Pólemos Tôn Agíon: Vol.1_ kosmogenesis_Español - Capítulo 22
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- Capítulo 22 - 22 Punto sin retorno
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22: Punto sin retorno 22: Punto sin retorno ⚠️ Advertencia: El siguiente contenido puede incluir imágenes explícitas de lesiones y tratar temas sensibles para los lectores de WebNovel.
Recuerda que todo esto es ficción, y se recomienda discreción al leer.
📝 Nota del autor: Debo aceptar que he estado un poco cansado.
Seguiré trabajando, pero… esto cansa, ¿eh?
Hacerlo a diario realmente cansa.
____________________________________________________________________________________________ “Era silencioso.
Era extraño.
Parecían pensamientos revoloteando, tal vez un indicio de que el bosque también escuchaba.
Todo indicaba que el bosque tenía vida.
Este bosque ha cambiado con el tiempo: antes crecía bambú en él, y estaba ubicado en China.
Pero ahora le brotan pinos, abedules y caobas, y se encuentra en Vermont.
Era extraño, como si fuera un ser místico.
Tal vez este bosque tiene vida o conciencia.
¿Quién lo sabe?
Lo único que se sabe es que el bosque está dormido.
Y…
está escuchando la pelea que ocurre sobre su tierra.” ____________________________________________________________________________________ —Esta vez yo voy a hacerme cargo de esto.
Dios me ha elegido para encontrar al Santo de la Naturaleza, y tú no puedes ir en contra de Dios —dijo Kamei-san.
Galton quedó congelado por la reacción inesperada.
Mientras tanto, Nuriel, con la mochila médica al hombro, trataba de detener la hemorragia de Adelaida.
Se quedó pensando un momento, analizando la situación: “Esta niña golpeó a Adelaida.
Pero…
ahora que la veo en el suelo, no sé por qué.
No puedo sentirme molesto con ella.” “Habló en un idioma extraño…
por sus características, me atrevería a decir que viene del oeste.” “Pude darme cuenta de que solo se dirigió a Adelaida.
¿Esta niña es violenta?
…
Pero ¿por qué lloraba?” “No voy a bajar la guardia en caso de que lance otra piedra.
Aunque, francamente, viéndolo de esta forma…
no entiendo por qué Kamei-san la está defendiendo.” —Adelaida —dijo Nuriel, susurrando—, ven, párate.
Este idiota puede perder la razón; tenemos que escondernos.
Adentrémonos en el bosque.
Adelaida estaba mirando al suelo, recordando la última vez que vio a su madre y hermanas, y se dijo a sí misma: “¿Por qué todos me repiten lo mismo?
¿Por qué parece que, con mis heridas, estoy pagando algo que no hice?
Yo también tengo derecho a reclamar.” “Estoy cansada de que siempre me digan que Alemania es la oveja negra, como si eso explicara todo, como si sus heridas y sus miedos fueran culpa mía.
No es justo.
No es mi culpa, y ya no quiero seguir escuchando lo mismo una y otra vez.” Sin embargo, recordó todo lo que pasó con Nuriel, tomó unos segundos para respirar y ordenó sus pensamientos: “Si Nuriel estuvo al borde de la muerte por mi nación, entonces esta niña también debió pasar por algo similar…
no voy a pensar si me odia, no quiero especular, pero si es un santo y menciona a Alemania y a sus padres, lo más probable es que, al igual que yo, no tiene un lugar al cual regresar.” En ese momento pensó en su madre, en cómo la acariciaba cuando ella se sentía sola, y, casi susurrando, dijo: —Mamá, ¿qué harías en mi lugar?
Adelaida sacó de su abrigo la misma pistola con la que apuntó a Kamei-san en Groenlandia.
Aún tenía tres balas.
Con voz firme, dijo: —Galton, siempre he estado apuntando esta arma hacia ti, pero nunca tuve la oportunidad de dispararte.
Mientras apuntaba a Galton, Adelaida sentía cómo cada palabra que salía de su boca era un acto de resistencia.
Disparó a la pantorrilla izquierda como un mensaje claro: “Ojo por ojo.” —¡Aléjate de nosotros, Galton!
