Pólemos Tôn Agíon: Vol.1_ kosmogenesis_Español - Capítulo 24
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- Capítulo 24 - 24 Hubo un Brasil con otra cara
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24: Hubo un Brasil con otra cara 24: Hubo un Brasil con otra cara ⚠️ Advertencia: El seguimiento contenido puede incluir representaciones explícitas de Brasil en la década de 1960, incluyendo situaciones de vulnerabilidad de jóvenes, extrema pobreza en las favelas 🏚️ y lenguaje sensible.
El autor no pretende provocar curiosidad morbosa ni ofrecer a nadie.
Se recomienda discreción del lector.
📝 Nota del autor: Ya estaba consciente de este contenido.
Lo investigado cuando tenía 15 años 📚.
Pero cuando revisé mis notas de nuevo y volví a estudiar la historia de Brasil en los años 60… no puedo imaginar la profunda tristeza 💔 que sentí en mi corazón al enfrentar estos temas.
Brasil es mucho más que solo carnavales 🎭 y festivales 🎉.
Para mí, Brasil es… una nación a menudo por la publicidad sensacionalista.
Me siento roto 💔… siento que extranjeros como yo nunca podrán entender verdaderamente el dolor del pueblo brasileño 🌎.
Yo estoy en contra de que estas historias queden en el olvido.
(Tholio; 2025) _________________________________________________________ Las calles eran un laberinto extraño.
Las casas parecían deslizarse hacia abajo y no había forma de bajar sin ensuciar tus sandalias.
Algunos tramos tenían escaleras improvisadas, otros solo eran caminos de tierra, y cuando llovía, todo se volvía un desastre.
Un hombre de ropas extrañas caminaba por la zona, mirando las casas, como si buscara algo o a alguien.
En una esquina, un tipo intentó asaltarlo.
Pero el hombre lo sometió, lo empujó contra la pared, presionó sus ojos con fuerza y lo mató apuñalando su cuello.
Le quitó la navaja y la pistola y dijo: —Gracias, imbécil.
La porquería que tenía ya no sirve.
Esta me parece más fina… Y como una premonición miro a las casas de su alrededor.
¿en dónde estará?
Dejando al pandillero tirado en el suelo, continuó su camino.
Brasil, Río de Janeiro, Morro do Cantagalo, 12 de febrero de 1964.
A unos metros de esta escena se veía una casa de lata y madera, casi improvisada.
Algunas paredes eran de tela y plástico, y el suelo estaba sucio si caminabas descalzo.
El baño tenía un balde con agua que olía todo el tiempo, pero la radio estaba encendida.
A las cinco de la tarde sonaba Elza Soares – Boato de Roberto Kelly.
Al ritmo de la canción, que hablaba de desamor, una mujer se maquillaba frente al espejo, concentrada en cada trazo.
Ajustó su sostén un poco más abajo de lo habitual, tensó suavemente la cinta de su vestido corto que dejaba ver sus muslos gruesos para provocar miradas a propósito.
Su cintura, casi de avispa, se destacaba, y en su espalda se veía un tatuaje de una luna y una serpiente con las iniciales H.C.
La música llenaba la habitación, mezclándose con el ruido de la favela afuera, creando un contraste entre la rutina del lugar y los pequeños detalles de belleza que Helena cuidaba para sí misma.
Desde afuera, su amiga Cintia gritaba: —¡¿Ya, Heli?!
¡¿Lista para salir?!
Puta madre, ¿por qué tarda tanto esta mona?
Ella se agachó un instante para calzarse los tacones.
Eran las cinco de la tarde y todo estaba listo.
En la cocina, Luzia se movía con calma.
Ahora era ama de casa y trabajaba todos los días en el Mercado de Catete, siempre acompañada de Sandra, la abuela.
María, la tía de Helena e hija de Sandra, estaba en un bar de Copacabana, disfrutando del fin de semana y lista para desestresarse.
Helena salió de la habitación: —Ok, mamá, ya me voy.
