Pólemos Tôn Agíon: Vol.1_ kosmogenesis_Español - Capítulo 21
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- Capítulo 21 - 21 Los santos están en Vermont
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21: Los santos están en Vermont 21: Los santos están en Vermont ⚠️Advertencia: Este capítulo puede contener imágenes explícitas y descripciones gráficas de los personajes.
El autor no busca el morbo ni pretende hacer burla de estas menciones.
Todo lo narrado es ficción.
Se recomienda discreción al lector.
🫠Nota del autor : Estos días me ha sido muy difícil seguir publicando capítulos diarios.
Aunque ya tenía algunos pre-escritos, he tenido que reescribirlos para darles coherencia.
Lo que está a punto de venir me tomó días de investigación, porque aunque no quiera aceptarlo.
Intentar entrar en la psicología de estos personajes ha sido un verdadero reto para la imaginación.
___________________________________________________________________________________________ La ambigüedad de saber si era un sueño, una visión, una revelación o una combinación de los tres, todavía inquietaba a Galton.
Le resultaba perturbador aparecer en el mismo lugar junto a Batuya.
Batuya le decía con voz serena pero firme: —Dios está intentando en más de una ocasión que tú entiendas, Thiago.
Pero parece que no entiendes.
Hizo una pausa, como si le doliera profundamente continuar.
—Sabes, me duele mucho saber que incluso en el otro mundo nuestros caminos se separarán.
Galton no pudo procesar nada, porque la silueta de Batuya se estaba desvaneciendo.
Un escalofrío recorrió a Galton, y de pronto el sueño se desvaneció.
La sensación de separación y destino incompleto quedó flotando en su mente mientras la luz de Vermont comenzaba a filtrarse en sus párpados.
Galton abrió los ojos.
Estaba siendo cargado por Kamei‑san.
Las hojas tenían un verde intenso, y el verano comenzaba a ceder ante el otoño.
En ese instante comprendió que, finalmente, había llegado a Vermont.
Recuperó de golpe la fuerza divina que había perdido en Groenlandia y se liberó del saco de cuero en el que lo llevaban, gritándole a Kamei‑san: —¡Kamei‑san, bájame!
La ira responde en confusión Su mente seguía atrapada en Groenlandia; no recordaba nada con claridad.
No había escuchado nada mientras dormía, simplemente había estado en coma, y eso lo enfurecía aún más.
En ese mismo instante, Nuriel retrocedió junto a Adelaida.
—¡Nuriel, ya despertó el loco!
—dijo Adelaida, con una mezcla de repulsión y asco.
Nuriel volteó.
Cargaba a Adelaida en la espalda, en una especie de silla improvisada, apoyando su pie en un madero.
Galton, entre atónito y exasperado, preguntó: —¿Cómo llegué hasta acá?
Kamei‑san lo miró con tal furia que hasta su propio corazón parecía negarse a moverse por el miedo, pero fue su espíritu el que le dio el impulso necesario.
Apretó el puño con fuerza y lo lanzó.
Con un golpe seco, lo derribó al suelo y le dijo: —Estás en Vermont.
Galton quiso reaccionar, pero la intriga lo dejó paralizado.
Entonces Kamei‑san habló de nuevo: —Tuve que rescatarte de Groenlandia.
Agradece a Nuriel.
Él te salvó la vida.
Pero la expresión de Galton era todo menos agradecimiento.
Con un gesto de repugnancia, espetó a Nuriel: —Vete al carajo, niño.
El joven volteó, con indignación en los ojos y una frialdad que cortaba el aire.
Su actitud era seca, casi impenetrable, como si cada músculo rechazara cualquier muestra de duda.
Nuriel ya no era un niño.
Cada paso que daba resonaba con la firmeza de un hombre forzado a crecer demasiado rápido, marcado por un mundo que no le dio opción.
Su rostro, serio y contenido, era un mapa de cicatrices invisibles: Groenlandia, Islandia, Berlín, Buchenwald, Auschwitz, el gueto… y los fantasmas que llevaba consigo, todos fusionados en una sola mirada que podía helar la sangre de quien la enfrentara.
El hecho de que cargara a Adelaida y se dirigiera a Galton con tanta normalidad mostraba que en él ya no había rastro de miedo.
Mirándolo fijamente, le plantó cara: —No me importa lo que pienses, lo que creas ni quién seas.
Ya te traje a Vermont.
Agradécele a Dios, no a mí; esto no lo hice por gusto.
—Tampoco me interesa si lo dices o no, pero yo soy el santo del rayo, y quien está en mi espalda es el santo del viento.
