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Pólemos Tôn Agíon: Vol.1_ kosmogenesis_Español - Capítulo 18

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  4. Capítulo 18 - 18 Tomate un descanso
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18: Tomate un descanso 18: Tomate un descanso ⚠️ Advertencia: El siguiente capítulo puede incluir imágenes explícitas de cómo una persona podría llegar a sobrevivir en el enorme frío de Groenlandia.

El autor no pretende ser morboso ni utilizar este tipo de narrativas como una forma burlesca.

Todo lo narrado en este capítulo es ficción y se recomienda la discreción del lector.

🫠 Nota del autor: Chicos, ya se viene.

Con este capítulo y el siguiente, estamos apenas a la mitad del volumen de Kosmogénesis, después de este volumen, se viene el segundo se vienen cositas.

_______________________________________________________________________________________________________ Jack y Dánae estaban orando antes de comer.

Tenían frente a ellos carne con papas y unas verduras hervidas con un poco de salsa, acompañadas de agua del río.

Mientras comían, Dánae rompió el silencio: —No me gusta que no haya luz, y no hay aceite para un farol.

—Tranquila, en un año o una década ni lo sentirás—respondió Jack—.

Este lugar es demasiado oscuro.

Lo único que ilumina el panorama son las estrellas o los arcoíris nocturnos, pero aparecen solo de vez en cuando.

—¿Cuándo volverá Kamei-san?

—preguntó ella— ya está tardando mucho, he contado los días desde que se fue, y si no me equivoco, ya pasaron casi cinco meses.

—No lo sé.

Conociéndolo, podría demorar un año… o décadas.

Jack intentó cambiar de tema: —Bien, hay que hacer algo para no aburrirnos.

Dánae lo interrumpió: —¿Puedo preguntarte algo?

Yo soy “el santo de la naturaleza” … pero no sé qué significa eso.

¿Tú lo sabes?

Jack mostró la punta de su dedo.

De ella salió una pequeña llama que ilumino por un momento la habitación oscura.

—Mira.

Solo puedo mantenerla un minuto.

Me quema las manos.

Es irónico: el don divino que Dios me dio me lastima.

Necesito guantes de cuero para controlarlo.

En cambio, tu don es mucho más versátil, ¿no?

Si puedes controlar plantas, eso es más amigable que el fuego.

Dánae quedo asombrada, nunca vio algo como eso, ella sentía que estaba en otro mundo, un bosque escondido, un joven que manipula las llamas, definitivamente esto para ella era increíble.

—Dime una cosa, Jack —insistió Dánae—.

Yo soy el cuarto santo.

Al menos eso me dijo Kamei-san.

Tú eres el primero.

El segundo y el tercero… dicen que son el santo del rayo y el del viento, creo, y que están en Groenlandia.

¿Crees que volverán con bien?

Por como lo dijo el ángel parece un lugar peligroso.

Jack bajó la vista.

—Todo lugar al que lleva ese anciano es peligroso.

—¿Qué anciano?

—Un hombre de aspecto cuarentón, pero con casi dos mil años encima.

Su nombre es Galton.

Ese infeliz me trajo aquí.

No es un buen hombre.

Se supone que Dios lo había escogido, pero no tiene pinta de elegido.

Solo espero que esos santos no la estén pasando tan mal.

_________________________________________________________________________ Después de la charla en Vermont, nos trasladamos varios kilómetros al norte, a Groenlandia.

Nuriel ha cargado con el peso de Adelaida y Galton durante semanas; ya ni siquiera cuentan los días, solo caminan, y descansan únicamente cuando el cuerpo se los exige.

Nadie lo sabía, pero según el calendario, es 22 de mayo de 1946.

Mientras que Nuriel, camina por la costa pensando en lo siguiente: “Scheiße… a pesar de cargarlos todos los días, todavía no me acostumbro.

Sé que Adelaida me insistió para que ella caminara, pero dije que no” “Que haya encontrado una forma más cómoda de llevarlos no significa que, cada vez que haya una colina, tenga que subir primero a Adelaida y luego a Galton.” Mientras Nuriel estaba perdido en su propio mundo, Adelaida logró liberarse del capullo de cuero.

Nuriel los llevaba usando una especie de “cama-mochila”, mientras que a Galton lo arrastraba en un viejo trineo que les habían regalado en aldeas vecinas.

Mientras él dormía, ella aprovechó para revisar la mochila de provisiones y buscar la última pistola que les quedaba, la cual solo tenía tres balas.

—Si aparece otro oso, le pego en el ojo y nos largamos.

—No puedes correr —dijo Nuriel—; te cargaré.

Cortare la soga de Galton y lo usaremos de carnada.

—¿No deberías protegerlo?

—Protegerlo está bien en teoría.