Lucía la detuvo un instante: —Helena, espera.
Por favor, no llegues tan tarde.
Las cosas no están bien.
Helena arqueó una ceja: —Ay, mamá, por favor.
Voy a estar bien, no molestes.
Salió con su amiga.
Las recogió un hombre peligroso llamado el Zeca, la mano derecha del líder del grupo que controlaba el territorio de la favela.
La casa donde vivían Lucía, María y la abuela Sandra estaba en medio de ese dominio de jóvenes metidos en el bajo mundo.
A lo lejos un vecino ponía su radio, que sonaba la música de ambiente de esta era: Baden Powel y Vinícius de Moraes con su tema Canto de Ossanha.
Su madre pensaba que iban a una fiesta, pero no era así.
Helena no planeaba quedarse mucho tiempo.
Disfrutar un poco le gustaba, pero su verdadera preocupación era hacer dinero.
La fiesta era solo una formalidad: mostrarse cercana al grupo, reforzar relaciones.
Cintia dijo: —Oi, Heli, ¿por qué tardaste tanto?
No soy Cristian para estar en una esquina esperándote.
Helena contestó: —Ay, no te quejes tanto.
Mira, vamos a beber un poco y luego veamos qué pasa.
Si no hay pota, entonces no iría.
Era el cumpleaños del exportador de marihuana que ellos movían, celebrado en la sala de la casa de un amigo.
Apenas llegaron, un golpe fuerte de la radio llenó la sala.
Algunos bailaban al ritmo de la música, mientras otros estaban sentados, charlando con sus parejas.
Helena no perdió tiempo; se acercó al líder y al cumpleañero, con una sonrisa rápida y un brillo calculado en los ojos: —Mi amor, tengo tu regalo de cumpleaños… pero no puedo dártelo aquí.
Ven, vamos a la parte de atrás… tu jefe también está puede venir.
Con solo un gesto, ambos entendieron.
No perdieron tiempo y se retiraron hacia la habitación de atrás.
Dos horas desaparecieron entre risas, caricias y el aroma de tabaco, mientras Helena jugaba sus cartas.
Cuando regresó, les lanzó un beso juguetón y dijo: —Sé buena con mi mamá, ¿sí?
Así la próxima vez será todo para ti.
Mientras se alejaba, su mente corría: “Mierda… dos horas y ya casi son las nueve.
Tenía que haberme movido más rápido” Antes de marcharse del todo, decidió compartir con Cintia un poco de batida frutal y fumar hierva de cortesía, un pequeño ritual para relajarse después de cumplir su trabajo.
Luego salió hacia el centro con su amiga Cintia.
Se detuvieron frente a unos hoteles, esperando al primer cliente.
Un hombre alto, barbudo y de tez blanca se acercó y, en un portugués mal pronunciado, le dijo: —Corazón, dime, ¿por qué te paras aquí y no vienes conmigo?
Ella sonrió, juguetona: —Muy bien, corazón.
Si tanto quieres que vaya contigo, entonces iré… pero con una condición.
¿Sabes besar?
Él sonrió confiado: —Claro que sé besar.
—No es cierto —replicó Helena—.
Ven, mi amor, tu mamãe te va a enseñar a cómo y dónde besar.
Él la tomó de la cadera y ella del brazo, y entraron juntos al hotel.
Helena era diferente a las demás trabajadoras: carisma, encanto y una personalidad que oscilaba entre lo dócil y lo dominante.
Sabía vestirse: evitaba negros que no le favorecían, prefería tonos pasteles y colores vivos.
Sus faldas eran ceñidas pero cómodas, fáciles de quitar de un solo tirón.
Su cuerpo parecía esculpido por un artista: piel semi-morena, cabello esponjoso, ojos entre claros y oscuros, labios gruesos, nariz mezcla de recta y ancha como muchos afrodescendientes, y una altura que, con tacones, superaba el metro setenta y ocho.
Demasiado alta para la época, y exótico para los americanos.
