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Pólemos Tôn Agíon: Vol.1_ kosmogenesis_Español - Capítulo 23

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  4. Capítulo 23 - 23 Metanoia
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23: Metanoia 23: Metanoia ¡Oh, Dios!

😱 Ya me emocioné, ya me emocioné.

Estaba esperando que este capítulo saliera ⚠️ Advertencia ⚠️ Este capítulo puede contener temas delicados sobre problemas socioculturales de distintos países y también tocar asuntos sensibles relacionados con religión y fe: judaísmo, cristianismo, catolicismo y la rama mesiánica.

El autor no pretende generar morbo, y se recomienda la discreción del lector.

📝 Nota del autor 📝 ¡Oh, Dios!

Ya me emocioné, ya me emocioné.

Estaba esperando que este capítulo saliera, y créanme, he trabajado en él casi una semana completa para ir con lo nuevo.

Ya estamos a mitad del volumen de Kosmogénesis, y se vienen cosas muy importantes.

Cuando termine kosmogénesis, prepárense… porque lo caótico realmente comenzará.

_____________________________________________________________ La lluvia golpeaba con fuerza, inundando el camino.

Las hojas de los árboles se empapaban con cada gota violenta, que rebotaba sobre la tierra embarrada y los charcos formados en el camino.

A lo lejos, una mujer avanzaba con cuidado, cerrando tras de sí como si quisiera borrarse del mundo.

Al llegar al último escalón de la casa, se detuvo.

Unos segundos.

Observó el camino: una línea recta, mojada, empapada.

Luego sus ojos se posaron en la casa que dejaba atrás.

Apretó los dientes.

El dolor en su pecho la impulsó a correr.

Cada pisada en el lodo parecía un latido de su angustia; cada charco que salpicaba manchaba su vestido hermoso, como si con cada movimiento quisiera demostrar algo… o recordarse a sí misma que aún podía.

Las lágrimas recorrían sus mejillas; aquel pecado la afligía.

No miró atrás.

Corría como si escapara de algo.

El entorno era campo, y por el logo que alcanzaba a distinguir, tal vez se trataba de una compañía alemana… pero no era Alemania.

Los árboles eran densos y extensos, como una selva que rodeaba la casona.

Esto no podía ser Alemania.

Pensó una y otra vez: —Solo espero que mamá y Mateo puedan estar bien sin mí… Ella corrió por el camino sin detenerse.

No parecía dirigirse a cualquier lugar, sino hacia el vecino más cercano: un mercadero de frutas que estaba a punto de partir hacia la ciudad.

Cada paso la acercaba a su escape.

El lodo que salpicaba y el agua que golpeaba sus piernas acompañaban su urgencia, como si el mundo entero se moviera con ella.

Ya en la camioneta, sus rasgos se distinguían mejor gracias al débil haz de luz que escapaba del faro averiado.

Para los extranjeros parecía una mujer, casi una dama, pero en realidad era una jovencita.

Su genética le daba rasgos afrodescendientes: labios gruesos, cabello ligeramente esponjoso, y un vestido suave con estampado de flores.

Sus zapatos negros estaban cubiertos de lodo.

La camioneta estaba llena de trabajadores: hombres de piel bronceada, con cuerpos cansados y apenas una camisa por el calor, charlando, cargando bultos, encendiendo cigarrillos.

Para ella, cada rostro desconocido era una oportunidad de pasar desapercibida.

Todo cambió cuando un hombre habló desde la cabina: —¿Amor, onde você vai descer?

Ella levantó la mirada y respondió, firme: —Vou ao Mercado do Brás.

El idioma, el panorama, la ropa ligera que mostraba frío y calor, la línea de carga, los rostros curtidos de los hombres… y los rasgos de la niña, delicados pero decididos, no dejaban duda: esto era Brasil.

Brasil, São Paulo, 1946.

___________________________________________________________________ Tenía la mirada absorta.

La forma en que apretaba los dedos mostraba que estaba tomando una decisión arriesgada.

Su expresión reflejaba templanza… pero también cierta ignorancia sobre lo que venía.

Al final, supimos su nombre: Luzia.

Mientras la lluvia intensa caía en la madrugada de São Paulo, miles de kilómetros más allá, en Vermont, la situación de los santos seguía siendo incierta: Dánae descansaba, Jack lidiaba con quemaduras sin terminar de curar, y Adelaida soportaba el tratamiento de su pierna, con la cojera que todavía no desaparecía del todo.

