Pólemos Tôn Agíon: Vol.1_ kosmogenesis_Español - Capítulo 20
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- Capítulo 20 - 20 Ya tengo un nombre
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20: Ya tengo un nombre 20: Ya tengo un nombre ⚠️ Advertencia: Este capítulo contiene referencias a estrés postraumático y recuerdos difíciles de infancia, aunque sin violencia explícita.
🫠 Nota del autor: A veces me pregunto, qué habría sido de mí si alguien me hubiera dado un abrazo en el momento justo… quizá no estaría escribiendo esta novela.
😉 ________________________________________________________________________________ Estamos, tal vez, en otro sueño.
Pero este no es el sueño de Nuriel; es el sueño de Jack.
Jack está en medio de su cama.
Y lo único que ve son personas.
Tres personas: su padre, su madre y su hermana.
Pero… ellos no tenían rostro.
Sus caras estaban blanquecidas, como si algo le impidiera verlas.
Jack intenta decirles: —Papá… mamá… Pero, de repente, el plano cambia.
Ya no está en su casa.
Ahora está atrapado en el bosque confinado.
Ahí aparece Galton, mirándolo con esa calma inquietante: —Vamos, muchacho.
Es hora de prepararte para ser el Santo del Fuego.
Jack reacciona: —¡¿El Santo del Fuego?!
¡¿Ni siquiera en mis sueños me dejas en paz?!
Sin embargo, Galton no hablaba con su voz, sino con la voz de Kamei-san: —¿Hablas de ti mismo o de mí?
En ese instante, su padre aparece al lado de Galton.
—Papá… —susurra Jack, con la voz quebrada.
Pero su padre no responde.
Solo camina en trance, como la última vez que lo vio.
Jack comienza a suplicar: —Papá, dime qué te pasó.
¿Qué te estaba pasando ese día?
No… no sé.
No sé qué te estaba pasando.
No sé dónde están mamá ni mi hermana… Los recuerdos lo golpean y murmura: —Mi hermana… mi hermana… Shushan.
Se llama Shushan.
Papá, ¿Qué hiciste con ella?
¿Qué le hiciste a mamá?
En ese momento, figuras oscuras y siniestras lo atan a un tronco.
Jack no pudo liberarse, porque aquellas figuras no tenían sombra.
Ellos eran la sombra: —¡Por favor… libérenme!
¡Libérenme!
Jack mira a su padre con miedo: —Papá, por favor… respóndeme… Y entonces, en el sueño, Jack empieza a volverse un niño otra vez.
Balbucea: —No… papá… por favor… no… por favor… ¡Qué hiciste con mamá!, ¡Qué hiciste con Shushan!
Pero su padre no muestra piedad.
Alza el látigo y golpea a Jack en la cara.
Jack abrió los ojos de repente, jadeando y con el pecho agitado, como si el sueño aún lo atrapara.
Se dio cuenta de que ya era mediodía.
Dánae entró a su cuarto y preguntó: —¿Qué te pasa?
Iba a despertarte, pero… no lo sé, creo que estabas teniendo una pesadilla.
Jack se tocó la cara, todavía temblando: —Soñé con un recuerdo horrible, Dánae… —dijo con voz apagada.
Dánae frunció el ceño, pero rápidamente cambió el ánimo: —Bueno, no me importa eso ahora.
Lo que importa es… ¡hora de comer!
Su entusiasmo era contagioso.
Tal vez no entendía la gravedad de lo que había sentido Jack, pero su energía iluminaba la habitación: —¿Qué tal si esta vez vamos a la cascada?
Tengo ganas de… no sé… pescar.
Nunca lo he hecho, pero quiero intentarlo.
Además, me dijiste que tal vez Kamei-san no regresaría pronto, y ya perdí la cuenta.
—Según el calendario que nos dio, debería ser agosto.
Así que… ¿por qué no vamos a pescar?
Jack suspiró, intentando relajarse: —Está bien.