—gritó con voz firme— ¡Ya llegamos a Vermont!
¡Ahora puedes largarte de aquí!
Me doy cuenta de que no tienes escrúpulos… ¡Eres un bastardo!
¡Cómo puedes patear a una niña!
Respiró hondo, luchando contra la rabia y el dolor que aún sentía por sus heridas.
—Esa niña me pegó, es cierto —continuó—.
¡Pero soy alemana, y no voy a negarlo!
No puedo ocultar mi lengua, mi sangre ni mi familia: mi padre, mi madre y mis hermanas son alemanes, y eso también soy yo.
Por un instante, Dánae observó en silencio.
Adelaida no hablaba solo por sí misma, sino por todas las historias no contadas de quienes habían sobrevivido y cargado con culpas ajenas.
—Alemania no es solo lo que otros sufrieron —dijo con voz firme, casi temblando de emoción contenida—.
Alemania también es mi familia.
Lo que hizo mi nación no define mis actos, pero tampoco me quedaré callada.
—Yo, siendo el santo del viento y nacida en esa tierra, digo esto: Dios me juzgará por mis propios pecados, no por los de mi patria.
Defenderé lo que es correcto, porque mis padres me enseñaron algo que llevo en la sangre.
—¡El corazón de una mujer debe ser fuerte para soportar las balas que la vida te dispara!
Levantó la mirada, con determinación y empatía mezcladas.
—No me importa si esa niña me lanzó una piedra diciendo que soy alemana.
Es verdad.
Y por lo que puedo ver, tiene una conexión con Kamei-san.
Me habló en chino… eso quiere decir que ella también es un santo.
—Así como gané la confianza de Nuriel, también la ganaré de ella.
Esta niña no tiene culpa de lo que hizo mi nación.
Pero, Galton —apuntando de nuevo—, esta bala también va por mi cuenta: por ponernos a Nuriel y a mí en peligro, y por la carga que has sido desde Groenlandia hasta aquí.
—¡Aléjate de nosotros, hijo de puta!
Galton empezó a gritar: —¿Qué es todo esto?
¿Ahora todos se me enfrentan?
¿Qué le pasó a mi cabaña?
¿Por qué hay una segunda cabaña delante de mí?
¿Qué le está pasando a este lugar?
¿Acaso este lugar no me pertenece?
En ese mismo momento apareció un querubín.
El mismo querubín que había estado apareciendo en Groenlandia, en Alemania… el mismo que hablaba con Kamei-san, incluso con Jack.
El querubín habló con Galton: —Galton, las nuevas órdenes de Dios son que te vayas de aquí.
Este lugar no te pertenece.
Esa cabaña tampoco te pertenece ahora.
El bosque confinado es para los Santos.
Dios te está exiliando de este lugar.
Galton gritó al ángel: —¿O sea, quieres decirme que Dios, además de mi esposa y de mi hijo, además de los anteriores Santos, me va a quitar todo también?
¡Respóndeme!
El ángel se le acercó.
Con los carbones de sus manos saturó los dedos cortados por Kamei-san y dijo: —Vete de aquí, Galton.
Galton vio cómo el ángel desaparecía y gritó: —¡Bien!
Si tanto se quieren quedar con este lugar, ¡entonces quédense con este lugar!
¡A mí ya no me interesa!
¡Ya estoy harto!
¡No me interesa este tema!
¡Estoy cansado de todo!
¡Me largo de aquí!
—Si ahora Dios ha escogido a Kamei-san para que él sea quien elija a los elegidos, ¡pues que así sea…!
—Kamei-san —dijo Galton con voz áspera—, ¡te digo una cosa!
¡Si piensas que ellos van a reemplazar todo lo que alguna vez existió, estás equivocado!
¡No hay nadie con ese puesto!
¡Nadie!
Kamei-san lo miró sin inmutarse y respondió con calma: —No trato de reemplazar nada, Galton.
Mis esposas no son reemplazables, igual que mis hijos y mis nietos.
Nadie es reemplazable.
