Pólemos Tôn Agíon: Vol.1_ kosmogenesis_Español - Capítulo 17
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- Capítulo 17 - 17 La ayuda va en camino
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17: La ayuda va en camino 17: La ayuda va en camino ⚠️ Advertencia: Este contenido puede incluir secuelas físico-traumáticas, referencias a la Segunda Guerra Mundial y descripciones gráficas.
El autor no pretende ser pretencioso ni morboso; todo lo narrado es ficción y se recomienda discreción al lector.
🫠 Nota del autor: ¿Se han preguntado qué pasaría si un oso polar los mordiera?
Si fueran sinceros… y no fueran santos, esa pierna ya les habría dicho “bey-bey”.
______________________________________________________________________________ “La atmósfera era envolvente; el aire olía a comida casera.
Nuriel sabía que soñaba, pero era el primer sueño agradable en meses.
¿Un recuerdo?
¿O un deseo?
Fuera lo que fuera, la sensación era cálida… hasta que algo lo hizo estremecerse: al levantarse se percató que su madre no tenía rostro.
Un escalofrío le recorrió su alma.
Se incorporó de golpe y, con voz temblorosa, preguntó: —¿Quién eres?
Tú no eres mi mamá.
Su madre intentó acercarse, extendiéndole los brazos, pero Nuriel retrocedió.
Cuando finalmente la tocó, se desvaneció en el aire, como si se hubiera convertido en polvo.
Su corazón latía con tanta fuerza que le dolía al respirar, y sus manos se movían solas, como respuesta al miedo de lo desconocido.
De pronto, se encontró en otro plano: Varsovia, el gueto.
Las calles estaban vacías, los vagones en silencio, y el silbido lejano de un tren que no llevaba pasajeros, ni cargas.
Sentía que alguien lo observaba, que algo lo perseguía… pero no distinguía si lo lejano era sombras o una persona.
Mientras giraba su rostro para ver qué pasaba a su alrededor, vio sin aviso a un querubín, flotando en medio del vacío.
No era el querubín celestial que recordaba; era el mismo que aparecía sus sueños, con cara de león y pico de búho, ocho ojos que lo escrutaban en su cráneo y alas que apuntaban directamente a él.
Un zumbido leve llenó sus oídos mientras le habló en hebreo: —Yo siempre estaré contigo, Nuriel, porque hasta que no salgas de Auschwitz, seguiré recordándote que nunca saliste de Auschwitz.
El querubín lo besó a la fuerza, lastimándole la boca.
Nuriel intentó apartarse, pero era como si el aire mismo lo retuviera.
Su pecho se comprimía, su respiración se hacía corta.
Entonces comenzaron a aparecer visiones: la muerte de los santos del pasado, destellos fugaces de los santos del futuro, quizás siendo masacrados.
Todo giraba a su alrededor, luces y sombras entrelazadas en un remolino que le hacía temblar su espíritu.
Por encima de todo, vio una bandada de ángeles trazando espirales sobre la cima de una montaña cubierta de niebla y hielo.
Entre ellos distinguió a Xiaoxui, su antiguo ancestro.
Su mente ardía de dolor, tanto en el sueño como en la realidad.
Sentía los hombros, las manos y la cabeza desgarrarse, como si se estuviera desmaterializando con cada visión.
Un frío tan penetrante como el invierno de Groenlandia lo atravesaba, comparable al de Auschwitz… o quizá peor.
___________________________________________________________________________ Nuriel se estaba moviendo, mientras dormía, incapaz de despertarse.
“Adelaida le grito a Nuriel.
Apenas abrió los ojos, él se levantó tambaleándose para vomitar al lado de su cama.” A pesar de que habían intentado avanzar en bote, Nuriel había perdido el rumbo; la corriente lo había arrastrado nuevamente hacia la orilla.
Después, había arrastrado a Galton y a Adelaida a través de una tormenta de ventisca.
La nieve le caía en los ojos, dolía abrirlos, y apenas podía ver hacia adelante.
Nuriel estaba al borde del desmayo.
Llevaba tres días sin dormir, avanzando hacia el sur con la esperanza de que, si caminaba lo suficiente, tal vez Dios le ayudaría… aunque solo fuera un poco.
Hasta que un hombre, hablando un idioma desconocido, lo encontró y le dijo: —¡Joven!
¡Joven!
¿Estás perdido?
Nuriel no sabía qué hacer.
Adelaida seguía dormida, y apenas despertó al percibir la presencia del hombre, Nuriel ya se había desplomado en el suelo, agotado.
El hombre los llevó a su casa y les ofreció asilo.