Por órdenes de Kamei-san, Adelaida recogía las raíces necesarias para la recuperación de Dánae y Jack.

Mientras trabajaba, evaluaba cuidadosamente la situación.

Era experta en mantener la calma en momentos tensos; sus hermanas casi siempre peleaban, y ella debía ser el ancla que sostuviera la tranquilidad.

“Solo me asomé al cuarto de la niña para ver cómo estaba, y me dolió el alma verla vomitar.

Se deshidrató gravemente… vomitó nueve veces.

Está muy mal.

Gracias a Dios, las náuseas se han detenido un poco, pero podrían volver en cualquier momento.

Ahora lo que Kamei-san le da es un suero hecho con colágeno… Solo espero que la niña se recupere.” En la cabaña, Jack y Nuriel permanecían en la sala, intentando comunicarse.

La barrera del idioma hacía que cada palabra sonara torpe y frustrante.

Jack pensaba: “Fue difícil aprender con Dánae, pero al menos ahora podemos comunicarnos… ¿Y ahora tengo que aprender otro idioma solo para hablar con este tipo?

¿Por qué me complican tanto la vida?” Nuriel reflexionaba: “Este hombre enfrentó a Galton y lo derribó como si nada… ¿Qué tan peligroso será?

¿Y tendrá la estabilidad mental suficiente como para que siquiera valga la pena hablar con él?” Kamei-san interrumpió, cambiando entre los idiomas según correspondía: —Chicos, necesitamos llevarnos bien.

Ninguno de los dos se entiende, y eso es un problema.

Por suerte, no debía preocuparse tanto por Adelaida; por intervención divina, parecía haber recibido la habilidad de entender los idiomas que hablaba Galton.

Nuriel no tuvo esa gracia, así que tendrían que retomar las prácticas.

Primero miró a Jack: —Tendrás que aprender polaco e italiano.

Luego se volvió hacia Nuriel: —Y tú… deberás aprender inglés, chino y ruso para poder comunicarte con Dánae y con Jack.

________________________________________________________________________ Mientras todo eso ocurría, Dánae dormía profundamente.

Soñaba con su madre y su padre alejándose, marchándose para no volver.

El sueño se tornó oscuro: se encontró tendida en un suelo vacío, rodeada de nada, como si el mundo hubiera desaparecido.

Dánae despertó de golpe.

Se dio cuenta de que estaba en su cama, en su habitación.

Se acurrucó en posición fetal, tratando de aliviar el dolor en su estómago, y, entre susurros apenas audibles, repetía una y otra vez: —Quiero chocolate… Lloraba en silencio, para sí misma, con un llanto que parecía absorber toda la soledad del cuarto.

________________________________________________________________________ Mientras tanto, al otro lado del mundo, en São Paulo, la chica por fin llegó a su destino.

Río de Janeiro, 7 p.m., 14 de agosto de 1946.

Tocó la puerta de una casa en los barrios de Glória.

A su alrededor, la gente seguía moviéndose; la noche no dormía en esos lugares.

Quien abrió fue una señora de cierta edad.

Detrás de ella se asomaba una mujer de unos treinta años, muy maquillada, con un aire retocado que delataba su trabajo con el cuerpo.

La chica, con un nudo en la garganta, dijo: —Tía Sandra… ¿puedes dejarme pasar, por favor?

Había viajado catorce horas desde su casa.

Sandra y su hija, María, notaron de inmediato que traía una bolsa, que no venía acompañada por su padre ni su madre, que estaba sucia y que su rostro revelaba un llanto reciente y profundo.

—Por favor… déjenme quedarme solo un par de días —suplicó la muchacha.

La anciana le tapó suavemente la boca y le dijo: —Hija, pasa.

No te quedes afuera.

Cuéntanos qué sucede, ¿está bien?

Entró y se sentaron a la mesa.

Tocándose el vientre con un gesto nervioso, confesó: —Estoy embarazada.

El rostro de la señora y de María se tensó.

—Déjame adivinar… —dijo María—.

No sabes quién es el padre, ¿verdad?

—Sí sé quién es —respondió la chica, con voz temblorosa.

—Entonces que se haga responsable —contestó la abuela, frunciendo el ceño.

