Pólemos Tôn Agíon: Vol.1_ kosmogenesis_Español - Capítulo 19
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- Capítulo 19 - 19 Algo se mueve bajo la tierra
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19: Algo se mueve bajo la tierra 19: Algo se mueve bajo la tierra ⚠️ Advertencia: El siguiente capítulo puede contener descripciones muy gráficas y representaciones que podrían rayar en el gore.
Recuerden que todo lo narrado en este capítulo y en los próximos es pura ficción.
Temas delicados, como la religión o las ramas del existencialismo, también son tratados únicamente como elementos narrativos dentro de esta obra.
Se recomienda la discreción del lector.
🫠 Nota del autor: Aquí tengo que aceptar que me he reído muchísimo escribiendo este capítulo.
Me divertí como no tienen idea; de verdad, en más de una parte tuve que parar porque no podía dejar de reír.
¡Oh Dios mío, cómo amo al personaje de Adelaida.
______________________________________________________________________________ Estamos a miles de kilómetros de nuestros protagonistas; Nuriel y Adelaida ya están a bordo del barco pesquero, pero algo no parece encajar.
Mientras ellos se aferran a la rutina de la travesía, en un lugar remoto y helado surge un escenario que desafía toda lógica.
Desde lejos, su forma se apreciaba con claridad, y solo a esa distancia se comprendía el verdadero sentido de aquella elevación: lo que parecía una simple colina resultaba ser, en realidad, una montaña extraña.
Rocosa y coronada de nieve, su cima mostraba una apertura que no era una cueva común.
La entrada parecía absorberte en una sensación inquietante; no sabrías si estabas penetrando en una cueva o adentrándote al hades.
Las paredes, perfectamente rectas, daban la impresión de que alguien hubiera calcinado la piedra desde el interior.
Nadie podría explicarlo de otra manera.
Adentrándonos a esta estructura, solo se reflejaba la oscuridad y los sonidos de personas pidiendo ayuda, suplicando a Dios, Ala, Buha, Brahmá, Anu y otros dioses en idiomas ya muertos, implorando liberación de su tormento.
Colgaban doce soldados chinos, sostenidos por cadenas.
Sus manos temblaban y su respiración era un hilo entrecortado; sus hombros se estaban dislocando ligeramente.
Algunos llevaban semanas allí, ya no conscientes de lo que sentían; otros, que habían llegado hace días, gritaban para que alguien los encontrara.
Sin embargo, aquel hombre que caminaba entre ellos les advirtió en su idioma: —Ya me cansé de escucharte, me gusta hacer mi trabajo en silencio y los de las celdas no ayudan.
Si sigues gritando —dijo con calma—, te usaré de remanente.
No sé qué es peor.
—Podría usarte como remanente; aunque solo seas sangre tratada, seguirías vivo… o podría dejarte ahí, soportando el dolor de esas cadenas.
Si eres listo, deja de gritar.
El soldado no paró de gritar; sus movimientos eran salvajes, un intento inútil por liberarse.
El hombre lo impulsó por el canal que guía las cadenas hasta una estancia abierta, desprovista de puerta.
En su penumbra, una abominación lo aguardaba, inmóvil y paciente.
La criatura estaba formada por una amalgama de almas y cuerpos fundidos, como si alguien hubiera cosido a la fuerza la carne y los huesos de innumerables condenados.
De su interior emanaba un líquido oscuro, el remanente de la sangre de un inmortal, filtrándose por las grietas de aquella masa viviente.
El soldado gritó al verla.
Tenía cuatro bocas abiertas en direcciones distintas, ojos esparcidos sin orden alguno y cinco extremidades principales que apenas podían llamarse brazos: huesos descubiertos y carne podrida se entrelazaban en una forma irregular.
Sus movimientos eran violentos, y hasta en su piel sobresalían dientes, como si la bestia necesitara morder incluso más allá de su boca.
La experiencia era idéntica a ser comido vivo.
La cadena bajó lentamente hasta que solo quedó su cabeza.
