolas de metal!
—¡Nuriel, no me importa lo que digas!
¡No me importa lo que pienses de mí!
¡Yo no creo que seas el santo del rayo!
¡No eres nadie!
¡No eres, y jamás serás, un elegido!
En ese momento, aparecieron dos osos a lo lejos.
Adelaida preguntó con la voz quebrada: —¿Nuriel… esos son osos?
Nuriel los observó con atención y confirmó con un tono grave: —Sí… son dos.
Polares.
Los osos avanzaban con violencia, levantando la nieve a cada zancada.
Galton, sin dudar, soltó a Nuriel y dio un paso al frente para enfrentarlos.
Agarró el arma con la que apenas había practicado unos meses atrás y, con un gesto brusco, intentó dispararles.
Sin embargo, el arma estaba atascada, por lo que Galton solo grito, que reflejaba no solo cansancio, si no la arrogancia de no saber perdonar ni pedir perdón.
Galton gritó lo siguiente: —¡Yo no voy a dejarme intimidar de nuevo!
¡Ya sea por Dios, por un querubín o por los nuevos santos que ha habido y que habrá!
¡Estoy seguro de que esos morirán y Dios me mandará a buscar otros nuevos!
¡No puedo decir que sepa identificarlos con certeza; ellos no lo son!
En ese mismo momento, el oso se abalanzó y se irguió sobre dos patas.
Galton creyó que con un solo puñetazo podría derrotarlo; no era la primera vez que se enfrentaba a bestias semejantes.
Se impulsó con toda su fuerza y golpeó el pecho del animal.
El oso retrocedió… pero no cayó.
No estalló como en otras ocasiones.
Aquello evidenciaba una verdad innegable: la fuerza divina de Galton se estaba desvaneciendo.
El oso volvió a cargar contra él y, esta vez, le clavó los colmillos en el pecho.
Galton forcejeaba, tratando de gritar con todas sus fuerzas para partirle la mandíbula, pero la presión era insoportable.
Los colmillos se hundían cada vez más en su carne, y su pecho ya comenzaba a llenarse de sangre.
Nuriel entró en pánico al ver que Galton no podría defenderlos.
Tomó la mano de Adelaida y ambos corrieron hacia el sur para perderlos en las colinas rocosas, intentando despistar a los osos.
Pero el que mordía a Galton lo soltó y fue directo hacia ellos.
Otro apareció por la izquierda, cerrándoles el paso.
El oso de la izquierda comenzaba a alcanzarlos.
Correr sobre la nieve era inútil.
Adelaida, en lugar de usar el rifle de su espalda, desenfundó las pistolas.
“Retrocediendo, disparó contra el más cercano.
Eran dos osos: el de la derecha estaba a unos seis metros de distancia, mientras que el de la izquierda se acercaba desde catorce metros, Adelaida sentía miedo, ya que compara su tamaño con el del animal.” —¡Adelaida!, ¡qué estás haciendo!
—gritó Nuriel—.
¡Tenemos que correr, por favor!
—¡Silencio, estoy apuntando a su cabeza!
—respondió ella.
Aun así, el oso apenas se inmutó.
Aunque Adelaida logró darle en el ojo, la bestia percibió su miedo y en un intento de tirarla, alcanzo si pantorrilla, ella no lo noto, hasta que corrieron unos metros.
Nuriel, al verlo, la jaló con todas sus fuerzas y corrieron hasta una colina rocosa empinada.
Apenas llegaron, Adelaida se desplomó: su pierna sangraba y ya no podía sostenerse.
El oso de la izquierda y el de la derecha los tenían rodeados.
—Nuriel, ¿Qué vamos a hacer?
—preguntó ella.
—Escúchame.
Vas a escalar la nieve y huiras.
¡Sube ya!
—¡No puedo!
—gimió Adelaida—.
Estoy herida, no puedo mover el pie, ¡me duele demasiado!
—Haz un esfuerzo, ¡véndatelo!
¡Haz algo!
—¿Cómo me lo voy a vendar si no tengo nada?
¡Nada!
—gritó ella desesperada.
Estaban ocurriendo cosas muy extrañas.
Los ángeles no intervenían.
Galton, tirado en el suelo, había sido ignorado por los osos.
Los osos actuaban como si solo quisieran matar a los santos.
Nuriel estaba tan nervioso que no notó lo que pasaba en sus manos.
Se estaban calentando.
Un humo leve surgía de sus guantes, la daga que era su única arma, la sostenía con fuerza, pero el mango de madera se estaba quemando por alguna razón.
Nuriel no tenia su pistola, Galton se la quito en el forcejeo.
pero ¿Por que salía humo?
¿Era su don divino respondiendo?
¿O solo una ilusión desesperada?
Adelaida, con sangre fría, sacó finalmente el rifle y apuntó al oso de la izquierda, el más cercano.
El animal avanzaba lentamente, pero no lo suficiente para atacarlos.
El de la derecha, en cambio, ya estaba acercándose.
—Nuriel…¿disparo?, !¿disparo?¡ Nuriel estaba pensado, a una alta velocidad, pero al mismo tiempo estaba perdiendo fuerza en cosas sin valor.
¿Por qué siempre me pasa esto?
¿Por qué siempre yo?
¿No lo entiendo, porque siento que siempre soy oprimido por alguien, ya sea un país, un hombre o un animal?
¿En Auschwitz o de Buchenwald o en Islandia o aquí en esta estúpida tierra llamada Groenlandia?
¿Me sacaron de mi país para esto?
¿Por qué siempre me siento prisionero, no importa dónde esté?
Es como si nunca hubiera salido de Auschwitz.
Estoy condenado a sufrir, ya sea en este frío, allá, o en Islandia o…
… ……..
No tuvo tiempo de seguir pensando.
Adelaida gritó.
El oso la había sujetado de la pierna.
“Nuriel cargaba con demasiado.
Acostumbrado a recibir ayuda, siempre cargaba con la culpa: de la señora Friederike y sus hijas en Auschwitz, culpa por la muerte del anciano, culpa por la muerte de Élodie, culpa por la muerte de sus padres y hermanas.
Y ahora sentía más culpa porque él mismo llegó a odiar a Adelaida, a una persona que solo quería tener un hogar.
Adelaida lo cuidó, pero sentía rencor, y ella lo sabía, aunque no le dijo nada.
Él cree que todo lo que se relaciona con él termina muriendo, y ahora Adelaida moriría igual que Élodie.” Tuvo un recuerdo instantáneo, vio a Élodie gritando del dolor…un patio…el bloque medico…perros alemanes….
¿Ella murió por un animal y ahora Adelaida morirá por otro animal?
….
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