Para mí, las vidas de las personas que están aquí valen incluso más que la mía.
Galton escupió una carcajada amarga.
—Entonces quédate con este basural.
A mí ya no me importa.
—Gritó— ¡Jack, nos vamos!
Se dio la vuelta y empezó a caminar.
Miró por encima del hombro y gritó de nuevo: —¡Jack!
¡Vámonos!
Jack se levantó de la puerta, donde estaba ayudando a Dánae a sentarse y respirar.
Adelaida lo observó, pensando: “¿Quién es ese joven?
¿Será otro santo como Nuriel o yo?
¿Debería apuntarle?” Nuriel murmuró: —Se parece a Kamei-san, no tiene sus rasgos, pero tampoco parece de esta época.
Dánae habló, con dificultad para respirar: —Jack… por… ¿qué vas…?
Sin embargo, Jack estaba tenso.
Se levantó con miedo, porque se le vinieron memorias de cómo él era golpeado —y ahora golpeó a Dánae—; todo lo que aquel hombre le había hecho sufrir se estaba reflejando en su rostro, y sus manos se tensaron.
Jack se quedó parado frente a él por unos segundos y gritó con toda su fuerza: —¡Lárgate!
Flexionando sus rodillas, tomó carrera de cinco pasos y se impulsó de un salto, como si de un animal se tratara.
De sus manos salieron llamas, con un color característico: naranja con rojo intenso, hasta la altura del codo.
Acto seguido, le dio un puñetazo a Galton que lo derribó de un golpe.
Sin detenerse, Jack se abalanzó sobre él y lo golpeaba en la cara sin descanso, con la voz rota por años, recordando que desde niño tenía la espalda marcada por cicatrices, cortes de daga, heridas por animales salvajes y torturas con calor.
Sus manos, gruesas y toscas.
mostraban callos; adoloridas de tanto maltrato, a veces ni podía sostener un tenedor sin que le temblaran los dedos.
Su cuerpo tenía marcas; sus piernas estaban endurecidas, resultado del entrenamiento forzado con palos y piedras.
Sus ojos reflejaban el cansancio por las noches que no durmió porque Galton no lo dejaba.
Dormir para él era despertarse a medianoche, solo para que aquel hombre lo arrojara a otro precipicio o lo pusiera frente a un puma.
Le enseñó técnicas que lo destrozaban —le dislocaban, le rompían huesos.
Nunca le dijo por qué ni para qué; en todos esos años se le fue la humanidad, su identidad.
Nunca tuvo un propósito: a Jack se le negó el acto más puro de la creación… el vivir.
La carne se abría y cerraba una y otra vez, y, a pesar de tener una invulnerabilidad divina, nada borraba la obra que su cuerpo era, Jack gritaba mientras golpeaba.
—¡Bien, Galton!
¡Te acompaño, pero solo hasta la puerta!
¡Primero te mataré y luego te llevaré hasta la puerta para arrojarte fuera de aquí!
¡No te atrevas a tocar a Dánae!
¡Te lo juro, Galton: me torturaste desde que tengo memoria!
Los golpes eran frenéticos, como si Jack estuviera descargando décadas de abuso.
Galton intentó defenderse, pero la furia de Jack era demasiada; el fuego en sus manos lo hacía más letal que nunca.
Quizá recuperó confianza.
Quizá Dánae —con sus palabras— había encendido algo en él.
—¡He estado atormentado cincuenta, sesenta años en este lugar!
Mientras conectaba un golpe con otro, no se detenía.
Cada golpe lo daba desde el alma.
—¡Cada década fue un tormento!
¡Nunca me diste paz ni propósito!
¡Me comparabas con Zaziel!
¿Qué culpa tengo?
¡No soy tu hijo!
¡Nunca lo seré!
¡No soy el elegido!
—¡Ahora tengo un nombre: mi nombre es Jack Fürst!
¡No seré lo que tú quieres!
¡Voy a matarte y seré libre!
¡Por fin seré libre; podré dejar de ser esclavo de ti!
—¡Quiero saber qué se siente amar y qué se siente que tú no estés aquí!