Su esposa y sus dos hijas atendieron a Adelaida, mientras cuidaban también de Nuriel y de Galton.
Galton, en su terquedad, se negó a actuar fuera de lo que creía dictado por los cielos.
Esa obstinación casi los mata a todos.
Adelaida cargó con el precio: ocho profundas heridas en la pierna, una fractura parcial en el radio y un riesgo de infección que amenazaba con costarle más que el viaje.
Ninguno de los dos tenía idea de las fechas exactas, pero recordaba que naufragaron al sur de Groenlandia el 23 de diciembre de 1945.
Desde que llegaron a la casa del hombre, Adelaida, no había dejado de sudar; el dolor la mantenía despierta.
Por más morfina que recibiera, el sufrimiento seguía siendo insoportable.
Por su parte, Nuriel seguía atormentado por un querubín.
No era ni celestial ni demoníaco; parecía una manifestación de todo lo que lo perseguía.
¿Podría ser una proyección de sí mismo o una distorsión de lo divino?
Después de tres días caminando sin descanso, alcanzaron el norte de Groenlandia, en el distrito de Eath.
Ellos no lo sabían, no tenían ni idea de los días que pasaron, pero estamos en el 28 de febrero de 1946.
Nuriel no sabía cómo salir de esa situación.
Solo le quedaba aferrarse a la fe, con la esperanza de que, de alguna manera, un milagro sucediera.
______________________________________________________________________ Mientras tanto, al otro lado del mar al sur del estrecho de Davis, en San Juan de Terranova en Canadá, Kamei-san conversaba con un viejo amigo, Frank.
—Por favor… tienes que ayudarme.
Estoy desesperado, de verdad —dijo Kamei-san, con la voz temblorosa.
Frank lo miró con seriedad.
—Hermano, sé que me has pedido muchas cosas antes, incluso contrabando de armas ilegales, y eso lo entendía.
Pero esto… esto es demasiado.
Ir al sur de Groenlandia es extremadamente peligroso.
¿Qué garantía tenemos de que encontraremos a quienes buscas?
Parece absurdo.
Kamei-san se arrodilló frente a él y suplicó: —Por favor… son niños.
Tengo que ir por ellos.
Su corazón puro era evidente y, a diferencia de Galton, Kamei-san no era orgulloso; pedía ayuda con sinceridad, consciente de que, aunque fuera inmortal, eso no lo hacía intocable.
Frank suspiró, pesado: —Lo sé… pero pedirle al teniente que haga algo así es imposible.
Y si no hay nada con qué negociar… no tienes ni oro para sobornarlo.
De repente, una luz brillante llenó la habitación.
Frente a ellos apareció un querubín, flotando entre los rayos luminosos.
Su presencia era intensa, más imponente que hermosa.
—Kamei-san, Frank —dijo el ángel con voz firme—, deben ir a la casa del teniente de navío Luis Tremblay y hablar con él.
Hemos intervenido para salvar a Nuriel y Adelaida.
Irán al sur de Groenlandia y traerán a los niños al puerto de Aasiaat, donde el barco pesquero los esperará.
El querubín hizo una pausa, observando a Kamei-san.
—Sé que no podrás hacer esto solo.
Incluso con tu influencia, necesitarás intervención divina.
Dios los ha visto.
Nuriel y Adelaida sufren enormemente, y la culpa es de Galton.
Por eso lo dejamos en coma: no despertará hasta llegar a Vermont.
—Ve al capitán y asegura que la empresa tenga una excusa convincente para ir al sur de Groenlandia.
Además, lleva un médico cirujano; Adelaida, el santo del viento, fue gravemente atacada por un oso polar.
Kamei-san parpadeó, incrédulo: —¡¿Cómo que un oso polar?!
—Sí.
Ahora actúa.
El teniente y Frank deben ayudar —respondió el querubín con autoridad.
Frank estaba paralizado; nunca había visto un querubín y las historias que le contaron sobre ángeles eran muy distintas.
Murmuró casi sin voz: —¿Eso… qué es?
—Es un ángel, no te equivoques —dijo Kamei-san—.
No todos los ángeles son bellos… bueno, sí lo son… a su manera.
___________________________________________________________________ Mientras esto sucedía, en el norte Groenlandia Nuriel y Adelaida se esforzaban por ordenar sus pensamientos y despejar las dudas que los afligían.
—¿Cómo terminamos en este lugar?
Nuriel respondió con voz débil: —No lo sé… no sé cómo llegamos, tal vez al país más frío del mundo.
—Esto es un asco —dijo Adelaida—.