En ese momento, la chica rompió a llorar.

María y la abuela comenzaron a regañarla al mismo tiempo: —Tenemos que encontrar al muchacho.

Tenemos que obligarlo a que se haga responsable.

Luzia bajó la mirada, el cuerpo temblando, y sus manos se aferraban a sí misma como si pudieran contener todo el miedo que llevaba dentro.

Entre sollozos, apenas logró articular palabras: —Yo… yo no… no es un muchacho… Cada frase se cortaba, ahogada por el llanto.

La tensión llenaba la habitación, y por un instante todo quedó en silencio, solo roto por su respiración agitada.

Las dos mujeres, aferradas a su fe católica, respondieron secamente: —No, eso no va a pasar.

Pero Luzia no podía detenerse: —No saben… no saben del miedo que sentí.

No entienden cómo me siento… abuela, vine aquí porque ya no tenía más opciones.

Mi papá no me ayuda.

No me cree.

Y encima… decidió defenderlo a él, en lugar de a mí.

Últimamente está muy violento… No entiendo por qué le pega a mamá.

—Tal vez tu padre está muy cansado… —susurró la abuela, con voz débil.

Luzia, rota, empezó a gritar, como si el dolor acumulado pudiera salir de golpe: —¡No lo entiendo!

¿Por qué no me defendió?

¿Por qué no me cree?

Finalmente, entre lágrimas que caían en cascada, confesó lo que temía decir: —Es… es de señor Paul… el niño que estoy esperando es de mi patrón, el señor Paul.

El aire se volvió pesado.

Paul era un alemán de cincuenta y dos años, que había escapado de la guerra y establecido conexiones para su empresa de café.

Tenía una casona donde Luzia y su madre trabajaban… pero desde hace año y medio había traspasado la barrera de lo prohibido.

No quería hacerse cargo del niño y la había amenazado.

Su padre, que también era su peón preferido y jefe de planta, podría haber intervenido, pero en los últimos tres años se había hundido en el alcohol y el tabaco.

Cada factor se acumuló, y la combinación de ellos fue la que obligó a Luzia a huir.

El llanto continuó, mezclándose con el miedo, la rabia y la desesperación, mientras la habitación se llenaba de un silencio tenso, cargado de preguntas sin respuestas.

Estos acontecimientos estaban sucediendo al mismo tiempo que lo que estaba pasando en Vermont, en el bosque oculto Vermot.

Adelaida observaba cómo Kamei-san, Jack y Nuriel conversaban.

Decidió no intervenir y se escabulló hasta el cuarto de Dánae.

Tocó la puerta.

El único idioma con el que quizá podía comunicarse era el mandarín, así que preguntó: —¿Puedo pasar?

Dánae no respondió.

Tapada hasta la cabeza, apenas se movía por el dolor.

Sus hombros subían y bajaban con cada respiración entrecortada.

Adelaida entró en silencio: —Con permiso… Había una silla al lado de la cama.

Se sentó y habló en voz baja: —¿Sabes?

Kamei-san me dijo que reposarás dos meses.

Y que, pasado ese tiempo, podrás estar mejor.

Dánae no levantó la frazada.

Adelaida siguió hablando, dejando pausas en el aire y notando cómo la niña temblaba levemente.

—No quiero que nuestro primer encuentro haya sido por medio de esta experiencia.

Escúchame… tu nombre es Dánae, ¿verdad?

La miró con suavidad, evitando movimientos bruscos que pudieran hacerla encoger más.

—Mira, yo no te conozco.

Y, al igual que se lo dije a Nuriel, también quiero decírtelo a ti.

No quiero sonar pretenciosa al decir esto, pero… Respiró hondo y terminó: —Te pido perdón, Dánae.

Es la única forma en la que tal vez puedas sentir un poco de alivio.

—No sé lo que el ejército alemán le hizo a tus padres —dijo Adelaida, con voz suave—.

Ni mucho menos lo que pasó contigo en ese tiempo.

Pero… tal vez un perdón de mi parte pueda… no devolvértelos, pero sí demostrarte que yo no soy tu enemiga, Dánae.

—Solo quiero que nos llevemos bien.

Eso es todo lo que quería decirte.

Adelaida se levantó.

Estaba a punto de salir cuando sintió que Dánae le sujetaba el vestido.

Su mano era pequeña, fría y temblorosa.