Mientras tanto, ella tenía una norma, una ley que repetía para sí: “Com homem tem que ser carinho, beijo, escuta, mima.
Mas ó: se não pagou, tem que ser sacana e pegar a carteira dele —se for um idiota.” “A los hombres hay que tratarlos con cariño y besos: escucharlos y mimarlos.
Pero ojo —si no te pagan, hay que ser sacana y cogerles la billetera, si son unos imbéciles.” “Mi vieja y María siempre decían lo mismo: si te dedicas a esto, lo entregas todo y haces bien tu pega.
Y si no te pagan… se da porrada, punto.” Mientras todo eso pasaba, Cintia esperaba en la puerta del hotel y pensaba: “No sé cómo hace.
Siempre agarra a los primeros: los más altos, los más guapos, los gringos… y a mí ni uno me deja.
Qué mala amiga, carajo.
Encima me toca esperar más.
para conseguir cliente, y ella los encuentra en dos minutos.
Será que le hicieron alguna tranca o qué.” Mientras pasaban las horas, María ya había regresado, y tanto Luzia como la abuela estaban preocupadas.
Eran las once de la noche y Helena aún no llegaba.
Aun así, el tiempo siguió corriendo.
Helena salió de la habitación y no tardó en conseguir otro hombre.
Esta vez fue un empresario, al que complació durante varias horas.
Cuando por fin terminó y el cansancio la vencía, decidió volver a casa.
Miró el reloj: eran las dos de la madrugada.
—Puta madre, tenho que ir embora ou a coisa vai ficar quente.
—(Puta madre, tengo que irme o la cosa se va a poner caliente).
El hombre estaba drogado y muy cansado, tal vez por el alcohol, y mientras separaba un fajo de billetes, confundió, mezclando dólares y reales.
Helena casi se va de espaldas.
—¡Puta madre… son dólares!
—pensó—.
Esto equivale a unos veinticinco mil cruceiros y ciento cincuenta dólares.
Con esto Marcos por fin podría entrar al colegio… tengo que ser cuidadosa.
Con esto puedo comprarme un vestido, guardar el resto, una mesa para mi abuela… y comer por un mes sin preocuparme.
Helena pensó rápido: si protestaba, tal vez recibiría menos.
Así que simplemente le dio un beso, le agradeció y se despidió: —Chau, meu amor, és o homem mais lindo de Copacabana.
Guardó parte de los cruzeiros junto con los dólares en una cinta para el cabello.
Tenía el pelo tan esponjoso que eso ayudaba a pasar desapercibida.
Pero, al mismo tiempo, estaba aterrada.
Se decía a sí misma: “Puta madre…
si Zeca me revisa el moño, voy a dormir en la tierra junto al gato.” Cintia también había terminado con su cliente.
Llevaba una hora esperando a Helena y ambas, agotadas y algo drogadas, se reencontraron.
—Ya estoy cansada, amiga, quiero irme a casa —dijo Cintia.
—¿Qué dices?
¿Un cliente más?
—respondió Helena con sarcasmo.
—Oye, coñaputa, me arde la concha ahora mismo.
¿Quieres más?
Vámonos a casa —replicó Cintia.
Las dos reían mientras caminaban tambaleándose.
La fiesta del exportador de marihuana seguía, aunque más lenta; muchos ya estaban tirados en el suelo, borrachos.
Helena y Cintia solo pasaron a beber un poco más.
El hombre que las había traído, Zeca, estaba por irse a su casa.
Como coqueteo —y porque Helena también le prestaba servicios—, dijo con su voz ronca: —Cintia, Helena, mis amores…
¿trajeron dinero para mañana?
Sin embargo, Zeca apuntó su revólver hacia el trasero de Cintia, haciéndola sobresaltarse.
Helena lo miró con fastidio y dijo: —Oi, seu merda, no la molestes.
Estamos cansadas, salimos tarde a trabajar.
Solo quiero ir a casa, ¿tá bom?
Sacó de su bolso apenas 8.000 cruzeiros para calmarlo, pero Zeca igual revisó su cartera.