Ni siquiera puedo digerir la comida que me dan; todo lo vomito.
Adelaida miró a Nuriel con tristeza y continuó: —Nuriel, lo siento tanto… perdóname por no ser más útil.
No sé qué te pasó durante el viaje, pero sé que estuviste distante.
Quizá, si hubiera usado mejor mis habilidades, habríamos evitado a los osos y no estaríamos en esta situación.
Las lágrimas empezaron a brotarle, una tras otra, mientras repetía casi como un disco rayado: —Nuriel… lo siento… lo siento… Hasta que él, exhausto, gritó: —¡Ya cállate, Adelaida!
Yo no te odio.
Perdóname, ¿sí?
Fui un idiota.
Debí ser más bueno contigo.
Me hice ideas tontas.
Se acercó, la miró con una ternura que lo quebraba por dentro y añadió: —Tú no eres para mí “una alemana” … eres mi hermana.
Me cuidaste cuando tuve frío, me disté de comer y compartiste tu fuerza conmigo.
Nuriel se levantó de la cama, besó su frente, acarició sus mejillas y respiró hondo.
—Eres mi hermana.
No voy a odiarte.
Solo dame un par de días para recuperarme.
Estoy agotado, pero descansaré lo suficiente para cargar con Galton y contigo.
Iremos al sur de Groenlandia.
Volveremos al barco donde naufragamos.
—Galton nos hizo caminar en línea recta hacia el norte, sin saber que había tribus cerca… ni siquiera sabía que existían —añadió, mientras secaba con sus manos las lágrimas de Adelaida.
Ella sintió que cada gota que caía dejaba atrás un pedazo de su tormento.
—Por favor, perdóname —dijo Nuriel, con voz suave—.
No volveré a ignorar tu dolor, no volveré a menospreciar tu cariño.
El alivio reemplazó a la culpa en el corazón de Adelaida.
Mordiendo sus labios por el dolor, lo abrazó con fuerza, como si en ese gesto se jugara la vida.
Si no lo abrazaba así, no sabría cómo expresarle cuánto lo quería.
Ambos estaban exhaustos.
Entonces, el ronquido de Galton rompió el silencio.
Se miraron y, entre el cansancio y la esperanza, compartieron una leve sonrisa.
—¿Y si lo dejamos aquí?
—dijo Adelaida.
—No podemos —respondió Nuriel—.
Dios nos está mirando.
Tenemos que llevar a Galton a Vermont.
—¿En serio?
—gritó ella—.
No te dije nada antes porque tú lo estás arrastrando… ¡pero ahora que estamos aquí, podemos dejarlo, Nuriel!
Nuriel la miró, agotado; sus manos temblaban apenas.
—No.
Esta vez haré lo que Dios pida.
No confío en nadie más, pero si Él lo ordena… lo haremos.
Galton está en coma.
Los ángeles le impusieron una restricción.
—Sé que Galton es una carga.
Lo sé.
Pero si nos rebelamos contra lo que se nos pide, podemos perder la fuerza divina e incluso la frágil invulnerabilidad.
No puedo arriesgarlo.
Hubo un silencio tenso: Adelaida respiró hondo, tratando de ordenar el caos dentro de ella.
—Tu pierna está mal —dijo Nuriel—, pero la divinidad te protegió en parte.
—¿Qué haremos?
—dijo Adelaida —Los amarraré en capullos con las mantas y el cuero del oso —dijo él, con voz firme—.
Pero antes de eso revisaré la pierna; si no hay gangrena la limpiaré y la suturaré.
—Sé valiente; ya tienes eso de sobra.
—Iremos por la costa, pueblo a pueblo, pidiendo asilo.
En uno o dos meses alcanzaremos el barco, luego decidiremos qué hacer.
—El sur es mejor que el norte.
Adelaida lo miró, incrédula y agotada.
—¿Puedo preguntarte algo?
—Hablo Adelaida —.
Si Galton fue atacado por los osos… ¿cómo es que sigue vivo?
—Eso es lo que más me enfurece —respondió Nuriel—.
Los ángeles lo curaron; a ti no.
No lo entiendo.
Ella abrió la boca para replicar, pero en vez de palabras vomitó en la cubeta que tenía al lado.
—Adelaida —dijo, con urgencia contenida—, voy a revisar tu pierna.
Te voy a sedar; me quedan diez cápsulas de morfina.
Aguanta este trapo y respira profundo.
Haz lo posible por soportarlo.
—Está bien, Nuriel —aceptó ella, con voz débil—.
Pero una cosa… ¿tienes carne seca en la mochila?