—En este lugar hay eco; si siguen gritando, los mandaré con Khalzum.
No quiero ir por más soldados en estos días; con once me es suficiente.
La sangre del soldado corría por los orificios de Khalzum, a través de un canal de metal, y se almacenaba en un recipiente.
Pero había algo extraño: parecía que el hombre estaba muerto, pero el recipiente se movía; la sangre se movía y gritaba susurros, aunque el ser digerido no permitía decir nada coherente.
El hombre era extraño; anotaba el tipo de sangre y las capacidades de cada hombre.
Tenía un tatuaje en la frente, un óvalo con símbolos extraños; el cabello largo y recogido, barba y un aspecto de siglos.
Vestía prendas antiguas y tenía tatuajes en las palmas de sus manos.
Su nombre se perdió con el tiempo, pero los demonios lo llamaban Frollam.
Estaba de pie en el centro de la cueva.
Su bastón se movía con vida propia, reflejando cada cálculo que cruzaba su mente.
Era extraño: esta cosa cambiaba de forma; era una serpiente de tres cabezas que paseaba por la mesa de trabajo del hombre.
Desde las sombras surgieron las voces demoníacas de la cueva, llenas de eco y amenaza: —Frollam… ¿estás seguro?
¿No te precipitas?
—¿Precipitarme?
—respondió con frialdad—.
Ustedes desafiaron a Dios alguna vez, ¿no?
Solo hace falta reunir ejércitos; hasta los tronos divinos pueden caer.
El soldado chino apenas podía respirar.
Cada palabra de Frollam le calaba como un filo invisible.
Miró a su alrededor: siluetas deformes encajadas en jaulas.
No se movían, pero sus ojos reflejaban un horror absoluto.
Comprendió de golpe que cada sombra, cada gemido ahogado, era un testamento de la indiferencia de Frollam.
—No encontramos a Xiaoxui —susurraron los demonios—.
Si no la localizas, todo lo que has hecho en estos dos mil años habrá sido en vano; retrasaremos el plan… quizá siglos.
—Si entiendes los hilos que componen un espíritu —dijo Frollam con calma—, cada pensamiento, cada impulso… todo puede manipularse.
Tras mil años observando, conozco la estructura exacta de muchos espíritus; con ese conocimiento podemos desafiar a los ángeles.
—Si esto sale bien, será el primer paso hacia la guerra: la segunda guerra cósmica.
Además, ya hemos capturado a un querubín y a un serafín de bajo rango.
—Sabes que, si perdemos, recibiremos una condena peor que el abismo, ¿verdad?
—respondieron los demonios, susurrando—.
La primera rebelión tuvo una causa; esto podría poner a tu raza al borde del exterminio.
—Si Dios no responde aún por los dos ángeles capturados, quizá es porque Él no controla todo —replicó Frollam—.
Si eso fuera cierto, veremos qué pasa.
El soldado chino se estremeció al ver la serpiente de tres cabezas que Frollam convertía en un bastón de cuatro puntas.
La criatura parecía reflejar su mente: despiadada, calculadora, superior.
Cada movimiento de Frollam era exacto; cada palabra, un mandato frío.
Para él, las vidas humanas no tenían valor.
—Escucha con atención —dijo Frollam, fijando al soldado con una mirada que podía helar la sangre—.
Tu serás el primero.
Si sobrevives, tal vez te aparte de los demás.
Desde las sombras, los demonios murmuraban, cuestionaban, sugerían, pero Frollam los ignoraba con la misma indiferencia que mostraba hacia el soldado.
El soldado vio por un instante luces parpadeando: pues eran figuras deformes.
Pudo darse cuenta de que tal vez se trataba de personas.
Pero estas personas no estaban bien.
Porque esto es lo que pasa cuando el espíritu es modificado.
Cuando el espíritu es modificado, la carne también sufre.
Como consecuencia de los múltiples intercambios de sangre que hubo por medio de prisioneros, se podía ver cómo estos engendros, estas abominaciones, se frotaban entre sí.