Vamos a la cascada.
Te enseñaré cómo hacerlo, Dánae.
Dánae saltó de alegría: —¡Sí!
Me vas a enseñar a pescar y a hacer… ¿cómo se llama?
¡Ah, estofado de pescado!
¡Es rico!
Así, Jack y Dánae se dirigieron a la cascada.
Jack era el primer santo de todos.
Desde la perspectiva de Dánae, la niña alegre que, a pesar de haber perdido a su familia en la guerra de Stalingrado, había sabido sobrellevar el dolor, su vida habría sido mucho más difícil sin la ayuda de Jack y de Kamei-san.
Adelaida era una mujer resiliente, una guerrera.
Había soportado el dolor desde que salieron de Alemania hacia Berlín, pasando por los campos de concentración; desde el mar hasta Noruega, Islandia y Groenlandia.
Una mujer intrépida y valiente.
Nuriel, un joven sobreviviente del Holocausto, había llevado su madurez al límite, convirtiéndose en un hombre fuerte y decidido.
Kamei-san, el inmortal, un hombre que había vivido siglos, amado varias veces y que estaba dispuesto a arriesgarlo todo por los santos.
Y Galton, retratado como despiadado, un ser que, a pesar de los siglos, mostraba el lado más oscuro de la inmortalidad.
Pero… ¿y Jack?
¿Qué hay de él?
Dánae observaba a Jack, perdido en sus pensamientos mientras sostenía la caña de pescar.
—Eres muy aburrido —dijo ella.
Jack la miró: —¿En serio lo crees?
Ella rió un poco y continuó: —No te entiendo.
No eres como Kamei-san.
—Sí, tienes el pelo… pero es un desastre, francamente.
—Pareces una madriguera de animales.
Jack no dijo nada.
—Dime, ¿por qué no haces nada?
No entiendo.
¿Qué te pasa?
—insistió Dánae.
—Me doy cuenta de que, estando tanto tiempo aquí, puedo diferenciar cuándo una persona es fuerte y cuándo no lo es —contestó Dánae con calma.
Pero Jack no podía apartar la vista del lago.
Había algo en él, una energía silenciosa que parecía reflejar angustia, un cansancio profundo que se acumulaba en su mente día tras día.
—Dime, Jack, ¿qué te pasa?
—volvió a preguntar ella.
Jack la ignoró: —No me pasa nada.
Dánae se enojó un poco: —Cabeza de zorro.
—Cara de zorro.
—Escupitajo de mapaches.
—Estiércol de oveja.
Jack empezaba a enfadarse.
Aunque los insultos eran infantiles, Dánae los decía con fuerza y astucia, demostrando que sabía provocar reacción sin perder ingenio.
—¿Por qué no reaccionas?
—preguntó—.
Todo el mundo reacciona.
¿Pero tú no?
Hasta los cantineros italianos que conocí reaccionaban.
¿Por qué no reaccionas a mis insultos?
Jack miró a Dánae, pero no respondió.
—No entiendo… hasta Kamei-san sabe cómo ser gracioso, y él tiene como mil años, pero tú solo tienes unos veinte —dijo Dánae con picardía.
Jack suspiró: —No es cierto.
Tengo sesenta años o tal vez más, no lo sé.
—¿Y eso qué?
—preguntó Dánae—.
¿Qué importa que tengas esa edad?
¿Por qué no ríes?
¿Por qué no sonríes?
¿Por qué no disfrutas de la vida?
Parece que siempre estás triste.
Jack solo la miró: —No lo entenderías.
Mejor sigamos pescando.
Dánae, desafiante, empezó a golpearlo con su caña de pescar.
—Niña, ya basta, por favor, no quiero hablar de eso —dijo Jack.
Pero ella insistió, una y otra vez.
Desesperado, Jack sujetó la caña y la partió en dos con un solo apretón del puño.
Una llama surgió a su alrededor, envolviendo el suelo, sus manos y su cabello; su ropa comenzó a oler a quemado.