De pronto, le dio un golpe con la culata del arma a Cintia.
Antes de que todo escalara, el cumpleañero intervino: —Zeca, ya basta, cara.
Solo déjalas en casa, ¿sí?
Ya estuvo bien por hoy.
—Helena, Cintia, minhas lindas…
vayan a casa, ¿sí?
—dijo, intentando sonreírles.
Leandro, el cumpleañero, las acompañó hasta la puerta.
Eran casi las cuatro de la mañana y ambas apenas podían mantenerse en pie.
Antes de irse, él les advirtió: —¿Tengan cuidado, viu?
La cosa está muy caliente por aquí.
Y perdonen a Zeca…
está muy borracho.
Helena lo tomó del cuello, lo besó en la mejilla y murmuró: —Eres un cavaleiro, mi amor.
Gracias por defendernos.
Leandro se sonrojó y respondió: —Voy a dejar a Cintia en su casa.
Nos vemos, Helena.
Pero Helena pensó para sí misma: “Filho da puta…
si tan caballero eres, ¿por qué no le recuperaste la plata a Cintia?” Helena, caminó subiendo la favela hasta llegar a su casa, y con los tacones que.
Detrás de la puerta las esperaban su abuela, María, y su madre, ambas preocupadas y molestas.
Helena apenas podía mantenerse en pie.
—Mãe, mira, llegué temprano…
¿qué hora es?
—balbuceó Helena.
—¡Jajajaja, Son las nueve!
—gritó María—.
¡Entra, coñaputa!
Una vez dentro, la baña a la fuerza, su madre y maría, ambas estaban preocupadas por todo lo que ella tuvo que caminar para llegar a casa.
Ya bañada y limpia, la sentaron en la mesa, la abuela, su madre y maría ambas estaban sentadas comiendo la cena que apenas tocaron.
Luzia hablo: —No debería haberte estado esperando hasta esta hora.
Ahora, por tu culpa, tu abuela no va a poder ir al mercado.
—O yo estoy muy vieja para esto, o tú estás loca.
Y prefiero creer que estás loca.
¿Cómo vas a venir a esta hora y encima irte con ese Zeca?
Ese muchacho es un lunático.
La abuela no dijo nada.
Solo miraba la mesa, ansiosa.
Tenía setenta y dos años.
Ella también tuvo sus días de rebeldía, pero esto… esto la estaba agobiando demasiado.
Mientras masticaba un trozo de pan duro, pensaba: “Voy a morir muy pronto.
Ya sea porque me alcance la bala de estos infelices o porque simplemente la muerte me llame un día en mi cama.” “No puedo creer que mi hija aún no sepa valerse por un trabajo, sí, ella se para en las esquinas.” “Pero lo hace de vez en cuando.
Lo puedo llegar a entender: por lo menos ahora trabaja de mesera y de cocinera.” La anciana giró la cabeza y miró a Luzia: “Al menos ella ha logrado salir un poco de esto.
Pero me preocupa Helena.
También me preocupa Marcos.” “Tiene solo siete años y no va al colegio.
Hemos mejorado, pero al mismo tiempo esta situación me sigue ahogando.” “Tal vez no deberíamos estar aquí.” “Tal vez deberíamos ir a São Paulo.” “Tal vez las cosas ahí estén mejor.” Mientras todo esto cruzaba su mente, Luzia rompió el silencio: —Hija, no quiero decirte lo que sabes que te voy a decir.
Solo te diré que, si vuelves a venir a esta casa a esta hora, te aseguro que no te abriré la puerta.
Helena, sin levantar la mirada, dejó caer un fajo de billetes en cruceiros y dólares sobre la mesa: —Mamá, aquí te traigo para marcos, comida y ropa para un mes —Hablo con sarcasmo— Discúlpame por llegar tarde.
Discúlpame por estar de puta, pero no sé… no vi el tiempo, ¿de acuerdo?
No lo vi.
—Lo bueno de todo es que el muchacho fue cariñoso y, mira, me dio más de lo que realmente era.