Protegerlo de un oso, no tanto.

Adelaida soltó una risa corta.

—Vaya, reglas del capitán.

—Los hombres complicados necesitan su manual —sonrió Nuriel.

—Me alegra que te haya bajado la fiebre, pero por favor, no te salgas del capullo otra vez, que en serio estoy cansado.

Las manos de Nuriel se ponían moradas con los días.

Las rodillas le crujían como si fueran a romperse por todo lo que cargaba.

Y después de Islandia ni siquiera tuvo tiempo de cortarse el cabello; le llegaba hasta la nuca, sucio y enredado.

Mientras caminaba en línea recta hacia el sur, divisó a lo lejos a otra persona.

—Adelaida, hay un hombre a lo lejos.

Creo que llegamos a otra tribu.

Descansaremos un día para comer.

—Por mí está bien.

Créeme, ir en tu espalda me marea.

A lo lejos distinguieron a un hombre con trenzas.

Entonces el hombre gritó: —¡Eh!

¡Niño!

Nuriel levantó la cabeza.

Cuando el hombre lo reconoció, empezó a correr hacia ellos, gritando: —¡No puede ser!

¡Te he estado buscando desde hace meses!

Nuriel, en guardia, dio un paso atrás.

«¿Buscando?

—pensó— ¿desde hace meses?

Espera… ¿entonces él es el santo que mencionó el ángel?» Sacó su pistola, que solo tenía dos balas, y apuntó, con la voz tensa: —¿Quién eres?

¡Responde!

—Nuriel, ¿qué está pasando?

¿Quién es?

—preguntó Adelaida, alarmada—.

¿Le disparo?

El hombre alzó las manos con calma.

Su rostro estaba surcado por arrugas de risa, y las trenzas le caían detrás de las orejas.

Dijo, con voz firme: —Tranquilo, muchacho.

No voy a hacerte daño.

No tienes idea de cuánto tiempo llevan aquí, ¿verdad?

Nuriel apretó más el arma.

—¿Cómo qué no?

¿Qué estás diciendo?

El hombre avanzó despacio, sin perder la serenidad, y se presentó: —Soy Kamei-san.

Tú eres el santo del rayo.

Galton te trajo aquí a la fuerza; debe de ser fastidioso arrastrarlo.

Llevan demasiado tiempo aquí.

Ustedes no deberían estar en el norte… ya deberían haber llegado a Vermont.

Nuriel dudó un segundo, la extenuación palpable.

—Tú eres… el otro santo —balbuceó—.

¿Vienes a ayudarnos?

Kamei-san asintió y miró el horizonte, como buscando algo que los demás no podían ver.

Luego preguntó con cierta severidad: —¿Tienes idea de qué mes es?

—Probablemente… febrero, ¿no?

—respondió Nuriel, inseguro.

—¡No, niño!

—dijo Kamei-san—.

Ya estamos a principios de junio.

Kamei-san sujetó la muñeca de Nuriel con suavidad, hasta que el arma bajó.

—Perdón por la tardanza, pero puedes soltar el arma ahora y dejar que te ayude.

Nuriel estaba pensando mientras se desvanecía: “¿Ayudarme?, no tengo que….

Tengo que…” La fatiga venció a Nuriel; el frío y el agotamiento hicieron que su cuerpo se desplomara sobre la nieve.

Kamei-san lo sostuvo con facilidad.

Adelaida, con las pocas fuerzas que le quedaban, logró asomar la cabeza fuera del saco y, temblando, apuntó con su arma: —¡Aléjate!

—ordenó.

Kamei-san sonrió sin hostilidad y bajó la mirada hacia ella.

Con voz calma dijo: —Escúchame, mujer.

Vengo a sacarlos de aquí.

No soy su enemigo.

Adelaida vaciló.

Al ver el rostro del hombre —sereno, cálido— sintió que la tensión se aflojaba un poco.

Nuriel no tendría que cargar con todo.

La mirada de Kamei-san transmitía una paz inesperada, casi una promesa.

—Ten cuidado con Nuriel, está muy cansado —murmuró Adelaida.

Kamei-san rompió la tensión con una petición práctica: —Ayúdame a acostar al santo.

Armaron un campamento improvisado, aprovechando la mochila de provisiones de Kamei-san, entregada por el equipo de invierno de Frank.

La nieve crujía bajo sus pies mientras organizaban todo para pasar la noche.

Entre los dos colocaron a Nuriel sobre una manta, Galton es el único que dormirá afuera.

Kamei-san, sin prisa, encendió una fogata, por carbón que trajo.

pasaron 2 horas y con la noche cayendo y las estrellas encendidas, se sentaron alrededor del calor.

Kamei-san habló primero, con tono directo: —Hay un barco en el puerto del sur, en Aasiaat.