Adoptamos esos títulos porque nos los ganamos, no porque tú lo digas.
—Venir desde el continente europeo hasta aquí, caminando, fue una locura, una imprudencia que obviaste.
Y si te soy sincero, nada de lo que hagas me importa.
—Solo me interesa llegar al bosque confinado, porque confío mucho más en el hombre que está a mi lado que en la basura que tengo enfrente.
Adelaida lo miraba con un desdén contenido, casi sin palabras.
Nuriel apartó la mirada y se alejó.
Adelaida quería hablar, pero Nuriel dijo todo lo que ella quería decir, y en reacción a Galton, levantó el dedo del medio: —Púdrete, imbécil.
Kamei‑san la observó, esbozando una leve sonrisa, pensativo: «Interesante… esta mujer tiene carácter.
Me sorprende cómo se atreve a hablar.» Volvió su atención a Galton, con voz serena: —Galton, te aseguro algo: últimamente Dios ha estado moviendo hilos, y parece que no te va a involucrar esta vez.
No permitirá que pongas en riesgo a los verdaderos santos.
Se adentraban en Vermont, y frente a ellos se alzaba el bosque confinado.
Sus sombras dibujaban formas extrañas entre la luz que se filtraba, casi como si el lugar respirara por sí mismo.
Allí estaba el árbol que marcaba la entrada.
Kamei‑san lo señaló: —Ahí está.
Ese es el árbol.
Nuriel permaneció en silencio, evaluando la escena: —Bien… encontraste el árbol.
¿Debo alegrarme o preocuparme por ello?
—dijo con un toque de humor seco—.
Mira, voy a aplaudir.
Encontraste el árbol.
Bien.
¿Y ahora qué?
Adelaida parpadeó, cautivada, con un hilo de asombro en su voz: —Bueno… encontraste el árbol.
Eso es… bueno, ¿no?
¿No se supone que estamos ya en el bosque especial y mágico?
Kamei‑san levantó la mano con calma.
—No.
No malinterpretes mis palabras.
Este árbol es solo la entrada.
De su palma surgió un orbe luminoso que flotó ante ellos, conectado a su don de la creación.
La luz suave y vibrante trazó líneas sobre la corteza, que lentamente se partió en dos, revelando una apertura.
La madera crujió como si respirara, y del interior emergió una cueva que parecía tener vida propia: la entrada al bosque confinado.
Nuriel y Adelaida quedaron boquiabiertos ante el árbol que parecía moverse con voluntad propia.
Adelaida, intentando romper la tensión, le dio un pequeño golpe en la cabeza a Nuriel: —Ay, por favor, no te emociones tanto.
Hemos visto cosas incluso más sorprendentes que un árbol que se abre.
Y hay que entrar ahí, ¿no es cierto, Kamei‑san?
Kamei‑san asintió, su voz resonando entre la penumbra: —Sí… entremos.
_______________________________________________________________________________ Apenas entraron, el aire los envolvió con un brillo tenue, como si cada partícula flotante contuviera su propia luz.
La penumbra del bosque se entrelazaba con haces de claridad que parecían respirar y moverse con vida propia.
Al enfocar la vista hacia el fondo, quedaron completamente atónitos.
Lo que veían era un bosque gigantesco, salpicado de colinas y torres alineadas con una precisión casi ritual.
Cada torre estaba separada por tres metros, y sobre ellas danzaban auroras que pintaban el aire con colores imposibles, reflejándose en el follaje y el río que serpenteaba a lo lejos.
Aunque afuera ya era de noche, en este bosque confinado reinaba un amanecer.
Las estrellas brillaban con una intensidad que parecía desafiar las leyes del otro plano de la Tierra.
El viento llevaba un murmullo que recordaba a susurros antiguos, y podían ver, desde la altura de una colina cercana, praderas, extensos bosques y montañas que se perdían en la distancia.
Una montaña coronada por una cascada alimentaba un río que se ramificaba en seis brazos, entrelazándose como un laberinto líquido, tejiendo el corazón escondido del bosque.
Adelaida y Nuriel se quedaron sin palabras.
—No puedo creerlo… —dijo Adelaida—.
O sea… bueno, sí puedo creerlo porque lo estoy viendo, pero si tuviera que describir esto en un libro, no sabría cómo hacerlo.
En ese momento, Kamei‑san se dirigió a ellos con voz serena, mientras sus ojos recorrían el bosque que parecía palpitar con vida propia: —Escúchenme bien.
Este bosque… en realidad está vivo.