Su voz retumbó con tal fuerza que hizo temblar la tierra mientras gritaba: —¡Niña, ya basta!
Dánae se quedó asustada.
Era la primera vez que Jack le gritaba.
Jack trató de calmarse y vio que la llama estaba quemando sus prendas.
Saltó al agua desde la orilla para proteger rostro y manos.
Dánae lo siguió gateando y, con ambas manos en sus mejillas, lo miró a los ojos: —Dime, ¿por qué?
¿Por qué estás siempre callado?
¿Por qué nunca hablas?
Hablas, pero muy poco.
Ni siquiera cuando estabas con Kamei-san.
¿Por qué eres así?
¿Por qué parece que me mientes?
—Este lugar es pequeño, pero bonito para mí.
No entiendo qué pasa contigo.
Jack no sabía qué responder.
Solo resonaban en su mente las palabras de Galton: “Tú eres una mierda, jamás serás como Zaziel, eres una porquería, una basura.” Dánae empezó a hablar en voz alta: —Fui aprendiendo contigo, pero ya me cansé.
Si no quieres decirme lo que sientes, tal vez deberíamos dormir en lugares distintos: tú en una esquina del bosque, yo en la otra.
Parece que no eres sincero.
—Dime, ¿por qué no hablas?
¿Por qué siempre estás en un rincón, como si yo te desagradara?
Dánae empezó a dejar caer sus lágrimas.
Estimaba mucho a Jack, pero su silencio le dolía profundamente.
Se sentía rechazada; no soportaba que alguien a quien apreciaba mintiera o escondiera lo que lo afligía.
Jack vio en Dánae la silueta de su hermana.
Por más que intentara mentir, sus temores se le escapaban como arena entre las manos.
—No es que yo no te aprecie —dijo Jack—.
No es que no te aprecie.
La miró atentamente: —Es la primera vez que un santo entra en este lugar.
Y aunque eres una niña, no sé qué podría enseñarte.
No quiero incomodarte ni que me veas como alguien desagradable.
Y aunque bromees, no puedo evitar pensar qué es lo que realmente piensas de mí.
—Y la razón por la que no hablo es porque no sé qué decirte, Dánae.
Aunque parezca mentira, tú has explorado todo el mundo.
—Yo… no recuerdo nada, ni siquiera mi nombre real.
Jack es el nombre que me puso Kamei-san.
Tú me hablas de tus padres, pero yo ni siquiera recuerdo los míos.
Apenas recuerdo el nombre de mi hermana.
—Dánae, eres increíble.
Incluso tienes mejor trato con las palabras que yo.
No sé qué decirte ni cómo hacer para que no pienses que soy aburrido.
¿De qué podría hablar?
¿De autores?
¿De qué?
No aprendí nada, Dánae.
—Tengo sesenta años y no sé cómo comportarme.
No conozco a nadie más que Kamei-san y Galton.
Toda mi vida he estado en este lugar, con dolor por no saber qué hay más allá de este bosque.
Lo único que tengo es la profecía… y eso duele porque no sé lo que significa.
Dánae lo acercó a su pecho y abrazó su cabeza: —Yo soy solo una niña, pero sé consolar y que me consuelan.
Sé qué hacer cuando alguien está así.
Jack, no necesitas contarme todo ni impresionarme.
Solo quiero que juegues conmigo, eso es todo.
No te veo como “Jack, el joven de la profecía”; te veo como Jack, el segundo santo que conozco.
—No me gusta que siempre te quedes atrás.
En estos meses en Vermont pudimos hacer muchas cosas, pero tú siempre estabas en tu rincón.
¿No crees que, si pasáramos más tiempo juntos, los días serían más fáciles?
Dime, Jack… ¿me ves como el santo de la profecía?
Jack la miró a los ojos y respondió: —No.
—¿Cómo me ves entonces?
—preguntó la niña.