Algunos con vísceras, otros con excremento, otros con sangre, pero ninguno quedaba sin frotarse.
Era como apilar cien personas en un cuarto sin ventanas, obligadas a respirar el mismo aire podrido de su propia condena.
Los gemidos se mezclaban con un murmullo constante, un lenguaje roto que no pertenecía a ningún ser humano.
Cada criatura suplicaba por la muerte, pero ninguna la alcanzaba.
La inmortalidad que se les había impuesto era peor que cualquier castigo divino.
Frollam observaba en silencio, con los ojos entrecerrados, como si todo aquello no fuera más que un cálculo bien hecho.
No mostró asco, ni compasión, ni siquiera orgullo: solo una calma gélida, propia de alguien que había perfeccionado su arte durante siglos.
—Si lo logro —concluyó Frollam—no terminarás junto a los adefesios.
En otro punto del mundo, lejos del hedor de la cueva y del eco de aquellas abominaciones, el tiempo avanzaba con la misma fecha.
Era 12 de junio de 1946.
En la enfermería del barco, el Dr.
Steven MacAllister observaba a Adelaida con gesto grave.
Mientras todo eso ocurría, ella intentaba no gritar, con un pañuelo mordido entre los dientes.
Después de veinte días de viaje, habían logrado llegar al barco.
En la enfermería, el médico pensaba: No puedo explicarlo del todo.
Con los recursos que tenían, lo lógico habría sido que la gangrena avanzara sin freno desde marzo hasta hoy.
Sin embargo, la infección se mantuvo contenida, como si alguien hubiera sabido exactamente qué limpiar y cómo hacerlo.
Es un milagro que la pierna siga ahí.
La fractura del radio consolidó de manera aceptable, aunque torpe.
Y esas ocho mordeduras… cualquier otro caso habría terminado en amputación o en un sepelio.
Esta niña tiene una resistencia fuera de lo común.
No perderá la pierna, aunque quedará una cojera de por vida.
Francamente, no puedo decidir si debo felicitar al joven que la cuidó… o preguntarle dónde aprendió esas maniobras de campaña.
Adelaida mordía el pañuelo hasta sentir que los dientes se le movían.
Las encías ardían, como si fueran a sangrar de tanto apretar.
El vaivén del barco le mareaba, la cabeza le daba vueltas, pero el dolor de la pierna era tan punzante que no podía olvidarlo ni un segundo.
Antes… antes siempre lloraba.
Cuando Nuriel abría mi pierna, yo lloraba como una niña.
Me movía, lo hacía equivocarse, lo ponía nervioso.
No podía soportarlo.
No podía.
Mis dientes se aflojaban de tanto morder… siempre pensaba que iba a quedarme sin ellos.
El metal frío de la camilla se le clavaba en los dedos.
Temblaba, pero no quería soltarlo.
Ahora no.
Ahora no voy a moverme.
Aunque me queme por dentro, aunque la pierna late como si fuera a reventar, aunque me muerda por dentro.
No voy a llorar.
No voy a darles el gusto.
El dolor es mío.
Me pertenece.
Que me destroce si quiere… yo sigo aquí.
La anestesia le nublaba los pensamientos, pero no lo suficiente.
Entre un mareo y otro, se repetía esas frases como un rezo torcido, un ancla para no gritar.
Tras cuatro horas de limpiar, retirar piel muerta y suturar, el médico salió con el semblante exhausto pero firme.
Frente a Kamei-san, en la puerta de la cabina médica, dijo: —Nos dirigimos hacia Terranova.
Escucha, Kamei-san… me sorprende que esta niña haya sobrevivido a un ataque de oso.
Y lo que más me impresiona: tal vez vuelva a caminar.
Tendrá una cojera casi de por vida, pero no perderá la pierna.
No entiendo cómo pudieron tratarla con tan pocos medios.
Mis asistentes y yo llevamos horas sin parar; el movimiento del barco no ayuda… pero Adelaida va a estar bien.