Un pesquero que puede llevarnos.

Anduve pueblo por pueblo buscándolos; fue el ángel quien me indicó el camino.

Si no fuera por esa señal, me habría tomado mucho más encontrarlos.

Adelaida lo miró y habló: —Eh… he querido caminar desde hace días, ayudar a Nuriel con la carga —dijo—.

Pero la pierna… me duele mucho; apenas puedo moverla.

—Lo sé, me dijeron los ángeles que te mordió un oso —respondió Kamei-san—.

Por eso vine.

Tu pierna está muy mal; podría derivar en gangrena.

Adelaida, resentida, preguntó: —¿Por qué curaron a Galton y no a mí?

¿No se supone que soy un santo?

Kamei-san guardó silencio unos segundos, el fuego pintándole el rostro.

Luego habló con crudeza, lástima y lógica fría: —No tengo una respuesta segura.

Si tuviera que especular, diría que quizá Dios examinó los futuros posibles y, por alguna razón que no entendemos, necesita que Galton siga con vida.

Si no te curó a ti, puede ser también por la misma razón.

—Llevo siglos existiendo y, aun así, esa ambigüedad divina es un concepto que hasta hoy me sigue inquietando.

Adelaida lo miró, y su resentimiento fue mezclándose con otra cosa: cansancio y una aceptación amarga.

Mientras tanto, Nuriel parecía estar soñando, pero por cómo se movía, tal vez no eran pesadillas.

Kamei-san y Adelaida rieron en voz baja, para no despertarlo.

—Duerme, mujer.

Yo cuidaré de ustedes.

Necesito que Nuriel esté descansado para lo que haremos.

No sé… por lo que tuvo que pasar para llegar hasta aquí, me da pena pedirle ayuda para cargarte.

—Déjame ver tu pierna, soy médico herbolario.

Kamei-san examinó la pierna con detenimiento.

Notó que había sido tratada con rapidez, pero también con cuidado: —Si llegamos al barco en veinte días, habrá un médico a bordo que puede salvarte la pierna.

No prometo milagros, pero podrías volver a caminar, con algunas secuelas.

Si no llegamos… quizás tengamos que amputar.

Hay que moverse.

Adelaida, intentando mostrarse valiente, preguntó con humor tenso: —¿Me darán pescado en el barco?

Kamei-san levantó una ceja: —¿Por qué lo dices?

—Porque ya estoy acostumbrada a que me abran la pierna —dijo ella— y si me la vuelven a abrir quiero carne, no puedo ya con el pescado de este país.

Kamei-san rio con fuerza y luego suavizó la voz: —Dios mío, por qué las mujeres de esta época tienen un gran sentido del humor.

Las de mi época eran muy aburridas.

Sin embargo, Adelaida se quedó en silencio; su sonrisa se cayó al recordar que quien tenía frente a ella era un inmortal como ella.

Con un gesto de amenaza, sacó de su abrigo la pistola que tenía y apuntó lentamente a Kamei-san: —Escúchame… gracias por toda tu ayuda, pero escucharás lo que estoy por decir.

Nuriel está muy cansado y yo también.

A pesar de que me caes bien, no confío en otro santo que no sea Nuriel… Si te atreves a hacer un movimiento que atente contra nuestras vidas, te aseguro que comerás balas.

Ella estaba segura de lo que decía, a diferencia de Galton, que le temblaba la mano al apuntarlo, esta vez estaba firme, y sostenía la pistola como un soldado.

Pero el momento fue interrumpido por el viento que soplaba por la orilla, como un silbido de Groenlandia que cantaba la dulzura del norte, Kamei-san dio un salto veloz, casi en un parpadeo, ligero como una pluma.

Sostuvo la mano de Adelaida, guiándola hacia su pecho con la pistola, mirándola a los ojos, dijo: —Confía en mí.

No vine hasta aquí para que me apuntes con esa pistola.

Sostuvo la mano de Adelaida; y con la otra mano, retiro lentamente dedo por dedo, sin soltarla de la mirada, dejando que sus ojos transmitieran el calor de su alma.

—No tienes que estar a la defensiva conmigo.

Voy a sacarlos de aquí.

Vine por Nuriel y por ti.

Te protegeré hasta llegar a Vermont y, al no haber ido en lugar de Galton, seré yo quien te ayude a volver a caminar.

Adelaida no sabía cómo responder.

Sus ojos se encontraron con los de él, y algo en su mirada la hizo bajar la guardia.

Su mente no procesaba nada, solo un torbellino de preguntas: ¿Qué está haciendo?

¿Por qué sostiene mi mano?

¿Por qué me mira así?

Sentía una mezcla extraña de ansiedad y calma, como si el tiempo se hubiera ralentizado.