Me sorprende que me haya dado tanto.
Parece que se confundió entre mi pago y su fajo de billetes.
Yo no dije nada, simplemente lo tomé y me fui.
Preferí mil veces eso a decirle “no, corazón”.
Me fui como una dama.
Sin embargo, ese fajo de billetes no calmó a la familia.
Fue ahí cuando la abuela por fin se dignó a hablar: —Helena, escúchame.
Estábamos pensando, tu tía y yo, que tal vez no podamos negarte el hecho de que estés trabajando lejos.
Todas las mujeres de esta familia hemos tenido problemas.
—Es normal, Si hubiera otras opciones, las habríamos tomado hace años.
Pero tampoco está bien lo que estamos haciendo.
No está bien cómo estamos viviendo.
La anciana respiró hondo y continuó: —He estado ahorrando un poco.
María y yo hemos decidido que todas nosotras nos traslademos a la Ciudad de São Paulo.
Tengo una amiga allá.
Podemos pagar alquiler.
Pero va a ser complicado.
Solo es una idea.
—No hay nada planificado en concreto todavía.
Nos falta reunir bastante para poder llevar tanto a la jovencita como al niño y a Luzia.
Porque si fuera por nosotras, María y yo ya nos habríamos ido.
Pero tenemos que considerarlas a ustedes.
—No podemos dejarlas aquí.
Así que solo espero que lo entiendan.
Después de discutir, todas se fueron a dormir, excepto Luzia y la abuela.
La anciana conversó seriamente con Luzia: —Niña, hija, yo te he apoyado desde que llegaste hasta aquí.
Eras una niña cuando llegaste con Helena.
Yo no quería que conocieras este mundo.
Quería que te pusieras a trabajar.
Quería que te enfocases en los estudios.
—Porque tú tienes materia para eso.
Pero mira cómo estamos ahora.
Apenas nos alcanza.
Lo que comimos fue solo huevo y verduras.
No hay más.
La abuela bajó la mirada hacia el plato vacío.
—Mira a tu hija.
Está muy delgada.
Nos iremos a São Paulo.
Para eso… no me agrada decirlo, pero también estamos dependiendo de Helena.
Ella también trae dinero a la casa.
Necesitamos que todas se esfuercen.
—Pero si eso significa que mi nieta va a tener que estar exponiéndose a todo esto… Entonces no quiero que vaya a trabajar.
Prefiero mil veces esperar un año para irnos a que un día aparezca mi hija muerta en el pavimento.
Como lo que pasó con Juan.
Su voz tembló: —Luzia.
Luzia.
Por favor.
Sé cuidadosa con tu hija.
Porque ya estoy muy anciana para ver a mi otro nieto morir.
Y tengo el corazón muy frágil para volver a llorarle de nuevo.
Después de esto, la madre fue al cuarto de Helena y dijo: —Ay, mi corazón… ¿qué voy a hacer contigo?
Se quedó un buen rato allí, observándola.
Quería decirle tantas cosas, pero le dolía verla tan joven y tan independiente.
Esa independencia ya era parte de su carácter, y aunque le daba orgullo, también le pesaba que su hija no estuviera en casa.
Si ella desaparecía, Helena iba a estar bien.
Y eso, en el fondo, era lo que más dolía.
A la mañana siguiente, todos se levantaron.
Helena despertó a las tres de la tarde.
Almorzó yuca con plátano y huevo, descansó un poco más, se maquilló, y Cintia ya la estaba esperando en la puerta otra vez.
—¡Heli, apúrate!
Me duele el culo después de que el Zeca me golpeara con la culata.
Cuando estaban a punto de salir, la madre tomó a Helena de la mano.
—Hija… Hubo un silencio.
Esta vez, Helena entendió que las cosas estaban muy mal.
La besó en la mejilla y dijo: —No te preocupes, voy a regresar temprano esta vez, ¿ya?
Estoy cansada por lo de ayer.