Es más fuerte de lo que parece.
Kamei-san le estrechó la mano con gratitud silenciosa, como quien reconoce un milagro sin atreverse a nombrarlo.
Mientras tanto, Nuriel se escabulló hacia la enfermería del barco.
El olor a desinfectante improvisado y a hierro en el aire lo golpeó al entrar.
Se acercó sin hacer ruido, hasta que la voz de una asistente lo detuvo en seco: —No la interrumpas —le advirtió en voz baja—.
Está bajo los efectos de la anestesia, medio dormida.
Aunque te sorprenda, el dolor era insoportable… la vimos morder el pañuelo con tanta fuerza que pensé que lo rompería.
Pero no te preocupes: su pierna está mejor de lo esperado.
Es increíble que haya sobrevivido a un oso polar.
—No me iré —respondió Nuriel en voz baja—.
Tengo que estar aquí cuando despierte.
La asistente suspiró.
—Está bien.
Pero no hagas ruido.
Nuriel se sentó junto a ella, en silencio, con la mirada fija en su rostro dormido.
Kamei-san, al ver que Nuriel había ido a la cabina de Adelaida, decidió respetar ese momento y se retiró a hablar con el capitán.
El teniente de navío Luis comentó: —No puedo creerlo.
¿Cómo es que esos dos niños sobrevivieron en el norte de Groenlandia, en pleno invierno?
—Son fuertes —contestó Kamei-san—.
En realidad, “fuertes” se queda corto.
Son supervivientes excepcionales.
Luis asintió, con un aire cansado.
—Estaremos en Terranova a finales de julio si la marea nos favorece.
De lo contrario, tal vez en agosto.
He visto la pierna de Adelaida.
La derecha parece desollada hasta el hueso.
Creí que sería más sencillo… Kamei-san pensó para sí: Ni siquiera yo sé cómo regenerarla.
Los santos podemos curar músculos, pero tal vez tarde décadas o siglos en volver a la normalidad.
Se obligó a calmarse.
Luis rompió el silencio: —¿Qué hacemos con el hombre de atrás?
Galton estaba amarrado, con cicatrices que parecían quemaduras.
El médico aseguraba que estaba sano.
Kamei-san sólo respondió: —Ahora no me importa.
Mi prioridad son esos niños.
Mientras Kamei-san seguía conversando con el capitán sobre rumbos y provisiones, Nuriel no se apartó de Adelaida.
Pasó la tarde junto a ella, atento a cada movimiento, y en la noche se quedó dormido en una silla, la cabeza apoyada en la cama.
Al amanecer, Adelaida abrió los ojos con dificultad.
Su mirada estaba vidriosa, el cuerpo aún pesado por la anestesia.
—¿Dónde estoy?… El techo… el techo parece una sopa rara… y tu cara, Nuriel… tu cara es un limón gigante.
Nuriel arqueó las cejas y no pudo evitar reírse en silencio.
—Shhh… tranquila.
Todavía estás bajo los efectos de la anestesia.
Ella giró apenas la cabeza y murmuró: —No quiero estar sola… No quiero que me dejes.
Quiero comer carne… mucha carne… ¿tú eres carne?
Nuriel apretó los labios para no soltar una carcajada.
—Estás delirando.
En ese momento entró Kamei-san.
—Vaya, parece que ya despertó.
Nuriel, no la molestes.
Adelaida lo miró fijamente, con los ojos entrecerrados.
—Ohhh… ahí está… el hombre de las trenzas… ¿Sabes qué, Kamei-san?
Eres como… como… un árbol muy guapo… o un dios con botas.
Kamei-san parpadeó, desconcertado.
—¿Qué estás diciendo?
—Yo estaba en la fogata… tú estabas ahí… ¿me dabas la mano?
¿O eran los labios?
Mmm… muy bonitos labios… eres más bonito que un limón… El santo suspiró, negando con la cabeza.
—Estás mareada.
Mejor descanso.
Quédate con ella, Nuriel.