No soporto más ese pescado; creo que eso me da náuseas.
Nuriel negó con la cabeza y esbozó una sonrisa cansada.
—No, no es la comida.
Estás vomitando por el frío.
Mientras tanto, en San Juan de Terranova, Kamei-san conversaba con el teniente de navío Luis Tremblay y Frank.
Permanecía junto a su esposa, sosteniéndole la mano, y miró a los jóvenes con seriedad.
—He visto muchas cosas en mi vida —dijo—, pero jamás algo como lo que presencié esta madrugada.
El ángel me dijo que vendrían… y no tuve que llamarlos.
Parece que Dios me ha escogido para salvar a dos personas de Groenlandia.
Kamei-san respiró hondo, con firmeza.
—No sabes lo que significa que me ayudes, hombre.
Pensaba ir solo, pero atravesar el norte de Groenlandia en esta época del año es suicida.
—Ni con toda mi fuerza habría podido superar los bloques de hielo.
Y Galton… nos llevó directo allí.
Es un idiota.
Luis Tremblay asintió, tranquilo, con la mirada fija.
—Escúchame, joven.
La gente comete tonterías, no porque sí, sino por ignorar lo que Dios les indica.
Esta vez no seré tonto.
No ignoraré esta señal.
Kamei-san se calmó un poco y preguntó: —¿Cuándo partimos?
—Como una ruta de exploración pesquera —respondió Luis—.
No sé todos los detalles de lo que dijo la empresa, solo recibí la orden de ir del norte al sur de Groenlandia, alegando biología marina.
Mi misión es llevarlos hasta allí.
—¿Y cuándo llegaremos?
—insistió Kamei-san.
—Entre abril y mayo.
Durante el trayecto, haremos varias paradas.
—¿Cuántos hombres irán?
—Treinta.
Tendremos comida y provisiones suficientes.
En ese momento, alguien golpeó la puerta.
Un joven de aspecto inusual asomó la cabeza y preguntó: —¿Esta es la casa del teniente Luis Tremblay?
—Tú eres el médico, ¿no?
—respondió Luis.
—Sí —dijo el joven—.
Y usted también lo vio, ¿verdad?
Entraron, y la esposa de Luis murmuró: —Voy a preparar café.
El ambiente estaba cargado; no era emoción lo que se sentía, sino el peso de la mirada divina sobre cada decisión.
—El ángel me ordenó buscar a una niña —dijo el médico, con voz firme—.
Tiene una herida en la pierna y podría perderla si no la trato.
Me enviaron específicamente para ayudarla.
No puedo ignorarlo.
Kamei-san se quedó atónito, comprendiendo que algunas personas actuaban solo por fe, sin calcular las consecuencias.
Finalmente dijo: —Gracias.
Mi corazón puede estar más tranquilo.
—Pensaba ir solo, pero el ángel me detuvo y me indicó este lugar.
Ahora me siento preparado para atravesar el mar.
Luis Tremblay asintió.
—Mi madre me decía que para Dios no hay nada imposible.
Pero para que los hombres hagan lo imposible, Dios debe intervenir y hacernos creer.
Así nacen los milagros.
Hubo un momento de silencio.
Luego Luis rompió la quietud: —Bueno, hay que empacar.
Joven, ¿cómo se llama?
—Kamei-san —respondió él.
—Muy bien.
Estaremos en el barco un mes, con paradas de hasta veinte días según el protocolo.
No puedo prometer que me iré sin ustedes, pero esperaré ese tiempo.
¿Crees poder cumplirlo?
—No puedo abandonar Groenlandia sin asegurarme de que esos santos estén a salvo —dijo Kamei-san con firmeza, la mirada encendida porque hay una posibilidad de salvarlos.
Nuriel cargaba a Adelaida sobre su espalda, arrastrando a Galton, envuelto y atado en un saco de cuero sujeto por la cadera.
El saco se deslizaba plano sobre la nieve, facilitando el camino.
Los habitantes apenas podían verlo; asomaban la cabeza por las ventanas de sus chozas dispersas, murmurando sobre aquel joven que desafiaba la ventisca.
No podía detenerse.
Se prometió un descanso de ocho horas tras un día completo de caminata.
Su única noción del día eran las estrellas y el brillo del cielo.
La nieve lo cegaba y el frío mordía su piel.
El viento azotaba con furia.
Su corazón lo mantenía en movimiento; su fuerza impedía que se rindiera.
Cada paso era un acto de voluntad pura.
Recordando lo que los campos le enseñaron, se dijo a sí mismo: —Si hace frío… solo camina.
No pienses.
Solo camina.
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