Con voz débil, la niña susurró primero en ruso: —No te vayas, por favor… Adelaida la miró sin entender.

Entonces Dánae, haciendo un esfuerzo, repitió en mandarín: —No te vayas, por favor.

El único brazo descubierto de Dánae temblaba.

Todo su cuerpo seguía escondido bajo la manta, los dedos apretados sobre la tela.

Con dificultad, tartamudeando entre jadeos de dolor, dijo: —Perdón… lo siento… yo no sabía nada.

Yo… sí sabía quién eras, sabía que eras un santo… pero no debí reaccionar así.

Perdón… Cada palabra le arrancaba un gemido.

El dolor en el estómago se mezclaba con la vergüenza, y esa combinación sumaba tres causas de sufrimiento intenso, casi imposible de soportar.

Incapaz de continuar, quedó jadeando bajo la sábana.

Y ella no pudo decir más palabras; solo lloraba, respirando entrecortadamente.

Adelaida, con cuidado, levantó la sábana.

Lo que encontró no fue una niña violenta, sino una niña que también sufría por esta guerra sin sentido, por esa horrible práctica de la humanidad que deja a niñas como Dánae con heridas en el alma.

Dánae estaba presionando su vientre con ambas manos, más preocupada por contener el dolor que por ocultar sus lágrimas.

Sus hombros se encogían y se relajaban con cada respiración.

Adelaida se quedó viéndola un largo momento y pensó: “Mamá, ¿Qué harías tú en mi lugar si fuera ella?” Entonces la incorporó con cuidado, colocando sus manos bajo los hombros de la niña.

Con un pañuelo, secó sus lágrimas delicadamente, una por una.

Respiró hondo y, con ternura, besó la mejilla izquierda de Dánae.

Por un breve instante sus ojos se cruzaron; luego, con la misma suavidad, besó la mejilla derecha.

Adelaida se acomodó a su lado y comenzó a acariciarla con movimientos pausados, transmitiendo calma y cuidado.

Sus palabras flotaron suaves en el aire: —Debe dolerte mucho, ¿verdad, Dánae?

Dánae no decía nada.

Solo respiraba entrecortadamente, dejando que la cercanía y los gestos de Adelaida la envolvieran.

Dánae pensó: —Yo te arrojé una piedra… y… tú me das un beso… Ella, en respuesta, se sintió más avergonzada de lo que hizo y las lágrimas no dejaban de caer mientras jadeaba, pero Adelaida secó sus lágrimas con besos y caricias, masajeando su cabeza con cuidado.

Poco a poco, dejó de llorar y se fue relajando, el temblor de su cuerpo disminuyó ligeramente.

Adelaida rompió el silencio: —Mi mamá siempre decía que, cuando una niña llora, solo hay que besarle las mejillas… y verás cómo se alegra.

—Tranquila, Dánae.

No tienes que forzarte en decirme lo que sientes.

Con esas pocas palabras ya entendí que no me guardas rencor.

Y con eso… yo ya soy feliz.

Dánae balbuceó entre sollozos: —¿Por qué… me sigues besando?

Ese gesto la hizo recordar a su madre.

Ella solía engreír a Dánae cuando se golpeaba o cuando los niños no querían jugar con ella.

Adelaida sonrió.

—Porque quiero ayudarte a que te duela menos la panza.

La abrazó suavemente y añadió: —No deberías llorar… además, eres demasiado bonita para llorar.

—Deja de burlarte… no soy bonita, tengo la cara rara —protestó Dánae—, tengo el cabello muy anaranjado, parezco una fruta y mis cejas parecen la cola de un cerdo.

—No es cierto —replicó Adelaida, acariciándole el cabello—.

Pareces una criatura del bosque.

Tu cabello rojo, tus pecas, tus ojos verdes… esas cejas y pestañas en forma de remolinos.

Eres hermosa, Dánae.

—De hecho, me atrevería a decir que eres la niña más bonita que he tenido la fortuna de consolar, tienes la belleza de un ángel, y yo he visto ángeles.

Ella se tapó el rostro, avergonzada: —No sigas… no es cierto.

Lloraba de nuevo.

Pero no era el mismo llanto.

Esta vez no lloraba por sus padres, sino porque era la primera vez en mucho tiempo que una mujer adulta la trataba con cariño, como si la mimara.