¡Yo viviré!
¡Con tu muerte!
Los golpes arrancaron sangre.
Le volaron varios dientes.
Era la violencia contenida durante años que por fin estallaba.
Entonces Kamei-san, con voz firme, detuvo la muñeca incendiada de Jack.
Las llamas lamían la piel; sus dedos ya tenían quemaduras.
Con autoridad lo obligó a parar: —¡Ya fue suficiente!
¡Párate!
Jack obedeció, temblando.
Dánae estaba asustada.
A pesar de que ya había oído a Jack gritar una vez, esta vez era diferente: se sentía protegida, pero a la vez con miedo de Jack.
Adelaida lo vio y no pudo evitar no pensar en nada.
Este era el mismo sentimiento de terror que sentía por Galton, pero diferente.
Aquel muchacho no parecía ser su enemigo, pero tampoco, con sus palabras, parecía ser un aliado.
Era extraño, porque, a diferencia de Kamei-san, aunque se mostraba muy pragmático e incluso responsable, la ira de este hombre se podía hasta comparar con la de un animal.
Nuriel no pudo evitar sentirse quebrado con cada palabra que soltaba, porque podía sentir el dolor que había llevado por años.
En su mente se preguntaba: “Si es un santo… no entendí ni una palabra de lo que dijo… pero parece que odia a Galton… este tipo es peligroso” Galton, incorporándose con dificultad, no tenía palabras.
Se sentía humillado.
No quería aceptarlo, pero, en los golpes de Jack, vio a Zaziel, y cada verdad proferida le calaba hondo.
Por primera vez no pudo sostener su orgullo.
Se encontró miserable ante la verdad de Jack.
Galton lo miró a los ojos y dijo, seco: —Adiós, Jack.
Sin esperar más, solo se dio la vuelta y caminó; no tenía fuerzas para correr, solo caminó, hasta simplemente perderlo de vista.
Pero nadie quiso acompañarlo, ni siquiera Kamei-san hasta la salida.
Permanecieron inmóviles hasta ver, a lo lejos, que realmente se había ido.
Sin decir nada, sin gritar, solo un inmortal al que a nadie parecía importarle qué sería de él.
El grupo por fin pudo respirar después de 15 minutos.
Entraron a la casa.
Nuriel sentó a Adelaida en la mesa para atender la herida de su frente, desinfectó sus manos y alistó el equipo.
Sin embargo, Kamei-san lo interrumpió con voz suave, casi contrita: —Nuriel, por favor: déjame curar a Adelaida.
Es mi forma de pedirle perdón por lo de Dánae.
Nuriel lo miró con desconfianza, a punto de recriminarle por lo que Dánae había hecho.
Kamei-san añadió: —Dánae la encontré en el sur de Stalingrado.
Los alemanes exterminaron por completo ese lugar.
Yo la llevé hasta aquí, evitando a los alemanes, pero no imaginé que reaccionaría de esa forma.
Nuriel bajó la guardia y, con la voz todavía tensa, dijo: —Nuriel, por favor, perdóname.
—Se corrigió a sí mismo en voz baja—.
Dánae no es una niña mala; es demasiado impulsiva.
No conoce a Adelaida ni el contexto de por qué vino.
—Está bien, Kamei-san —respondió Nuriel—, pero que no se acerque a Adelaida.
Se retiró unos pasos y añadió: —Te doy permiso para curarla.
Kamei-san negó con la cabeza y cambió de tono: —Nuriel, por favor: ¿podrías ver a Dánae?
Está recostada en su cama y el golpe que le dio Galton le duele intensamente.
Va a necesitar reposo durante varios días, pero quisiera que tú me des tu diagnóstico.
Nuriel dudó, no estaba confiado del todo.
Se retiró de la habitación y subió las escaleras para ir a atender a Dánae; a regañadientes buscaba por cada habitación.
“Esa niña estúpida golpeó a Adelaida.
No me importa, en realidad, qué contexto es el que vivió.
Kamei-san, esto es un favor, no una forma de perdonar a esa niña.” Cuando entró en el cuarto de Dánae, se encontró con una realidad.