—Te veo como Dánae, la niña maravillosa que vino a este lugar —dijo Jack.
Dánae sonrió y comenzó a llorar también, intentando sonreír: —Veámonos así.
¿Qué te parece?
Jack se quedó pensando y luego rió: —Definitivamente, la boca y la lengua no te pesan.
—Si la lengua no me pesara, entonces no vendría de Stalingrado —respondió Dánae, riendo.
Pero Jack, aunque quería reír, no pudo evitar llorar.
Estando en el agua, dijo entre sollozos: —Perdón… lo siento… ya pararé… Dánae lo abrazó con fuerza: —En este lugar hay mucha agua.
Hasta que no dejes todas tus lágrimas en esta cascada, no nos iremos.
Yo también quiero llorar.
El cuerpo de Jack se derrumbó, perdió fuerzas, apenas podía mantenerse en pie.
Dánae estaba en la orilla, abrazando su cabello, y acariciándolo dijo: —Tranquilo… mi mamá me enseñó a abrazar cuando alguien llora.
Jack, con el dolor en la boca y los deseos de gritar, abrazó a Dánae.
La forma en que ella lo acariciaba apagaba su mente, evocando sentimientos olvidados, y en un segundo recordó a su hermana, cuando decía: “Hermanito, ven a jugar conmigo.
Vamos, mamá a cocinar panecillos de nuez.
Hermanito, eres muy bonito, mira, tú jugarás con Siran y yo con Lulu.” Jack comenzó a gritar; era su alma intentando escapar del abrazo de Dánae mientras la abrazaba.
Sus lágrimas caían de ojos y nariz, reflejo de todos sus años sin recibir un abrazo.
La última mujer que lo abrazó fue su hermana.
Dánae vio entonces las cicatrices de Jack, se dio cuenta de que las tenía hasta en la cabeza, en el cuello y en los brazos, y sintió por un momento un destello del dolor que cargaba.
Jack, abrazándola fuerte, sentía frío y calor a la vez: frío por el agua que lavaba su carga y calor por el pecho de Dánae, y solo susurró: —Shushan… hermanita… ¿Qué pasó contigo…?
Dánae se dio cuenta —o tal vez lo comprendió en ese instante— de que Jack quizá jamás podría explicarle todo.
Solo con escuchar cómo lloraba y gritaba, podía intuir que había secretos que él nunca compartiría.
Así que se quedó en silencio, esperando a que sus lágrimas terminaran de caer antes de salir del agua.
______________________________________________________________________________ Mientras Dánae permanecía junto a Jack, dejando que sus lágrimas se mezclaran con el agua del río, en otro lugar, lejos de Vermont, el campamento se mantenía en calma.
Adelaida dormía plácidamente, y el silencio solo era interrumpido por la voz de Nuriel, que finalmente se decidió a hablar: —¿Cuánto falta para Vermont?
—A este paso, llegaremos en cuatro días —respondió Kamei-san con tranquilidad—.
Pero no hay prisa.
—Estoy tranquilo sabiendo que las cosas han mejorado.
Si no fuera por el Dr.
Steve, el teniente Luis y mi compañero Frank, tal vez no hubiera podido ir a Groenlandia.
Evitar las minas fue un desafío, especialmente a finales del invierno.
Nuriel lo miró, curioso: —Kamei-san, hay que ayudar a Adelaida a volver a caminar.
El médico dijo que podría hacerlo, aunque con una ligera cojera.
Debemos conseguir utensilios médicos modernos, medicinas y todo lo necesario.
Kamei-san asintió: —Traeré todo lo necesario para ayudar a Adelaida a volver a caminar.
Pero debes saber algo: una vez que entren a Vermont, no podrán salir hasta que Galton lo permita.
Será imposible escapar antes.
—¿Entonces para qué nos llevas allí?
—preguntó Nuriel, sospechoso—.
¿Es una trampa?
¿Una jaula?
Kamei-san bajó la voz, serio: —Algo extraño está pasando, Nuriel.