Cada piedra, cada árbol, cada río, incluso la ropa que llevamos puesta, todo lo que conforma el mundo es espíritu.
Existen dos tipos de espíritus: el espíritu viviente y el espíritu natural.
—Los primeros habitan los seres que sienten, los segundos están en la esencia de la tierra, el agua, el aire… hasta en las piedras más antiguas.
Hubo una pequeña briza que, con su calor, les daba la bienvenida, comprobando lo que dijo Kamei‑san.
Él se dirigió a Nuriel: —Dame a Adelaida.
Yo la cargaré desde aquí.
Las torres tienen tres metros de separación.
A pesar de que posees parte de la Fuerza Divina, aún no tienes entrenamiento suficiente para saltar cargando a alguien.
Déjame hacerlo esta vez.
Nuriel asintió y la acomodó: —Sí… con cuidado.
Adelaida no podía evitar pensar: “Espera, ¿qué?
¿Me va a cargar o algo así?” Kamei‑san extendió los brazos hacia ella y dijo con calma: —Ven, Adelaida.
Ella se dejó ir, aunque le costó aceptar lo que sentía.
Su mente estaba llena de pensamientos confusos, en una verdadera guerra consigo misma: A ver, a ver… tranquila, Adelaida.
No es como que… No, no puede ser.
Es un hombre asiático.
¿Por qué mi corazón late tan rápido?
¿Por qué estoy tan nerviosa?
¿Cómo podría gustarme un hombre así?
El hombre alemán perfecto que siempre imaginé tenía ojos claros que parecían atravesarte, cabello rubio que brillaba con el sol, un porte firme y elegante, y gestos precisos, medidos… como si cada movimiento tuviera un propósito.
Él no me gusta… no me gusta… no es guapo… no tiene etiqueta… no tiene… no puede gustarme… Mientras Adelaida se perdía en esos pensamientos, Kamei‑san la levantó con cuidado, asegurándose de sostenerla con firmeza mientras avanzaban.
Cada paso parecía danzar sobre el bosque confinado, que respiraba y vibraba a su alrededor.
Al notar la tensión de Adelaida, Kamei‑san pensó: «Está nerviosa… quizá teme caerse.» —Tranquila —dijo Kamei‑san con voz serena—.
Bajaremos de aquí, y después podré cargarte hasta la cabaña en Vermont con Jack y Dánae.
No te caerás.
Adelaida solo pudo mirar sus ojos y asentir, atrapada entre el miedo y la fascinación, sin decir una palabra más.
Mientras Kamei‑san la cargaba, Nuriel pensó para sí: “La tonta empezó a perder la razón de nuevo.” A mitad del camino, Kamei‑san notó la expresión de Adelaida: una mezcla de sorpresa y tensión, como si algo la incomodara.
Malinterpretando la situación, dijo: —Tal vez quieras volver con tu hermano.
Tiene sentido… discúlpame.
Adelaida se quedó paralizada, sus pensamientos girando a mil por hora: “No, espera… no… no quise hacer… ¿Se cansó de cargarme?…” Kamei‑san la hizo pararse en un pie y le dijo a Nuriel: —Nuriel, lleva a Adelaida hasta la cabaña.
Yo te diré dónde es, sólo sígueme.
Cambiando de manos, lo único que Adelaida pensaba era: “¿Por qué dejó de cargarme?
¿Acaso hice algo malo?” Cuando llegaron a la cabaña, Jack estaba dándole de comer a las ovejas que se encontraban a un lado.
Al verlos, gritó: —¡Dánae!
¡Ya volvieron!
¡Regresaron!
Kamei‑san regresó acompañado de dos personas.
Dánae, como si se tratara de un espectáculo —ya que estaba reparando el tejado—, saltó con gran impacto hacia el suelo, mostrando su fuerza sobrehumana y recordando a todos que ya era un santo.
Dánae exclamó: —¡No puede ser!
Trajeron… a los nuevos santos…
Mientras tanto, Nuriel hablaba con Adelaida y le pidió: —Por favor, bájame.
Adelaida, con el corazón aún acelerado, respondió: —Quiero ver el paisaje.
Lo dijo en alemán, sin darse cuenta.
En ese instante, algo en Dánae se activó: aunque no conocía realmente el idioma —había aprendido solo un par de palabras, pero nada en concreto—, pudo reconocer cómo sonaba.
Un calor de alerta recorrió su cuerpo, como si su instinto reaccionara antes que su mente.
De repente, una pequeña memoria irrumpió en su pensamiento.