Y después de escuchar a la abuela hablar contigo anoche… tienes razón.
Voy a ser más cuidadosa.
Pero en su mente pensaba otra cosa: “Está bien, voy a regresar temprano… pero de mi turno, como voy a perder la noche en no hacer plata.” Pero miró hacia la cocina y vio una foto colgada de Juan, su hermano, que había muerto hacía tres años.
Se quedó unos segundos en silencio y murmuró: —Tá bom… voy a regresar temprano a casa.
Digo, no es como si los gringos fueran a desaparecer.
Hoy trabajaré, pero solo para mí.
Ya traje plata a la casa…
a las diez estaré aquí, lo prometo.
Helena estaba como siempre, normal.
Se encontraba en el hotel y había logrado enganchar a otro cliente.
Sin embargo, algo llamaba la atención: Un hombre de trapos desgastados, y por la apariencia podría hacerse pasar por un vagabundo, pero si se observa bien, no tenía rasgos de ser de Rio de Janeiro, era un extranjero, pero no era gringo, solo subió hasta el cuarto donde estaba Helena.
Cintia, que también estaba en el hotel y ya había terminado su turno, decidió pasar a recoger a Helena para ir a comer algo antes de volver a casa.
Pero algo estaba mal.
Al llegar al cuarto donde ella estaba, vio que la puerta estaba rota.
—Heli, ¿quieres ir a comer pollito de la esquina?
Hoy sí quiero ir a casa temprano.
Pero al ingresar dio un grito que sacudió al hotel.
Horrorizada, vio al hombre con el que Helena se había acostado, tendido en el suelo, con una daga incrustada en el cráneo.
Helena no estaba allí, y la ventana del hotel estaba abierta.
Cintia intentó calmarse: “No, no, no… no le pasó nada a Helena.
No puede haberle pasado nada.” Pero el terror no la abandonaba.
Llamó a la seguridad del hotel y explicó la situación: alguien había muerto en esa parte del edificio.
Pasaron las horas.
Cintia contactó a Leandro para pedir ayuda.
No solo no encontraban a Helena, sino que además el cliente estaba muerto.
Como favor, Zeca pidió al grupo que buscara a la joven.
La mayoría se negó, pero algunos, a regañadientes, aceptaron porque se preocupaban por ella.
La noche pasó sin resultados.
Al anochecer, tocaron la puerta de la casa de la madre de Helena, Lucía, y de la abuela.
María aún no había llegado.
Leandro fue quien habló, primero, ya que Cintia estaba llorando demasiado para hablar: —Señora, lo lamento mucho.
Estamos buscando a Helena, pero no la encontramos.
Desapareció.
Estaba atendiendo a un hombre, un americano, y la policía ahora está identificando su cuerpo.
—Nos quieren echar la culpa, pero no pudimos investigar más en el hotel.
Cintia también la buscó, pero no apareció.
Salimos de ahí porque la situación se volvió peligrosa.
La madre estaba destrozada.
La abuela, casi incapaz de mantenerse en pie.
María ni siquiera estaba enterada de lo que sucedía.
Lo único que rondaba por sus mentes era: “—Ay, Helena mía…
si lo que te angustia es la plata, yo doy la mía; nos comemos un pollito frito y ya está.” Mientras tanto, la sombra extraña se movía entre los árboles, llevando a una mujer cargada sobre sus hombros.
Con cada salto de árbol en árbol, aquel hombre extraño del hotel se adentraba más en la selva.
Helena estaba noqueada; no fue difícil.
Estaba drogada, lo que facilitó las cosas.
Aquel hombre, barbudo, de unos cuarenta años, la cargaba con facilidad.
Con cada salto alcanzaba casi cuatro metros, moviéndose entre los árboles como si el suelo le fuera ajeno.
En su mente resonaba una sola idea: —No puedo creer que me haya tomado tres años encontrar a este santo… en medio de toda esta selva.
Mierda, no puedo creer que el santo de la luz sea una prostituta.
Dios… ahora sí que no entiendo el porqué.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com