Nuriel casi lloró al escuchar a Dánae; estaba en posición fetal, presionando su estómago, con dificultad para respirar; sus orejas, nariz y ojos estaban rojos, respuesta del dolor que sentía.
Y pudo escuchar cómo su voz se rompía, solo diciendo cinco palabras; ella estaba hablando en ruso.
Nuriel no lo entendió, pero pudo intuir qué significan esas cinco palabras.
—Папочка… мамочка… (Mami… Papi) Las dudas de Nuriel se derrumbaron al instante.
No pudo evitar conmoverse ante una niña que lloraba.
Jack estaba a su lado, sosteniendo la mano de Dánae.
Ella susurraba: —Больно… очень больно… (Me duele mucho… me duele mucho…) Nuriel se acercó con cuidado: —Czy mogę ją zobaczyć?…
¿Puedo verla?
—preguntó.
Jack lo miró con desconfianza y una advertencia en la voz: —你是谁?!你也想伤害达娜吗?!… (¿Quién eres?
¡¿También le quieres hacer daño a Dánae?!) Jack se levantó; Nuriel lo observó y sintió respeto.
A diferencia de los demás, Jack enfrentaba las cosas con fuerza bruta.
Nuriel notó las quemaduras de sus manos, pensó y confirmó.
“No tengo dudas de que eres un santo.
Tal vez el santo del fuego o de la llama.” Nuriel levantó la mirada y dijo: —Kamei-san me mandó a curarla.
Tal vez no lo sepan, pero soy el santo del rayo.
Si ustedes son santos, quisiera que fuéramos aliados… o al menos que nos respetemos como hermanos.
—Entiendo por qué Dánae tiró la piedra.
Por favor, déjenme curarla.
Dejen que use mi conocimiento médico.
Sin embargo, Nuriel no entendía ni a Dánae ni a Jack.
La lengua que ellos usaban incluía inglés, ruso, chino mandarín, cantonés y hebreo.
Mientras tanto, los únicos idiomas en los que Nuriel y Adelaida podían comunicarse eran el alemán; Nuriel, además, sabía polaco y un poco de italiano, pero no más.
Jack, aún tenso, respondió: —走开,不要打扰,达娜正在等神谷先生。… (Vete de aquí y no molestes, Dánae está esperando a Kamei-san) Sin embargo, Dánae vomitó de nuevo, pero esta vez con un poco de sangre.
Nuriel reaccionó rápido y ayudó a la niña, incorporándola para que no se asfixiara.
Jack estaba a punto de golpearlo, pero cuando vio que estaba limpiando su vómito y colocando un pañuelo mojado en su frente, se dio cuenta de algo: “Está haciendo lo mismo que Kamei-san hacía cuando Galton me pateaba… ¿acaso será médico?” Jack solo se sentó y confió, sin decir nada.
Nuriel acomodó a Dánae de forma que soportara mejor el dolor abdominal y le indicó con voz suave: —Tranquila, respira.
Voy a tocarte, ¿está bien?
Necesito ver qué tan grave fue la patada.
Sin embargo, al levantar su vestido, se impactó por lo que veía.
La tocó con cuidado y detectó la gravedad: las costillas estaban rotas —dos en el lado izquierdo y una en el derecho—, además de una marca morada.
Pudo sentir que tenía inflamación interna; habría que detener la hinchazón y tratar el dolor.
Esto solo lo intuyó con verla, porque cuando tocaba con sus dedos, Dánae gritaba.
Nuriel habló casi susurrando: —Galton… eres un hijo de puta… ¿cómo puedes hacerle esto a una niña?
Mientras Nuriel atendía a Dánae, Kamei-san trabajaba con Adelaida: limpiaba la herida, aplicaba alcohol con cuidado y cerraba la sutura con manos firmes y delicadas.
La piedra había hecho un daño casi imperceptible; con un mechón de cabello bien colocado, quizá nadie notaría la lesión.
Adelaida murmuró, con la voz quebrada: —Es horrible… es horrible que sea yo quien reciba los golpes y no ustedes.