Recordó a su madre, con la voz cargada de cariño y urgencia: —Hija, escúchame… vamos a ir aquí nomás a la fábrica para pedir comida, ¿sí?
Tú te quedas aquí con la señora, no seas una niña imprudente, ¿vale?
Y ella, apenas capaz de sostener las lágrimas, respondió: —Mamá… no te vayas, por favor.
Su padre apareció entonces, abrazándola brevemente y besándola en la frente: —Hijita, ya venimos, ¿sí?
Mamá tiene que venir conmigo también.
Pero ellos se fueron, y Dánae recordó que lo había perdido todo en esa guerra.
La señora que la cuidaba la abandonó, dejándola enferma y casi desnutrida, sola en la casa que ahora le parecía un recuerdo helado y vacío.
Podía sentir aún el frío cortante sobre su piel, la nieve que le lastimaba los ojos, la sensación de impotencia y soledad absoluta.
Ahora, al escuchar a Adelaida hablar en alemán, no pudo evitar relacionarlo con todo ese dolor, con la sensación de miedo y abandono que había marcado sus días más solitarios.
Como una expresión de su cuerpo o como una reacción involuntaria, Dánae agarró la piedra que estaba junto a su zapato y la lanzó a Adelaida.
La roca giró con tal fuerza que Adelaida apenas alcanzó a voltearse a verla; el impacto le abrió la frente, haciéndola sangrar.
Kamei‑san apenas pudo reaccionar.
Nuriel también.
Pero Galton fue quien más enfureció.
Dánae gritó con un dolor que resonó en todos: —¡¿Qué hace ella aquí?!
Es una alemana… puedo notarlo por cómo hablan.
¿Por qué la trajeron aquí?
¿No se dan cuenta que es una asesina?
¡Su nación destruyó mi hogar y me arrebató a mis padres!
Las lágrimas caían por su rostro; aunque había aceptado que probablemente sus padres no estaban vivos, el dolor de su pérdida y la imposibilidad de regresar a su hogar se sentía como un peso insoportable.
Nuriel, molesto, le gritó: —¡Niña, ¿qué te pasa?!
En ese momento, Galton se acercó.
Kamei‑san sintió miedo por primera vez desde que se enfrentaron: aunque ya le había hecho frente antes, sabía que Galton había recuperado parte de su fuerza divina.
Galton pensó, frío y calculador: Yo solamente vine por el santo del viento y el santo del relámpago… ¿Qué hace esta niña aquí?
Si pudo saltar desde la casa hasta aquí y, además, entrar a Vermont, eso significa que es un santo.
Al ver cómo Dánae había lanzado la piedra a Adelaida, su ira explotó sin medida.
Con un movimiento brutal, la pateó en el estómago, lanzándola contra la puerta de la cabaña con un estruendo seco.
Dánae impactó con el torso contra la madera; el golpe le dobló las costillas y un dolor agudo le cortó la respiración.
El aire se le escapaba en jadeos, la visión se le nublaba y un sabor metálico a sangre le llenó la boca.
Su cuerpo se encogió instintivamente, y la presión en su abdomen hizo que vomitara mientras su corazón latía desbocado, como si quisiera escapar de su pecho.
Cada segundo era un tormento; el dolor la dejaba temblando, con la fuerza drenada de sus brazos y piernas.
Sus lágrimas se mezclaban con la saliva, y un grito ahogado se quedó atrapado en su garganta, incapaz de formar palabras.
Jack, con los ojos llenos de furia y preocupación, se colocó frente a ella, firme como un muro: —¡No, Galton!
¡Esta vez no voy a dejarte!
¡No con Dánae!
A Kamei-san, en ese instante, los recuerdos le golpearon con peso.
Primero vino la imagen de su primer hijo, aquel al que apenas supo sostener sin temblar.
Se vio a sí mismo como un mal padre, torpe, distante, incapaz de dar la calidez que necesitaba.
Luego, uno tras otro, recordó a su segundo y a su tercer hijo… y cómo, con el paso del tiempo, fue aprendiendo a ser un padre, aunque ya fuera demasiado tarde.
Las imágenes cambiaron: tumbas.
Tierra removida.
Él, con las manos vacías, enterrando a los hijos que había amado.
Cada puñado de tierra era una confesión, cada piedra un perdón no dicho.
Recordó también a todas las esposas que tuvo, los hijos que nacían de esos amores fugaces… y cómo, uno tras otro, se apagaban por la vejez mientras él seguía vivo.
Entonces llegó el recuerdo que más le dolía: Jack, y con él, el peso de su culpa.
Nunca pudo interceder por él.