Cuando salió, Adelaida murmuró hacia la puerta: —Adiós, árbol hermoso… Nuriel se llevó la mano a la cara, y terminó riéndose solo y se dijo para sí mismo: Cuando conocí a Élodie, yo estaba enamorado… y ella tenía veinticinco.
Ya me parecía una locura.
Pero tú, Adelaida… ¿un inmortal de mil ochocientos años?
Eso ya es otro nivel.
Ni siquiera dormida pierdes el sentido del drama.
Adelaida hizo un ruido extraño, algo entre un gemido y un ronquido.
Nuriel sonrió.
—Ay, Adelaida… si estuvieras consciente, te daría vergüenza todo lo que estás diciendo.
Lejos de las montañas y del vaivén del barco, otro escenario se desarrollaba en silencio, como si el mundo contara historias distintas al mismo tiempo.
A cientos de kilómetros, en el río Negro, provincia de Hanói, China, una mujer de rasgos asiáticos corría.
No huía de humanos, sino de algo peor: un espíritu andante de piedra, mitad guardián, mitad demonio, que parecía protegerla y perseguirla a la vez.
Su nombre era Xiaoxui.
Nadie lo sabía, pero era ancestro de Nuriel, ancestro del Relámpago.
Sin embargo, había algo que nunca se contó.
Trepó a un árbol para perder de vista al monstruo.
Luego saltó al vacío.
Su rostro se transformó en el pico de un ave rapaz, sus brazos en alas.
Planeó sobre el precipicio, huyendo del hombre-roca.
En su mente resonaba una sola idea: No deben encontrarme.
Debo liberar a Zaziel.
Si no lo detenemos… pondrá en peligro a toda la humanidad.
En ese momento, Kamei-san estaba en el borde del barco, mirando el horizonte.
Nuriel apareció detrás de él.
—Quiero volver a la civilización —dijo Nuriel.
Kamei-san se rió suavemente: —Interesante… o sea que te gusta la civilización.
Kamei-san lo miró curioso y pregunto: —Por cierto… ¿puedo preguntarte algo?
¿Cómo hicieron para ir al baño en esos lugares?
¿Es todo hielo?
Me imagino que Adelaida, con la pierna… habrá sufrido.
—Prefiero no hablar de eso —respondió Nuriel, encogiéndose de hombros.
—Cuando lleguemos a… ¿a dónde dijiste que íbamos?
—Canadá.
—dijo Kamei-san.
Nuriel suspiró: —Cuando lleguemos, lo primero que haré será buscar dónde me presten una ducha, quitarme todo esto y olvidar por un momento que el viento soplaba mientras intentaba… bueno, sobrevivir.
Kamei-san soltó una carcajada: —Bueno, muchacho… supongo que en el fondo no todos… No sé ni qué decirte, sinceramente.
Me da risa tu situación, me da pena verte al mismo tiempo.
Ambos se rieron juntos.
Nuriel preguntó: —¿Qué pasará cuando lleguemos a Vermont?
—En Vermont hay un bosque secreto —dijo Kamei-san—.
Allí está el lugar a donde necesito llevarlos.
Nuriel frunció el ceño, pensativo: —Y si vamos para allá… ¿podremos por fin escapar de todo esto?
De las guerras, de todo… Kamei-san sonrió, un poco con picardía: —Algo así… un retiro forzado.
De esos que ni pediste ni podrás cancelar.
Nuriel bajó la vista un momento: —El ángel dijo que Galton no despertaría hasta llegar a Vermont.
Kamei-san lo miró con firmeza: —No te preocupes por eso.
Yo me haré cargo de Galton.
Tú hazte cargo de Adelaida, ¿está bien?
El silencio se extendió entre ambos.
El mar seguía golpeando contra el casco, y el aire olía a sal y a hierro.
Era un silencio que no incomodaba: era el silencio antes del siguiente capítulo de sus vidas.
A lo lejos, el horizonte parecía dibujar un destino incierto, pero con la promesa de Vermont esperándolos, todo cobraba un sentido distinto.
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