Eso la hizo sentirse niña otra vez, como si nunca hubiera salido de Stalingrado.

_________________________________________________________________________________ Adelaida y Dánae pudieron reconciliarse.

Adelaida tomó la mano de Dánae y se dio cuenta de que la dulce niña de los cabellos en espiral se había quedado dormida, mirando al techo y susurrando: —Papá, mamá, Constanz, Christa… cómo los extraño, su ausencia me hace querer cuidar de Dánae.

Adelaida también se relajó y se quedó dormida.

Al mismo tiempo, al otro lado del mundo, en Río de Janeiro, una tercera mujer lloraba sin consuelo: Luzia, en la habitación de su tía María, permanecía allí hasta cansarse de llorar, hasta que inevitablemente cerró los ojos.

En la sala, la abuela y María discutían qué hacer con Luzia: —No entiendo por qué mi primo no defendió a Luzia… no lo creo capaz.

Sandra bajó la mirada y respondió con crudeza: —Créelo, su hija viajó hasta acá.

Me imagino que el dinero lo robó, porque no veo cómo podría haber llegado hasta aquí caminando.

—Además, recuerda que ese hombre no es buena persona.

Qué injusticia: compras las tierras para que un extranjero te las quite y además abusa de tu hija.

María continuó: —Si su padre no lo defendió, entonces ella no tiene ningún lugar a donde ir, y creo que si regresa será peor.

Sandra la miró fijamente: —Quiero que ella trabaje conmigo en el puesto del mercado.

Le ayudaremos a que tenga a su hijo.

Pero, por favor, no la vayas a meter en tu mundo, María.

María miró hacia la habitación y dijo con calma: —Eso tendrá que decidirlo ella… Lo cierto es que todo el tiempo los hombres me piden favores.

Pero esto me parece uma baita merda.

Se quedó en silencio un instante y luego agregó: —Dime, ¿crees que es correcto que lo tenga?

O filho da puta la abusó.

La abuela no titubeó: —Toda vida debe preservarse.

No voy a permitir que mi nieta lo bote.

Mientras la familia discutía en Río de Janeiro, Luzia trataba de ordenar sus ideas.

No conocía del todo la gravedad de su decisión, pero estaba segura de que con su tía abuela y María estaría mejor que con su padre.

De manera paralela, y al mismo tiempo que se tomaban estas decisiones sobre Luzia, Jack, Nuriel y Kamei-san conversaban en Vermont, aclarando todo lo necesario para entender su llegada.

La simultaneidad de ambas situaciones reforzaba la tensión narrativa y el contraste emocional entre las dos ciudades.

Contaron lo de Zaziel, se discutió el trayecto de Nuriel y Adelaida atravesando el continente europeo, hasta Islandia y Groenlandia, y lo que Galton le hizo a Jack durante más de una década.

Finalmente, se llegó a una respuesta sobre el sentido de los santos y el porqué de su existencia.

Kamei-san se mostró inquieto, hablando en polaco y mandarín.

—Dios me mandó a buscar a los santos.

Pero, por ahora, dijo que solo nos concentremos en diez.

Eso significa que ustedes son los primeros cuatro.

Yo… por más que crea que soy un santo, lo cierto es que solo soy un ancestro.

—Una clase de santo fallido.

Por lo tanto, no cuento como uno de ustedes.

Guardó silencio, con un dejo de amargura.

—Tendré inmortalidad —añadió—, pero eso no significa que haya sido escogido para su destino.

Kamei-san habló con cuidado, para asegurarse de que Jack y Nuriel lo entendieran: —Hay algo más.

Tienen que quedarse aquí.

No pueden salir.

La razón es sencilla: algo está pasando.

Miró a Nuriel.

—Es lo que te mencioné antes.

No sé qué ocurre, pero hay una gran inestabilidad en los cielos y en los infiernos, como si hubiera un conflicto invisible, además de la Guerra apocalíptica de Europa.

—Parece como si persiguieran a los santos… como si nos observaran.

Lo noté cuando estuve en China.

Pero no estoy seguro.

Hizo una pausa, bajando la voz.

—Quizás me dan miedo las balas… pero el mundo espiritual de los demonios me aterra mucho más.

Se levantó y, tratando de sonreír, agregó en ambos idiomas: —Lo bueno es que ahora ya todos están aquí.

No tendré que preocuparme de protegerlos de balas, batallones, minas o incluso osos.