Su último hijo, Dechen, había llegado a odiarlo, acusándolo de haberlo dejado y abandonado.
Kamei-san nunca explicó por qué se fue.
Simplemente se fue.
En su mente resonaron las últimas palabras de aquel hijo anciano en el Tíbet, postrado por la enfermedad que lo había inmovilizado durante veinte años.
Su piel era fina como papel y sus huesos crujían con solo respirar.
Lo vio mirarlo a los ojos, con voz cansada pero cargada de afecto y desesperación: —Escúchame… papá… —tosió, apenas un hilo de voz—.
Siempre me hablas… de ese muchacho… Jack.
—Yo… yo ya viví mi vida… ya enterré a mis hijos… uno por uno.
Y mírame… aquí sigo… atrapado en este cuerpo… roto.
—Tienes que cuidarlos… protegerlos… no hagas conmigo… lo que hiciste antes.
Si me quieres… ayúdame.
—Mis huesos… me arden.
Mi cuerpo… ya no me obedece.
Esto no es vida… es dolor.
Llévame… al jardín.
Déjame allí… descansar.
Si lo haces… si me das esa paz… te perdonaré… todo.
—Papá… yo te amo.
Me duele… saber que yo… mortal… enterré a mis hijos… y tú… inmortal… me sobrevivirás.
Pero si tienes que ir… a ese niño del que hablas… ve.
—Porque yo… no desamparé a mis hijos… y ellos… me dejaron en mi vejez.
No quiero que tú… hagas lo mismo.
La familia… entre padres e hijos… no se abandona… nunca.
Kamei‑san cerró los ojos un segundo.
Aquella última frase se le clavó en el pecho como una daga; el peso de los siglos y la culpa lo aplastaron de golpe.
Sus manos comenzaron a temblar, como si el dolor de Dechen se hubiera quedado alojado en sus huesos.
Entonces se levantó de un salto.
No iba a permitirlo.
Sujetó la muñeca de Galton con una fuerza de la que la energía divina no le permitió zafarse.
¿Era la fuerza de Kamei‑san más potente que la de Galton?
¿Se había debilitado Galton al enfrentarse a los santos?
Da igual, le costó librarse.
Kamei‑san lanzó un grito, cargado de rabia y de todo lo que había callado durante siglos: —¡Esa niña que acabas de patear es mi hija!
—¡Galton, si vuelves a tocarla, te juro que te cortaré el cuello!
¡Si te crees el santo elegido por Dios, entonces ven y pruébalo!
Me da igual si voy al cielo o al infierno.
—.
¡No vas a tocar a Dánae ni a Jack!
Kamei‑san sacó la espada con calma y le dijo: —¡Aléjate!
¡No me des razones para matarte!
Galton, a pesar de todo lo que era, por alguna razón se sintió traicionado por Kamei‑san, como una respuesta de su narcisismo.
La fuerza divina nunca le había fallado; era la primera vez en siglos que algo así ocurría.
La energía de Kamei‑san podía verse; la fuerza divina estaba en su cuerpo, como un destello del poder de los ángeles.
Galton reclamó: —¿Qué es esto, Kamei‑san?
¿Desde cuándo te me plantas así?
¿Quién te crees?
¡ Kamei‑san miró a Dánae tendida en la puerta.
Con un gesto seco y preciso hizo oscilar la hoja: un corte único; y en solo un momento se vio como los dedos de Galton cayeron al suelo.
El dolor le partió la voz.
—¡Hace poco le temía a la ira de Dios!
—advirtió Kamei‑san—.
¡Pero si te crees tan soberbio como para decir que tus palabras son las de Él, no sentiré nada al matar a un apóstol caído!
Galton, fuera de sí, gritó: —¡¿Qué es esto?!
¡¿Qué es esta cabaña, para empezar?!
¡¿Cómo que tú hija, Kamei‑san?!
Kamei‑san respondió, firme: —¡Ella es mi hija!
¡El santo de la naturaleza!
Ella es mi protegida, Galton.
¡No cometeré este error como lo hice con Jack!
—¡Jack no mereció estar a tu lado.
No me iré como antes.
Protegeré a los que están conmigo: son mi familia.
Se inclinó un paso hacia él, la voz cargada ahora de convicción, un juramento.
—Dios está en mi espada ahora, Galton.
Si te he cortado, fue porque esa espada es la lanza que denuncia a quien oprime la verdad y la oculta.
—¡Dios está en mi espada!
“Los ángeles observan en silencio: el futuro cósmico de los santos cuelga de un hilo, oscilando entre
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