Kamei-san sonrió con dureza comprensiva: —No me hagas reír.
Estoy intentando saturar la herida —le dijo, en tono tranquilo—.
Respira.
Adelaida se rió, un poco aliviada.
Adelaida, curiosa, preguntó: —Esa niña habla chino, pero no tiene rasgos asiáticos.
¿Cómo es eso?
Kamei-san la miró y dijo: —Por cierto, ¿tú cómo sabes hablar chino?
Adelaida respondió con claridad, aunque débil: —Un ángel me otorgó varios idiomas cuando conocí a Galton.
Conozco todos los idiomas que él habla, incluso chino.
Kamei-san se dirigió a Adelaida: —Perdónala, por favor.
No sabes por todo lo que ha pasado.
Adelaida asintió: —Está bien, es comprensible.
Si hubiera estado en su lugar, habría reaccionado igual.
Adelaida estaba mirando a otro lado como una forma de decir que sigue molesta por la situación.
Kamei-san apretó la mano de Adelaida con ternura: —No te aísles.
Ahora estás en un lugar lejos de las guerras.
Podrás procesar tu pérdida y vivir como quieras.
Adelaida, emocionada, no pudo contener la gratitud de que alguien le tomara la mano, pero trató de contener lo que sentía; su mente daba vueltas mientras pensaba: —Está bien.
Solo suelta mi mano, por favor.
—Lo siento —dijo Kamei-san.
Jack los observaba y comentó: —Dánae está muy mal.
No sé qué hace ese chico, pero parece ayudar, de alguna forma.
Kamei-san frunció el ceño: —No lo entiendo.
Todos tienen heridas aquí, menos los médicos.
¿Será una excusa?
Adelaida intervino: —¿Cómo que los médicos?
—preguntó.
—Desde que estabas en el hospital, Nuriel ha aprendido con el Dr.
Steve.
Ahora sus conocimientos médicos se aplican enormemente.
Además, se quedó varios días en la casa del doctor y estudió libros que le regaló.
—No solo aprendió, sino que amplió sus conocimientos.
Fue médico en el bloque de Auschwitz; tiene experiencia.
—Yo soy médico milenario y herbólogo.
—Aquí tenemos tres pacientes: uno con la pierna mordida por el oso y una herida en la frente; Jack, con quemaduras de segundo grado y órganos internos afectados; y Dánae, con indicios de hemorragia por la patada.
—Maldita sea, Galton.
Adelaida preguntó: —Oye, el de las quemaduras en las manos, dime cómo te llamas.
Jack se presentó: —Mi nombre es Jack.
Jack Fürst.
Kamei-san, sorprendido: —¿Fürst?
¿De dónde sacaste eso?
—Verás, el que tienes delante es el primer santo de todos.
Es el santo de las llamas, la antorcha viva.
Es el santo del fuego, el primero de todos ustedes.
Adelaida, asombrada, saludó: —Hola, mucho gusto.
—Ustedes también son santos —dijo Jack—.
Pido perdón por lo que hizo Dánae.
—No se preocupe —respondió Adelaida—.
Ya conversaré con ella; después de todo, no sabe nada de nosotros.
A pesar de todo, Adelaida sentía la carga de venir de Alemania, y, a pesar de ser atendida, no pudo evitar llorar; estaba frustrada y cansada de todo.
Kamei-san la vio y se conmovió, acercó sus manos a sus mejillas, secó sus lágrimas con sus dedos y dijo: —No llores.
Arreglaremos esto con comida.
Lo importante es que ya están aquí.
Ya no sufras, estás lejos de las guerras, lejos de la maldad.
Ahora nos tienes a nosotros, y haremos que vuelvas a sonreír.
—Jack, alista agua caliente —ordenó Kamei-san—.
Debo ayudar a Nuriel con el diagnóstico de Dánae.
Adelaida solo pensó en esto: —Kamei-san es un gran hombre.
Sabe qué decir y qué hacer en momentos de tensión.
No puedo evitar sentirme segura cuando habla… Apenas he llegado a este lugar, pero, por cómo lo estoy digiriendo, todo… parece… tan irreal.
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