Al menos eso me da tranquilidad.

Jack lo miró con seriedad.

—¿Puedes traducirle algo a Nuriel?

—Claro —respondió Kamei-san.

—Quiero saber por qué decidió venir aquí.

Tuvo la oportunidad de irse, de estar afuera.

¿Por qué eligió quedarse?

Quiero entenderlo, para tener una perspectiva de él.

Kamei-san tradujo, y Nuriel quedó pensativo.

En su interior reconocía que Jack tenía razón.

Podría haberse ido, pero había elegido quedarse… por Kamei-san.

Sin embargo, no sabía cómo expresarlo.

Al final, contestó: —Dile que la razón por la que vine aquí no importa.

Lo que importa es qué vamos a hacer después.

Cuando Jack escuchó la traducción, miró a Nuriel con otros ojos.

Entendió que, tal vez, ninguno de los dos tenía un motivo claro para estar allí.

Pero no tener motivos no significaba que no importaran después.

Así que ambos estrecharon la mano y, en sus idiomas, se agradecieron.

Porque ambos estaban protegiendo a las mujeres importantes para ellos.

Entonces recordaron que Adelaida aún no había regresado.

Sin embargo, Jack mencionó a Kamei-san que la había visto: la vio subir discretamente, pero no dijo nada.

Los tres buscaron a Adelaida y se dieron cuenta de que estaba en la habitación de Dánae.

Observaban a través de la rendija de la puerta una escena pacífica: Dánae estaba dormida, y Adelaida también.

Ambas se sostenían de las manos.

Jack pensó: —Creo que ya se amistaron.

No puedo evitar sentirme feliz al ver a Dánae durmiendo tan tranquila.

Nuriel reflexionó para sí: —Esta niña… está bien, Kamei-san, ganaste.

Es adorable.

Realmente es adorable.

Kamei-san, por su parte, pensó: —Solo espero que Dánae se recupere.

Me alegra que hayan podido hacer las paces.

Mientras observaban en silencio, un resplandor apareció junto a ellos.

Una potestad (rango de ángel) descendió, y su voz interrumpió sus pensamientos: —Galton ya está muy lejos de aquí.

Los tres lo escucharon con atención, aunque sus ojos seguían fugazmente la escena de Dánae y Adelaida.

El ángel continuó: —Kamei-san, son órdenes de Dios: tú tienes que quedarte aquí.

No tienes permitido salir de Vermont, a menos que sea necesario: comida, recursos o viajes vinculados a la protección de los santos.

A partir de ahora, tú serás su guardián terrenal.

—Están sucediendo cosas que comprometen tanto a la humanidad como a los cielos.

—Deja que Dios se encargue.

Los santos no tienen nada que ver con esto.

Jack levantó la voz: —¿Cuánto tiempo nos quedaremos aquí?

Nuriel también preguntó: —Dime algo… ¿es cierto que habrá diez santos?

Kamei-san permaneció en silencio.

Entonces el ángel respondió: —Es cierto.

Ese es el segundo mensaje.

Escúchame bien, Kamei-san.

Dios usará a Galton para resguardar a los futuros santos que vendrán y que conformarán los días antes del cuadragésimo jubileo.

(Jubileo = 50 años) Kamei-san se mantuvo atento.

El ángel prosiguió: —Muy lejos de aquí, está a punto de surgir otro santo.

Hacia el este, también otro.

Y hacia el oeste y el sur, otro más.

Son tres en total: el Santo del Hielo, el Santo de la Luz y el Santo del Metal.

Cuando llegue el momento, deberás resguardarlos.

El ángel hizo una pausa y añadió: —Y no solo eso.

También se acerca otro santo: el Santo de la Tierra.

Tendrán que llevarse bien, porque aún no aparecen en esta época.

Dicho esto, el ángel se desvaneció.

La habitación quedó en silencio, con la escena de Dánae y Adelaida todavía en su memoria.

Jack quedó pensativo: —Más santos… ¿Dijo que no aparecerán en esta época, y dijo jubileo?

Nuriel murmuró, incrédulo: —No puede ser… o sea que nosotros no somos los únicos.

Hay más.

Kamei-san, en silencio, observando la paz de Dánae y Adelaida, murmuró con un dejo de miedo: —Dios… ¿qué está pasando?

¿Por qué parece que el fin se acerca?

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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