Por un momento, se permitió sentir que podía confiar, aunque su cuerpo seguía tenso.

Respiró hondo, apartó la mirada y, con un gesto rápido, le entregó la pistola.

—Está bien… me iré a dormir.

Buenas noches.

Kamei-san la observó mientras se acomodaba en la manta y pensó para sí: “No me imagino todo lo que tuvieron que pasar para llegar hasta aquí.

No sé qué fue peor: la guerra en Europa o el frío de Groenlandia.” Kamei-san miraba las estrellas, esperando a que el tiempo pasara.

Pasadas unas horas, Nuriel despertó.

Adelaida seguía dormida; Galton, aún envuelto en su saco de cuero, estaba a dos metros de distancia.

—Lo hiciste a propósito, ¿verdad?

—dijo Nuriel.

—¿Qué cosa?

—preguntó Kamei-san.

—Poner a ese sujeto tan lejos —Después de lo que les hizo, no quiero verle la cara—respondió Kamei-san Nuriel respiró hondo y lo miró con desconfianza.

—Quiero preguntarte algo.

¿De verdad eres nuestro aliado?

Pareces buena persona, pero… Kamei-san respondió sin titubear: —Nuriel, no pienses que esto lo hago solo por una profecía.

Nuriel arqueó las cejas.

—Dios mío… desde que este sujeto se durmió no escuchaba esa palabra.

Kamei-san se inclinó hacia él.

—Sé que no te agrada el tema de la profecía.

Conozco otro santo que tampoco soporta hablar de ella.

Pero, si tengo que ser sincero, no estoy aquí solo por la profecía.

—Estoy aquí por ustedes.

No deberían estar en Groenlandia; es culpa mía.

Debí ir yo en lugar de Galton.

Sin embargo, estoy dispuesto a hacer todo lo necesario para que puedas confiar en mí.

Extendió la mano y le ofreció algo.

—Toma.

—¿Es chocolate?

—preguntó Nuriel, sorprendido.

—Sí, una barra.

Nuriel le dio un mordisco, pero terminó tragándose la barra entera.

—¡Mierda!

No le dejé nada a Adelaida.

Kamei-san sonrió y sacó otra.

—No te preocupes.

Tengo más.

—¿Por qué traes chocolate en vez de comida?

—preguntó Nuriel.

Kamei-san se río.

—Conocí a una loca por el chocolate que no dejaba de pedirme.

Pensé que ustedes harían lo mismo.

—¿Crees que somos niños?

—replicó Nuriel entre risas.

—Para la longevidad que tengo —dijo Kamei-san con media sonrisa— son un par de niños.

Kamei-san alzó la vista al horizonte.

—En unas horas amanecerá.

O algo parecido.

Sé que amanece porque apenas hay una línea de luz en el cielo y las estrellas cambian de posición.

En dos horas partiremos.

Se volvió hacia Nuriel, serio.

—Te voy a pedir algo.

Tú cargarás a Adelaida, yo cargaré a Galton.

Esto podría salvar su pierna.

En el barco hay un médico que puede atenderla; lo traje desde Asia.

Pero debemos correr todo lo que podamos.

—La corriente aún tiene hielo denso.

Si intentamos navegar ahora, podríamos ahogarnos.

Prefiero que termines cansado y con frío, a que les dé una impotencia por agua.

Nuriel asintió con resignación.

—Está bien.

Voy a confiar en ti… porque no me queda de otra.

Pero si le haces algo a Adelaida… —Tranquilo —lo interrumpió Kamei-san—.

No les haré daño.

Al contrario, voy a sacarlos de aquí.

No nos separaremos hasta que Adelaida se cure.

Pasaron las horas.

Nuriel se estiró después de una breve siesta.

Recogieron sus cosas.

Nuriel cargó a Adelaida envuelta en el capullo de piel de oso polar; Kamei-san arrastraba a Galton en su saco de cuero.

Antes de partir, Nuriel preguntó: —Por cierto… tú eres un santo.

¿Qué clase de santo eres?

Adelaida es la del viento.

Yo soy el del relámpago.

Kamei-san sonrió con orgullo.

—Mi nombre es Kamei-san.

—Y soy el Santo del Astro.

Al decirlo, dio un impulso que movió la nieve a su alrededor, demostrando su poder.

—Tenemos que apresurarnos, niño —dijo a lo lejos—.

Estoy seguro de que tu propia fuerza divina actuará por instinto.

Con esa motivación lograron llegar desde el centro de Groenlandia hasta el puerto de Aasiaat en el sur.

Allí un pueblo los esperaba con comida y refugio.

Tardaron 20 días en llegar al barco pesquero conde los esperaban la tripulación, el Dr Steven, Frank y el teniente de navío Luis Tremblay.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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