Desde que he estado viajando, he sentido que hay cosas que podrían poner en peligro a los santos.
No sé exactamente qué es, pero si mis sospechas son correctas, eso explicaría por qué Galton quiere mantenerlos confinados en Vermont.
Nuriel frunció el ceño: —Creo que eso es solo una excusa.
Kamei-san suspiró y continuó: —Está bien, te contaré lo que he podido averiguar.
En uno de mis viajes han ocurrido cosas extrañas en China.
Hay rastros de putrefacción angelical… ángeles que actúan en contra de todo, incluso del infierno.
—Han intentado abrir una tumba que he visitado varias veces: el Pozo del Juicio, donde está enterrado mi hermano Zaziel.
O tal vez siga vivo, aunque lo dudo.
—¿Qué tumba es esa?
—preguntó Nuriel.
—No es una tumba normal; es algo parecido al bosque confinado —dijo Kamei-san—.
Y el idiota de Galton no me ha dado ninguna explicación sobre cómo abrirla.
—Quiero enterrar a Zaziel dignamente.
Pero he visto intentos de abrir el Pozo y cómo se ha debilitado su sello.
Eso significa que… Kamei-san se detuvo, mirando a Nuriel con gravedad: —Por ahora no te contaré todo.
Debes asimilar la información primero; podría ser solo especulación.
—Si lo que digo es cierto, lo más seguro es que permanezcan dentro del bosque confinado.
Así evitamos que cualquier amenaza alcance a los santos.
—Nuriel, no escapaste de las guerras ni de Groenlandia para que una amenaza mayor te encuentre a ti o a Adelaida.
Por eso los llevaré a ese lugar, el sitio más seguro de la tierra.
Nuriel asintió, comprendiendo la gravedad de la situación: —Está bien.
Aunque no me agrade esta situación, debo reconocer que te has ganado mi confianza como para dudar de tus palabras.
Mientras las estrellas seguían brillando, recordando el regreso de Kamei-san con el santo del viento y del rayo, en el bosque confinado aún era de día, un lugar que seguía sus propias reglas.
Jack y Dánae regresaban después de pescar, con dos truchas en su haber.
Caminaban en silencio, hasta que Dánae decidió romperlo: —Una pregunta, Jack.
—¿Qué pasó?
—respondió él, curioso.
—Yo me llamo Dánae Valciev, pero tú… no tienes ningún apellido, ¿no?
Jack frunció el ceño: —¿Apellido?
—Sí, bueno… siempre lo he visto.
Incluso los autores parecen tener un pseudónimo o segundo nombre —explicó Dánae, divertida—.
Siempre he pensado que todo hombre debería tener un apellido elegante.
¿Qué te parece… Ivanov?
—No sé… no me gusta —dijo Jack.
—Rossi, Petrov o Kowalski —propuso Dánae, enumerando rápidamente.
—Mmm… me inclino por el segundo —dijo Jack, dudando.
—¿O qué tal Dubois, Smirnov, Lefevre o Zhang?
—continuó Dánae, juguetona.
Jack la miró y murmuró: —“Jack Kowalski”… suena un poco largo, ¿no?
Dánae lo pensó un momento y luego sonrió con picardía.
“Bueno… él es como un príncipe de este bosque: reservado, algo recatado y hasta guapo… mmm… tal vez tendría que inventarle un apellido, uno que suene poderoso.” Y ella susurró: —Fürts… Fürts… Jack Fürts.
—¡Lo tengo!
Fürts.
¿Qué tal… Jack Fürts?
—Jack Fürts… ¿qué clase de nombre es ese?
—preguntó Jack, confundido.
—En nombre de un príncipe —respondió Dánae mientras corría hacia la casa—.
Ya lo decidí: te llamarás Jack Fürts.
Ese será tu nombre.
Jack no pudo evitar sonrojarse, pero finalmente aceptó: —Jack Fürts… bueno, al menos no suena mal.
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